Inicio Presentación Editorial Intervén El Rincón Opinión Correrías Inéditos
Cocinillas y Jardineros El Sonajero ¿Arte? Pistas y Reseñas Textos canallas

 

 
Good morning Vietnam
hanoi calle.jpg
Después de incontables horas de viaje aterrizamos en Hanoi. Llegamos a un acuerdo de 10$ por el taxi y le dimos las señas de un hotel que nos habían recomendado. Estaban preparando el Año Nuevo. Eso quiere decir que por todos lados había arbolillos con flores o mandarinas, que es su adorno por esas fechas. Muy bonito. Enrique lo pasó un poco mal, casi saca el pie por el suelo del coche intentando frenar. El chofer se lució, sin dejar de tocar la bocina, -como el resto de vehículos: motos, triciclos, bicicletas, algún camión- hizo los quiebros necesarios para no llegar a chocar ni atropellar. No existen normas de tráfico o no se respetan. Sólo se utiliza el sentido común
ventas_1.gif
que consiste en esquivar lo del frente o frenar lo imprescindible para evitar el choque. La circulación es como el cruce de muchos hormigueros.
Al fin llegamos. Por el camino arrozales y neblina. Ambas cosas nos acompañaron todo el viaje. Están orgullosos de ser los segundos exportadores mundiales de arroz. Ya en el taxi comenzó otro fenómeno que continuó todo el viaje. Identificaban a Enrique con Bin Laden. Siempre acabó en risas. El hotel nos impresionó favorablemente, hasta que la amabilidad del recepcionista se convirtió en una pesadilla pretendiendo organizarnos todas las vacaciones. Quiere esto decir que antes de salir del hotel ya nos había contratado y cobrado tres excursiones y las
hanoi comida.jpg
noches de hotel correspondientes. Conseguimos, escapar y callejeamos llenos de cansancio. Primera comida, ¡que ilusión¡ sopa y rollitos. Algo difícil de evitar porque en las excursiones te incluyen todo y la comida siempre es sopa y rollitos.
La impresión es que aquello no parece comunista en absoluto: consumo, iniciativa privada, marcas multinacionales y cientos de miles de motorinos, bicicletas y triciclos ocupados en transportes inverosímiles. Las aceras tomadas por restaurantes improvisados, motos aparcadas, puestos de cualquier cosa. Bastante estresante si se le añade la continua oferta de cualquier producto: salacots, gorros de paja, transporte en triciclo, frutas, patos vivos, pan y cuanto pueda imaginarse.
Sin reponernos del agotamiento, comenzamos las excursiones.

El río de los perfumes.
rio perfume 1.jpg
Nos llevaron en microbús hasta la orilla de un río donde nos subieron en unas barcas. Los viajes por superficie nunca logran superar medias de 30 Km/h. Aunque tengas un deportivo has de circular al ritmo de los ciclistas. El exotismo de los arrozales, la caótica circulación y las risas por Bin Laden todavía nos entretenían.
El paseo en barca también fue agradable. Luego vino una penosa subida de más de dos horas hasta una enorme caverna que es un templo donde se reúnen millares una larga vez al año para sus correspondientes rezos. En ese tema tienen pocos prejuicios. En la caverna había diferentes dioses,
rio perfume 2.jpg
budas y antepasados para todos los gustos. Tienen a gala que en esa ocasión el humo de los palitos de incienso impide ver la montaña. De ese olor le viene el nombre al río. Cuando nosotros fuimos la estaban preparando. A los lados del camino de subida estaban construyendo chiringuitos. Otro trabajo de hormigas, salvando los desniveles con troncos de bambú, subían los pesos más insospechados tales como bancos de cemento, y prensas para hacer zumo con caña de azúcar.
El camino a la inversa y habíamos pasado otro día agotador.
Sapa, la montaña de los Tung.
sapa 2.jpg
Sapa es un pueblo cercano a la frontera con China en una montaña que no vimos porque la niebla nos envolvió todos los días. Toda una noche en tren cargando con unas colchonetas que nos prestó el hijo puta del hotelero, en vez de contratarnos literas blandas. Después, dos horas hacinados en una furgoneta destartalada trepando por camino de tierra entre la niebla, las bicis, las motos y el ganado. Llegar al hotel fue una liberación. Nos recibieron con sopa y la habitación sin hacer. No se inmutaron, estaban preparando la fiesta de Año Nuevo que sería la noche siguiente.
dia de fiesta.jpg
Callejeamos un rato entre la niebla, compramos mala marihuana y mal opio, ofertas típicas de la zona, además de la artesanía propia de esa etnia: los Monk
También compramos betel en el mercado. El betel es la nuez de una palmera y tiene fama como droga, lo toman algunas viejas y al masticarlo se les tiñe la boca de un rojo característico. En el mercado, vi como lo compraba una nativa y seguimos su ejemplo, incluso en el pago, diez veces menos de lo que nos pedía en principio. Después fuimos incapaces de utilizarlo con eficacia. Sólo nos teñimos un poco la boca de rojo sin conseguir ningún efecto. Probablemente no lo supimos preparar. La compra incluía varias nueces verdes, hojas sin identificar, quizá
NinoEspalda.gif
sólo fueran el envoltorio, unos trozos de corteza de algún árbol y una pasta lechosa que probablemente fuera cal y que perdimos. Sabor muy amargo. No conseguimos más información sobre el tema y acabamos tirando los restos cuando empezaron a pudrirse.
La primera excursión fue a una casa típica Monk. La gracia de esta etnia es que viven como hace muchos años. Es decir, llenos de piojos en chozas miserables, van vestidos siempre de típico y el uniforme incluye el desteñido del tejido que les ha dejado la piel azul. Fue un poco chocante porque el guía nos metió en una de esas casas sin hablar a los habitantes siquiera. Los Monk están
indigena kung.jpg
marginados, no les dejaban entrar al hotel. Los enseñan como animales. Algo que echamos en falta precisamente fue ver algunos animales salvajes.  Como es lógico en las montañas todo está en cuesta y acabamos muy cansados, salvo el incombustible Enrique que trepa fumando y con resaca.
Esa tarde tuvimos alguno de los momentos mágicos. La niebla difuminaba en diferentes planos la perspectiva como telones de gasa. Un puente de bambú sobre un río saltarín, pinos parecidos a las araucarias, bambúes y una armonía natural que reproducen en los bonsais.
A la mañana siguiente notamos que los camareros, en
sapa 1.jpg
lugar de tratarnos con la típica dulzura de los vietnamitas, nos evitaban. Al fin, nos dijeron que nuestro amigo Enrique se había emborrachado la noche anterior en su fiesta de Año Nuevo. Pensamos que estarían ofendidos, pero nos equivocamos. Bin Laden se había convertido en un borracho célebre. Probablemente sólo estaban rabiosos por tener que servirnos tan temprano después de una fiesta tan sonada. Los excesos de Enrique nos sirvieron para conocer a una pareja de huéspedes muy interesante. Una chilena y un canadiense que trabajaban en Hanoi para la Unesco. Hicimos juntos el regreso en tren y comenzó una amistad entre
sapa arrozales.jpg
bocados de chorizo que había llevado Enrique y pastel de Año Nuevo que tenían ellos. El pastel es una cosa dura de tragar, algo así como un ladrillo de arroz apelmazado con grasa de cerdo fría en su interior. En Hanoi salimos un par de veces con ellos.
La excursión del día siguiente fue más larga, bajamos hasta un valle a seguir viendo Monks y comer en una casa Tai, que es otra etnia marginada, pero algo menos. A los Tai, al menos, les hablan. El camino fue bonito y cuesta abajo, entre terrazas de arrozales. El guía llevaba la comida y nos la preparó en una casa Tai. Por supuesto, sopa.
sapa arrozales 2.jpg
La casa, habitada por una familia que no hablaba nada inteligible para nosotros, era de caña y hojas. En un rincón un fuego en el suelo. Una mesa redonda baja para nosotros con sillitas muy bajitas y otra mesa alta llena de ofrendas a los antepasados: tabaco, arroz, dulces, cerveza, que Enrique pensó destinada a nosotros y casi la lía. Pusieron tal cara que se dio cuenta antes de abrirla. Nos trajeron otras cervezas.
Volvimos en furgonetas cambiando el cansancio por vértigo. Entre medias, vimos muchos grupos de Monks que iban a reunirse en algún sitio y que habían añadido a su atuendo paraguas como signo de distinción.
RecogiendoArroz.gif
Cuando al día siguiente nos devolvieron al tren, pudimos vislumbrar algo de la gran magnitud de las montañas donde habíamos estado entre la niebla.
El viaje de vuelta se hizo tremendamente pesado y tuvimos la primera bronca en el maldito hotel Prince de Hanoi. Al llegar a la estación debíamos tomar un taxi que pagarían en el hotel. Ya nos sentíamos bastante timados. Todos los demás excursionistas habían pagado menos y habían viajado sin cargar con las malditas colchonetas. Así que no discutí el precio abusivo que pidió el taxista y les dejé discutiendo al hotelero y al taxista. Además ya no teníamos habitación y debíamos ir a otro
ofrendas a los antepasados.jpg
hotel de la misma cadena. Nos tuvieron que volver a llevar en taxi y pasamos otra noche en Hanoi.
Nuevamente nos trasladaron a otro barco análogo y volvimos a navegar durante varias horas. A veces nos parecía reconocer alguna roca, pasamos por estrechos muy cerca de islotes de vegetación selvática. En lugar de gaviotas había cuervos. Un mar curioso. Se acopló al barco una motora y nos  ofreció sus productos: marisco vivo. La barca tenía estanques por toda la cubierta. Llegamos a un acuerdo. Compramos unos cangrejos y nos los cocieron en cerveza. Fue un desayuno estupendo.
Seguimos navegando hasta Halon. Luego, la comida de siempre y el tedioso viaje en autobús. En la parada intermedia nos fuimos a hacer fotos. Un búfalo embistió a Victoria, o a mí que estaba en medio, le pegué un golpe en la cabeza, di un grito y se marchó.

Perdidos en el mar de la China
Como otras veces, nos recogieron en un microbús, habíamos contratado grupo pequeño para
halong 1.jpg
dormir en el barco. Antes de salir de Hanoi nos traspasaron a un autobús. Cuatro largas horas de carretera con parada intermedia en tienda de souvenirs. No compramos. En Halong nos quedamos esperando entre un hormiguero de turistas chinos. Cuidaba de nosotros la Srta. Ten Minuts, que era su respuesta a nuestra pregunta ¿Cuándo llega el barco?. Esperábamos un barco pequeño, un catamarán nos había dicho el asqueroso recepcionista del Prince. Nos subieron en una especie de golondrina como a todos. Nos dieron sopa de comer y comenzamos a navegar entre la niebla hacia el laberinto de islotes. Mientras navegábamos la cosa funcionaba. Me recordaba el final de Arthur Gordon Pym. Pero en realidad no estábamos perdidos. Nos llevaron a visitar una cueva de estalactitas en uno de los islotes. Navegamos más, hasta otra isla donde nos quedamos solos esperando el pequeño barco para dormir. Tardaría “ten minuts” de ese tiempo oriental que no corre. Así que haciendo equilibrios entre tablones llegamos a unas casas restaurantes flotantes y pedimos unas
halong 2.jpg
cervezas. La patrona se sentó con nosotros. Vino una hija pequeña que se sabía la 1ª lección de inglés y nos preguntó de donde éramos y como nos llamábamos. Así que la conversación fue corta, pero el rollo cálido. Enrique abrió una lata de sardinas y otra de mejillones, que parecían no conocer los nativos y que fueron capaces de probar. Nos invitaron a dulces de año nuevo: insufribles caramelos de arroz. Mientras, llegó una especie de piragua hasta el ingenio. Traía pesca, que pesaron y echaron en el estanque correspondiente. Se trataba de tres enormes sepias. Nos enseñaron el resto del género siempre vivo. El orgullo era un pez de unos 20 Kg que no supimos distinguir. Anochecía y todo era más fantasmal si cabe. Al fin nos montaron en otro barco similar al anterior, pero esta vez sólo éramos diez: tres catalanes, dos argentinos, dos gringos y nosotros tres. Inevitable cena de sopa y rollitos y pronto, animada conversación en castellano. Los gringos emigraron a otro barco que parecía tener fiesta. Ahora
de halong a hanoi.jpg
conseguimos ver algunas estrellas. Cada grupo nos fuimos a dormir al correspondiente camarote. Nos despertaron de amanecida. Nuevamente nos trasladaron a otro barco análogo y volvimos a navegar durante varias horas. A veces nos parecía reconocer alguna roca, pasamos por estrechos muy cerca de islotes de vegetación selvática. En lugar de gaviotas había cuervos. Un mar curioso. Se acopló al barco una motora y nos  ofreció sus productos: marisco vivo. La barca tenía estanques por toda la cubierta. Llegamos a un acuerdo. Compramos unos cangrejos y nos los cocieron en cerveza. Fue un desayuno estupendo.
Seguimos navegando hasta Halon. Luego, la comida de siempre y el tedioso viaje en autobús. En la parada intermedia nos fuimos a hacer fotos. Un búfalo embistió a Victoria, o a mí que estaba en medio, le pegué un golpe en la cabeza, di un grito y se marchó.
Ahí te quedas Hanoi.
hanoi mercado.jpg
Nos cambiaron otra vez de hotel y esta vez la habitación era un desastre. Cuando usaban el baño en otros pisos rebosaba nuestra taza de water entre estruendo de cañerías. Quedamos con Alicia y Norman, los que trabajan en la UNESCO. Callejeamos hasta un club de jazz. Allí cenamos. Esta vez, Enrique consiguió un entrecot. La música eran canciones de los Rolling, Beatles, etc., estilo celebración de boda. Pero lo pasamos bien fumando canutos inocuos.
Hanoi tiene su centro en torno a un lago con templo incluido. Como siempre, hay una zona rica de hoteles caros y edificios altos y modernos y otra pobre, donde nos quedamos, de casas estrechas, mercado, callejones y recovecos. Todo está muy lleno. Caminar es muy difícil. Las aceras son intransitables, llenas de motos, productos de venta, restaurantes
hanoi.gif
improvisados o talleres de motos. Sortear el tráfico requiere, al menos al principio, bastante concentración. Constantemente te están ofreciendo algo. Parar y mirar el mapa era peligrosísimo porque inmediatamente aparecían triciclos para llevarte. Entonces, huía sin saber hacia donde y así nos perdimos en numerosas ocasiones.
Una noche Victoria y yo tuvimos el valor de cenar en la calle. Escogimos el sitio que estaba más lleno de vietnamitas. No nos entendían. Pedimos señalando. Elegimos unos pescaditos fritos. Nos trajeron sopa con algunos pescaditos fritos dentro. Pese a todo, nos supo bien. Además nos la comimos con palillos. Se rieron, pero ellos hacían lo mismo.
hanoi universidad.jpg
Dedicamos un día a la ciudad y visitamos el museo etnológico, la tumba de Ho Chimin y las marionetas acuáticas. Para el transporte contratamos unos triciclos que cada vez nos esperaban a la puerta de donde estuviéramos. Aunque a penas nos entendíamos con los ciclistas, el tiempo da confianza y Enrique les pidió marihuana. A la salida del teatro nos la trajeron: poca, mala y cara.
Una noche nos dimos una mariscada callejera, sentados a ras del suelo. Elegías los bichos de unas peceras y te los guisaban. Estaban muy buenos pero a Victoria no le sentó bien.
Y nos despedimos de Hanoi, en avión porque realmente no había billetes de tren. El cabreo con el hotel Prince nos hizo olvidar muchas cosas: el libro de Nabokov que leía, el recién comprado por Victoria en el museo y el cepillo de dientes eléctrico. De propina les dejé mis botas podridas en el congelador.
El reposo de Hue, más río Perfume.
rio perfume hue.jpg
Hue es pequeño, sólo 70.000 habitantes según la guía. Elegí un hotel dentro de las murallas y acerté. El tráfico seguía siendo caótico pero sentimos una liberación del estrés que nos provocaba Hanoi. El hotel era impresionante horterada china, ni siquiera de cartón piedra. Un enorme relieve dorado que cubría una de las paredes del hall era poliuretano tallado y pintado. Paseamos y aterrizamos en el Mandarín, lugar de cita de routards, comida barata, decente y escasa, fotos, viajes, etc.
Al día siguiente excursión en barco por el río para ver pagodas. De paquete en moto hasta los barcos y luego lo de siempre: río, parada, pagoda, sopa, rollitos, etc. Al regreso, cansados y con prisa porque cerraban visitamos la Ciudadela, los palacios que usaron hasta hace muy poco. Luego las guerras los destruyeron y ahora los reconstruyen.
La última cena fue en un buffet de lujo: 8 $ y música
hue fortaleza.jpg
tradicional en directo en el hotel Maurice
Al día siguiente partimos hacia Ho-ian en la furgoneta más lenta del país. Un viaje lleno de paradas absurdas. Una muy larga para desayunar en lugar tan infecto que sólo tomamos cerveza. Al poco rato, otra en lo alto de un puerto, supongo que para refrescar el motor y ver el panorama. Allí atacaron unas vendedoras a Enrique en plan claveleras. No sé lo que le mangarían. Luego, cambio a un autobús más grande y parada en la Montaña de Mármol, que por supuesto no visitamos. Era un pueblo lleno de tiendas que se empeñaban en vendernos estatuas, toneladas de mármol a buen precio para decorar nuestro jardín. Afortunadamente no cabían en las mochilas. Por fin nos dejaron en nuestro destino.
Ho-ian, el pueblo de los sastres.
donde la sastreria.jpg
Tras contratar hotel, salimos a mirar y discutir el resto del viaje. A Enrique y a mí nos aterrorizaba el proyecto de treinta y tantas horas en autobús. Intentamos el tren, pero, en principio, era imposible. Luego aparecieron con los billetes cuando ya habíamos comprado los de avión hasta Saigón. Seguían mosqueando. El primer paseo nos llevó hasta la sastrería que visitaríamos todos los demás días. Primero elegir tela, luego modelo, después medidas. Una locura, estimulada por los bajos precios y la velocidad de las costureras. Les dimos de plazo hasta el día siguiente. Más tarde encontramos un templo budista o no, en funcionamiento y sin turistas, les filmé como si les robara el alma. Una de sus insignias era la cruz gamada.
La cena fue en un sitio encantador. El restaurante de Kim, el único del puerto que no había
TechoAguas.gif
intentado cazarnos mientras deambulábamos. Cuando le pedí el menú, me trajo un bloc con escritos de los turistas. Pensé que no me había entendido e insistí. No se rindió, me señaló un párrafo en español firmado por unas chicas vascas. El juego consistía en dejarse servir lo que quisiera el cocinero. Aceptamos y se lució, a buen precio. La mejor comida del viaje. Con cada plato nos explicaban como preparar cada bocado, que salsa usar y en que orden comer. Además no nos pusieron sopa. Una especie de raviolis gigantes rellenos de marisco. Antes ya habíamos comido algo parecido, pero esta vez estaban crujientes y con muchos sabores y texturas diferentes, después rollitos pero esmerados, un guiso de calamares y no recuerdo cuantas cosas más.
A la noche, tropezamos con un bingo cantado. El premio era una bici. Este pueblo fue lo más
DosSenoras.gif
tranquilo que conocimos. Es pequeño, a la orilla de un río y cerca del mar. Eso sí, por la calle, hay altavoces que suenan constantemente: música y supongo que consignas, un coñazo.
Por la mañana, nueva visita a la sastrería, pruebas y visita a la casa que era china. Alquiler de motos y viaje de verdad. Delante Victoria con la mochila, detrás yo con Enrique de paquete. Nos costó un poco hacernos con las motos, de cambio sin embrague y la mía sin frenos. Como casi siempre, nos perdimos. Preguntamos a la poli, que apenas vimos más veces y fueron muy amables. Íbamos a My Son, las ruinas de un templo perdido. Dejamos de ver otros turistas, nos saludábamos con otros motoristas. Enrique, por fin se confió y comenzamos a darle tientos a la petaca. Paramos en un pueblo porque había algún tipo de ceremonia con ruido y colorines. Era un funeral. Le dí el pésame al informante y no lo
NinaByN.gif
entendió. Quizá era un espectador como nosotros, o quizá se lo tomen de otra manera. Mientras filmaba se me colgó un niño en bicicleta para mirar la cámara. Llevaba las uñas largas y pintadas. Enrique se empeña en que ligué un maricón. Es igual, seguimos el camino sin darle la menor oportunidad. Al fin llegamos, ya teníamos el culo dolorido. Y nos acercaron en jeep con emocionante choque intermedio hasta las ruinas, que son eso: ruinas. Advierten que es peligroso salirse de los caminos porque aún hay minas y bombas sin explotar. Otra huella de la guerra. La vuelta fue más rápida y con mucho más tráfico, pero conseguimos tan buena marcha que paramos a merendar y cervecearnos. Un tugurio para nativos, con muy pocas cosas y sin idioma común. Vimos lo que había y elegimos unas gambas. Nos trajeron arroz con algunas de las gambas que habíamos visto. Pedimos el resto de las gambas, esta vez sin arroz. Creo que descompusimos las previsiones de aquel bar. Aún paramos otra vez para fotos y cervezas. En este chiringuito había niñas escolarizadas. Se sabían la primera lección de inglés: Cómo te llamas? Y de dónde eres?. Esta corta conversación la repetimos muchas veces a lo largo del viaje.
vida en el rio.jpg
Al final nos perdimos, una moto de la otra, pero nos encontramos en el hotel donde Victoria aprovechó para conchabarse con las propietarias de los motorinos contra los hombres inútiles que se perdían. Mientras, yo había vuelto a buscarla hasta la última parada. Es igual, al día siguiente llovió mucho y pasamos de alquilar motos. Craso error. Bajo el aguacero nos empapamos heroicamente hasta la sastrería para recoger de forma definitiva el guardarropa. Zalamerías exageradas de una de las tenderas llamada Jade que decía palabras en español y caminata hacia la playa. Decidimos coger un atajo y entramos en una zona que ponía algo así como paseo ecológico. Eran comunidades agrarias. Pequeñas fincas con casas muy diversas, tanto de paja como embaldosadas. Todas con su huerta y arrozal, y algunos bichos domésticos. Las que se veían más ricas tenían vacas y casi todas, un canal que les servía como transporte, abastecimiento y desagüe. En esto son poco escrupulosos. Volvimos a perdernos sin turistas ni sirveturistas. Caminamos más de la cuenta. .
ruinas de.jpg
Primero preguntamos a niños que iban en bici al colegio. Pero sólo se sabían la primera lección. Así que terminamos por echar mano del cuadernillo y conseguí con dibujillos que un anciano ciclista entendiera que buscábamos la playa. Nos encaminó correctamente con señas y gritos.
Volvimos a ser turistas y nos dimos una enorme mariscada. Nos empeñamos en tomar una copa en un sitio que no tenían ni la más remota idea sobre el tema, pero tenía una mesa muy tentadora a la orilla del río. Nos trajeron té mientras buscaban las copas. Mirábamos y fotografiábamos como los pescadores no pescaban. Vino un muchacho joven que hablaba inglés con una botella de whisky sin marca en cuya caja ponía "Regalo de Navidad". Nos colmaron los vasos, tanto que con dos copas consumimos más de media botella. El muchacho hizo las preguntas de rigor y nosotros procuramos preguntarle por ellos. Trabajaba en un hotel, pero se iba a cambiar a otro más lujoso aspiraba a un sueldo de 80$ al mes. No parecía interesado en criticar nada. Estaba contento con el
NinosPuerta.gif
turismo. Serán una minoría pero ya existe en Vietnam una clase, o un grupo social, que encamina su futuro en el negocio del turismo. Se parece a Mallorca. Está claro que están sufriendo un cambio muy acelerado y que son muchísimos, pero creo que lo llevan mejor que los otros regímenes comunistas. El comunismo actual de Vietnam se reduce a que la mafia dominante es el partido único. No se nota miseria ni opresión policial. Existe la propiedad privada y desde luego la iniciativa privada está desaforada en el rollo turístico. Conseguir un puesto de trabajo o poner un negocio pasa por pagar lo pertinente al capo burócrata correspondiente. Y, volvimos a volar



Ho-chi-min City

Calor tropical, escándalo de gran ciudad, avenidas grandes y sucias. Tarde y cansados.
autobus saigon.jpg
Parlamentamos un taxi por 5$ y nos fuimos derechos al hotel que nos recomendó un catalán en Halong. Era un lugar infecto pero atractivo. La entrada era recepción, peluquería, comedor y cocina. En un sillón, había un individuo de raza occidental barrigudo repantingado con peluquín y tomando una cerveza. A sus pies, había un cubo con hielo y algunas botellas. Me dirigí a él, pero el dueño era un anciano oriental de ojos acuosos, muy amable. Tenía habitaciones a 3$. Aquello parecía una casa de ocupas para lo bueno y para lo malo. Para llegar a nuestras habitaciones teníamos que subir una escalera cuyo primer rellano se había transformado también en habitación. La calle sudaba y estaba sucia. Un tipo colocaba ventosas a otro tumbado en medio de la acera. Algunos dormían en tumbonas o en el suelo. Otros todavía procuraban vender algo a los turistas que andábamos por allí. Cenamos en una terraza de nativos. Es decir, con sillas y mesas bajas. Era un sitio barato. Enrique no pudo comerse la carne. Así que invitamos a una pobre. Al camarero no le gustó nada nuestro rollo y se quedó sin propina por borde. Frecuentemente pasaban niños y jóvenes andando o en bicicleta que agitaban una especie de sonajero. No sabíamos que ofrecían, más tarde nos enteramos de que
welcom guiris.jpg
eran masajistas. O sea, que en lugar de limpiabotas existen sobapiés. Aunque me parece una buena idea, no utilizamos sus servicios y fuimos a una organización de ciegos, masajistas profesionales que en una hora nos dejaron como nuevos y de los que aprendí algunas cosas más para masajear: los golpes con la mano hueca, con los dedos sueltos como látigos de varias colas y la conveniencia de un de un ritmo que quizá sea una cualidad especial de los ciegos.
Por la mañana, huimos de nuestra encantadora "guest house" sin usar el desayuno incluido y nos establecimos en el hotel de la señorita sobona que estaba mucho mejor: 12$ es decir 4 veces mejor. Es un hotel con ritual propio. Antes de ir a la habitación hay que tomarse un té en recepción mientras la recepcionista soba un poquito a cada huésped. Después hay que quitarse los zapatos y subir por una escalera. Siempre hay que subir porque las casas son muy estrechas, como las de Amsterdam en los canales y en cada piso sólo hay una o dos habitaciones. Las mochilas o maletas las suben con grúa por el hueco de la escalera. Y, nuevamente, cometimos el error de contratar una excursión: el delta del Mekong. Dicen que todos eligen entre Saigón y Hanoi. Yo me quedo con Hanoi. No sé muy bien porqué. Saigón es más barata y tiene más oferta, es más cosmopolita. Me molestan las grandes avenidas, quizá.Buscando un restaurante, que se llamaba "La bibliotéque" y que ya no existía, caímos en los triciclos que capitaneaba un tipo muy simpático que hablaba francés. Nos
entierro.jpg
explicó que la dueña del restaurante se había vuelto loca y tuvieron que venderlo para pagarle el hospital. Pero él nos llevaría a uno mejor donde trabajaban los mismos que antes lo hacían en "La biblioteque". Cenamos en "El Mandarín". Esta vez, lujo asiático. Comidas adornadas, vino francés y una mesa de japonesas borrachas que nos divirtieron bastante. La más borracha me daba cuartelillo, pero se la llevaron poco menos que arrastrando y nos pidieron cientos de miles de disculpas. No sé porque, que se fije alguien en mí, aunque sea una anciana japonesa borracha, es algo agradable. Claro que le dijeron que era torero.
Los chicos del triciclo nos esperaban para seguir llevándonos. Esta vez fue al bar más alto de Saigón en el último piso de un rascacielos. Como era de noche vimos muchas lucecitas. Enrique ya había intimado suficiente con el del triciclo y le encargó hierba. La consiguieron pero era absolutamente inocua.
No encontramos a Kurt en el Mekong.
Como todas las excursiones, horas de autobuses con trasbordos y paradas que no entendíamos. Si hubiéramos ido por nuestra cuenta, habríamos parado en algún templo caoísta que abundan en
mekong.jpg
esta región pero no estaba comprendido en el viaje.
Bueno, el Mekong está hecho una mierda impresionante. El agua se ve como chocolate sucio y huele a motor aceitoso.
Para empezar perdí en el río una de las baterías de la cámara. Y nuestra barca comenzó su singladura entre muchas más. Poco a poco nos fuimos apartando del tráfico intenso por alguna de las diferentes ramas del río. Recordé el Mississipi de M. Twain. La vida se hace en el río. Las orillas están formadas por edificaciones a caballo entre la tierra y el agua, sobre la que se apoyan mediante trocos de bambú cual palafitos. Algunas son negocios, otras casas particulares, en todos los casos el río les sirve de transporte, de abastecimiento de agua y bichos, además de efectuar directamente los vertidos. En el río se bañan, se lavan ellos y la ropa, beben directamente y parece que no les va mal.
De vez en cuando atracábamos y nos hacían visitar una
orilla mekong.jpg
factoría de caramelos de arroz, fideos de arroz, laminillas de arroz o cualquier otra cosa de arroz. Una interesante muestra para los estudiosos de la cultura del arroz entre los que no nos contábamos. Una de las paradas fue para comer el inevitable menú de siempre. Después nos dejaron libres un rato para vagabundear por los caminos. Prestaban bicis. Aunque el calor era tropical, agarré una bici y me perdí por caminejos y puentes. El río se ramifica en muchas ramas y canales, que los caminos salvan con empinados puentes. Tuve suerte de encontrar otro turista loco como yo. Le seguí y conseguí llegar donde esperaba el barco y mis compas tumbados tan ricamente en una hamaca.
Continuó la navegación. Nos dejaron subir al techo de la barca y tomamos un poco del polvoriento sol que hacía. Por las orillas nos saludaban sin cesar. Sacaban a los niños de las casas para que nos vieran, corrían por el borde gritando Hello!.
Nino_1.gif
Parecíamos una comitiva electoral. Cansados de la repetición comenzamos a ofrecer bendiciones a sus saludos.
Y nos desembarcaron en una isla para dormir. Hotel llevadero. Pueblo pequeño. Especialidades gastronómicas como serpiente, tortuga y mono. Nos conformamos con lo de siempre

Al día siguiente nos llevaron a un mercado flotante. El atasco mayor de barcos que pueda imaginarse, sólo se navegaba a empujones. El imbécil de nuestro  piloto embistió demasiado fuerte en una ocasión y reventó la sillita del timonel de una barca pequeña. Se insultaron poco. Mucha foto y algunos compraron piñas. Más navegación por canales estrechos hasta varar, más factorías de productos de arroz, más saludos a las gentes de las orillas y más autobús para volver a Saigón.

Ültimo día. Conclusiones y angustias.

El último día fue el frenesí de las compras. Enrique comenzó por comprarse una maleta gigantesca con el propósito de llenarla completamente. Lo consiguió. No había quien la moviese. Victoria y yo no queríamos comprar, aún así, lo hicimos. CD grabados de todo a dos tercios de dólar. Pues, hale! Música tradicional, Brel, Beatles....tantos discos perdidos a recuperar por poco dinero.  La pena es que llevan la música mal pegada y cada vez que los oyes se deterioran más. En fin, fue una ilusión. No obstante, también tiendeamos. Supimos contenernos: unas camisetas y unos pañuelos. Teníamos ganas de salir. Y comenzó el calvario. Nos quedamos colgados en la sala de tránsitos de Bankogk todo un día para nada. Contado puede ser divertido y todo. Incluso puede ser una concesión a los pacientes y envidiosos lectores. Hicieron el viaje pero pagaron su precio. En el aeropuerto de Bankogk sólo se puede fumar en unas urnas acotadas al efecto. La policía tailandesa tiene fama de odiar a los turistas. Yo creo que están orgullosos de esa fama. Así que pasamos interminables horas haciendo excursiones a los cubículos de fumar, donde era difícil aguantar un cigarro entero sudando entre espeso y maloliente humo. Aún así, conocimos a un argelino que marchaba a Singapur y estaba triste porque no volvería a vernos y le caíamos bien. Otro era un hindú enloquecido que reía porque le habían expulsado de Japón y se iba con un colega a Santo Domingo para explotar pozos de petróleo. En algún momento, comenzamos a recorrer kilómetros de pasillos de una terminal a otra. Habíamos previsto dificultades y teníamos billetes para varias compañías que estaban en diferentes terminales. Entre tanto buscar una salida, descubrimos otro piso lleno de tiendas, quioscos y bares. Un oasis en el aburrido desierto. En realidad, unos grandes almacenes repletos y enormes donde noté que se nos agotaban las pilas. Afortunadamente descubrimos un bar donde se podía beber y fumar al tiempo. Tenían aire acondicionado y los precios no eran más abusivos que en cualquier otro sitio. Comenzamos a decidir como pasar la noche. En el aeropuerto alquilan habitaciones por horas, pero sale muy caro y además es deprimente. Me destaco a comprar una guía del lugar. Elegimos hotel para dirigirnos, certificamos que no podemos viajar ni hacer nada más hasta el día siguiente y comienzo a darme gorrazos por haberme dejado arrastrar al viaje sin tener la vuelta garantizada. Decidimos salir del aeropuerto sin recoger las maletas. Primero voy hacia una ventanilla de visados. Les doy mi pasaporte y me entero de que los españoles no necesitamos ese trámite. Me alegro infinito y corremos hasta el único poli de guardia en esos momentos. Parece un amable anciano que nos indica que debemos rellenar antes unos formularios. Localizamos los formularios en un mostrador lejano. Hay que rellenar muchas casillas estúpidas de números y fechas que uno no recuerda y están en diferentes documentos. Un rollo muy largo. Lo conseguimos, nos dirigimos hacia la poli de salida, pero ahora han abierto otros pasos porque ha llegado un vuelo de coreanos y hay cola. Nos colocamos entre los coreanos. Los coreanos tampoco les caen bien a la policía tailandesa. En fila de a uno, gritos y malas caras. Cuando por fin nos toca, al cuartelillo. El jefe de guardia está interrogando a Victoria cuando llego yo, le meto la guía de Bankogk bajo las narices y le pido opinión sobre el hotel que habíamos elegido. Mientras Enrique le decía a Victoria que le contase nuestras desgracias. Un guirigay de película española cutre. El jefe de guardia nos echó a un pasillo y decidió proseguir sus investigaciones sin nuestra presencia. Enrique ya tenía su película. Según él se había mosqueado el jefe por darme de gorrazos entre los coreanos. Desde su oficina nos veía por un cristal de esos que a nuestro lado son un espejo. Entonces tocó un timbre que advirtió a la policía del paso para que nos detuvieran.. Yo no sé por qué se mosquearon, pero a Enrique todos le decían Bin Laden. Al rato nos devolvieron los pasaportes y el papel que necesitábamos para el siguiente guardia. Aún alcanzamos a los últimos coreanos. El último guardia parecía un robot. Paraba con la palma de la mano al viajero y decía algo que ilustraba con el papel que había arrancado al pasajero anterior. Delante de nosotros había una familia coreana que había concentrado todos los documentos en el jefe y sólo se podía pasar de uno en uno y cada uno con su papelito. Nosotros los llevábamos y pudimos sortear el atasco. Todavía no sabíamos si también eran polis, cuando nos asaltó uno de agencia de viajes y nos endosó hotel y transporte a precios seguramente abusivos. Pasamos una noche absurda en un apartahotel con desayuno-buffet incluído y volvimos al aeropuerto.
Todos los vuelos estaban llenos para siempre. No podríamos salir de allí nunca, ni pagando. Ocurrió un milagro, y la Thai nos devolvió a París en clase preferente. Eso nos costó otra noche absurda en París, más cara que el resto del viaje y absolutamente fracaso. Estábamos agotados y el barrio latino vacío. Ese fue nuestro castigo.
Cuando ya han pasado los malos ratos, he dejado de pegarme gorrazos y reconozco que me alegra el empeño de Victoria por viajar a sitios nuevos.
Hemos hecho el canelo y creo que puedo advertir de algunas cosas. También, con todas las reservas y consciente de lo superficial del contacto me he hecho una idea de cómo va el asunto. Así que he llegado a las siguientes conclusiones:
 Lo ideal para viajar por Vietnam es una moto. Según temperamento y tiempo se puede comprar al principio y malvender al final o ir alquilando en puntos elegidos y hacer los trayectos largos en tren, avión o autobús si uno es masoquista. Desde luego hay que huir de cualquier excursión organizada. En la parte turística, los intentos de abuso en precios, cambios equivocados y otras pequeñas trampas son un agobio constante. Uno seguirá siendo un turista, pero al menos, se habrá salido del rebaño.
No se ve miseria. La suciedad más parece resultado de la superpoblación que de la dejadez. Por las noches vimos patrullas de limpieza por todos los sitios. Si se mira su historia, es evidente que van a mejor. Quizá, el demonio occidental ha sabido burlar los exorcismos que ponen a la entrada de sus casas, pero ahora están en la parte de recibir placeres y riquezas del diablo. No parece que les importe mucho vender su alma.
Los datos están en las guías, a mi me parece que van como locos, algo así como pasar de nuestros años cuarenta a la actualidad en sólo diez años. Hay un frenesí y un descontrol difícilmente soportable. Lo que les espera es duro. Tendrán que someterse a las reglas de tráfico, de cultivos y ganadería intensiva, de ecología, etc. Mientras, para el turista puede ser muy agradable. Tiene que respetar pocas reglas y no parece un lugar inseguro en absoluto. La gente es cordial y amable. No suelen tener broncas y tratan bien a los niños. Una noche mientras cenábamos nos asediaron sucesivos niños vendiendo pitos de barro. Compramos uno por un dólar. Inmediatamente vino otra criatura que nos vendía tres pitos por un dólar. Compramos un montón de pitos. Pero no se rinden, es igual si ya compraste. El camarero se dio cuenta de nuestra situación y echó a los niños, pero dulcemente.
No consumen ni producen lácteos. Para los turistas ofrecen leche condensada australiana y mantequilla tailandesa. Sin embargo, se les ve sanos. La mayoría son menudos y delgados pero de gran fortaleza. En los vuelos interiores, vimos algunos niños gordos de los nuevos ricos. Son más feos. Encontramos pocos mendigos y sólo en las grandes ciudades. Tanto éstos, como los de los triciclos y demás buscavidas provienen de los represaliados que colaboraron con franceses y yankis durante la guerra. Cuando ganaron les enviaron a campos de reeducación. Muchos volvieron a sus ciudades, pero sin derechos. De alguna forma, integrados con los demás pero castigados por la administración. Parece que la situación se abre y ya permiten a los exilados montar negocios.
De momento parecen gente dulce y curiosa hasta la impertinencia. No se cortan a la hora de observar ni preguntar, a cambio se dejan fotografiar con gusto. En el tren, un grupo de nativos nos miraba atentamente mientras comíamos chorizo. Les invitamos. El más valiente tomó un trozo y se llevó una gran sorpresa porque esperaba sabor dulce.
El circuito turístico agota por el continuo asedio de ofertas y demandas. A la entrada de una pagoda, una niña me pidió monedas de mi país porque hacía colección. Le di algunos céntimos de euro y tuve que salir corriendo, porque aparecieron muchos más coleccionistas. A la salida, los mismos me ofrecían cambiarme monedas de mi país que a ellos no les servían. ¿Simpático, no?. En fin, los "narizotas", que somos los occidentales somos bien recibidos y eso es lo que cuenta.