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(.) Había algo tan extraño en
todo aquello, algo tan fuera de lo
corriente e imposible de imaginar, que
me pareció ser, en alguna manera, el
juguete de enormes fuerzas., y ésta
sola idea me paralizó.
Bram Stoker.
Llevaba tres noches sin pegar un ojo. No lograba reconciliarme con la esencia del surrealismo. Sólo deseaba dormir y que finalmente concluya aquella sensación tan ingobernable como desagradable. Veía en cada sombra a un fantasma. A causa de mi estado de ánimo esa mañana podría haber ahorcado al ángel de la guarda con mis propias manos. Mi humor era tan "malo" como Ozama y mi ánimo estaba más caído que las...
Ante todo debía solucionar mi problema real. Ese día, además de detestarme, estaba poseído por la impotencia y la cobardía (posiblemente por eso me detestaba). Esta última me había puesto en la " loboesteparia " situación de no animarme, siquiera, a enfrentar voluntariamente a la muerte, ¡a mi muerte! En ese faustuoso escenario no tuve peor idea que entregarme a Mefistófeles, o eso creí.
Entonces me presenté ante uno de los personajes más odiados por mi Persona casi desde mi natalicio. Hago referencia así al éxito , fundamentalmente como concatenación de hechos que derivan en la acumulación (y exacerbación) de bienes -de lujo, de servicios y sobre todo, de soberbia (más como pecado social que capital)-.
Así fue que el éxito se hubo transformado (para mí) en un ser tan repugnante como la propia belleza; siendo ésta paradigmática y estereotipada , ergo grotescamente expuesta (casi por definición). Refiero específicamente a esos estereotipos, inaccesibles en el mejor de los casos y efímeros en el peor, que se exponen como despreciables hasta para sí mismos. Es decir, un éxito que se manifiesta tan bello como referencial, tan modelo a seguir como a conseguir y; por fin, con una hermosura tan fugaz por fuera como horrenda y perenne por dentro. Por deductivismo podríamos presuponer (si se me permite que quepa un presupuesto en la deducción) belleza sin talento, veleta sin viento .
En aquel momento esa hermosura (similar a la de Sodoma luego de la ira de Dios) me había hecho sentir con el más absoluto de los derechos. Fue de tal modo que decidí ubicarme frente a ese lujoso edificio de oficinas con el objeto de aguardar por el "modelo" de éxito socialmente consensuado (al Siglo XXI, obviamente) y con alta proyección.
Mi único fin era proceder a cortar prestamente de cuajo todo su despreciable futuro sin ningún tipo de discriminación política, racial, religiosa, de género o nacionalidad. Simplemente deseaba el poder de Zeus por algunos minutos para destrozar el hilo y terminar con ese falso mito de la valentía del sicario Teseo. Deseaba lograr que finalmente el asesino de Minotauro se haga cargo de sus pecados sin "protectorado" (de Ariadna en este caso). Es decir, que se enfrente con su destino sin impunidad que lo ampare; ultimando finalmente a la falsa cultura de occidente desde sus más puras raíces, desde los ideológicos (y nunca mitológicos) formadores de opinión griegos.
De tal modo y frente a esa pasarela era inevitable que mi manequen desfilase. ¡Y así fue! Muchos se pasearon y varios fueron por mí desechados. Las razones fueron tan heterogéneas como sólidamente argumentadas por mi gnosis. Pero él no tuvo la suerte de "la farolera" y no logró traspasar mi barrera. La ultra urbanidad lo había puesto francamente ante mí. Tenía todas las condiciones (y los accesorios) para transformarse inmediatamente en la revancha de mis resentimientos.
Sabía que inevitablemente debutaría en aquella lujosa escenografía. Mientras tanto reflexionaba... si en grandes espacios rurales despoblados (o desérticos) se presentan seres despreciables dignos de ser eliminados de la faz de la tierra; ¿por que razón (cuantitativamente hablando) mi capricho no recorrería ese sendero dentro de un margen de tiempo más o menos coherente? (tomando al tiempo-espacio como dado y consensuado a fin de no caer en subjetividades irresolubles).Y sin demasiado esfuerzo, así fue como se sucedieron los hechos:
2
En una alta y espejada torre parte del urbano paisaje de una pujante metrópoli, Capital de un Estado; se lo vio ingresar con la soberbia de quien se supone indestructible, inalcanzable , imperecedero . Como si no solamente compartiera con el resto de los mortales el pecado original de haber probado del árbol de la ciencia del bien y del mal, sino que en secreto hubiera degustado también el otro fruto, aprobando la asignatura pendiente de Adán y Eva. Al vislumbrarlo me sinceré, el problema no era él, sino elegir solamente uno.
Lo lamento por vos, pensé en voz alta ( sin saber lo lejos que estaba de la realidad ). Entretanto, consideré a ese personaje como la amalgama perfecta de mis reflexiones y máximo representante de todas las condiciones (especificadas supra) tanto dadas como cultivadas. Raudamente, entonces, avancé sobre mi cometido.
Calculé que se trasladaba vía agencia de transportes empresariales contratada por la compañía del logotipo lacrado en su worldproof , firmemente tomado por su mano derecha. De más estaría comentar que su vestimenta era impecable, de sobrio corte y firmes combinaciones, colocada con prestancia y combinada con altivo calzado. A simple vista y, a la distancia, todo parecía de altísimo nivel lo que indicaba que se trataba de bienes no accesibles para el ser humano promedio, sino más bien asequibles para quienes pertenecen a esa selecta constelación de los "elegidos"; para quienes manejan y distribuyen (directa e indirectamente) los bienes de esos seres humanos promedio. Si estuviésemos en el renacimiento él viviría en un castillo, pensé.
Ése individuo circulaba por la senda de los diferentes, por ese camino donde el sol no solamente siempre está, sino que brilla constantemente. Ante el supuesto que estos esbirros deban enfrentar alguna noche, jamás se oirían chirridos ni aullidos; y, en el peor de los casos, si tales se hiciesen presentes sólo sería para protegerlos. Por tanto parecía dificultoso que ese protagonista pierda alguna partida jugando con cartas marcadas. Esa era la razón por la cual se constituyó en el plato principal y yo lo cocinaría en su indigente guiso. Mi intención radicaba en reducir su cómodo camino a una cuerda floja sin paraguas y sin red, montado a un monociclo. Deseaba añadirle, a esa ya "manierista" postura, algunos pianos de cola para que haga malabares mientras se trasladaba por su segura vida del ostentoso éxito .
Para cumplir palmo a palmo mi cometido debía considerar, en primer lugar, la complejidad de la empresa (la que llevaría adelante y en la que él trabajaba). Por lo tanto tuve que recurrir a ciertos artilugios propiedad solamente de un gran vendedor. Es de hacer mención que, aún siéndolo, para poder ejercer tal virtud es condición necesaria contar con la cordura (en su estado más puro), aquella que transforma al carbón en diamante, logrando que reluzca tan brillante como impactante.
Considerando este comentario, reiteraré que mi prolongado insomnio había generado esa extraña situación de intentar conciliar el sueño y perder la batalla cuerpo a cuerpo contra el cansancio acumulado, saliendo siempre victorioso el desvelo. El hada de los sueños salteaba mi lecho. Llegué a odiar a la bella durmiente tanto como a Charles Perrault. Mi ensueño se había esfumado como alma que lleva el Diablo y no tenía noción de donde podría hallarlo, puesto que no conocía del Infierno más que las puertas.
En ése contexto mi físico estaba exhausto por momentos y por otros hiperquinético, lo que marcaba un peligroso desequilibrio mental que podía perjudicar mi ingreso a un edificio de ultralujo, custodiado por profesionales de la seguridad en su cuerpo de elite, con el valor agregado de la tecnología puesta a su servicio.
En tal sentido debería velar por no exacerbar los movimientos, que de hecho ya exageraba a causa de mi hábito (mal hábito). Es indispensable hacer una salvedad al respecto; entonces debo aclarar que nunca perdí inteligencia ni lucidez, por el contrario en muchos casos logré así despabilar a mi musa, de quien también estuve distanciado por algún tiempo.
De manera que estaba presto para hacer mi ingreso a la suntuosa y encandiladora torre céntrica. Sabía que mi demacrado rostro presentaba síntomas de agotamiento, lo que no se condecía con esa estructura arquitectónica ni mucho menos con su densidad poblacional. A fin de combatir este inconveniente y antes que se transforme en un problema, pasé algunos minutos bajo la quieta luz del astro rey, no solo con la finalidad que disimule mi viciosa e insomne palidez; sino también para que cargue mis escuálidas energías con su fuerza, tal como si mi persona se hubiese transformado en un personaje de video- game .
Cumplidos mis necesarios minutos, no más que los indispensables, me encontré conversando carismáticamente -cabe aclarar que ese era uno de mis puntos fuertes y cada vez que fulguraba aquella virtud me sabía imbatible- con el oficial (yo le decía oficial) de guardia, aquella mañana de fines de noviembre.
Contaba con un sobre de cuero abierto encima del mobiliario de la entrada que constituía su oficina, la cual acorde con su gorra no era ni chicha, ni limonada. Le solicité referencia acerca de la empresa del logotipo que identifiqué en aquel porta notebook algo más de dos horas atrás. Intenté explicarle al interlocutor de mirada opaca y angosta frente, mis inconvenientes, mientras argumentaba el porque del extravío de la identificación de la mensajería a la cual representaba y que debía entregarle el sobre a la secretaria de. (allí escupí el nombre del Presidente de la Empresa que figuraba tras su espalda en la cartelera -hacía varios minutos que lo tenía identificado- ).
- A ver, dame un minuto, expresó dubitativamente mientras descolgaba el auricular del teléfono (ya sabía que el primer escollo estaba superado. Uno a cero, pensé ).
¡Bien se sabe atrever quien nada tiene que perder!, recordé mientras intentaba ponerme la careta frente al lujoso (como no podía se de otro modo) espejo del ascensor; ya próximo a enfrentarme con la recepcionista de aquella Firma. Como el perfil sería (obviamente) diferente debía trabajar sobre nuevas estrategias (pensaba mientras practicaba la sonrisa junto a mi inverso).
Antes de retirarme había tomado conocimiento de la zona de residencia del Presidente de la Compañía, quien había llegado a su espacio laboral gracias a la agencia de transportes por ellos contratada. También supe que esa noche no tenía actividades posteriores al trabajo, gracias a que la confiada Secretaria dejara su agenda abierta en el día de la fecha mientras conversaba conmigo (entre otras cosas). Esto favoreció a mi especulación quien dedujo que se dirigiría a su domicilio directamente (aunque el razonamiento no tenía porque ser lineal y me autorefutara, confié más en mi intuición que en mis deducciones).
Entonces partí inmediatamente hacia un locutorio. Allí di con una guía telefónica y con el nombre de la agencia transportista que de mi interés era. Me presenté esa misma tarde en la cochera donde se estacionaban los vehículos e intenté diferenciar los movimientos internos a fin de saber que automóvil le correspondía al Presidente de la Empresa en cuestión. Recordé el modelo de esa mañana, pero nada indicaba que fuera el correcto. Así llegué a los aparcaderos de la agencia contratada por aquella importante Firma (los cuales se hallaban bajo techo en una oscura y caracolesca cochera), de exageradas dimensiones para la zona en la cual se encontraba situada; pero nada que me favoreciera generaría alguna queja.
Entre tanto pude identificar auditivamente al chofer de mi interés, gracias a una indiscreta conversación que mantuvo con otros colegas. Todo fue captado por mí desde el interior de un automóvil estacionado, lugar en el cual pasé un buen tiempo, con los ojos bien abiertos, los oídos prestos, el carácter cada vez más alterado y las ansiedades sin dominio posible. La adrenalina se sentía como si mi vida se jugara en ese acto, el cual había sido completamente forzado por mí. Había olvidado que sólo quería demostrarle lo ínfimo que podía llegar a ser su verdugo.
El manejador se acercó al vehículo correspondiente en lo que fuera, aparentemente, hora pico ya que (para mi suerte) el único que faltaba salir era "mi" chofer. Todos los demás se hallaban regando a la plusvalía, con sus recreos ya en el boulevard del olvido.
En cierto modo alguna preocupación se había adueñado de mí, pero (como suele decirse) hice responsable de tal esto a la paranoia de "my condition" y seguí adelante como si fuese algo con lo que hubiese convivido siempre.
Había logrado que el chofer llegue a estar lo suficientemente asustado como para no manifestar sonido alguno. De eso me encargué yo luego de golpearlo, maniatarlo, amordazarlo y explicarle (con una pequeña sierra en la mano) que si se portaba muy bien sobreviviría junto a todos los miembros de su cuerpo. Añadí que el asunto no era con él. Supongo que lo comprendió porque ya con la tarea finalizada no había oído, aún, ningún sonido expandirse desde la cajuela del vehículo que ahora yo conducía.
Al presentarme en el estacionamiento del edificio envié un radio, con el handy propiedad del huésped del baúl (tal como él me hubo explicado) reportando mi llegada a la Secretaria del joven emprendedor e indicando en que salida me hallaba aguardándolo.
Sin saludar, absorto en su vida, me indicó el destino. Tal como había imaginado era su domicilio, en las afueras de la ciudad, incorporado a un barrio residencial (cerrado y con seguridad privada). Todo eso facilitaba mis labores. La noche y la abstinencia de las últimas horas habían incrementado mi pésimo humor.
No deseaba siquiera un eco que lo rescate de sus pensamientos o genere el llamado de su atención. Me preguntó, obviamente, por el otro chofer. Mi respuesta fue elemental, breve y sin brindar suficiente información: - Está indispuesto.
El solo hecho que se produzca algún sonido en el baúl del lujoso carro me enervaba. Eso significaría improvisar, para lo cual tenía la certeza que no era bueno y, como a casi todos, me incomodaba sobremanera depender de mis flaquezas.
Mi ánimo empeoraba y necesitaba un desahogo. Si bien no restaba demasiado para la llegada al final del recorrido, debo mencionar que mi ansiedad podía jugarme una mala pasada en cualquier momento (luego en cualquier espacio); esto transmutaba la situación a altamente peligrosa.
Como si se tratara de un cigarro para locos con abstinencia de nicotina, acariciar el 38 bajo mi muslo derecho me tranquilizó levemente. Su fresca seguridad me hizo sentir propietario de mis cabales nuevamente. Por el espejo retrovisor la vacía mirada de mi pasajero denostaba una impregnación de otros temas, ninguno tenía relación evidente ni con el recorrido, ni con el vehículo, ni conmigo. Lo noté extrañamente despabilado a pesar de haberlo visto ingresar, a temprana mañana, a un empleo que suponía debía generar cierto tipo de desgaste.
Todo aquello no concibió preocupación en mí más que la sorpresa por su claridad mental, como si contara con cierta ventaja por sobre el resto de los humanos. Me resultó similar a esos jugadores de básquet que logran sostenerse unas décimas de segundo en el aire, por encima del resto. Se notaba que corría con cierta preeminencia, mas no lograba identificar en que sector de su persona se hallaba. Por lo pronto la disposición de sus orejas marcaban poca afección por la destrucción y su frente denostaba una tendencia preponderante al manejo del sentido común, frenológicamente hablando.
- ¿Porque nos detenemos aquí? Me consultó tan calmo como confiado, a pesar de la zona oscura y desértica.
Di media vuelta, lo miré a los ojos y, mientras sonreía, apunté con el 38 a su ceño. Me indignó la devolución de una sonrisa por demás petulante.
Algo desorientado lo consulté acerca de la gracia de lo que estaba sucediendo. Temiendo encolerizarme tan prontamente como para no disfrutar lo que estaba por hacer, decidí llamarme a la reflexión e intentar oír su respuesta, muy a pesar de "my condition" .
¿Tenés mínima idea de lo que estás haciendo?, me preguntó casi sin gesticular. Me animaría a afirmar que mientras se expresaba destilaba tristeza, pero parecía más por mí que por él.
Yo estaba malhumorándome demasiado. Cercano a la cólera del poderoso y dominador, temía jalar del gatillo sin oír lo que deseaba, sin haberlo visto perder. ¿Aún así no perdería? Inquietábame la ira que se apoderaba de mí ser. ¿Habría dado con un suicida?, es decir, ¿Estaría haciéndole un favor?
¿Me estás asaltando?, preguntó mansamente.
Me sentí cada segundo más rabioso. Sin contestarle y a sabiendas que estaba gesticulando en exceso, casi poseído por los tic, pregunté imperativamente:
¡¿Te callás un segundo o estás muy apurado por visitar a Luzbel?! Mientras intentaba mantener una calma ya perdida hacía décadas, mi verborragia clamó por fin:
¡Simplemente quiero ver tus incertidumbres, que tan bien ocultas tenés! Hasta donde llega tu arrogancia, tu poder, tu propiedad del Globo. Ofrecé tu mejor golpe.
No lo resistirías, respondió sobrándome.
Mis exigencias fueron más que despóticas. Estaba gritando, ya me sabía fuera de mí. El dedo índice gobernaba totalitariamente a mi cerebro (aunque hubiese parecido un absurdo).
Su dentadura me hartó y el disparo atravesó su ancha frente. Los rasgos de la vida casi acariciaban armónicamente su fisonomía. Su cara no tenía dolor, como si los abriles no hubiesen marchado aún por aquel rostro. Podía decirse que no conocía el esfuerzo como concepto, aunque me pareció identificar un dejo de desilusión en su entrecejo. Era un rostro que, si bien no poseía la fórmula de todos los futuros, indicaba tener su destino bajo control; como si conociese cada paso que debía dar.
Aquellos ojos jamás denostaron temor. Ni a la muerte, ni a la pobreza, ni a la vejez, ni a la enfermedad. Mi envidia era inmanejable, por eso disparé. Había, definitivamente, perdido el control de mi ser a causa de su absurda seguridad.
Yo soy tu Dios y tu Diablo, tu ángel protector y tu verdugo; vociferé con aires de arrogancia antes de disparar. Sólo hice el ridículo una vez más, pero aquí pagué el precio más alto de todos.
Luego de traspasar toda su cabeza, el proyectil cruzó la luneta del coche gris topo a través del polarizado, sorprendiéndome el astillado del mismo. Ahora debía pensar con velocidad de flash fotográfico. Aún esa velocidad resultó lenta ante los sorprendentes acontecimientos que sobrepasaron mi contenido terror.
Tan sorprendido como espantado (¿estremecido?), disparé nuevamente, esta vez ante la socarrona mueca de la comisura de sus labios. El tercer disparo fue a una diabólica gesticulación.
Ya fuera de mí, más aterrorizado que impresionado, vacié inútilmente el tambor frente a un ser macabro de colmillos crecientes y salvajes movimientos. Se abalanzó sobre mí. Sus ojos eran realmente espeluznantes, de esos que disfrutan la sangre (y la añoran). Su boca ofrecía solo la violenta dentadura precipitada como por delante de sus labios. Éstos habían retrocedido y solo ascendieron para permitir la presentación del arma asesina de un lobo que se defiende.
No conté con demasiado tiempo para reflexionar respecto al error que había cometido, ni a las causas que me llevaron a incurrir en tal.
3
Finalmente había logrado conciliar el sueño, pero no tenía ninguna relación con lo onírico. Había perdido la esencia. Ya no descansaba. Solo huía de mis nuevas pesadillas, las cuales se presentaban como muy superiores a las anteriores, a las que parecían inmanejables. Éstas realmente lo son.
Debo asumir mi nuevo rol social. Mi nuevo rol en todo sentido. Ahora engrosaré la cultura mitológica oral. Posiblemente las narraciones escritas. Estaré reducido a un plano bidimensional. Ésa fue la expresión que no había logrado identificar en su entrecejo. Razón no le faltaba cuando consultóme si tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo.
Mientras mis párpados arbitrariamente nublaban mis pensamientos, los cuales lentamente perdían el sentido, me sobresalté con el cantar de un gallo (hacía demasiado tiempo que no escuchaba alguno -que no oía alguno-). Inmediatamente una sensación de vacío hegemonizó mi persona, ¿mi aura?, mi ser. Todo lo mío era vacío. Entonces comprendí el porque de la dificultad de definirnos tanto para los científicos como para los poetas.
Hoy cuento con el valor para enfrentarme con mi propia muerte, pero ella me ignoró en demasiadas oportunidades. No tiene sentido intentar seducir a esa Ignominiosa dama, quien me dejó en más de una oportunidad en ridículo, aullándole a la luna.
Necesito descansar, a pesar que ahora duermo regularmente.
Martín Ramiro Mxc Gann |