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Sociología de la cultura y urbanidad.
“Crear la muerte de esa manera artificial como
lo hace la medicina actual es impulsar un reflujo de nada que jamás
fue provecho para nadie... ¿Pero quien garantiza que los
alienados de este mundo puedan ser curados por auténticos
vivientes?”
“Alienación y Magia Negra”;
Artaud.
“¿Qué van a decir ahora que no
existe el comunismo? Que son todos drogadictos, que son todos boluditos...”
León Gieco.
Repetición—.
Allí donde las márgenes de lo urbano parecen terminar
y tan solo existe un doblez que lo hace posible. ¿Qué
es lo que se desplazó hacia las villas y no cesa de infiltrarse?
¿Guerra de Countries contra Villas? Ambos no se atacan directamente.
Lo hacen de modo indirecto y sobre el espacio que co-existe entre
ellos: ni siquiera es la “clase media”. Si el villero
detecta algo “del country” en un sujeto x, lo monitorea
como “cheto”, es decir, un peinado, una marca, colegio
privado, Raza. Si la garita del country detecta un sujeto x con
gorra, un mestizo en bicicleta = intervención de las seguridades
privadas. Esta exageración matemática advierte de
que lo que esta en juego no es solo objetos parciales de deseo social:
un celular digital, un auto, un mini-disc. La delincuencia no es
un problema de consumo. No es fácil matar a otro ser humano.
La razón coexiste con la demencia y no se deja persuadir
con facilidad . La voluntad se inventa un motivo y lo llama Robo.
Ese hombre no quiere avergonzarse de su locura, un discurso sobre
la fatalidad existencial y social vomita en su interior como extensiones
de resentimiento, envidia, venganza, rechazo que recibe y devuelve
a la sociedad. El robo es una excusa. En las villas existe un placer
asesino ligado, por ejemplo, a la muerte de un policía. Esto
se concibe como trofeo, es signo de reputación, de virilidad,
de lealtad. El que sufre quiere hacer sufrir. Schopenhauer bien
sabía que el dolor existe y que no es algo construido. El
castigo supone preservar de un daño futuro— intimida—según
dicen. Aquí la sociedad castiga en pos de su conservación.
En los tribunales se organiza jurídicamente la venganza y
se trata de reestablecer un estado de cosas. La sociedad busca una
reparación como violenta réplica asegurada por la
debilidad del acusado. Esta venganza por reparación da cuenta
de que quien causó el daño no temía hacerlo,
ahora nosotros tampoco. El castigo es odio por miedo y ausencia
de miedo—ambos asociados a la venganza. Estos elementos diferentes
del odio contribuyen a mantener una confusión de ideas en
virtud de la cual el individuo que se venga no sabe generalmente
lo que quiere. El castigo devuelve un mal con otro. El círculo
lejos de cerrarse sobre sí se disemina.
Nuestra urbanidad cotidiana del 2001/2002 no fue otra cosa que
hostilidades materiales y psicológicas, semi-indirectas,
de sospechas y miedos, de racismos, vigilantes y castigados, de
apariencias, de paranoia. Por un lado, todo la dramática
de la seguridad. Y, por el otro, ese boom musical de la “cumbia
villera”. En las discos, boliches y pubs de “clase media”
se baila al ritmo de la cumbia hit del momento, se comenta el programa
tropical, se imitan personajes, se copian tonos y palabras de esa
“tribu” o “guetto” que se denomina “pibes
chorros”. ¿Se podría pensar esto como trasgresión
de un individuo sobre su clase? No. La peligrosidad del delincuente,
las violaciones, los secuestros, las entrevistas laborales no son
casualmente tramas de películas porno nacionales. Guerra
casi indirecta, entre murallas, y sobre pactos de ambos lados con
la policía. Esta polarización social que espantaba
a los periodistas de las ediciones matutinas cuando despuntaban
sus “reflexivas” intervenciones en los asesinatos de
“Sopapita”, Fuerte Apache, 1996. Fenómeno social
conocido por muchas latitudes. “Menem lo hizo” insisten
todavía algunos. Adjudicar “el Mal” a Menem impide
comprendernos. La “década del 90” podría
haber desembocado en el modelo de una sociedad de tolerancia cero.
Cuando el estado de excepción deja de serlo la distinción
entre guerra y política se borra y la guerra misma organiza
la sociedad: es muy claro que el segundo mandato de Bush el escenario
de despliegue de sus ambiciones es el mundo entero. Es una cuestión
de poder pura y no de derecho. Por eso este modo de hacer funcionar
la guerra anula en la práctica lo interior y lo exterior:
la guerra hay que ganarla todos lo días ya que esa lógica
es la misma que la de la competencia . El discurso de los derechos
humanos permite universalizar operaciones militares en interés
de la humanidad. Este poder/control entra en contradicción
con las nuevas formas de productividad, de vida, de expresión.
Nada se resuelve con cierta fobia izquierdista contra el sistema
de seguridad y si permite eludirlo como problemática. El
Deseo que se agita debajo de la frase de campaña “voy
a militarizar las villas” no es otro que el modelo de esa
sociedad cuya materialidad se observa en el verano 2005 en Pinamer,
en Cariló como “operativo policial faraónico”.
Es ilusorio pensar que se trata solo de proteger al turismo TOP
. La jurisprudencia se diseña también con planes maestros,
con libretos ejemplares. En un mundo donde el estado de excepción
se convierte en regla una “aldea vigilada” es un sueño
político y social de ciertos sectores para su Argentina deseada.
¿Quién es Axel Blumberg? En una zona como Garín
es el cuerpo del odio del villero medio, como ideal del hijo del
Amo, futuro Amo: una interioridad insoportable que hay que borrar.
La villa tiene padres que no ejercen límites, presencia de
lo mágico, es decir, Umbanda y una relación con la
Raza. El villero no ve en el “Empresario” un hombre
que se hizo a sí mismo sino un Heredero. El Villero en tanto
figura no querida es repudiada pero vuelve bajo la forma de alucinación
paranoica: “me roban” “no me dejan vivir tranquila”
“esa música de mierda por todos lados” Y se filtra:
en los secundarios, en los preceptores, en los stereos. El adolescente
que tiene que ser un “nene bien” no percibe la villa
únicamente bajo la sensibilidad social de lo bajo, lo sucio,
lo feo y todo aquello que no debe imitarse: lo percibe como peligrosidad,
como lo que los espacios de lo nocturno gritan “joda”:
un imaginario que se liga al placer y al exceso. Entonces, un “hijo
rebelde” de “clase media” cualquiera compra Cumbia
Villera. No es extraño que un local de música especializada
en San Isidro centro venda los originales de “Damas Gratis”
a 22 pesos, baje una señora de una 4x4 a comprarlo y le diga
a mi amigo vendedor “no le puedo sacar esa música de
la cabeza”. Lo marginal es absorbido, se familiariza y se
admite como trasgresión adolescente. Una caricatura del mapa
turístico. De la misma manera que se vende la alegría
de la batucada en las fabelas. Axel Rose vivía en las calles
de New York, se drogaba con todo lo que podía, se prostituyó
y armó el último gran grupo de rock: Guns n’
Roses. Noel Gallagher se drogaba con pegamento, robaba y como no
tenía recursos para hacer vida universitaria y detestaba
el trabajo industrial de Manchester formó el mejor homenaje
a John Lennon: Oasis, un grupo de rock de clase obrera inglesa que
captura el espíritu mismo de la composición Beatle
sin caer en la copia profesional, erudita, ni tampoco distanciándose
como influencia-inspiración. Los pibes de las villas manejan
opciones similares: entre la formación delictiva y el trabajo
manual, el fútbol y la cumbia villera. El paso del peronismo
al menemismo, al nivel de las líricas de la música
popular, es la transformación de la dignidad del pobre a
la revancha del villero. El punto en el que la gente vive su destino
de clase en forma auténtica y no impuesta es cuando lo dado
se reforma, se muta y se aplica a nuevos fines.
Este verano percibe en sus costas cierto deseo de exhibición,
es decir, las vacaciones permiten enmascarar aquello que liga a
los sujetos a su vida cotidiana el resto del año; faceta
de artista: los adolescentes se sueñan en las playas, entre
una indumentaria y música rave-electrónica, ser parte
de aquél souvenir de primer mundo. Las vacaciones proponen
un ser otro o mejor dicho: vivir lo que se desea ser sobre la base
de una acumulación previa. Si la música electrónica
pega y es fuerte en la costa no se debe tanto a su carente melodía
sino a lo que gime y a su atractivo principal: la intensidad que
barre los cuerpos. La electrónica es convulsión. La
electrónica es más experiencia corporal, un sonido
corpóreo. Esa violencia que descubrió el rock con
los famosos “power chords” es amplificada al máximo
al punto de que, desorganizada todas las secuencias de sonidos,
subsistiendo solo timbres, es hasta difícil de catalogarla
como lo que es: música. Una música cuya innovación
codea con la histeria: se baila tanto solo como con otro. No hay
obligación de ir a bailar con una pareja, práctica
jurásica. La electrónica retumba, es adicta, narcótica,
y snob. La música electrónica es tan innovadora en
lo que hace a la capacidad de mezcla y de composición con
músicas ajenas como, por momentos, tediosa. Pocos Djs superan
cierta maquinal repetición que es incompatible con la esquizofrenia
del gusto ecléctico que necesita no solo combinación
de lo dispar sino constante renovación, cambio, fisura, otra
canción, otro ritmo, otro corte. Creo que el límite
de la música electrónica es su fuerza de incorporar
y combinar prácticamente de todo. La electrónica se
“pelea”, como dicen los sociólogos, con “tribus”
o “guettos”: se trataría de una lucha simbólico-grupal
. Esta guerra es con la cumbia. En rigor: la cumbia villera. La
cumbia villera fusiona: “cumbia histórica”, es
decir, los ritmos clásicos de la música tropical pero
revierte sus temáticas: del amor traicionado y casi provinciano
a la vivencia de la urbanidad, de la droga, del robo. La cumbia
villera es música electrónica y su estructura musical
no dista demasiado de las canciones que se cantan en los jardines
de infante. Salvo que le agrega el baile que inventó el punk
rock: el pogo. El Punk rock nace en una sucia ciudad inglesa, cercada
por industrias y basureros y su símbolo fue Jhonny Rotten
y el grupo fundador “The Sex Pistols”. Los Pistols eran
más provocadores que anarquistas y su pasión anti-sistema
fue la misma la que los hizo encantador nutritivo de lo que decían
combatir. El punk surge por el asco al hippimismo, por el aborrecimiento
a las escaleras al cielo de Zeppelín: esa complejidad musical
era combatida con tres tonos poderosos, simples e irrespetuosos.
Mientras un pedazo de Inglaterra hablaba del amor, de las flores
y del sexo libre: el punk rock y el naciente heavy metal denunciaban
la mugre industrial, la contaminación y la basura de toda
vida rutinaria, conservadora, apacible y feliz. La cumbia villera
hace lo mismo sin el talento musical, la lectura, la visión
política y radicalmente anticristiana de ese primer Johnny
Rotten que cantaba “Dios salve a la reina”. La cumbia
villera tiene como atractivo “la base”, es decir, la
marca constante del bajo sobre el redoblante. Combinado con letras
de fácil adhesión mental, que levantan banderas de
grupo y de guettos como sistema de identificación, donde
por momentos se hace testimonio de la marginación, de la
experiencia de motín carcelario, del robo, de los tiros,
de la policía, de la muerte festejada del “cheto”,
de lo puta que son las mujeres, del sexo oral y anal como experiencia
sublime, de los trabajos de repartidores de pizza, de las peregrinaciones
a Luján, de la televisión como trofeo. La cumbia villera
se baila de a dos necesariamente y en todos los boliches es el momento
clave del “levante”, de “encarar”. La seducción
allí pasa menos por el lenguaje que por cierta disposición
corporal, de cierta Actitud. La estrategia de distinción
es parecer un chorro. La música de cumbia villera cruza antiguos
clásicos de lo tropical, los bits de la música electrónica,
y las letras de denuncia, marginación, cerveza y esquina
propias del punk rock. La cumbia villera se reinvidica a sí
misma como “más nacional” que la electrónica.
Y, además, le atribuye a la electrónica falta de masculinidad:
una música de putos. El amante de la electrónica codea
con la bisexualidad en ciertos boliches de Palermo, pero también
en las bailantes acceden—no los gays— sí los
travestis. Esta música se mezcla con el rap y combina el
look de los raperos negros americanos con los pelos teñidos
de amarillo, al mejor estilo Maradona.
Tom Wolf que en el libro “A man in Full” (“todo
un hombre”) cruza a un rubicundo texano (una especie de Bush
empresario) con otro personaje en una cárcel que le habla
de un “Michel Foucault” y aprovecha para burlarse de
“Michelle FU KO” y todo “lo carceral”. Tom
Wolf considera que en EEUU al poseer una “clase obrera”
con buenos ingresos y nivel de vida el marxista no sabe que hacer
con ese “proletario” que está en un crucero con
su tercer esposa y, por lo tanto, tienen que encontrar nuevos prole:
mujeres, homosexuales, travestis, perversos, pornógrafos,
prostitutas, árboles de madera nobles. Se trata de un Marxismo
rococó, elegante como Fragonard, pícaro como Watteu.
Como el mismo afirma: “demostraremos que, con perniciosa eficacia,
los poderes fácticos están manipulando hasta la lengua
que hablamos para atraparnos en un invisible panóptico...”
En nuestro país tenemos cientos de estudiantes que se nutren
de ese marxismo rococó y que encuentran en piqueteros, fábricas
recuperadas, villeros, delincuentes un botín empírico-teorico
de estrellas especialistas en estudios paraproletarios, el comercio
sexual de menores en baños, bisexualidad, travestis, prostitución
masculina, pornografía lésbica. Tenemos ejemplares
de estudiantes con sus cabezas rapadas y con un librito de Deleuze
en sus brazos, anteojitos de abuela y un pulido discurso sobre la
sexualidad, el sadismo y el sistema penal. Entre este choque de
personajes de Wolfe uno habla de “la fuga”, de que “los
marginados son lo que mejor posición están para corregirnos
a nosotros”. Del otro Charlie Croker—un blanco de raza,
tradional, texano, de 60 años, que tiene su teoría
sobre lo que el hombre común quiere— soporta los aplausos.
Luego silba y lo miran como si él estuviera loco. Hay quienes
sostienen que el “intelectual de izquierda” es un erudito
en el desprecio del hombre común porque de algún modo
ese personaje observa que incluso con el cumplimiento efectivo del
artículo 14bis lo que se gana si se cumpliese ese derecho
es poco con respecto a lo que ellos proponen: Gana una hoja pero
pierde el bosque. Los comunistas hasta el día de hoy levantan
un precioso manto que esconde una voluntad ciega de destrucción.
Solo una inteligencia genial, descomunal y titánica como
la de Carlos Marx pudo pensar ese puente. En el mismo libro, Wolf
afirma que la moda de pantalones caídos tiene su origen en
la indumentaria de la cárcel al no poder usar cintos debido
a las peleas de las sectas de nazis, negros, latinos y judíos
que las poblan.
Algunos han detectado con precisión esas bajezas tan propias
del demasiado humano, como las excelentes notas de James Nielsen/Tomas
Abraham. Pero en este trabajo de meter la nariz donde el otro caga
¿dónde están las miserias de estos otros Intelectuales?
¿Por qué se han rebajado a la chicana barata de mostrar
las indigencias ajenas en lugar de construir algo mejor? Flota en
sus escritos el presupuesto tácito de que ya ha sido alcanzada
toda la libertad concebible y asequible; el programa de emancipación
ha sido agotado . “Mira dentro de ti, ni arriba ni abajo,
allí en tu interior, donde se supone que reside tu astucia,
tu voluntad y tu poder, que son todas las herramientas que necesitarás;
tu Deseo es tu Potencia: Ahora vete a dormir, y no olvides leer
unas hojas de “Así Hablaba Zaratustra”. Cuando
tienen un ataque creativo nos hablan de sueños Republicanos:
economía mixta, con estado jerarquizado y una clase política
generosa y eficaz. Sostienen que quieren una Argentina donde no
se confunda idoneidad con elitismo, que la eficiencia no es vicio
neo-liberal y que respetar las reglas no significa ser un botón.
¡Bárbaro! ¿Y quienes ponen el mismo sello todas
las mañanas en ese Estado competitivo, jerarquizado y eficiente?
Nuestras conductas no obedecen a ningún mapa previo y el
suelo no es otro que la desintegración del lazo social, conductas
que se tientan con el suicidio y codean con excesos legitimados:
la tentación es gigante, la tentación es legal. El
nihilismo todavía no llegó como noticia en muchas
mentes: se reúnen en cafés filosóficos, reflexivos,
cursos sobre “Etica Nicomaquea”, seminarios sobre orientalismos
en busca de un mapa, un código, Osho como predicador. Esa
pérdida de objetivos trascendentes hace que muchos se quejen
de su soledad pero en público la esgrimen como trofeo posmoderno
e independencia profesional. Se trata del viejo diagnóstico
durkhemiano, la Anomia. ¿Qué es República Crogmanion?
Los boliches son espacios sociales construidos sobre la significación
cultural llamada descontrol. Son, al mismo tiempo, espacios sociales
de luchas simbólico-corporal. Revancha, venganza y capacidad
de imponerle al otro la propia agresividad entendiendo por tal ritual
una forma de respeto, de autoestima, de masculinidad. Esto sucede
en la bailantas y en la “joda” de “clase media
baja”. El boliche despliega el descontrol. El motor de la
noche parece sexual, sin embargo, es otra cosa lo que la noche mueve,
hace mover, contorsiona los cuerpos, inyecta el deseo.
¿Cómo se relaciona que un chico entre a un boliche
con un cuchillo con el sexo? ¿Qué hay en el medio?
¿Una cuestión de seducción? “El rrocho
tiene las mejores minas”, me cuentan los pibes.
El consumo de alcohol y de drogas tiene una explicación
proporcionada por la misma lógica local: la droga / alcohol
permite una rápida deshinibición, y también
un justificativo que busque un perdón—ya sea de tipo
legal o moral— pero fundamentalmente que el otro sexual sea,
por decirlo simplemente, más accesible, menos controlado:
el eje es el sexo fácil. Otro objetualizado en su cuerpo
como placer: una forma de perversidad socialmente aceptada y deseada.
Pero esta forma de sexo violenta, montada en toda la noche de Buenos
Aires, que insiste en épocas de economía recesiva-depresiva-en
expansión- tiene un costo. Atraviesa grupos y clases. “La
locura” se vende, es mercancía, se la llama “descontrol”
y da de comer a muchos. El domingo por la mañana se escuchan
las voces indignadas de comerciantes que se quejan de “los
pendejos borrachos” que salen de las discos. Los mismos quienes
compran sus panchos, panes, churros, flores, cocas, cigarrillos.
El cuerpo del adolescente es un negocio sobre el cual se imprime
una economía local y un discurso hipócrita, resentido
y masturbatorio.
Las formas heterogéneas de descontrolar el cuerpo y sus
efectos psíquicos no son expresiones de la falta de proyectos
de una juventud que no encuentra donde involucrarse y donde construirse.
Esto dicen los sociólogos de izquierda que no encuentran
material humano para cooptar sus filas. Justamente, los proyectos
existen, salvo que no todos se conciben en la legalidad y no tienen
como articulación el deseo de vida: hay muertes proyectadas.
El cristianismo muere lentamente y el Sacrificio en pos del trabajo
y la sociedad a más de un “pibe chorro” le causa
gracia. No se los convence con la foto del Che y prefieren aquello
que el menemismo le propuso: reventar y aguantar más tarde,
de todos modos: con plata se compra jueces, sentencias, libertad
condicional y luego la calle, el robo, gastar 2000 o 3000 pesos
por fin de semana cerrando un caberet, es decir, fiesta privada.
Bajo el contexto de desocupación y dificultades educativas,
“El descontrol” de los sábados, bajo la máscara
construída como “Diversión” o como “joda”
es la condición de hacer aceptable en el interior del núcleo
familiar un ejercicio de poder específico. El suicidio es
el límite de la noche de Buenos Aires.
Foucault ya advertía que el biopoder de la tecnología
de control de la población no consiste en matar sino en dejar
morir. La estrategia del poder para reducir a las nuevas generaciones
es librarlas a sí mismas. El joven entra en una serie local
que le suministra el exceso bajo los límites de su propia
resistencia. La advenida de la Eutanasia tiene su tierra bien trabajada.
Pero “los jóvenes” no son ningunos imbéciles.
¿O sí? ¿Saben muy bien que borracho No se conduce?
Sin embargo, es mejor no caminar por la calle un domingo a las 6
de la mañana en Villa Devoto, Pueyrredón, Flores,
La Paternal o Pacheco. Los grupos de rock, de punk, de cumbia, una
vez formados, se mueren por tocar. Lo hacen gratis, incluso pagan
por hacerlo. Se toman el trabajo de vender las entradas, de invertir
en panfletos, de ir a las radios a llevar demos que son cajoneados.
No les importa el espacio y la mayoría de veces son estafados.
Hay mucha piratería y no es fácil vender el cd. Todo
se reduce a tocar en vivo, solo allí están las ganancias.
Y los locales para que toque un grupo enfrentan no solo impuestos
sino la heterogeneidad de denuncias sobre ruidos molestos, pibes
que hacen pis en los árboles, humo. Los seguidores de estos
grupos trabajan como cadetes mal pagos de oficina, repartidores
de pizza a moto, peones, empleados de locutorios, prostitutas, baby-sisters,
mucamas, desempleados que juntan las monedas y vuelven del recital
caminando o gracias a la buena predisposición del colectivero
que se animó—cosa que no todos hacen—a levantar
a chicos a la salida de un concierto o de un partido. Muchos colectiveros
están hartos del “bardo” que hacen quienes a
la salida de un recital o de un partido se “amotinan”
en el colectivo, asustan al pasajero que viene de trabajar y que
como portador de “traje y corbata” es interpelado como
botón, careta, cheto y ortiva. Por pequeñas cosas
como esas a muchos la tragedia de once no solo no les importa un
comino sino que sostienen que la merecen. Joaquín Morales
Solá retaba a la sociedad porque a pesar de la tragedia el
comienzo del año se festejó con tiros y petardos.
Decía que en Europa existía una mayor sensibilidad
social y que el luto por el Tsunami se prolongó en los festejos
que se redujeron a silencio. Aquí esto no pasó. Y
Solá llamó la atención. Lo que olvida nuestro
lector de Sebrelli y Beatriz Sarlo—a quienes invita para hacer
“balances”— es que en Europa la calidad de vida
es tal que un festejo es siempre algo más o menos tranquilo,
civilizado. En una población como la nuestra la exacerbación
del festejo no es otra cosa que desesperación contenida,
bronca, y muchas rabias. Es muchas veces el festejo desesperado
de un año que no se quiere volver a vivir.
La sociedad como Todo no totaliza ni unifica. Si hemos inventado
una visión en totalidades existentes solo al lado, si la
vida se construye como puzzles esto no se debe a ningún avance
o retroceso de ninguna teoría. Cuando la figura de un autor
desaparece y cae en la espera de nuevas desfiguraciones es porque
ha dejado de ser función y utilidad de la producción
deseante en las relaciones sociales, políticas y metafísicas.
Ver el mundo desde la conciencia fenomenológica, desde el
espiral dialéctico, desde el inconsciente rizomático
no se reduce a “la cosmovisión” sino a modificaciones
de conductas y relaciones, economía política. Justamente,
debajo no se agita ninguna conciencia que conoce ni tampoco el estímulo
de la pulsión de un individuo sino el deseo de un campo social,
de una sociedad, del mundo. En rigor la maquinaria lejos de haber
sido apartada para que la parte encuentre su singularidad y su diferencia
ontológica se encuentra, de nuevo, en las profundidades,
por todos lados, quebrándose, ampliándose, duplicándose
a sí misma como aparte, fragmentada, mestizada. La máquina
social es un todo abierto por todos lados y justo aquí una
metafísica de la sociedad, una imagen sintomática
de nuevas necesidades de producción económico, social,
militar. Esta imagen misma es sintomática: una anomia sin
bordes, por todos lados.
Diferencia.— Hay mucho más que anomia. Hay razones
allí donde se protesta contra el proceso de individuación.
No existe la política alienada sino la aceptación
de política. La posmodernidad tiene sus mitos, como ese deseo
de liviandad y licuefacción de tradiciones. Solo superficialmente
las culturas se han globalizado. Una dominación ejercida
sobre la cultura de una comunidad modifica su apariencia, roza en
lo interior, pero resiste en la medida de que el centro—un
Yo, un Dios, un Símbolo— oculte sistemáticamente
las leyes de su obediencia.
La Anomia existe y astutamente utilizada constituye el Gobierno
que nos domina.
Leonardo Sai |
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