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Los peligros de la inseguridad como instrumento político

 

Aclaremos para comenzar los términos: hacer de la inseguridad, y en consecuencia de la violencia un fenómeno urbano, es llevarla a la metrópoli haciéndola un figura actual en la existencia colectiva. Figura que nos devuelve a la imagen de una sociedad dónde el respeto de la ley representa un problema, donde el funcionamiento social de la normativa se vive como conflicto, en el seno de un miedo social difuso y difícil de medir.
   El objetivo de nuestro estudio será analizar lo que se esconde en el empleo del propio término de inseguridad; no nos dedicaremos aquí a describir y connotar si la sociedad francesa es violenta o no. En principio porque esto implicaría tener y analizar datos estadísticos, que lleva al problema de la pertinencia de los criterios empleados, a continuación porque sería necesario comparar con otras sociedades, para poder determinar algún tipo de límite de peligrosidad a partir del cual se podría hablar de inseguridad. Ahora bien, la constatación es simple, se diga lo que se diga, y lo que sientan los franceses, la sociedad francesa es una de las más seguras del planeta, sobre todo si se la compara con otras regiones del mundo donde la violencia urbana y la inseguridad constituyen el pan de cada día. Sin embargo, es importante hacer desde este momento una segunda constatación: que la situación de inseguridad sea real o no, no cambia en nada el hecho que consiste en como la sociedad francesa se percibe a sí misma. En consecuencia, es esta segunda constatación la que nos interesa aquí, dada la importancia que este tema de la inseguridad puede tomar en la política, como sucedió en las elecciones presidenciales del 2002.
   Será pues el discurso de la inseguridad como discurso social lo que nos interesará aquí. Intentaremos analizarlo como discurso que la sociedad francesa tiene sobre sí misma y para hacerlo, lo trataremos como un signo, el de la elaboración de un tipo de discurso sobre la violencia, que nos indicará a la vez la forma en que se percibe la sociedad francesa, y sobre la manera en que la sociedad concibe la violencia que habita.

A. De la noción de violencia urbana a la noción de inseguridad

Analicemos, pues, en un primer momento el discurso en sí mismo. Si el éxito del término inseguridad es bastante reciente en Francia, es porque la realidad que tiende a englobar es amplia, pero sobre todo, es porque el empleo del mismo término viene a manifestar un cambio de sentido. En efecto, hemos pasado del empleo del término general “violencia urbana” al más global y más difuso “inseguridad” ¿Qué significa este cambio? Para intentar responder esta pregunta, vamos a comenzar por ver a qué nos remite la noción de violencia urbana, a fin de poder a continuación, compararla con la de inseguridad, viendo un poco más de cerca a que tipo de hechos nos remite.
   A finales de los años 70 y principio de los 80 es, cuando los problemas ligados a un cierto género de violencia invaden los media y por consiguiente el debate público francés. La violencia urbana, identificada como de jóvenes, se ha apoderado del espacio del imaginario colectivo a partir de la cobertura por la prensa, a principio de los años 80, de los “Incidentes de les Minguettes” barrio de emigrantes situado en la periferia lionesa. Toda la prensa cubrió lo que ella acordó en describir como “incidentes” y dirigió, a la vez, la atención general sobre la periferia y sus problemas. Francia descubrió así el deterioro de ciertos barrios de la periferia así como la degradación de los edificios y también el problema causado por una nueva categoría de habitantes, los “beurs” cuyo retrato de pinta someramente (jóvenes de origen magrebí en situación de fracaso escolar, sin cualificación, sin trabajo y que se pasan todo el día “arrastrándose” por los portales de edificios ruinosos)
A principios de los años 90 la prensa cubre también las “revueltas” de las “ciudades” de Vaulx-en Velin, comuna de la periferia lionesa, de Sartrouville y de Mantes-la-Jolie, así como las manifestaciones estudiantiles de noviembre del 90 y sus “alborotadores”. Progresivamente el tema se banaliza y los periódicos vuelven a cubrir, de cuando en cuando, ciertos hechos diversos, produciendo así figuras híbridas mezclando las periferias, los fenómenos de bandas, la droga y la delincuencia, para concluir construyendo una imagen de la periferia edificada sobre el modelo de los guetos americanos. Denuncia entonces ciertos grandes problemas de la sociedad, ya mediáticamente constituidos –como el paro, las bandas, la inseguridad, Le Pen y la subida del racismo, el integrismo, la influencia de la arquitectura deprimente- para explicar el acontecimiento.
   Los periodistas no han retenido, en efecto, más que los actos de violencia más llamativos y consecuentemente, de hecho, los más espectaculares. El vocabulario, va desde “la revuelta” hasta el “crimen racista”, pasando por la “enfermedad de las periferias”, las “ciudades dormitorios”, “los guetos” donde viven los emigrantes de origen magrebí en mala integración, “los alborotadores”, “la inseguridad”, “la delincuencia”, “los camellos”, “los salvajes”, no hacen sino dar una imagen diabólica del tema. Da igual que se trate de presentar a los autores como víctimas o como criminales, todo este vocabulario revela la toma de posición respecto al sujeto, tratando la violencia como un hecho espectacular, para hacer un problema propio de la periferia, a partir de una temática de la violencia cuyos cuadros conceptuales están predefinidos, poniendo así en escena los grandes temas mediáticos preestablecidos (como la inseguridad, el paro, el racismo, etc) De esta manera, banalizando la violencia mediante la manipulación de imágenes y de temas “candentes” la prensa ha contribuido a señalar la especificidad del problema colocándole sobre una enunciación prefigurada. Se define, entonces, el problema como el de la periferia y sus habitantes, como si no tuviera que ver con la cuestión el resto del “paisaje francés”
   Puede analizarse el discurso de la prensa como un tipo de discurso-pantalla, proyectando sobre el tema una serie de nociones, que, reproduciendo sobre el escenario mediático la realidad de una cierta violencia, contribuye a enmascararla, por el hecho mismo de presentarla a la luz del día como espectacular. La prensa, de esta manera, produce un efecto de velado sobre las violencias más cotidianas y, puede ser, también más simbólicas, de donde emergen “los incidentes” violentos, y participa en cierta manera en la elaboración de un discurso sobre la violencia que ahorra una reflexión sobre la naturaleza, la función y el valor de esta violencia. Se trata esencialmente de un discurso sobre la violencia del “otro”, de ese otro constituido para Francia por el habitante de la periferia.
   La prensa juega, entonces, un doble papel: al mismo tiempo que ella intenta imponer un discurso público sobre “el malestar social”, conduce al Estado a tomar toda una serie de medidas respondiendo a los problemas que ella enuncia. Da también impulso a una producción que va desde “dossier” publicados por la prensa (sobre ”la periferia”, los jóvenes, los jóvenes inmigrantes en la periferia, etc) hasta toda una floración de búsquedas dirigidas por “especialistas” ya sean sociólogos, etnosociólogos, psicosociólogos, especialistas de la educación, de la inmigración, etc.
   Sin embargo, los últimos años el problema ha rebasado las fronteras que se le tenían asignadas, las de la periferia y los barrios de “mala fama”, para invadir en primer lugar el territorio de la escuela. La percepción de la violencia se deslocaliza: la periferia no es su único asiento, sino más bien la sociedad francesa en su conjunto que poco a poco se ve tocada por ella. El término de inseguridad gana así progresivamente el protagonismo de la escena, y sustituye al de la violencia urbana. De hecho, su éxito se debe sobre todo a que responde mejor al problema que lo suscita, siendo ello que no se trata de analizar los hechos, sino de traducir un sentimiento masivo, el de una inseguridad generalizada y constante. La noción de inseguridad invade, entonces, el discurso político, hasta la preponderancia alcanzada cuando las elecciones presidenciales del 2002.
   ¿Qué oculta este cambio? Como hemos visto, mientras que el discurso sobre la violencia urbana tendía a relatar acontecimientos precisos que se desarrollaban en lugares precisos, el de la inseguridad tenderá más a servirse de análisis generales (como las estadísticas) que presentan un panorama general de Francia clasificado e inscrito en repertorios a partir de sus zonas de inseguridad. En la noción de inseguridad se contabilizan a la vez los crímenes, los delitos y además el incivismo, el deterioro de los bienes públicos y privados, las agresiones de los revisores de autobús o de metro, las infracciones, los robos, los desvalijamientos, las violaciones colectivas, faltar a la escuela, el vandalismo, los insultos, la violencia en el medio escolar, la violencia contra las mujeres, contra los niños, contra los viejos, contra todos y cada uno...
La inseguridad se conjuga en varios géneros, inseguridad en el autobús, inseguridad en el metro, inseguridad en la escuela, inseguridad en los barrios. El discurso de la inseguridad invade poco a poco todos los dominios de la vida colectiva, se vuelve omnipresente, y tiende a sustituir el análisis de la realidad social. La inseguridad se convierte en el clima general de Francia, clima que todos y cada uno pueden leer en cada gesto que se interpretará como hostil en el ambiente cotidiano.
   Porque la inseguridad engloba a la vez hechos y sentimientos. Jugando en estos dos campos a la vez es como el término conoce un éxito real, hasta desbordar el debate público y ganar título de nobleza invadiendo el discurso político. Expresando a la vez criterios presentados como objetivos, apelando a la experiencia de cada uno, la noción de inseguridad puede canalizar todos los miedos ligados a las dificultades de la existencia colectiva. La sociedad francesa se ve, pues, a sí misma como in-seguradora, lo que finalmente puede ser peligroso en sí mismo.
   En efecto, el vínculo social definido por la inseguridad, puede leerse como refuerzo de esa misma inseguridad que el discurso querría denunciar. Cada uno tiene cada vez más miedo de los otros, y tiende a leer, no importa qué situación, comportando una parte del conflicto como otro constituyente que agranda el clima de inseguridad. La realidad acaba así por tomar la forma en la cual se la quiere hacer entrar. Porque el discurso sobre la inseguridad denota sobre todo un retorno en la toma en consideración del mismo problema al que se refiere. No se trata solamente de estigmatizar a una parte de la población, como sacrificada y como depositaria de la violencia, sino más bien hacer de la violencia el vínculo que rige la existencia colectiva. Su denuncia no cambia el hecho de que la inseguridad se convierta en la plantilla de lectura de las relaciones sociales. De hecho, si la violencia se denuncia como constituyendo el vínculo social, está bien en tanto se piense como desvinculación. Ella será el mal contemporáneo de las sociedades de la abundancia, mal tanto más inexplicado que injustificado, más allá de las explicaciones causales que no resuelven la incomprensión general frente a actos cuya violencia se siente como fundamentalmente bárbara.
   Es la violencia misma entonces la que está estigmatizada, no importa que tipo de violencia, sea física, verbal, o simbólica. El conflicto tiende, así, a ser a la vez demonizado y mantenido, alimentado por las diversas representaciones de la inseguridad. Ahora bien, el conflicto es un punto necesario para la cohesión social, es esto por lo que los individuos, que se enfrentan con las razones de ser y las finalidades de la sociedad, fundan el espacio social, viéndose como adversarios en el seno de una misma sociedad, El problema es que el conflicto, necesario y benéfico para el despliegue de un espacio común en el seno de la sociedad democrática –en tanto que espacio de intercambio- está demonizado y rechazado por su lectura en términos de inseguridad. En efecto, el conflicto se vive como sobrepasando los marcos posibles de un intercambio, focalizándose únicamente sobre su expresión violenta. En cambio, no importa cual sea el conflicto, que será leído como violento, volviendo imposible su desarrollo benéfico en la sociedad.
   Porque la noción de inseguridad no habla de no importa que violencia, se trata sobre todo de denunciar en el presente la violencia que se sufre, la de la víctima. La violencia, al principio arrojada a las periferias como la violencia de los otros, la de esos “asilvestrados” que son los jóvenes barriobajeros (vistos preferentemente de origen magrebí y africano) vuelve a primer plano en tanto que violencia soportada. La violencia de la inseguridad es una violencia injustificada e injustificable, pudiendo afectar a todo el mundo, no importa quién. Cada uno puede ser la víctima, pero nadie debe ser el autor, y aún menos el cómplice. La inseguridad trae, pues, la violencia a primer plano de la escena social, desplazándola. Si la inseguridad nos habla de la violencia, es generalizándola, inyectándola en el corazón mismo de las relaciones sociales, como constituyendo su posibilidad siempre latente, siempre a temer. La inseguridad y la violencia se vuelven así el horizonte social de Francia
   De hecho, ha tenido lugar un enorme cambio de sentido en el paso de la noción de violencia urbana a la de inseguridad. Al principio, como hemos visto, la inseguridad toma en cuenta y apela a la experiencia, a lo vivido y de esta manera al sentimiento de cada uno. El menor acontecimiento, que antes habría podido pasar desapercibido, ahora se siente vivamente como formando parte de este fenómeno general. Se instala el miedo social, miedo que tiende a acentuar aún más la inseguridad, en la inmovilidad y el aislamiento que suscita. El miedo paraliza a los individuos quienes, cara a la agresión de otro, prefieren apresurar el paso, y mirar a otra parte antes de intervenir y arriesgarse a unos golpes. Si el egoísmo individual contemporáneo constituye el motor principal, hay también algo paradójico en este tipo de relación. Porque la inseguridad se denuncia a bombo y platillo, pero en ningún momento se presenta un discurso responsabilizante.
   Ahora bien, nos parece que este punto es extremadamente importante en la medida en que el individuo emancipado occidental puede definirse como un individuo débil, temeroso y emotivamente inestable, que necesita el concurso, la asistencia y la protección del Estado, a fin de que le sean garantizados los derechos fundamentales. Pues lo que especifica los derechos fundamentales en las sociedades liberales, es el derecho a la indiferencia con los otros. El individuo cada vez más atrincherado en él mismo, se desinteresa de los asuntos públicos y sociales, y requiere para mantener su separación el despliegue de un Estado fuerte. La inseguridad en ningún momento es cuestionada fuera de la denuncia de sus autores y sus víctimas. La pasividad cómplice de la sociedad frente a un fenómeno que la concierne y por el cual se siente tocada (el éxito del sensacionalismo mediático lo demuestra) en ningún momento se denuncia, ni siquiera se cuestiona. La gente tiene miedo y aún más miedo cuando los media le repiten a lo largo del día que la inseguridad aumenta e invade poco a poco la zona rural y el centro de las ciudades.
   Esta noción, pues, mezcla y engloba todo lo que la noción de violencia urbana denotaba, ya que serán siempre los mismos quienes serán denunciados como autores, sobrepasando ampliamente los marcos de análisis que existían, ensanchando su punto de vista. Cierto que toda la sociedad está tocada, y la escuela representa probablemente el lugar más llamativo en el imaginario colectivo. El discurso político se abisma en este desplazamiento, con su cortejo represivo y penal

   B. La inseguridad como discurso político
   El tema de la inseguridad mezcla un discurso político clásico, al menos desde la modernidad, en el que la seguridad se presenta como el objetivo del contrato social y en consecuencia de la vida en sociedad. Evidentemente es el contrato tal como Hobbes lo pensó y presentó en Leviatán, que constituye el ejemplo característico de este tipo de pensamiento. Éste elabora el contrato social como pacto político que instaura la sociedad civil, a partir de la naturaleza humana y la naturaleza, que se corresponden y se confunden. Según Hobbes, es para salir del estado natural y de la guerra de todos contra todos, que es la condición del hombre en estado natural, es decir para sacarlo de la inseguridad generalizada y general en la cual viven naturalmente los hombres cuando ningún poder les gobierna, para lo que se elabora la asociación de los hombres en el seno del contrato social. La instauración de un poder político tiene, pues, como primer objetivo y fin último la seguridad de todos. Lo que constituye, incluso, el límite del poder soberano tal como es definido por Hobbes, pues solamente en tanto se asegure su seguridad, los sujetos deben obedecer al soberano y a las leyes. Si esto no está garantizado, nada les vincula a unos con otros, ni con el poder político. La seguridad, entonces, es la justificación de la única violencia tolerada en el marco del contrato social. La violencia es lo que puede utilizar el soberano para asegurar la seguridad de todos. Se trata, bien entendido, de una violencia esencialmente coercitiva, punitiva y represiva.
   Hablar de inseguridad será, entonces, agitar el espectro del derrumbamiento de lo que constituye el vínculo social en sentido fuerte, de lo que justifica el contrato social y la vida en común, Si la seguridad es el bien supremo de la existencia colectiva, su puesta en peligro constituye, en consecuencia, el riesgo más importante y más grave que puede correr una sociedad. Hablar de inseguridad convirtiéndola en el contenido político primordial, es colocar la sociedad francesa en un lugar bien preciso, donde el vínculo social está constituido por el deseo de seguridad y bienestar. De hecho, esto corresponde a la realidad, pero solamente de una cierta manera. La sociedad francesa, como toda sociedad occidental, ha llevado el individualismo y el egoísmo hasta un punto demasiado exagerado. El desencanto político al ser la piedra de toque en todas las vidas individuales, apela a la inseguridad, excita una pasión, el miedo, a fin de combatir esta indiferencia frente a la política manifestada en el discurso del “todo vale”.
   La inseguridad sería, pues, un discurso de la pasión presentado bajo una forma racional. Se trataría de utilizar el miedo contra el desencanto ¿Pero es realmente eficaz? El primer punto importante a destacar es que la inseguridad no es un discurso sobre la responsabilidad y sobre la ley. Se trata de un discurso cuyo resultado es el reforzamiento penal y represivo. Apelar a la inseguridad, es forzosamente apelar al despliegue de una violencia legal, la del poder. La inseguridad exige la ampliación del poder coercitivo, penal y represivo.
   Se trata primero de enunciar públicamente el miedo canalizándolo a un punto preciso (la inseguridad), y luego, suprimir de esta forma los otros miedos e inquietudes posibles, los otros fallos políticos. El discurso político de la inseguridad es la consecuencia de varios problemas. Primero se trata de llenar un vacío. El desencanto de los individuos cara a la política cada vez más flagrante, despertar el miedo social, es intentar, como hemos dicho, reinyectar pasión política en el corazón de la política. La esfera política recupera así una pasión que circula ya en la sociedad, intenta canalizarla, intensificarla en el reconocimiento y legitimidad mismos que la política le aporta ¿Se puede igualmente suponer que la ha creado de pies a cabeza? La cuestión es delicada. Si la inseguridad puede analizarse como un fantasma de la sociedad de la abundancia, debe beneficiarse de una base real para poder tomar tal lugar. El discurso llevaría a la vez a una cierta realidad y a un cierto fantasma social. ¿Qué podemos sacar de este segundo problema?
   La inseguridad como fantasma puede entenderse en principio como una negación, la de otros problemas existentes en el seno de la realidad social francesa. Así se podría pensar que ella esconde los problemas vinculados al paro, a la ausencia de horizontes, a una “inseguridad” social, a la integración. Quizá el último punto sea el más interesante. ¿A qué remite el problema de la integración en Francia? ¿Y primeramente, a quiénes concierne? Se trata evidentemente de jóvenes franceses de origen extranjero de la segunda, tercera o cuarta generación, y más particularmente a los originarios de antiguas colonias francesas. La cuestión entonces es el problema de la misma identidad francesa. Hablar de inseguridad sería entonces una manera violenta de rechazar el problema real de la identidad, la posibilidad misma de su expresión en el seno del debate público.
   Ahora bien, este problema es una de las mayores apuestas que la sociedad francesa deberá afrontar, a menos que ella no prefiera empeñarse en una huída hacia delante, llamando con sus gritos a los mismos males que ella se molesta en denunciar. Otro problema acecha a la sociedad francesa. El terrorismo internacional, cuyos autores están claramente identificados como extremistas islámicos, propone una nueva base en esa huída hacia delante ¿Para cuando denunciar el terrorismo en el seno de la misma sociedad francesa? No estamos lejos de una fractura social real, provocada y mantenida por el discurso sobre la inseguridad ¿Podría el fantasma llegar hasta ver en los individuos magrebies a los terroristas de Alqaida, así como los representantes del mal en la tierra y en la sociedad francesa ¿qué discurso sobre la violencia nos proporciona la noción de inseguridad? El que, desde luego, está hecho sobre una amalgama entre la seguridad interna de la sociedad francesa, y la que crea la expansión del terrorismo internacional. Ahora bien, como hemos visto, es muy probable que estas dos inseguridades se calquen una sobre la otra para dar una figura híbrida. En efecto, el amalgama entre inseguridad de la sociedad francesa, periferias, jóvenes de origen extranjero, fundamentalismo, terrorismo, violencia, podría dar la ecuación siguiente: Los árabes franceses son todos terroristas. Ecuación mucho más peligrosa para el clima social de Francia que el simple problema de su seguridad interna.
   Pero se podría también analizar tal discurso como una negación de la sociedad por la sociedad misma, de la realidad que la constituye. Así pues, el discurso sobre la inseguridad baraja otros efectos de máscara, que se pueden leer fácilmente en las políticas actuales del gobierno francés. El discurso de la inseguridad corresponde a un tipo de sociedad democrática liberal, donde el papel del Estado tiende a definirse de dos maneras, a la vez antagonistas, y perfectamente coordinadas. El Estado, al asumir un papel débil en la economía y dejar el lugar al libre mercado, a la libre competencia y en consecuencia a las privatizaciones masivas, debe por otro lado asumir un papel fuerte en la represión y el mantenimiento de los disturbios sociales. El Estado disminuirá sus políticas sociales y acentuará la represión para hacer callar y allanar la crispación social, abonada por el desencanto económico y social del Estado. Hacer de la inseguridad un discurso político es pedir a voces la institución de este tipo de Estado. Por otra parte, podemos bastante fácilmente interpretar las reformas efectuadas por el gobierno francés en este sentido. Menos lugar para la cultura, para la educación, para la investigación, para el arte, y más lugar para la policía, para la penalización, y para la privatización. Lo que es preciso decir claro, es que el discurso sobre la inseguridad enmascara tales riesgos, haciendo sentir la pasión política que es el miedo, como principal motor político. Los franceses satisfechos podrán volver a ocuparse de sus pequeños asuntos, cercados por unas fuerzas de seguridad que les protejan de los otros, y sobre todo de ellos mismos.
   El discurso político de la inseguridad puede, entonces, interpretarse a la vez como un oportunismo (canalizando y reservando para sí las energías difusas en la sociedad) y como una estrategia política de recuperación. Pues permite tanto ahorrar un verdadero discurso político, como presentar un verdadero programa. Se puede entender como la recuperación de un discurso liberal, el de un Estado débil económica y socialmente, y fuerte en la represión. Será débil socialmente, pues deberá apelar a la inseguridad para justificar la ampliación de sus medidas represivas y penales. La represión es, con seguridad, la consecuencia de todo discurso sobre seguridad.¿No vivimos en una sociedad cada vez con más policía y más seguridad? Un número siempre creciente de policías patrulla las calles a pie, en bicicleta, en patines, en moto, en coche, en furgón, tenemos derecho a tener el ejército en el metro con metralletas, a los agentes de la policía municipal, a los de la policía nacional con sus perros, etc.
   Es preciso decir que la seguridad se considera lo que los individuos han ganado alienando su libertad en el contrato social. El discurso de la seguridad va bien en este sentido en la medida en que todo un dispositivo de nuevas leyes penales se promulgan creando nuevos delitos, la transformación de infracciones es delitos, la ampliación de derechos de intervención y retención para la policía, etc. Ahora bien, todas estas medidas, al mismo tiempo que aseguran, no hacen sino acrecentar el clima de inseguridad y disminuir la esfera de las libertades individuales. En efecto, ¿puede uno sentirse tranquilo en ante la presencia masiva de fuerzas del orden? La sociedad francesa se transforma poco a poco en una sociedad de vigilancia y represión. La “tolerancia cero” a la americana no hace sino aumentar el clima de tensión y contribuye a la desresponsabilización general. ¿Tolerancia de quién y para quién? De las fuerzas del orden frente al ciudadano lambda que por ser un poco moreno sufrirá controles permanentes. Se trata de una desresponsabilización masiva, porque hacer de la represión y el despliegue de fuerzas del orden y del aparato penal la solución a un problema social, es negar la responsabilidad colectiva en los hechos. No se trata de modificar el comportamiento general de los individuos frente a los fenómenos de violencia, sino de reprimir a los que deberían ser los autores, y, entonces, crear todo un aparato represivo que pueda irrumpir en todo momento en la vida de todos y cada uno. La mayoría de las medidas para garantizar la seguridad no son sino una manera de arrojar aceite al fuego, desde la prohibición de reuniones en los vestíbulos de los edificios, hasta la ampliación de los derechos de los policías.

C Representaciones de la violencia
    Más allá de los riesgos del porvenir, la noción de inseguridad nos habla de un cierto tipo de violencia, la sentida por las víctimas potenciales. La inseguridad se traduce entonces por una voluntad obsesiva de organización y de apropiación de la violencia, en el despliegue de fuerzas de policía, de diversos organismos de seguridad, de vigilancia, y la proliferación de discursos especializados.
   Al mismo tiempo, puede entenderse la inseguridad como una violencia de la sociedad contra ella misma, fraccionándose y dejándose habitar y conquistar por el miedo. Finalmente lo que marca más específicamente el discurso de la inseguridad, es, ciertamente, un rechazo total de la violencia. Que nuestras sociedades comporten todavía trazas de violencia, parece intolerable a todos y cada uno. Estamos abocados a un tal nivel de negación de la violencia que no puede tolerarse en ningún caso. La naturaleza ha sido excomulgada de la naturaleza humana, y su vuelta a primer plano en el discurso de la inseguridad no hace sino confirmar esta tendencia. De este modo, la noción de civilización expresa perfectamente este rechazo a la violencia. La civilización sería, así, el hecho de una renuncia, de un rechazo a las pulsiones violentas y destructivas que crean a la vez la culpabilidad, como instancia reguladora de censura interior en el individuo, y la sublimación, como polo captor de la energía creativa, y en consecuencia de la capacidad de imaginación y de trasgresión portadora de la primavera de las normas.
   La inseguridad será entonces un retroceso en la civilización, que no puede ni debe en ningún caso tolerarse. Sólo puede aceptarse cierta sublimación de la violencia, pero en ningún caso su expresión directa en el seno de la sociedad. Así es como las sociedades se organizan en una suerte de esquizofrenia frente a la representación de la violencia. Por un lado está el discurso moralista y humanista de los derechos del hombre, el de una sensibilidad extrema y un rechazo total de la violencia en el seno de la definición de lo que hace humano al hombre. El hombre civilizado es el de la mesura y la concordia civil, en el cual la violencia, comprendida únicamente en término de pulsiones, es sistemáticamente rechazada. Así toda trasgresión de las normas sacro-santas de la civilización, es inmediatamente denunciada, clasificada, repertoriada, y señalada con el dedo como intolerable. Pero por otro lado, este hombre civilizado y dulce se deleita cada día con mil imágenes violentas que le sirven cotidianamente los media. Desde el diario televisado, pasando por la floración de películas cada vez más violentas, hasta los video-juegos hardcore, la violencia mediática constituye el ambiente preferido del hombre civilizado. Puesto que, ante estos tipos de violencia él es esencialmente espectador. Puede así rebelarse y entristecerse ante los horrores que tienen lugar en el mundo y que sigue desde la pantalla de su televisor, pero también asustarse y deleitarse con las imágenes violentas en el cine, en un regocijo estético bien inofensivo, o incluso interpretar él la violencia en su playstation.
   ¿Tienen un vínculo estos dos fenómenos paralelos? Numerosos estudios analizan el vínculo entre violencia y la televisión, el cine y los video-juegos, y la violencia de los jóvenes sin acertar realmente a decidir sobre los vínculos reales que pueden establecerse entre las dos series de fenómenos. Nos parece importante entender la paradójica floración de valores antagonistas que se desarrollan con motivo de la violencia. Tanto es rechazada como idolatrada, en la dislocación producida entre la realidad y la ficción. Sin embargo, se puede conseguir una unidad de lectura entre estos dos planos, sin llegar a pensar que se confunden. La violencia es pues, esa parte del hombre que se niega en la realidad, pero que constituye el principal motor de su fascinación estética y emocional. El hombre occidental, el hombre civilizado, deslocaliza su violencia y la proyecta en una pantalla, como la proyecta y deslocaliza sobre otra regiones del globo que controla. El rechazo es así lo que fundamenta lo propio de su esencia de hombre civilizado, negando en él lo que adora sobre el escenario, negándose a afrontar las apuestas mismas de su esquizofrenia social. La inseguridad es pues una piedra más sobre el edificio de la negación de sí mismo del hombre occidental, cada vez más hermético en sí mismo, y en la definición de su propia identidad
   El “todo asegurado” no podrá, en todo caso, sino agravar esta negación convirtiendo al otro, al diferente, en más y más peligroso.

Por Ximena Gonzalez. Traducción M. Pino
      El original puede leerse en francés en http://www.iguanaroja.new.fr/