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La autoestima
 

 

A veces, uno se desprecia. Cuando se toma conciencia de los fracasos, de lo absurdo de la vida y, sobre todo, de las propias miserias, es lógico despreciarse a sí mismo. Sin embargo, esto se considera, cuando menos, una psicopatía. El sistema nos quiere "felices" y no se conforma con dictar normas de convivencia; además, dicta que sentimientos son correctos y cuáles no. En estos casos, determina "Baja autoestima" y deriva al sujeto al psicólogo y a sus obras: los libros de autoayuda. De ese mecanismo surgen mitos como la autoestima y las recetas correspondientes para alcanzar los niveles necesarios de autoestima. Quizá sea una solución interesante para el sistema, pero no deja de ser otra trampa para anular al individuo y convertirle en una pieza más del rebaño.

Quererse es peligroso. Quererse significa, en muchas ocasiones, conformismo. En las otras, un ridículo narcisismo. Ser consciente de las propias miserias y del absurdo de nuestra vida, lo que llaman una "crisis", es una ocasión para colocarnos en nuestro sitio, para conocer, para querer cambiar. Cioran, capaz de sintetizar en aforismos grandes ideas, decía: "El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad" y "Desembarazarse de la vida es privarse de la satisfacción de reírse de ella" por ejemplo.

No hay peligro de suicidio en el conocimiento, en ese caso sería eutanasia, algo absolutamente legítimo para el individuo por más que la norma social lo prohiba. El suicidio lo determinan esas normas que obligan a formar parte del rebaño. Aceptar que uno debe autoestimarse, que debe triunfar, que debe dar un sentido a su vida, provoca la muerte por suicidio, o la muerte, ésta aceptada, como individuo al anular la posibilidad de crítica.

Más interesante que todos esos manuales de autoayuda, son las sustancias químicas capaces de anular los efectos de la ansiedad. Su funcionamiento sugiere que el pensamiento y la conducta dependen de reacciones químicas ajenas a nuestra voluntad. De alguna manera, esto es cierto. De hecho, en muchas ocasiones se utilizan para controlar al rebaño. Pero ¿son absolutamente determinantes?. Creo que no, influyen pero no determinan. Cuando Lenin o Marx decían que la religión era el opio de los pueblos, obviaban el uso dirigido del opio cual religión. Provocar cambios fisiológicos, necesariamente no anula al individuo. Experimentar los efectos de cualquier sustancia puede ser enriquecedor, agotador, catastrófico...lo que lo convierte en embrutecedor es aceptar el uso predeterminado, indicado y tolerado que de ellas se hace. Entonces, actúan como los manuales de autoestima, hacen que nos comportemos y sintamos lo que dictan las normas.

No tengan miedo a despreciarse, a partir de ahí, serán más sabios y tolerantes.

Manolo Pino

 

 
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