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Después
de 21 horas de viaje, que incluyen un trayecto en taxi, una facturación,
dos embarques, tres controles de aduanas, 12 horas de vuelos, la pérdida
de las maletas y su consiguiente reclamación, un viaje en limousine
y el conocimiento de los integrantes del grupo de expedicionarios, y más
muertos que vivos y pelados de frío (a 11º C lloviendo y tal
y como salimos de casa en sandalias y bermudas). Llegamos al hotel de
Vancouver en el Pacifico canadiense, con la única intención
de comenzar nuestro bien merecido descanso veraniego.
Una vez cumplida la sagrada obligación castiza
de la siesta, cosa que no se volvería a repetir más, salimos
a cenar corriendo, por lo del frío y la ropa, y para nuestra sorpresa
la comida fue buena, las camareras atentísimas, y el precio muy
razonable, premisas que se repetirían constantemente durante todo
el viaje, como también se repetiría con las camas mastodónticas
para dormir, cosa muy de agradecer en vista de la paliza que nos esperaba.
(El mercado turístico español o por lo menos el mediterráneo
debería aprender ambas cosas)
El día siguiente nos dedicamos a la compra de
los objetos más necesarios que nos faltaban, en especial ropa de abrigo y de excursión, y a la visita del centro de la ciudad muy
americano con trazado cuadrado de calles, rascacielos de diseño
bastante acertado por regla general, y que, sin embargo, era muy agradable
de pasear ya que casi toda estaba rodeada por agua con playas y paseos
marítimos y un gran número de zonas verdes y parques, a
destacar el Stanley Park de mas de 400 hectáreas. El resto de la
zona metropolitana lo dejamos para mejor ocasión ya que su extensión
de 5800 km 2 y 1,8 millones de habitantes nos superaba un poco, teniendo
en cuenta nuestra humilde procedencia de isleños con solo 3640
km2 y 0.8 millones de habitantes. A partir de aquí, todo fue inmenso
e inabordable para nuestro concepto del espacio y el ritmo de vida.
Para completar la jornada la municipalidad nos obsequió,
como agradecimiento por nuestra visita, con un espectacular concurso de
fuegos artificiales disparados desde un barco anclado en el centro de
la bahía, que según las noticias del día siguiente
concentró a más de un millón y medio de personas
en las playas y paseos del downtown.
Una vez repuestos con el reparador sueño, aunque
escaso de tiempo, como sería la tónica durante todo el viaje,
y medio habituados al cambio horario, nos juntamos por primera vez todo
el grupo formado por once personas más el guía y nuestra
inseparable furgoneta en la que como sardinas en lata introdujimos los
equipajes y nos ubicamos para iniciar nuestro periplo canadiense.
ISLA DE VANCOUVER
Situada enfrente de la ciudad del mismo nombre se llega
después de un corto trayecto en ferry a través del estrecho
de Johnson, lugar de paso de ballenas, orcas y otros bichos marinos.
La capital es Victoria, ciudad de estilo inglés
victoriano como su nombre indica, con un delicioso puerto lleno de flores
y el Royal British Columbia Museum, un museo histórico muy interesante
con una salas de exposición muy ilustrativas de los antiguos pobladores
de la zona y la posterior colonización europea, destacando las
esculturas y tótems indígenas.
Pero nuestro objetivo no era culturizarnos sino descubrir
la naturaleza salvaje y avistar los animales marinos, así que,
después de comer y pasear por el puerto, salimos en dirección
al norte de la isla con dirección a Telegraph Cove, desde donde,
al día siguiente, cogimos una lancha para hacer una excursión
marina en busca de las orcas residentes en la zona, con tan buena suerte
que no sólo vimos las orcas que paseaban en formación a
cierta distancia del barco, si no que también avistamos ballenas
grises muy escasas en esta época por allí y que nos obsequiaron
con varias inmersiones batiendo las colas contra el agua, para jolgorio
y excitación de los turistas, con lo que tiramos millones de fotos
que como siempre después no reflejan para nada la vivencia que
supone ver esos fabulosos animales en vivo. Una vez de vuelta en el puerto,
visitamos un modesto pero curioso museo de los animales marinos de la
zona con gran cantidad de huesos y esqueletos de los mamíferos
y aves marinas.
Cumplido nuestro primer objetivo de safari fotográfico,
volvimos sobre nuestros pasos, para dormir en el centro de la isla, donde
están los bosques milenarios, de cedros y conífieras inabarcables,
aun no explotados por las madereras y salir hacia la zona oeste de la
isla, más concretamente al Park National del Pacific Rimm, donde
descubrimos las playas salvajes de Pacífico, como las de la chica
del anuncio de Fa, a la que por cierto si vimos no la reconocimos, ya
que hacía un clima poco propicio para andar en paños menores,
pese a eso las playas son una maravilla y la vegetación, los famosos
bosques húmedos casi tropicales, se adentra hasta el mismo borde
del agua de un azul intenso.
Después de reponer fuerzas y sueño en
un pequeño pueblo de pescadores Ucluelet, hoy reconvertido en turístico,
salimos por la mañana temprano, envueltos en la niebla, en dirección
a Toffino, desde donde salimos en fueraborda y disfrazados de astronautas
en busca de más bichos, que poder fotografiar. Una vez en el mar
la niebla se comenzó a disipar creando paisajes fantasmagóricos
con una sinfonía de verdes y azules que compensaron el precio del
viaje y los saltos de atracción de feria que disfrutábamos
en la zodiac, pero ahí no acabó todo, si no que además
una ballena nos realizo un espectáculo de delfinario con saltos
y cabriolas de todo tipo delante de nuestras narices para regocijo de
los abobados "turistas urbanos". Después, la lancha nos dejó
en un poblado reserva indígena y desde allí, en un bucólico
paseo a través del bosque húmedo, llegamos a una fuentes
termales sulfurosas al lado del mar donde nos pudimos bañar o mejor
dicho escaldar y después los valientes podían refrescarse
en el mar.
De vuelta a la lancha, salimos a mar abierto para ver
si veíamos, esta vez sin suerte, manadas migratorias de ballenas,
pero el lanchero que era muy embaucador nos entretuvo con una colonia
de focas que dormitaban en una isla rocosa y que no nos hicieron ni caso,
una familia de leones o elefantes marinos en otras rocas y unas cuantas
nutrias y aves marinas varias en medio de las algas gigantes que descansaban
plácidamente sin inmutarse por nuestra presencia.
Después de siete horas de excursión, algún
disco vertebral desgastado y diez mil pelas más pobres, volvimos
al puerto, más contentos que unas pascuas, a desembarazarnos de
nuestro traje espacial y comentar con gran satisfacción que lo
que se ve en los documentales de la hora de la siesta es verdad y que
se ve mucho mejor en la tele, pero es mucho menos emocionante y placentero.
Con la satisfacción de las fotos hechas, que
seíia temporal hasta que las revelamos, y cumplidos nuestros objetivos
en la pacífica isla, y la primera semana de viaje, emprendimos
al día siguiente bien de madrugada el regreso al continente para
dirigirnos al objetivo central del viaje....
LAS MONTAÑAS
ROCOSAS CANADIENSES
Muchas horas de furgoneta después, con el culo
plano y un calor sofocante estábamos al pie de las montañas
henchidos de emoción y dispuestos a todo.
Para ello, al día siguiente madrugamos y fuimos
al pie de Monte Robson, la cima más alta de las rocallosas, 3984m,
dispuestos a conquistarlo. Siete horas más tarde volvíamos,
derrengados, acalorados y casi derrotados, habíamos llegado sólo
a la mitad del camino y nos parecía que habíamos atravesado,
nuestra ya añorada isla, de cabo a rabo y con el mismo sofoco del
que todos los veranos huímos hacia el norte con la vana esperanza
de no sudar. Eso si, habíamos visto en una excursión mas
bosques, lagos, cascadas, nieves perpetuas y montes que en todo un invierno
de paseos montañeros.
Una vez recuperados todos lo integrantes del grupo nos
pusimos en ruta hacia el Parque Nacional de Jasper donde pasaríamos
los tres días siguientes con el mismo plan de hacer excursiones
y recorrer kilómetros en coche mirando por los ventanillas intentando
escudriñar entre la vegetación si veíamos algún
animalillo salvaje y parándonos en cada curva al grito de foto,
con gesto admirativo al principio, emitido por los no amantes de las fotos
y gesto adusto al final, ante la repetición de la jugada en las
sesiones vespertinas de los trayectos motorizados. El hotel estaba bastante
lejos de los sitios de interés.
PARQUE
NACIONAL DE JASPER
Lo de los animalillos, funcionó a medias en esta
zona, viendo algún ciervo, gamo, cabra montesa, y un águila
calva, eso sí, todos en el arcén de la carretera y muy bien
educados ya que no se apartaban para que se les pudiese fotografiar bien.
Las excursiones fueron mas relajadas que la inicial,
un día fuimos al monte Edith Cavell y su famoso Glaciar del Ángel,
que esta ya bastante desgastado y parece que le queda poco de vida y que
lo bueno que tenía es que se podía llegar hasta allí
con poco esfuerzo y hasta jugar con el hielo del lago donde vertía.
La del Lake Maligne fue más interesante, ya que
la zona tiene algo de mágica y para los antiguos indios ya era una zona esotérica, además fue el primer lago glaciar que
vimos en directo y los colores y las montañas que le rodeaban eran
cambiantes según les daba la luz tenue de un día que empezó
caluroso y soleado pero terminó con la lluvia que nos acompañó
durante la excursión en barca que nos llevó hasta el final
del lago, que es donde está hecha la foto famosa de los carteles
de promoción turística de Canadá que han hecho famosas
las montañas Rocosas, a nosotros como llovía las fotos nos
han salido fatal de luz y no expresan la belleza decadente del lugar.
Por otra parte, conocimos, en visita medica, el bucólico
pueblo de Jasper, único lugar habitado del parque, su famoso ferrocarril
transcanadiense, los famosos baños termales de Miette Hot Springs
que estaban cerrados por huelga de los guardas forestales de los parques
nacionales, huelga que duró todo el tiempo de nuestro viaje y nos
ocasionó algunas variaciones en nuestro programa, e impresionantes
cascadas varias, en particular la de Athabasca Falss unos rápidos
encajonados, entre la roca pulida por la fuerza del agua, de centenares
de metros de recorrido con varios saltos de agua de decenas de metros.
El tercer día cogimos los bártulos, después
de un buen susto al olvidarme en un restaurante el dinero, el pasaporte
y la máquina de fotos, menos mal que nos avisaron enseguida y pudimos
recuperarlos gracias a su diligencia. "MUCHAS GRACIAS CHINITAS" y pusimos
rumbo al sur atravesando en sentido longitudinal las montañas Rocosas
por la impresionante carretera del Icefields Parkway, que en sus 250 Km.
une las localidades de Jasper y Banff, sin que exista ningún núcleo
habitado a lo largo de todo el recorrido, todo lo que se diga de la belleza
y la majestuosidad de la zona no es exageración, es sin duda el
trayecto de montaña más espectacular que se pueda contemplar
cómodamente sentado desde un coche. Los glaciares rebosaban por
encina de las crestas de las montañas, las corrientes de agua forman
cascadas, ríos y lagos en los que se reflejan los colores de las
laderas recortadas en el cielo azul, y demás cursiladas que se
puedan decir, pero que realmente merece el viaje y me hubiese gustado
volver a pasar otra vez por ella y de manera más relajada. A mitad
de camino, hicimos una excursión para ver desde las montañas
de Col Willcox el famoso campo de hielo de Columbia de 325 km 2 con grosores
de hasta 400 metros.
Henchidos de belleza llegamos a Canmore, nuestro refugio
durante cuatro noches, este antiguo poblado minero de origen irlandés
con cierto encanto de pueblo típico del oeste rodeado de montañas,
parecía un sitio agradable para reposar y disfrutar sin prisas
del lugar. Pero habíamos llegado al:
PARQUE NACIONAL
DE BANFF
Y en él, había muchas cosas por ver, por
conocer, por descubrir y por supuesto por correr.
La primera excursión fue al famoso y turístico
Lake Louise, primer centro turístico de la zona, con su monstruoso
hotel de super lujo. El lago realmente es único por la tonalidad
de verde pastel y que cambia según la altura desde la que se observa,
cuanto más alto mas pálido y con efecto de suelo cerámico.
Para contemplarlo y huir de la muchedumbre, merece la pena subir al Lake
Agnes, de aguas cristalinas, donde hay una de las famosas casas de té
que servían de esparcimiento a los primeros turistas ricos que
pusieron de moda el lugar.
Una vez cumplido con el papel de turista, recorrimos
el Bow Walley donde el río se remansa y se forma una planicie de
praderas atravesadas por marismas y lagunas, creando bucólicos
paisajes llenos de vida animal y en las cuales contemplamos la espectacular
zambullida en el agua de un águila que pescaba en la zona.
Al día siguiente, fuimos la valle más
espectacular del parque, el Teen Peaks Walley, formado por el Lake Moraine,
de relucientes aguas azul turquesa y rodeado de diez cimas de mas de 3.000
m. Varios de los caminos que partían del lago estaban cerrados
y en los demás era obligatorio ir en grupo ya que en los días
anteriores se habían avistado varias osas con crías en el
valle. Nosotros subimos por el Larch Walley, famoso por su bosque de alerces,
que en otoño toman un color dorado que contrasta con el verde del
resto de las conífieras de hoja perenne, en dirección al
Centinal Pass que con sus 2.760m fue el punto más elevado al que
ascendimos en todo el viaje. No vimos ningún oso pero, a partir
de este momento, nuestras esperanzas de encontrarnos con ellos aumentaron
y nos pasábamos el viaje escudriñando por las ventanillas
si veíamos moverse algún arbusto o bulto que pudiese indicar
su presencia, con lo cual los trayectos se hicieron más lentos
pero mas divertidos.
Llegados a este punto, decidimos que ya estaba bien
de ver cosas corriendo y por fin nos decidimos a pasar un día de
relax en el pueblo de Canmore, dejando al día siguiente al resto
del grupo irse por su cuenta sin nuestra "protección" y aprovechamos
la mañana para retozar en la cama sin prisa, mirar el pueblo sin
objetivo y pasear sin destino, y así descargar el estrés
que el viaje nos estaba ocasionando. Por la tarde volvimos a la disciplina
grupal y visitamos el cercano Bannf, centro turístico del parque,
con su famoso, lujoso y aún más mastodóntico hotel
de aguas termales, sacado de una película de terror, con sus jardines
maravillosos, tanto en el hotel como en las oficinas del parque, llenos
de parterres de flores de todos los colores y a cuales más espectaculares,
total que no vimos nada más del pueblo del entusiasmo visual que
nos pegó.
Con los bártulos a cuestas otra vez partimos
hacia:
PARQUE NACIONAL
DE YOHO
En lengua de los indios la palabra YOHO significa sobrecogimiento
y asombro, y el nombre del parque está muy bien puesto, pues, pese
a que es más pequeño y menos conocido que los otros dos
parques antes visitados, está mucho más protegido y es más
auténtico y abarcable para nuestro "tamaño" espacial.
Como ya he comentado antes, los guardas forestales estaban
de huelga, por lo que el día que fuimos al Lake O'Hara no funcionaba
el sistema de autobuses que trasladaba desde el parking al lago con lo
que tuvimos que hacer los 12 Km. de camino a pie, antes de empezar la
excursión propiamente dicha que nos llevaría a los lagos
superiores desde los que se domina el O'Hara , y en los cuales nos encontramos
con marmotas canadienses que son como del tamaño de un jabalí
y muy huidizas y así pudimos añadir un personaje más
a nuestra galería del safari fotográfico, además
por fin el tiempo nos acompañó y no sólo no hacía
calor sino que hasta nos llovió un poco con lo que el paisaje ganó
en sugerencia, aunque no en calidad fotográfica, por lo que hubo
división de opiniones sobre el tema.
El lago y su entorno me pareció el más
apetecible de todos los que visitamos y en la orilla del lago había
un hotel de cabañas en el que decidimos pasar nuestra luna de miel
si por fin un día caemos en la tentación de legalizar nuestro
amancebamiento.
A la vuelta, a dios gracias, o mejor dicho a los servicios
mínimos, funcionaban los autobuses que nos devolvieron al parking
para alegría de nuestros machacados pies. Para el día siguiente,
teníamos previsto el vuelo en avioneta por encima de los campos
de hielo de Columbia, pero amaneció nublado y se suspendió
con lo que perdimos una de las atracciones que más me apetecían.
Por ello, decidimos hacer otra excursión por el Valle de Yoho,
donde están las famosas cascadas de Takakkaw con una caída
de 250 m y un caudal de agua impresionante que vierte desde el campo de
hielo de Wapta, después subimos a las que se divisaba todo el inmenso
glaciar, en medio de los bosques surgió como por encanto de entre
la niebla el lago Yoho donde los indios dejaban a sus familias en verano
para ir a cazar a otros valles más lejanos. Después de una
larga bajada terminamos el recorrido en el lago Esmeralda que como su
nombre indica era de ese color y en é,l se reflejaban con un contraste
embaucador los rojas canoas indias de kayak y la montaña de Burges
Shale, el depósito de fósiles marinos de más de 500
millones de años más importante de Canadá.
No habíamos podido volar pero el día mereció
la pena y fue de los más variados en cuanto a paisaje y clima que
tuvimos, seguimos sin ver el oso, pero ya se intuía en el ambiente
colectivo.
Al día siguiente y bajo una lluvia torrencial,
iniciamos el camino hacia el sur dejando atrás las Montañas
Rocosas, con la tristeza de un adiós que seguramente será
definitivo y el deseo de volver a disfrutarlas de otra manera menos extensa
pero más intensa.
EL PARQUE DE LOS
LAGOS DE WATERTON
Después de atravesar parte de las llanuras de
Alberta, llegamos al parque en el momento en que se iba levantando la
niebla y las montañas se insinuaban por detrás de ella al
fondo de la llanura inabarcable en un escenario casi cinematográfico.
La entrada no pudo ser más espectacular, ni más
emotivo e l descubrimiento de los secretos del paraje, un verdadero paraíso
de fauna, en un par de horas de recorrerlo encontramos varios bisontes,
una manada de cientos de Elk, ciervos típicos de la zona con sus
espectaculares cornamentas, un oso negro solitario, unas presas de castores,
aves rapaces varias, y por fin y para explosión de júbilo
de los furgoneteros una osa con su osezno que nos deleitó durante
un buen rato mientras comía las flores de las cunetas de la carretera.
Para redondear el día, la agencia organizadora
nos invitó a una cena pantagruélica en un restaurante típico
de auténticos granjeros de las películas de oeste, con todos
sus ingredientes menos las pistolas que en Canadá no se estilan
tanto como en USA.
Para finalizar nuestra estancia en la montañas,
pasamos el día recorriendo los rincones del parque en cortos paseos
por los lagos que lo componen, en busca de las sorpresas que sus rincones
nos deparasen, y algunos buena que se la llevaron ya que un oso les salió
al encuentro con la casualidad de que fue a una de las chicas que tenia
pánico a los osos y salio corriendo, desoyendo todos los consejos
que los expertos sugerían, eso sí, el oso salió aún
más de estampida que ella y aún debe estar corriendo, después
del incidente volvimos a la busca del oso y aunque tuvimos menos suerte
que el día anterior divisamos alguno y de lejos vimos una osa con
dos oseznos, así como gamos, que paseaban tranquilamente entre
los casas y los coches y la misma manada de ciervas y cervatillos del
día anterior que por lo que nos dijeron se acercaban al lago ya
que empezaba la época de celo.
Sin más incidentes abandonamos el parque y después
de dormir en un pueblo cercano nos preparamos para salir hacia el último
destino
LAS LLANURAS DE
ALBERTA Y CALGARY
Durante un par de horas, atravesamos las desmedidas
llanuras de Alberta en dirección a Calgary donde dormiríamos
las dos ultimas noches, pero antes de instalarnos, seguimos unos cien
kilómetros más al norte, a visitar el Royal Tyrrell Museum
of Paleontology , dedicado a los dinosaurios y los fósiles. El
cañón de Horsesboe a lo largo del río Red Deer con
sus colinas estratificadas que la erosión ha dejado al descubierto,
y las famosas rocas esculpidas los Boodoos, parecidos a las rocas erosionadas
del desierto de Arizona pero en pequeñito, sólo tenían
dos o tres metros de altura. Bueno, la visita prometía pero la
realidad fue un poco más decepcionante ya que las expectativas
quedaron muy por debajo, sobre todo después de venir de la grandiosidad
de las Montañas Rocosas. De todas maneras, la experiencia de atravesar
en coche las llanuras que se pierden en el horizonte y el cielo que te
envuelve con sus cambios de colores y forma de las nubes según
varia la luz del sol es una de las cosas que se me han quedado con ganas
de hacer durante más tiempo. Es como viajar sin límite ni
objetivo.
El ultimo día lo dedicamos a conocer Calgary,
bueno, más concretamente, el Downtown, en el cual lo más
interesante eran las galerías aéreas que unían los
centros comerciales y los edificios de oficinas y con las cuales se podía
pasear por toda la ciudad sin necesidad de salir a la calle, cosa que
se agradecía debido a, que pese a ser el mes de agosto, hacía
unos diez grados y lloviznaba constantemente, había hasta un jardín
colgante en una de las galerías que tenía una hectárea
de superficie y que fue un sitio delicioso para comer por última
vez uno de los múltiples menús exóticos y orientales
que en toda esta zona de Canadá abundan, ya que una buena parte
de la población es de origen asiático . A las seis de la
tarde se cierran las tiendas y oficinas y el centro queda desierto y asusta
con los rascacielos tan imponentes y la soledad que se hace mucho más
patente.
Para celebrar la despedida. nos fuimos a una barbacoa
típicamente americana y le hicimos un regalo al guía por
su paciencia con nosotros y la paliza que se pegó, hizo más
de 6.000 Km. conduciendo y nos llevó de la manita, con una amabilidad
increíble durante los 20 días del viaje.
Después de una
corta noche, nos levantamos a las 4, tres aeropuertos uno de ellos en
USA donde nos registraron todo y más, muchos controles y veintitantas
horas llegamos a casa a reponernos de nuestro mes de vacaciones, para
poder empezar a descansar otros once meses antes de las próximas
vacaciones.
José
Sedano |