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A patás con láguila
 
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omo de costumbre, muy temprano camino por las calles del centro de esta ciudad desierta, quizás debido a la edad o a ciertas circunstancias vitales un poco estresantes que no viene al caso mencionar. Mi mejor hora es la mañana, como decía bastante temprano antes de las siete y se me venía ocurriendo que las cosas no andaban nada de bien, y ya tengo muchos años de circo para decirlo desde el puro punto de vista personal, lo que de seguro cuenta, pero acababan de dar a la luz pública un informe de algún organismo en que se dice que el desarrollo mismo es lo que está destruyendo el planeta. Media novedad. Pero que lo diga una institución internacional quiere decir que la cosa es grave. A lo mejor sin vuelta. Por otro lado andaba en la chaqueta con una edición de bolsillo de un librito en inglés de Edward W. Said, recientemente fallecido, en que decía básicamente que yo era el único intelectual de verdad que había en este país porque no estaba a sueldo de ninguna universidad, industria, grupo de interés u organismo gubernamental y por lo tanto podía instalar (e instalaba) mi ventilador y tiraba de chincol a jote y que se las arreglaran. Claro que lo decía con otras palabras y no me mencionaba directamente. Pero por otro lado eso limita enormemente mis posibilidades de difusión ya que me cierran las puertas personeros de partidos, gente con vinculaciones con la industria y el gobierno, los círculos académicos, editoriales y críticos, además de instituciones e iglesias variadas y los jóvenes escritores o intelectuales que posan de rebeldes, esperando que les llegue el momento de instalarse con su propio boliche, sentar cabeza, o un domingo siete se los lleve en andas a la fama y los morlacos. Cuando me acercaba por fin al McDonald, que está abierto toda la noche, lo dejé pasar y seguí caminando ya más decidido por esas calles fantasmagóricas que sólo perturban ocasionalmente locos mendigos, borrachos, una que otra niña que le pregunta a uno si quiere compañía, los ojos dilatados, la piel estragada por el uso del crack, y llegué por fin al Harvey's, el rey de los desayunos con huevos, tostadas y tocino, frecuentado por camioneros madrugadores, guardias de seguridad, tipos como uno y algún policía excéntrico o novato, ya que las dotaciones de los patrulleros se sientan en grupo a esa hora en Dunkin Donuts, también una picada chatarra y económica, aunque a esta edad uno no debiera comer eso al menos en Norteamérica. Aquí el colesterol es un problema serio. Pero este tipo de comida, cara y todavía con el prestigio de lo extranjero, léase gringo, se están instalando en los enclaves más sólidos del imperialismo global, en algunos barrios de Santiago por ejemplo. Y aquí viene la explicación de este texto escrito con el estómago lleno y la adrenalina viva luego del desayuno, la comida principal y quizás única del día, esta nota que será lanzada desde el anonimato de una cuenta yahoo en un café internet, salud viejo MacLuhan, a la virtualidad que recubre el mundo, brindemos por Teilhard de Chardin, con una inversión de a lo más un dólar. Bajo este cielo opaco cruzado por gaviotas ribereñas, o mejor rivereñas, se esconde la metáfora que explica mis magros fondos y ese párrafo de arriba sobre el imperialismo, ya que si bien no le debo explicaciones a nadie es bastante posible que opiniones así regularmente emitidas hayan secado casi mis fuentes de ingreso. Ese pájaro enorme, el águila americana, domina y controla en los tiempos que corren un ámbito de pájaros tanto subordinados como proclives, yo le doy unos palitos virtuales de cuando en cuando y eso hace que mis fondos sean escasos, que ande a palos con láguila en el otro sentido, además del primero, título del último poema del Martínez.

Jorge Etcheverry

 
 

 

 

 

 
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