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La Carrió nuestra de cada día La Carrió nuestra de cada día
 

 

“La moral es la impotencia puesta en acto.
Cada vez que combate un vicio es derrotada”
Carlos Marx. “La sagrada familia”.

De las urnas del domingo democrático—. Elisa Carrió es un personaje significativo del escenario político nacional no tanto por su presencia mediática como por su trabajo. En lo mínimo, en cualquier Facultad de Derecho, se conocía quien era, la tenían en cuenta, como formadora de opinión, investigadora, persona ejemplar, jurista. Esta Carrió fue enterrada, a pesar del Hanna Arendt. Carrió era un referente intelectual y profesional, junto con Alfredo Bravo, Polino, Alicia Castro, Zaffaroni: sus textos y opiniones eran más que visitados. Eran eticidades esgrimidas en las aulas de los cuervos del mañana —modelos de pensamiento— tan necesarios en esos anfiteatros anónimos de la obediencia debida: la ley por la ley misma es una máquina tragamonedas que emite sentencias al dictat de la jurisprudencia dominante, un trámite, un cheque, otro remate, otro preso, otro tiro en la cabeza. Al tiempo que crecía su forma mediática, su cuerpo evidenciaba las tensiones de sus nervios. Con o sin crucifijos, sinceró su fuerza, sola. Se quebró frente a una sociedad que prefería tildar de apocalíptica la verdad que enunciaba: anticipó todo el proceso de saqueo. Y si estaba loca es porque la verdad misma nos vuelve locos y porque la sociedad prefiere la ilusión al pensamiento. No por eso la sociedad le debe a Carrió. El mérito de su reconocimiento lo escribirá la historia —si la educación se atreve a ser inteligente— cuando el trabajo sobre el informe del lavado sea estudiado en los manuales de historia en los secundarios del país. Condensa, quizás, cierto escepticismo con respecto a la izquierda, ya sea a sus autocríticas o a nuevas formulaciones teóricas. La sociedad argentina liga comunismo con pobreza, cuba, Guevara, quilombo y... ¡qué no me toquen lo que es mío!

— No cabe eso del comunismo... lo que uno tiene, tiene que ganarlo. Eso de que “vos tenés dos casas, dame uno para mí”, partido obrero, no cabe, loco. El que tiene algo es porque se rompió el culo y si no... yo no tengo porque dudarlo.

Carrió es esa nueva enunciación de la distribución de la riqueza, las reformas sociales tan esperadas y necesarias, las mejoras institucionales. No es poco, un sueño republicano: economía mixta, instituciones depuradas, regulacionismo, clase política ética y responsable. Montesquiev. Habla de la alianza de conciencias, versión irigoyenista del hegelianismo. Y esgrime su dios, él que nos saca del fango: La Moral. El contrato moral como punto de partida, momento fundante, reconversión, etc. No es Hanna Arendt sino Emile Durkheim el libreto. Después de 10 años de fiesta hay una evaluación explícita de la sociedad argentina consigo misma y se encarna en los labios veloces, políticos, moralizantes, humorísticos: Somos unos Soretes —famoso sorete mental— categoría básica para comprender la mentalidad del argentino promedio, esgrimido por el pensador Enrique Pinti. Pinti es la Carrió del espectáculo. El diagnóstico es nuestra inmanente corrupción sistémico-continua, históricamente trazada por la Carrió del periodismo de investigación, es decir, Jorge Lanata. Y tiene una solución material posible, el trío lo sabe, pero falta el slogan, la imagen unificante, el becerro. ¿Con que lo van a llenar? ¿Con obreros? ¿Con discurso de fábrica recuperada, asamblea y superpiquete mundial? Ese becerro es combativo. El becerro de “Empresa” es el dios de los profetas, de los gurués del mercado, quienes tienen los rituales para la lluvia de inversiones, el conjuro de la bolsa, la chispa de las ideas y las innovaciones tecno-industriales: los brujos, los hechiceros, que invocaran la divina presencia del Capital. Es el becerro de los barrios cerrados, la panza brava de Lopez Murphy, el bigote oficinista de Macri. A Carrió le queda el becerro del cual nadie duda: la moral. La preciosa y digna moral, ese manto encantador.

Más allá de que Carrió lograra una mejora material, y por ende, disminuyeran los niveles de corrupción en la percepción social o si existiese en la conciencia colectiva una fuerza que desde el aparato de gobierno la provocase para generar lazos sociales más sólidos, es decir, una esperanza, una conversión. Amén de todo esto, la Moral o, mejor, el Super Yó así suplicado jamás será satisfecho, colmado. No estamos jamás a su altura. Bajo el reinado cultural e ideológico de estas últimas Carriós de la cultura nacional la sociedad argentina se escinde en lo profundo de sus individualidades entre las materialidades que nos impone la trasgresión de las normas y la construcción de una mirada social muy susceptible, que demanda “nuevas argentinas”. Bajo el reinado de los Carrió la hipocresía prospera socialmente. Por eso es la más votada un mes antes de “ponerla” en la urna.

La ciénaga. En el fango porcino de la impostura mediática la opinología porteña no puede ir más allá del instante, del flash. El voto al bigote oficinista constituye contra Carrió una “maduración” del electorado. El voto ético ya se dio, fue la Alianza, y De la Rúa. Allí fue a parar la moral y Chacho le prendió fuego. Maquiavelo. El voto al empresario bostero es un voto a la Economía. La sociedad argentina soporta la corrupción en la medida de una apuesta a la generación de empleo ¿sostenible?. Aunque estos sean gestados por una especie de gran Familia. Sin embargo, no aprendemos de la historia. 10 años de menemismo demuestran que la economía por sí misma como matriz cultural que diagrama los valores y las posibilidades estalla. No quiere decir que Macri fracase en la Capital. Poscrogmanion, el bostero de traje y corbata, traduce la demanda de pureza institucional y mejora del funcionamiento del aparato de justicia bajo la forma del discurso de la gestión eficiente y los grupos coordinados por un jefe innovador, creativo y coacher. Macri es el que hará de la ciudad autónoma una empresa del gobernar, una pasión por el emprendimiento: pule el bronce del poder.

Los valores los sigue diagramando la economía, es ella quien determina la imagen del pensamiento, dicta el guión de la política y el disfraz del político-empresa. Que solo bajo esta matriz de pensamiento el poder se construye, se discute, se pelea. En este sentido, las cárceles de Pro — vencedor— pueden darse hasta el lujo de ser pluralistas y democráticas .

Los valores del menemismo perviven. Carrió lo sabe. Su conferencia de prensa dió cuenta que reconoce la fuerza de los vicios. Las relaciones de fuerza que se esgrimen en el territorio reclaman, danzan, repudian y se mastican el cuerpo político del menemismo. Viven la práctica de sus valoraciones bajo nuevas modalidades del discurso. En otras palabras, no se trata de que el peronismo tiene su nuevo Ismo sino de la condición de artefacto, de artificio, del Ismo mismo.

Debajo, en la mugre de este nuevo matrimonio de poder, no se encuentra la fábrica, la tecnología, Das Kapital. El aspecto trágico del supuesto y endeble bienestar nacional es que en las profundidades ruge la tierra, la vieja, bendita, Tierra.

Estamos hechos de Tierra, de pura tierra.

Leonardo Sai

 

 
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