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Good morning Vietnam
Al fin llegamos. Por el camino arrozales y neblina. Ambas cosas nos acompañaron todo el viaje. Están orgullosos de ser los segundos exportadores mundiales de arroz. Ya en el taxi comenzó otro fenómeno que continuó todo el viaje. Identificaban a Enrique con Bin Laden. Siempre acabó en risas. El hotel nos impresionó favorablemente, hasta que la amabilidad del recepcionista se convirtió en una pesadilla pretendiendo organizarnos todas las vacaciones. Quiere esto decir que antes de salir del hotel ya nos había contratado y cobrado tres excursiones y las
La impresión es que aquello no parece comunista en absoluto: consumo, iniciativa privada, marcas multinacionales y cientos de miles de motorinos, bicicletas y triciclos ocupados en transportes inverosímiles. Las aceras tomadas por restaurantes improvisados, motos aparcadas, puestos de cualquier cosa. Bastante estresante si se le añade la continua oferta de cualquier producto: salacots, gorros de paja, transporte en triciclo, frutas, patos vivos, pan y cuanto pueda imaginarse.
Sin reponernos del agotamiento, comenzamos las excursiones.
El río de los perfumes.
El paseo en barca también fue agradable. Luego vino una penosa subida de más de dos horas hasta una enorme caverna que es un templo donde se reúnen millares una larga vez al año para sus correspondientes rezos. En ese tema tienen pocos prejuicios. En la caverna había diferentes dioses,
El camino a la inversa y habíamos pasado otro día agotador.
Sapa, la montaña de los Tung.
También compramos betel en el mercado. El betel es la nuez de una palmera y tiene fama como droga, lo toman algunas viejas y al masticarlo se les tiñe la boca de un rojo característico. En el mercado, vi como lo compraba una nativa y seguimos su ejemplo, incluso en el pago, diez veces menos de lo que nos pedía en principio. Después fuimos incapaces de utilizarlo con eficacia. Sólo nos teñimos un poco la boca de rojo sin conseguir ningún efecto. Probablemente no lo supimos preparar. La compra incluía varias nueces verdes, hojas sin identificar, quizá
La primera excursión fue a una casa típica Monk. La gracia de esta etnia es que viven como hace muchos años. Es decir, llenos de piojos en chozas miserables, van vestidos siempre de típico y el uniforme incluye el desteñido del tejido que les ha dejado la piel azul. Fue un poco chocante porque el guía nos metió en una de esas casas sin hablar a los habitantes siquiera. Los Monk están
Esa tarde tuvimos alguno de los momentos mágicos. La niebla difuminaba en diferentes planos la perspectiva como telones de gasa. Un puente de bambú sobre un río saltarín, pinos parecidos a las araucarias, bambúes y una armonía natural que reproducen en los bonsais.
A la mañana siguiente notamos que los camareros, en
La excursión del día siguiente fue más larga, bajamos hasta un valle a seguir viendo Monks y comer en una casa Tai, que es otra etnia marginada, pero algo menos. A los Tai, al menos, les hablan. El camino fue bonito y cuesta abajo, entre terrazas de arrozales. El guía llevaba la comida y nos la preparó en una casa Tai. Por supuesto, sopa.
Volvimos en furgonetas cambiando el cansancio por vértigo. Entre medias, vimos muchos grupos de Monks que iban a reunirse en algún sitio y que habían añadido a su atuendo paraguas como signo de distinción.
El viaje de vuelta se hizo tremendamente pesado y tuvimos la primera bronca en el maldito hotel Prince de Hanoi. Al llegar a la estación debíamos tomar un taxi que pagarían en el hotel. Ya nos sentíamos bastante timados. Todos los demás excursionistas habían pagado menos y habían viajado sin cargar con las malditas colchonetas. Así que no discutí el precio abusivo que pidió el taxista y les dejé discutiendo al hotelero y al taxista. Además ya no teníamos habitación y debíamos ir a otro
Nuevamente nos trasladaron a otro barco análogo y volvimos a navegar durante varias horas. A veces nos parecía reconocer alguna roca, pasamos por estrechos muy cerca de islotes de vegetación selvática. En lugar de gaviotas había cuervos. Un mar curioso. Se acopló al barco una motora y nos ofreció sus productos: marisco vivo. La barca tenía estanques por toda la cubierta. Llegamos a un acuerdo. Compramos unos cangrejos y nos los cocieron en cerveza. Fue un desayuno estupendo.
Seguimos navegando hasta Halon. Luego, la comida de siempre y el tedioso viaje en autobús. En la parada intermedia nos fuimos a hacer fotos. Un búfalo embistió a Victoria, o a mí que estaba en medio, le pegué un golpe en la cabeza, di un grito y se marchó.
Perdidos en el mar de la China
Como otras veces, nos recogieron en un microbús, habíamos contratado grupo pequeño para
Seguimos navegando hasta Halon. Luego, la comida de siempre y el tedioso viaje en autobús. En la parada intermedia nos fuimos a hacer fotos. Un búfalo embistió a Victoria, o a mí que estaba en medio, le pegué un golpe en la cabeza, di un grito y se marchó.
Ahí te quedas Hanoi.
Hanoi tiene su centro en torno a un lago con templo incluido. Como siempre, hay una zona rica de hoteles caros y edificios altos y modernos y otra pobre, donde nos quedamos, de casas estrechas, mercado, callejones y recovecos. Todo está muy lleno. Caminar es muy difícil. Las aceras son intransitables, llenas de motos, productos de venta, restaurantes
Una noche Victoria y yo tuvimos el valor de cenar en la calle. Escogimos el sitio que estaba más lleno de vietnamitas. No nos entendían. Pedimos señalando. Elegimos unos pescaditos fritos. Nos trajeron sopa con algunos pescaditos fritos dentro. Pese a todo, nos supo bien. Además nos la comimos con palillos. Se rieron, pero ellos hacían lo mismo.
Una noche nos dimos una mariscada callejera, sentados a ras del suelo. Elegías los bichos de unas peceras y te los guisaban. Estaban muy buenos pero a Victoria no le sentó bien.
Y nos despedimos de Hanoi, en avión porque realmente no había billetes de tren. El cabreo con el hotel Prince nos hizo olvidar muchas cosas: el libro de Nabokov que leía, el recién comprado por Victoria en el museo y el cepillo de dientes eléctrico. De propina les dejé mis botas podridas en el congelador.
El reposo de Hue, más río Perfume.
Al día siguiente excursión en barco por el río para ver pagodas. De paquete en moto hasta los barcos y luego lo de siempre: río, parada, pagoda, sopa, rollitos, etc. Al regreso, cansados y con prisa porque cerraban visitamos la Ciudadela, los palacios que usaron hasta hace muy poco. Luego las guerras los destruyeron y ahora los reconstruyen.
La última cena fue en un buffet de lujo: 8 $ y música
Al día siguiente partimos hacia Ho-ian en la furgoneta más lenta del país. Un viaje lleno de paradas absurdas. Una muy larga para desayunar en lugar tan infecto que sólo tomamos cerveza. Al poco rato, otra en lo alto de un puerto, supongo que para refrescar el motor y ver el panorama. Allí atacaron unas vendedoras a Enrique en plan claveleras. No sé lo que le mangarían. Luego, cambio a un autobús más grande y parada en la Montaña de Mármol, que por supuesto no visitamos. Era un pueblo lleno de tiendas que se empeñaban en vendernos estatuas, toneladas de mármol a buen precio para decorar nuestro jardín. Afortunadamente no cabían en las mochilas. Por fin nos dejaron en nuestro destino.
Ho-ian, el pueblo de los sastres.
La cena fue en un sitio encantador. El restaurante de Kim, el único del puerto que no había
A la noche, tropezamos con un bingo cantado. El premio era una bici. Este pueblo fue lo más
Por la mañana, nueva visita a la sastrería, pruebas y visita a la casa que era china. Alquiler de motos y viaje de verdad. Delante Victoria con la mochila, detrás yo con Enrique de paquete. Nos costó un poco hacernos con las motos, de cambio sin embrague y la mía sin frenos. Como casi siempre, nos perdimos. Preguntamos a la poli, que apenas vimos más veces y fueron muy amables. Íbamos a My Son, las ruinas de un templo perdido. Dejamos de ver otros turistas, nos saludábamos con otros motoristas. Enrique, por fin se confió y comenzamos a darle tientos a la petaca. Paramos en un pueblo porque había algún tipo de ceremonia con ruido y colorines. Era un funeral. Le dí el pésame al informante y no lo
Volvimos a ser turistas y nos dimos una enorme mariscada. Nos empeñamos en tomar una copa en un sitio que no tenían ni la más remota idea sobre el tema, pero tenía una mesa muy tentadora a la orilla del río. Nos trajeron té mientras buscaban las copas. Mirábamos y fotografiábamos como los pescadores no pescaban. Vino un muchacho joven que hablaba inglés con una botella de whisky sin marca en cuya caja ponía "Regalo de Navidad". Nos colmaron los vasos, tanto que con dos copas consumimos más de media botella. El muchacho hizo las preguntas de rigor y nosotros procuramos preguntarle por ellos. Trabajaba en un hotel, pero se iba a cambiar a otro más lujoso aspiraba a un sueldo de 80$ al mes. No parecía interesado en criticar nada. Estaba contento con el
Ho-chi-min City
Calor tropical, escándalo de gran ciudad, avenidas grandes y sucias. Tarde y cansados.
Por la mañana, huimos de nuestra encantadora "guest house" sin usar el desayuno incluido y nos establecimos en el hotel de la señorita sobona que estaba mucho mejor: 12$ es decir 4 veces mejor. Es un hotel con ritual propio. Antes de ir a la habitación hay que tomarse un té en recepción mientras la recepcionista soba un poquito a cada huésped. Después hay que quitarse los zapatos y subir por una escalera. Siempre hay que subir porque las casas son muy estrechas, como las de Amsterdam en los canales y en cada piso sólo hay una o dos habitaciones. Las mochilas o maletas las suben con grúa por el hueco de la escalera. Y, nuevamente, cometimos el error de contratar una excursión: el delta del Mekong. Dicen que todos eligen entre Saigón y Hanoi. Yo me quedo con Hanoi. No sé muy bien porqué. Saigón es más barata y tiene más oferta, es más cosmopolita. Me molestan las grandes avenidas, quizá.Buscando un restaurante, que se llamaba "La bibliotéque" y que ya no existía, caímos en los triciclos que capitaneaba un tipo muy simpático que hablaba francés. Nos
Los chicos del triciclo nos esperaban para seguir llevándonos. Esta vez fue al bar más alto de Saigón en el último piso de un rascacielos. Como era de noche vimos muchas lucecitas. Enrique ya había intimado suficiente con el del triciclo y le encargó hierba. La consiguieron pero era absolutamente inocua.
No encontramos a Kurt en el Mekong.
Como todas las excursiones, horas de autobuses con trasbordos y paradas que no entendíamos. Si hubiéramos ido por nuestra cuenta, habríamos parado en algún templo caoísta que abundan en
Bueno, el Mekong está hecho una mierda impresionante. El agua se ve como chocolate sucio y huele a motor aceitoso.
Para empezar perdí en el río una de las baterías de la cámara. Y nuestra barca comenzó su singladura entre muchas más. Poco a poco nos fuimos apartando del tráfico intenso por alguna de las diferentes ramas del río. Recordé el Mississipi de M. Twain. La vida se hace en el río. Las orillas están formadas por edificaciones a caballo entre la tierra y el agua, sobre la que se apoyan mediante trocos de bambú cual palafitos. Algunas son negocios, otras casas particulares, en todos los casos el río les sirve de transporte, de abastecimiento de agua y bichos, además de efectuar directamente los vertidos. En el río se bañan, se lavan ellos y la ropa, beben directamente y parece que no les va mal.
De vez en cuando atracábamos y nos hacían visitar una
Continuó la navegación. Nos dejaron subir al techo de la barca y tomamos un poco del polvoriento sol que hacía. Por las orillas nos saludaban sin cesar. Sacaban a los niños de las casas para que nos vieran, corrían por el borde gritando Hello!.
Y nos desembarcaron en una isla para dormir. Hotel llevadero. Pueblo pequeño. Especialidades gastronómicas como serpiente, tortuga y mono. Nos conformamos con lo de siempre
Al día siguiente nos llevaron a un mercado flotante. El atasco mayor de barcos que pueda imaginarse, sólo se navegaba a empujones. El imbécil de nuestro piloto embistió demasiado fuerte en una ocasión y reventó la sillita del timonel de una barca pequeña. Se insultaron poco. Mucha foto y algunos compraron piñas. Más navegación por canales estrechos hasta varar, más factorías de productos de arroz, más saludos a las gentes de las orillas y más autobús para volver a Saigón. Ültimo día. Conclusiones y angustias. El último día fue el frenesí de las compras. Enrique comenzó por comprarse una maleta gigantesca con el propósito de llenarla completamente. Lo consiguió. No había quien la moviese. Victoria y yo no queríamos comprar, aún así, lo hicimos. CD grabados de todo a dos tercios de dólar. Pues, hale! Música tradicional, Brel, Beatles....tantos discos perdidos a recuperar por poco dinero. La pena es que llevan la música mal pegada y cada vez que los oyes se deterioran más. En fin, fue una ilusión. No obstante, también tiendeamos. Supimos contenernos: unas camisetas y unos pañuelos. Teníamos ganas de salir. Y comenzó el calvario. Nos quedamos colgados en la sala de tránsitos de Bankogk todo un día para nada. Contado puede ser divertido y todo. Incluso puede ser una concesión a los pacientes y envidiosos lectores. Hicieron el viaje pero pagaron su precio. En el aeropuerto de Bankogk sólo se puede fumar en unas urnas acotadas al efecto. La policía tailandesa tiene fama de odiar a los turistas. Yo creo que están orgullosos de esa fama. Así que pasamos interminables horas haciendo excursiones a los cubículos de fumar, donde era difícil aguantar un cigarro entero sudando entre espeso y maloliente humo. Aún así, conocimos a un argelino que marchaba a Singapur y estaba triste porque no volvería a vernos y le caíamos bien. Otro era un hindú enloquecido que reía porque le habían expulsado de Japón y se iba con un colega a Santo Domingo para explotar pozos de petróleo. En algún momento, comenzamos a recorrer kilómetros de pasillos de una terminal a otra. Habíamos previsto dificultades y teníamos billetes para varias compañías que estaban en diferentes terminales. Entre tanto buscar una salida, descubrimos otro piso lleno de tiendas, quioscos y bares. Un oasis en el aburrido desierto. En realidad, unos grandes almacenes repletos y enormes donde noté que se nos agotaban las pilas. Afortunadamente descubrimos un bar donde se podía beber y fumar al tiempo. Tenían aire acondicionado y los precios no eran más abusivos que en cualquier otro sitio. Comenzamos a decidir como pasar la noche. En el aeropuerto alquilan habitaciones por horas, pero sale muy caro y además es deprimente. Me destaco a comprar una guía del lugar. Elegimos hotel para dirigirnos, certificamos que no podemos viajar ni hacer nada más hasta el día siguiente y comienzo a darme gorrazos por haberme dejado arrastrar al viaje sin tener la vuelta garantizada. Decidimos salir del aeropuerto sin recoger las maletas. Primero voy hacia una ventanilla de visados. Les doy mi pasaporte y me entero de que los españoles no necesitamos ese trámite. Me alegro infinito y corremos hasta el único poli de guardia en esos momentos. Parece un amable anciano que nos indica que debemos rellenar antes unos formularios. Localizamos los formularios en un mostrador lejano. Hay que rellenar muchas casillas estúpidas de números y fechas que uno no recuerda y están en diferentes documentos. Un rollo muy largo. Lo conseguimos, nos dirigimos hacia la poli de salida, pero ahora han abierto otros pasos porque ha llegado un vuelo de coreanos y hay cola. Nos colocamos entre los coreanos. Los coreanos tampoco les caen bien a la policía tailandesa. En fila de a uno, gritos y malas caras. Cuando por fin nos toca, al cuartelillo. El jefe de guardia está interrogando a Victoria cuando llego yo, le meto la guía de Bankogk bajo las narices y le pido opinión sobre el hotel que habíamos elegido. Mientras Enrique le decía a Victoria que le contase nuestras desgracias. Un guirigay de película española cutre. El jefe de guardia nos echó a un pasillo y decidió proseguir sus investigaciones sin nuestra presencia. Enrique ya tenía su película. Según él se había mosqueado el jefe por darme de gorrazos entre los coreanos. Desde su oficina nos veía por un cristal de esos que a nuestro lado son un espejo. Entonces tocó un timbre que advirtió a la policía del paso para que nos detuvieran.. Yo no sé por qué se mosquearon, pero a Enrique todos le decían Bin Laden. Al rato nos devolvieron los pasaportes y el papel que necesitábamos para el siguiente guardia. Aún alcanzamos a los últimos coreanos. El último guardia parecía un robot. Paraba con la palma de la mano al viajero y decía algo que ilustraba con el papel que había arrancado al pasajero anterior. Delante de nosotros había una familia coreana que había concentrado todos los documentos en el jefe y sólo se podía pasar de uno en uno y cada uno con su papelito. Nosotros los llevábamos y pudimos sortear el atasco. Todavía no sabíamos si también eran polis, cuando nos asaltó uno de agencia de viajes y nos endosó hotel y transporte a precios seguramente abusivos. Pasamos una noche absurda en un apartahotel con desayuno-buffet incluído y volvimos al aeropuerto.
Todos los vuelos estaban llenos para siempre. No podríamos salir de allí nunca, ni pagando. Ocurrió un milagro, y la Thai nos devolvió a París en clase preferente. Eso nos costó otra noche absurda en París, más cara que el resto del viaje y absolutamente fracaso. Estábamos agotados y el barrio latino vacío. Ese fue nuestro castigo.
Cuando ya han pasado los malos ratos, he dejado de pegarme gorrazos y reconozco que me alegra el empeño de Victoria por viajar a sitios nuevos.
Hemos hecho el canelo y creo que puedo advertir de algunas cosas. También, con todas las reservas y consciente de lo superficial del contacto me he hecho una idea de cómo va el asunto. Así que he llegado a las siguientes conclusiones:
Lo ideal para viajar por Vietnam es una moto. Según temperamento y tiempo se puede comprar al principio y malvender al final o ir alquilando en puntos elegidos y hacer los trayectos largos en tren, avión o autobús si uno es masoquista. Desde luego hay que huir de cualquier excursión organizada. En la parte turística, los intentos de abuso en precios, cambios equivocados y otras pequeñas trampas son un agobio constante. Uno seguirá siendo un turista, pero al menos, se habrá salido del rebaño.
No se ve miseria. La suciedad más parece resultado de la superpoblación que de la dejadez. Por las noches vimos patrullas de limpieza por todos los sitios. Si se mira su historia, es evidente que van a mejor. Quizá, el demonio occidental ha sabido burlar los exorcismos que ponen a la entrada de sus casas, pero ahora están en la parte de recibir placeres y riquezas del diablo. No parece que les importe mucho vender su alma.
Los datos están en las guías, a mi me parece que van como locos, algo así como pasar de nuestros años cuarenta a la actualidad en sólo diez años. Hay un frenesí y un descontrol difícilmente soportable. Lo que les espera es duro. Tendrán que someterse a las reglas de tráfico, de cultivos y ganadería intensiva, de ecología, etc. Mientras, para el turista puede ser muy agradable. Tiene que respetar pocas reglas y no parece un lugar inseguro en absoluto. La gente es cordial y amable. No suelen tener broncas y tratan bien a los niños. Una noche mientras cenábamos nos asediaron sucesivos niños vendiendo pitos de barro. Compramos uno por un dólar. Inmediatamente vino otra criatura que nos vendía tres pitos por un dólar. Compramos un montón de pitos. Pero no se rinden, es igual si ya compraste. El camarero se dio cuenta de nuestra situación y echó a los niños, pero dulcemente.
No consumen ni producen lácteos. Para los turistas ofrecen leche condensada australiana y mantequilla tailandesa. Sin embargo, se les ve sanos. La mayoría son menudos y delgados pero de gran fortaleza. En los vuelos interiores, vimos algunos niños gordos de los nuevos ricos. Son más feos. Encontramos pocos mendigos y sólo en las grandes ciudades. Tanto éstos, como los de los triciclos y demás buscavidas provienen de los represaliados que colaboraron con franceses y yankis durante la guerra. Cuando ganaron les enviaron a campos de reeducación. Muchos volvieron a sus ciudades, pero sin derechos. De alguna forma, integrados con los demás pero castigados por la administración. Parece que la situación se abre y ya permiten a los exilados montar negocios.
De momento parecen gente dulce y curiosa hasta la impertinencia. No se cortan a la hora de observar ni preguntar, a cambio se dejan fotografiar con gusto. En el tren, un grupo de nativos nos miraba atentamente mientras comíamos chorizo. Les invitamos. El más valiente tomó un trozo y se llevó una gran sorpresa porque esperaba sabor dulce.
El circuito turístico agota por el continuo asedio de ofertas y demandas. A la entrada de una pagoda, una niña me pidió monedas de mi país porque hacía colección. Le di algunos céntimos de euro y tuve que salir corriendo, porque aparecieron muchos más coleccionistas. A la salida, los mismos me ofrecían cambiarme monedas de mi país que a ellos no les servían. ¿Simpático, no?. En fin, los "narizotas", que somos los occidentales somos bien recibidos y eso es lo que cuenta.
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