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Artículos - Daniel Chavarría

Daniel Chavarría

Javier Rodríguez de Fonseca

Javier Rodríguez, nació en Madrid. Es licenciado en Sociología.

A finales de los años setenta, creó la editorial La Banda de Moebius, donde publicó entre otras, obras de Agustín García Calvo, como "Manifiesto de la Comuna Zamorana" y "Comunicado urgente contra el despilfarro", y del poeta Leopoldo Panero. A principios de los 80, se establece en Mallorca, colaborando con periódicos locales y dirigiendo un par de librerías. Participó en montajes teatrales como "Pic-nic" de Arrabal.

Antes de acabar la década, vuelve a Madrid y durante una temporada trabaja como ejecutivo de Endesa. Participa en el relanzamiento de la Vaquería, un bar insignia de la movida madrileña. Resiste poco tiempo el trabajo de fichar, y vuelve a la independencia del agitador cultural. Desde entonces publica artículos en Claves y otras revistas, funda la Productora teatral Producciones Divinas, estrenando "La fuerza de la costumbre" de Thomas Bernhard en el teatro Español, y su propia obra, "Una de España", en el teatro La Cuarta Pared. Posteriormente, escribe guiones para series de televisión y trabaja como profesor de guión cinematográfico.

Siempre ha escrito. Tiene escritos un libro de cuentos y tres novelas, una recién acabada ("El cementerio de Highland Road"). Tiene en proyecto dirigir un corto.

El manuscrito de "Los cuadernos rumanos", fue escrito a finales de los ochenta cuando vuelve a Madrid.

 


Mercurio adolescente  Alessandra Bavari

LOS CUADERNOS RUMANOS

Javier Rodríguez de Fonseca

 

Estimado lector:
No es la razón de esta pequeña nota ofrecer datos sobre el texto que presentamos a continuación ni juzgar sus peculiaridades. Lo primero no es posible porque el texto, originariamente escrito en dos cuadernos, ha llegado a nuestro poder casualmente y sin la menor referencia; y lo segundo, porque juzgarlo no es nuestra intención. Para el autor, como nos dice en su escrito, nuestras publicaciones tenían una importancia capital. Pero si capitales eran para él nuestras publicaciones, nuestros servicios fueron, como se desprende de todo su relato, definitivos: Nuestras chicas guiaron su vida. Al editar "Los Cuadernos Rumanos" realizamos, en justa correspondencia, un acto de homenaje a ese hombre desconocido y a todos los que, como él, dan sentido y continuidad a nuestro trabajo.

Fernando Sousa-Ruiz
Presidente Ejecutivo de GRUPA-PRESS

 

ADVERTENCIA:
Las dos primeras páginas del primer cuaderno nos han
llegado tan deterioradas que nos hemos permitido
transcribir el relato, comenzando por la tercera página
del mencionado cuaderno

 

 

Miré el reloj y eran cerca de las once. Al día siguiente, como todos los lunes, tenía que levantarme temprano. Di un profundo suspiro y arqueé mi cuerpo haciendo que la silla acabara por sustentarse tan solo con las patas traseras. Estirarse también era un placer solitario, algo que sólo podía practicar libremente en soledad. Volví a la posición inicial y eché una ojeada a mi mesa de trabajo. Allí estaban, como siempre, las revistas. Bastaba con mirar sus portadas satinada para excitarme. Era tal la afición que tenía a la pornografía, que sólo me masturbaba contemplando material pornográfico. Con el tiempo, había conseguido un arte insuperable: primero, echaba una ojeada a todas las chicas que aparecían en el interior de las revistas, siempre en ese papel brillante que les proporcionaba una piel de satén inevitablemente seductora; después, tocándome los genitales, seleccionaba aquellas fotografías en que las chicas mostraban ostentosamente su sexo, a ser posible con la abertura vaginal bien visible; finalmente, cuando en la cima de la excitación llegaba el momento de correrme, comenzaba frenéticamente a pasar páginas y más páginas en un sentido y en otro, ansioso por tener ante mí el sexo más abierto. Esas chicas lo tenían todo para satisfacerme: no hablaban, no se sabía nada de ellas, y estaban ahí con su cuerpo abierto para mí. Pero esas chicas de piel satinada, que tan desmesurada excitación me producían, no podían ser penetradas por su físico bidimensional.

De allí surgió la reflexión sobre mi soledad aquel anochecer de domingo. Una reflexión que ni yo mismo podía imaginar que iba a introducirme en una aventura de la que este escrito, que consume todo mi tiempo en este piso de la ciudad de Zurich, no es sino su más reciente manifestación. Siempre que me gustaba una chica, lo que más deseaba era acostarme con ella; pero con el tiempo había llegado a la conclusión de que, para conseguirlo, tenía que pagar un precio muy alto. Era inevitable estar dispuesto a soportar conversaciones de duración incalculable, donde te exponías a ser el blanco de confesiones íntimas e incluso de manifestaciones de ternura. ¿Qué sentido podía tener para mí iniciar una conversación, cuando mi único objetivo era acabarla cuanto antes para irnos a la cama? Estaba convencido de que las mujeres sólo estaban dispuestas a ofrecerte su cuerpo, si tu estabas dispuesto a escuchar sus sentimientos. Yo había salido con chicas y unas veces había ido bien y otras había ido mal, desde el punto de vista de la gente; Aunque para mí, desde mi punto de vista, siempre había ido mal.

Abrí de par en par la ventana de mi cuarto de estudio y aspiré profundamente el aire fresco de la noche, detenido en el amplio patio al que daban las habitaciones de mi casa.

¿No había chicas reales a las que pudiera penetrar sin necesidad de intercambios sentimentales?, ¿cómo entablar una relación sexual sin que mediara palabra; Donde se me concediera todo; donde, sin trabas, pudiera mirar y hacer en todas las posiciones, por delante, por detrás, arriba, abajo, desde todas las distancias, vista panorámica y también en detalle, incluso en súper detalle; donde pudiera penetrar por cualquier orificio? Las chicas de las revistan no tenían piel, por satinada que pareciese en las fotos; ni vagina, por abierta que se mostrase. Todo eso sólo lo tenían las chicas reales, pero, ¿en qué otra cosa que en chicas de revistas podrían convertirse las chicas reales para proporcionar a mis sentidos el único placer que conocían? Dije en voz alta: "Hay chicas que se venden sólo por dinero". El sonido de mi voz me produjo un escalofrío que recorrió toda mi columna vertebral. Fue entonces, nunca lo olvidaré, cuando comencé a acariciar la idea que cambiaría mi vida y me conduciría a mi actual situación aquí en Zurich, donde apuro mis últimas esperanzas escribiendo estas líneas en estos providenciales cuadernos. Esas podían ser las chicas que, como las de las revistas, no preguntaban; de las que nada sabías, ni siquiera su nombre; Que se dejaban hacer lo que quisieras y no te sometían a ningún juicio porque el juicio quedaba eliminado, suponía, por el simple hecho de pagar. Sólo pagando era posible taparles la boca. Me aparté de la ventana con una sola idea en la cabeza: "chica pagada".

Tras una semana laboral perdida en las reflexiones del domingo anterior, el viernes a las tres y media salí de la oficina contento y pletórico de fuerzas. Estaba dispuesto a buscar a esa chica de carne y hueso que, a cambio de dinero, me entregara su cuerpo, especialmente su vulva, sin preguntar ni opinar sobre asunto alguno que no tuviera relación con mis apetencias sexuales. ¿Cómo encontrarla?

Yo nunca había ido de putas, pero con frecuencia me había excitado ante la visión de lo que me imaginaba como un mundo antihigiénico, lleno de escaleras oscuras, cuartos grises y sábanas ennegrecidas. Hasta la posibilidad de contraer una enfermedad venérea me resultaba atractiva. Lo antihigiénico había sido siempre una constante en mí. No pocas veces había recurrido al cubo de la basura donde descansaba la última revista pornográfica que yo había utilizado. La revista, con sus chicas pegadas unas a otras con salsa de tomate, ensalada, estofado o semen, estaban allí, en lo oscuro de aquel cubo, donde se reunía toda la porquería de la casa. Sólo su visión me provocaba una súbita erección. Muchas veces recuperaba la revista y la colocaba en el lavabo, lo llenaba de agua y esperaba unos minutos. En ocasiones había suerte y con sumo cuidado lograba separar dos hojas, desplegando ante mis ojos dos maravillosas chicas, con sus vulvas abiertas y sus rostros suaves. En una de estas revistas rescatada del cubo de la basura, aquel viernes por la tarde encontré el medio de establecer contacto con mi chica pagada. Se trataba de un anuncio, titulado "Tome nota...", que se hallaba en una de las últimas páginas, insertado en medio de un cuento erótico. Desde su primera lectura me sedujo. Decía que el hombre y la mujer en el paraíso terrenal se dedicaban sólo y exclusivamente al sexo y yo, ahora, tenía la oportunidad de recuperar ese "maravilloso tiempo perdido". Justo lo que yo quería. Pero el texto, a cuyo pié aparecía el nombre de "Grupa Press" y dos teléfonos, también decía cosas que me resultaron inquietantes. Así, por ejemplo, decía que el Paraíso duró "hasta que pasó lo que tenía que pasar".

Extraña justificación de la expulsión del Paraíso, pues, si pasó lo que tenía que pasar, es que todo estaba ya escrito, y si realmente fuera así, no podría achacarse al hombre y a la mujer en estado paradisíaco ningún tipo de decisión, ya que ellos sólo sabían dedicarse al sexo. Pero entonces, ¿qué ocurrió para que todo se acabase? Mi reflexión sólo dio con una posibilidad: una voluntad, ajena a ellos, les impidió seguir dedicándose al sexo. ¿De dónde surgía esa voluntad?

Esa cuestión me produjo cierto temor. Pero había en ese anuncio otra frase que hoy todavía me resulta misteriosa:" Si aciertas en el camino-ese que conduce a la frontera-, el maravilloso tiempo perdido te espera". ¿ Qué apuesta ocultaba ese "si aciertas en el camino"? Tenía la sensación de estar frente a un texto lleno de mensajes cifrados, ninguno de los cuales podía comprender.

Esas preguntas sin respuestas en las que desembocó mi reflexión sobre el anuncio, no hicieron sino aumentar el atractivo que me había producido su primera lectura y decidí no buscar más. Aquel anuncio sería el medio por el que conseguiría a mi chica pagada.

Hoy, gracias a él, me encuentro en esta ciudad de Zurich escribiendo sin descanso en estos cuadernos rumanos, aquí, en esta habitación donde me atenaza un fuerte resfriado y de la que quizá nunca salga a no ser con los pies por delante.

Serían las ocho de la tarde, cuando salí de mi cuarto de estudio y me dirigí al salón. Me senté en uno de los sillones y cogí el teléfono. En ese momento no sentí temor alguno. Marqué el primer número de los dos que aparecían en el anuncio y escuché el más completo de los silencios.

Cuando me disponía a colgar para marcar de nuevo, escuché nítida y potente la señal. Alguien cogió el teléfono y dijo: "Espere un momento, por favor", y desconectó. Noté que mi corazón se agitaba. Ya no se oía la señal. La siguiente vez que escuchara la voz tendría que contestar inevitablemente, pero no tuve tiempo de ponerme nervioso.

- Grupa Press. Buenas tardes, dígame.

- Buenas tardes... llamo en relación con un anuncio aparecido en la revista "B" del mes de agosto.

- ¿De agosto dice usted?

- Sí, de agosto.

- ¿Me podría decir a qué anuncio se refiere?

Por un instante me vi abocado a explicar cuáles eran mis intenciones, pero afortunadamente mi silencio fue cortado.

- ¿Me podría decir el título del anuncio?

- El título... se titula "Tome nota...".

- Perfecto. Un momento, por favor. Le paso.

- Buenas tardes.

- Buenas tardes. Estaba interesado en el anuncio de "Tome nota...".

- Muy bien, usted me dirá. Estamos aquí para servirle.

- Yo...

- ¿Para qué día quiere el servicio?

- Para mañana.

- Muy bien. Hasta dos horas son 45.000 ptas., más de dos horas 90.000 ptas. El máximo son ocho horas. ¿Desea el servicio a domicilio?

- Sí, en mi casa.

- Su dirección, por favor.

- San Francisco Javier no. 92 60. izda.

- ¿A qué hora quiere que vaya la señorita?

- A las diez de la noche.

- Perfecto. Me da por favor el número de su DNI.

- ¿El número del DNI?

- Sí, señor, cuando el servicio es a domicilio se necesita siempre el DNI.

- Claro. Tome nota...

- Gracias. En lo que refiere al pago se realiza mediante cheque conformado que se entregará a la señorita. El cheque lo extenderá a nombre de Grupa Press.

- Muy bien.

- ¿Desea hacer usted alguna especificación sobre señorita?

- Bueno, yo no sé lo que tienen ustedes...

- Nuestras señoritas no tienen nunca más de 35 años.

- Muy bien, me da igual.

- ¿Por cuánto tiempo desea el servicio?

- Dos horas, a partir de las diez de la noche como le he dicho.

- Perfecto. ¡Ah!, se me olvidaba, ¿me da su nombre, por favor?

- Naturalmente...

- Mañana a las diez de la noche estará la señorita en su casa. También recibirá periódicamente información sobre nuestros servicios. Buenas tardes.

- Buenas tardes.

No me fijé en ningún momento en la voz de mi interlocutora, sólo recuerdo que nada más colgar el teléfono me pregunté:" ¿Con qué criterio elegirán a la chica?

Hoy, cuando escribo, estas líneas, todavía me pregunto con qué criterio la eligieron. Quizás, como decía el anuncio:"pasó lo que tenía que pasar".

Pensé en las cosas que tenía que hacer al día siguiente: ir al banco a conformar el cheque; ver qué había de beber y de picar; cambiar las sábanas y las toallas; barrer; limpiar a fondo la cocina, el baño y el dormitorio; y, antes de todo, abrir las ventanas para que se aireara bien la casa. Cuando terminara me daría una buena ducha y a las diez llegaría ella. No habría nada de qué hablar, nada que juzgar. Sería una extraña reunión. Me parecía increíble que, por dinero, pudiera tener a una mujer en mi casa para hacer con ella todo lo que se me antojase.

Poco antes de las 10 de la noche del sábado di por concluidos los trabajos de la casa y mi aseo personal. Me sentía feliz. No obstante, todo aquello era muy extraño. Yo, vestido impecable, esperando en el salón de mi casa a una mujer desconocida a la que iba a pagar por utilizar a mi antojo. Me sentía demasiado compuesto, todo estaba demasiado compuesto: la casa, las bebidas, la cama. Todos esos preparativos no eran necesarios con las chicas de las revistas, a ellas las tenía siempre en casa y siempre dispuestas. Pero yo ahora buscaba a una chica de carne y hueso. En aquellos momentos yo la estaba esperando y había sido inevitable preparar una recepción. Eso me revolvía las tripas. Yo no tenía ninguna intención de crear la menor afinidad a excepción de la sexual. Tendría que serestrictamente correcto pero sin demorarme en preámbulos corteses, con el fin de pasar rápidamente al dormitorio o a donde fuese a cumplir lo pactado. Esperaba que ella no Icrease problemas; no obstante, se me ocurrió no darle el cheque hasta ver como se desarrollaban los acontecimientos.

Miré el reloj: eran las diez menos cuarto. Mientras miraba el reloj sonó el timbre. Me dirigí a la puerta y pensé que ella escucharía mis pasos yentonces su cabeza se pondría en marcha. Abrí la puerta y me encontré con una mujer alta y de brillante sonrisa.

- Hola.

- Hola, buenas noches. Pase.

- ¿Pase?, ¿es que vas a llamarme de usted? Entró en mi casa pasando delante de mí. Su acento era extranjero y sus ojos enormes y azules. Cerré la puerta de la calle e instintivamente eché el segundo pestillo.

Entramos en el salón. Apenas traspasado el umbral, se detuvo. Yo, detrás de ella, olí su hermoso pelo negro. Ella se volvió, me miró y esbozó una tenue sonrisa. Respiró profundamente y entró en el salón. Junto a los sillones se quitó la chaqueta, descubriendo un espléndido y ajustado vestido de satén, acabado en un escote "palabra de honor" que dejaba ver blanquísima la mitad superior de unos pechos moderados. Su cuerpo, un auténtico cuerpo satinado, era formidable, destacando sus potentes hombros y sus sólidas caderas. Le sugerí que se sentara mientras yo iba a la habitación de invitados a dejar su chaqueta. Volví y le pregunté si quería beber algo.

- Un whisky, por favor -dijo recomponiendo con sus dedos la raya del pelo.

Se lo serví y me senté en el otro sillón.

- ¿Tú no bebes nada?

- No me apetece ahora.

Observé su concentración al paladear el primer trago y le dije:

- ¿Te gusta sacarle el gusto, eh?

Ella pareció salir de su ensimismamiento, sonrió y respondió de golpe:

- ¡Oh, sí!, soy una gran bebedora de whisky. Bueno -dijo dejando escapar una risa alborozada- quiero decir que soy una gran experta.

- ¿Y qué te parece?

- No está mal -y volvió a reír, acompañándola yo esta vez.

- Tienes una casa muy bonita -volvió a beber whisky- ¿Y cómo te llamas?

- Sí, la verdad es que no nos han presentado. Bueno, en realidad tú deberías saber mi nombre, yo lo di.

- Es posible que me lo dijeran, pero no soy muy buena para recordar nombres.

Cruzó las piernas descubriendo por la abertura de su vestido un brillante muslo que se adivinaba blanquísimo bajo sus medias negras de cristal. Volvió a tomar whisky y al coger el vaso me fijé en sus manos, en sus largos dedos, coronados por unas uñas pintadas de rojo y muy cuidadas.

Después la miré a la cara. Ella, descubriéndolo, me dijo:

- ¿Por qué me miras así? - y abrió extraordinariamente los ojos- ¿te gusta mirar?

Bajó la vista y estiró un brazo sobre el respaldo de su sillón, mostrándome en toda su plenitud una de sus axilas depiladas. Volvió a sonreír, esta vez dejando ver la punta de la lengua entre sus labios.

- Mucho -le dije, intentando barnizar de picardía un azoro imposible de ocultar.

- ¿Y te vas a dedicar a mirarme?

Me sentí violento. Mis ojos se fijaron en su vaso de whisky sobre la mesa. Se notaban las huellas de sus labios.

Rompí aquel tenso silencio.

- ¿A ti no te gusta mirar?

- Yo no he dicho nada.

Intenté sonreír pero ella no se dio cuenta porque mientras tanto, había vuelto a coger el vaso de whisky y se entretenía dando pequeños sorbos sin apartar el vaso de sus labios. Puso el vaso sobre la mesa, volvió a dar un profundo suspiro y dejó caer su cabeza sobre el respaldo, descubriendo un cuello largo y esbelto en el que la tráquea se marcaba tensa y poderosa. Con un rápido gesto se incorporó de nuevo y me pidió un cigarrillo; le di también fuego y ante mi asombro, después de dar una profunda calada, se bebió de un trago todo el whisky que le quedaba. Después, mirándome con sus enormes ojos azules me dijo:

- El tiempo pasa rápidamente. ¿Vamos?

- ¿A dónde? -respondí desconcertado.

Ella mantuvo su mirada en mis ojos durante unos instantes, después se llevó el cigarrillo a la boca, aspiró y lo aplastó con fuerza contra el cenicero.

- ¿Quieres que te haga algo en especial?

- No, dije con irritación.

- ¿Entonces?

- Quiero ser yo quien lo haga todo.

- ¡Qué generoso!. De acuerdo. ¿Tienes el cheque preparado?

- Por supuesto.

Metí la mano en el bolsillo y le di el cheque. Ella lo miró con gesto rutinario y me dijo mientras lo ponía sobre la mesa:

- Tu firma es ilegible.

- ¿Por qué dices eso?

- Todavía no sé tu nombre.

- Lo sabes pero no lo recuerdas. Yo, en cambio, no lo recuerdo porque nunca lo he sabido.

- Mi nombre es Jana y si no quieres decirme el tuyo no te preocupes, si llega a interesarme lo averiguaré.

Se levantó y se sentó junto a mí, me dirigió una brillante mirada y me susurró al oído:

- ¿Aquí o en la cama?

- Ni aquí, ni en la cama. Yo aquí; y tú allí, donde estabas -y señalé su sillón.

Noté en su rostro cierto temor. En realidad lo noté en su boca, en un rictus de su maravillosa boca perfilada por unos labios perfectamente pintados. Ella se apartó de mi lado y se sentó en su sillón. Esta vez se sentó de manera muy recatada, como quien lo hace en una sala de espera. Eso me gustó y comencé a excitarme. La miré de arriba a bajo. Su pelo negro y corto; sus grandes ojos azules, ahora sumisos; su cuello largo; sus hombros anchos; su pecho blanco. Mi mirada se detuvo en su vientre. Su vulva estaba allí, junto a mí, oculta, pero a mi alcance. Observé que sus piernas se movían en señal de impaciencia. Mi excitación se convirtió en ansiedad, pensando que aquello podía no tener fin.

- ¡Quítate el vestido! -chillé de forma ridícula.

Ella, sin mirarme, llevó la mano derecha a su espalda y escuché el ruido de la cremallera. Sus pechos, antes oprimidos, se expandieron al ceder ligeramente las copas que los mantenían. Me acer qué y de pie ante ella, le dije:

- Bájame la bragueta y sácamela.

Mientras, yo me incliné y apreté sus pechos uno contra otro.

- Manténlos así.

- No puedo hacer tantas cosas a la vez.

- Haz lo que yo te digo.

Dejó mi miembro fuera del pantalón y se sostuvo los pechos, tal y como yo le había indicado. Comencé a pasar mi mano por aquella masa de carne blanda y tibia cubierta por una finísima piel blanca. El vestido cayó por debajo de sus pechos. Me aparté y volví a sentarme en mi sillón terriblemente excitado. Me froté el sexo mientras la contemplaba desnuda de cintura para arriba.

- Quítate el vestido.

Con ambas manos empujó su vestido hacia abajo y con unos cuantos golpes de cadera logró quitárselo. La visión casi me enloquece. Toda ella era un superpóster a todo color. Sus zapatos negros, brillantes y finos; las medias negras de cristal, sujetas por un liguero cuya parte superior tendía un puente por encima de su bajo vientre, y unas braguitas negras absolutamente transparentes, por las que el vello púbico se dejaba admirar de manera insoportable.

- Ven, cógemela.

Contemplé sus largos dedos con sus uñas rojas acariciando mi miembro. Pensé en el vaso de whisky y le dirigí una fugaz mirada. Estaba vacío encima de la mesa.

- Quítate las bragas y muéstrame tu culo

Mi sexo erecto, todo él ya violáceo, contemplaba aquel culo. Yo, sentado en mi sillón, y ella de pie ante mí, dándome la espalda con su culo casi rozándome el miembro.

Cogí sus glúteos y los separé, ¡oh Dios mío!, aún guardo aquella visión como una de las más intensas de mi vida.

Por un momento pensé en lo que ella podía estar pensando; en la cara que yo no veía.

- Agáchate, apóyate con una mano en la mesa y con la otra cógeme el miembro y agítalo.

Aquello era el delirio. Le introduje suavemente un dedo en la vagina deleitándome en recorrer esas pequeñas rugosidades del conducto. Después le introduje dos y después tres, mientras ella en silencio seguía agitando mi verga.

Emitió un ligero quejido cuando le metí el cuarto dedo. Su interior estaba cada vez más empapado. Introduje todos los dedos, hasta el pulgar. Ella comenzó a chillar pero sin moverse, sin oponer resistencia. Yo ya no podía más y necesitaba tenerlo todo en ese momento. Con la otra mano busqué ávidamente sus pechos que colgaban rozando con sus pezones el cristal de la mesa. Me corrí sobre su trasero mientras ella gritaba cada vez más fuerte. Saqué la mano de su sexo chorreando y me la llevé a la cara, restregándomela por la nariz para poder oler todo aquello. Quedé exhausto y ella, como si estuviera herida, fue torpemente a dejarse caer en su sillón. Hubo un largo silencio poblado de respiraciones entrecortadas.

- Vas a manchar el sillón -le dije.

- Necesito ir al baño, ¿me puedes decir dónde está?

Se lo indiqué y ella cogió su vestido, sus braguitas, su bolso y el cheque, y desapareció por el pasillo. Volví a mirar el vaso de whisky vacío en el que se notaban las huellas de sus labios. En su sillón, una mancha blancuzca daba testimonio de que me había corrido en su trasero. Yo, con mi sexo arrugado y goteando, escuché sus pasos alejándose por el pasillo, el ruido de la puerta del baño, el agua del grifo y la cadena del water. No sé cuánto tiempo después apareció, arreglada y compuesta, con su bolso y su chaqueta, y, sin acercarse, se despidió:

- Me voy, adiós.

Yo intenté levantarme pero el agotamiento y el tener los pantalones a la altura de las rodillas me lo impidieron.

Ya en la puerta del salón se dio la vuelta y me dijo:

- No te molestes. Nos veremos algún día.

Salió al vestíbulo, oí que abría la puerta y la cerraba, sus pasos en el descansillo y el ruido del ascensor. Después creo que me quedé completamente dormido.

No sé qué hora sería cuando volví a despertarme. Intenté moverme pero me dolían todos los huesos. Miré hacia la ventana y parecía que estaba amaneciendo. Logré levantarme del sillón, me dirigí a la cocina y bebí agua. No había tomado alcohol pero me sentía presa de una tremenda resaca. A pesar de la mala posición, debía de haber dormido seis o siete horas. Me encontraba muy cansado. Volví al salón, su atmósfera estaba cargada, abrí la ventana y descubrí el vaso de whisky sobre la mesa. Me quedé absorto.

Recordé de pronto a esa mujer. ¿Cómo se llamaba? La noche anterior yo había estado con una mujer allí mismo. El vaso de whisky, las manchas en los sillones y ese olor espeso, que el aire fresco de la mañana comenzaba a disipar, eran pruebas evidentes. Me senté de nuevo en el sillón. ¿Cómo se llamaba? No lo recordaba. Sí recordaba que cuando sonó el timbre temblé, que me asustó escuchar mis propios pasos y me asustó más que ella los oyera. Sus pasos, recordaba sus pasos cuando se dirigió al baño y cuando se marchó de mi casa. ¿Qué más recordaba? Unos enormes ojos azules y el sexo. Su sexo abierto frente a mi cara y su mano derecha agitando mi sexo con sus dedos largos y sus uñas rojas. Aquí se acababan todos mis recuerdos. Ni siquiera recordaba su rostro. Miré el vaso de whisky, me levanté y lo llevé a la cocina. Abrí la puerta de mi habitación y vi la cama intacta. Volví al salón y me detuve frente a los sillones.

Recordé que no había llegado a penetrarla. Ella había puesto su sexo frente a mi cara, su sexo abriéndose frente a mi cara, haciendo un ruido suave de boca de equínodo, descubriendo la rosada oscuridad de sus entrañas. Noté que me faltaba el aire y aspiré profundamente. Por la ventana vi que el sol lucía soberano en un cielo sin nubes.

Necesitaba dormir, estaba realmente cansado. Fui a la cocina y volvía a beber agua, no comprendía por qué tenía tanta sed. Pensé en mi cama y decidí estrenar yo solo aquellas resbaladizas sábanas de raso con las que la había vestido para la ocasión. Quizá no tuviera sueño, pero estaba rendido y dormir era lo mejor que podía hacer; además, era domingo por la mañana. Me acosté y debí de quedarme dormido en un instante. sin embargo, no tardé en abrir los ojos.

Sentí como una explosión y por eso abrí los ojos. Era ella. Tenía delante de mí su rostro perfectamente definido: su pelo corto y negro, sus ojos grandes y azules, sus labios rojos y paralelos y su piel blanca, su piel blanca junto a su pelo negro. Estuve un buen rato sin pestañear, pues pensaba que si lo hacía ella desaparecería. No sé cuánto tiempo después aquella imagen se desvaneció y yo continué durmiendo. Enseguida volví a abrir los ojos. Ella estaba allí, pero esta vez no la veía. Sólo oía su voz, una voz armoniosa y segura que fluía a través de ese desconocido acento extranjero. ¿Qué decía? Creo que tuve dificultades para respirar. Unos instantes más tarde creí que me ahogaba y me incorporé bruscamente. Entonces me desperté. Había visto su rostro y había escuchado nítidamente su voz. ¿Qué significaba todo aquello? Aspiré profundamente y me encontré con su olor. ¿De dónde provenía? Eran mis manos.

Aún estaba ahí ese olor ácido y marino, y acercándomelas a mis narices, volví a aspirar: ahí estaba todo su sexo. Miré mis manos y descubrí un filo oscuro alrededor de las uñas de mi mano derecha. Eran restos de sangre. Mis uñas tenían restos de sangre de esa mujer.

Pensé que era extraño que teniendo sangre en mi mano no hubiera visto ni rastro de sangre en el salón. Me levanté y fui a comprobarlo. Justo a los pies del sillón donde yo me había sentado, en la alfombra blanca, descubrí una gota de sangre. La alfombra la había absorbido como un papel secante y la gota se había fijado en un círculo perfecto. Esa gota tuvo que ir directamente de su vagina a la alfombra. No había más restos de sangre, a excepción de los de mis uñas, ni en el sillón, ni en mi ropa, ni en la mesa. Me quedé allí de pie, junto a la gota, contemplándola. El sonido de mis tripas me sacó de mi concentración. Miré hacia la ventana. Debería de ser media tarde. Tenía hambre. Bajé a la calle, tomé un bocadillo y una caña, y volví a casa. Me senté a la mesa de mi cuarto de estudio y me quedé absorto.

Desde que me había despertado en el sillón por la mañana, había estado intentando recordar cómo era ella y solamente en sueños lo había conseguido, como si el hecho de recordar no tuviera nada que ver con los esfuerzos por recordar. ¿Qué fuerza desconocida había convocado en mis sueños su rostro y su voz?

Hoy puedo decir que esa mujer, quienquiera que sea, ha guiado mis pasos hasta esta ciudad de Zurich donde, a pesar de los golpes que ahora mismo estoy escuchando en la puerta y que muestran la preocupación de mis caseras por mi persona, ya sólo aspiro a escribir mi historia por si así logro encontrar a esa mujer que desde que me desperté aquella mañana de domingo, medio desnudo y dolorido en el salón de mi casa, no me ha concedido ningún minuto de reposo.

Durante la semana siguiente apenas rendí en el trabajo. Ella ocupaba mis pensamientos de un modo que incluso me producía dolor físico, no abandonándome ni siquiera dormido.

Soñé varias veces que estaba durmiendo en mi cama y me despertaba al escuchar unos pasos. Oía como los pasos se iban alejando y cómo se iban abriendo y cerrando puertas tras ellos. Esos pasos nunca llegaban a perderse y aunque cada vez más alejados, siempre se oían nítidamente. Eran sus pasos, los pasos de esa mujer que se había adueñado de mi mente. ¿Qué podía hacer con ella?

Mis esfuerzos por olvidarla sólo consiguieron aumentar mi obsesión. Esa mujer era el centro de todos mis pensamientos.¿Qué me estaba pasando? si no me quedaba más remedio que convivir con su presencia, no podía hacer nada mejor que conocerla. Tenía que conocer a esa mujer. Y no estando dispuesto a permanecer ni un minuto más en aquella situación, me propuse ese viernes como principal objetivo levantar un mapa minucioso de todo lo ocurrido durante la visita que ella, seguía sin recordar su nombre, me había hecho el sábado por la noche. Desde que le había abierto la puerta hasta que se marchó de mi casa, repasé una y mil veces sus gestos y sus palabras; su cuerpo y su sexo; todo lo que allí había sucedido. Recordé que llegado un momento yo le había dicho: " Quiero ser yo quien lo haga todo".

Había tenido que escuchar mis propias palabras para decidirme. Sólo a partir de ese momento había podido controlar la situación. La evocación de su visita me devolvió de nuevo su nombre: Jana. Su nombre era Jana. Por fin lo recordé.Pero sobre todo recordé ese momento en que había puesto su mano en mi miembro y su trasero justo delante de mi cara. El aroma de su sexo y mi mano, allí dentro, empapada.

Ese viernes por la noche volví a olerme las manos y aún permanecía en ellas la fragancia de su sexo. Aquello no había sido una simple aventura de fin de semana. Los ojos se me cerraban. En mi habitación, antes de dormirme, recordé sus últimas palabras: "Nos veremos algún día".

El sábado por la mañana me desperté con el miembro endurecido y pensé en masturbarme. Entonces me di cuenta que desde que Jana había estado en casa, hacía seis días, no me había masturbado, ni siquiera había pensado en hacerlo.

Hasta que me visitó Jana solía masturbarme todos los días. Siempre lo hacía ante una revista pornográfica; frente a mujeres haciendo gestos de placer, tensando el cuello, apretándose los pechos, abriéndose de piernas, abriéndose la vagina, introduciéndose consoladores. Conservo en la memoria con especial nitidez una foto de la modelo Ginger Miller, hecha por Dennis Silvermoon y publicada en Penthouse. Ginger aparecía sentada completamente desnuda, a excepción de un larguísimo collar de perlas. El collar se deslizaba por su cuerpo y bajaba hasta su sexo que mantenía abierto con los dedos. Recuerdo sobre todo su mirada, la expresión de unos ojos que miraban sabiéndose no mirados porque su sexo concentraba todas las miradas. Yo pensaba que las chicas, al igual que Ginger Miller, sabían que sus rostros no eran sino el reclamo para que se eligiesen sus coños y no otros entre los miles de millones de coño s que hay en el mundo. Para mí los coños sólo se distinguían por el rostro que había más arriba. Ese era el motivo por el cual yo siempre necesitaba que se viese la cara de la chica cuando me masturbaba. De esta forma yo podía concentrarme en el coño, pues ya sabía que se trataba del coño de alguien.

Así pensaba y me masturbaba yo hasta ese día en que Jana vino a mi casa y, de acuerdo con mis indicaciones, acercó sus nalgas a mi cara. Yo la detuve en el punto exacto para introducir en su vagina un dedo y luego otro y otro y otro y finalmente otro. Seis días después de haber estado con ella, me daba cuenta de que se había convertido en la única mujer de carne y hueso que existía para mí y que ella era la causa de mi inusitada continencia sexual, algo que no recordaba desde mi más tierna infancia. Ella, con su visita, había impuesto un nuevo comportamiento a mi cuerpo y yo ahora lo estaba descubriendo. Aquel sábado fui consciente de que el único sexo que me gustaba era el sexo de Jana y que sólo podía conseguirlo consiguiendo a Jana. Recuerdo que deseé con toda intensidad la llegada de ese día en el que pudiera gozar de su cuerpo sin tener que utilizar mi cabeza para convocarla. Necesitaba la presencia de Jana, la presencia real de su cuerpo. Tenía que evitar el peligro que suponía esa mujer creciendo por momentos en mi mente. Tenía que concertar una nueva cita. Aunque seguía considerando razonable la necesidad de prepararme adecuadamente, no estaba dispuesto a demorar por más tiempo el encuentro.

Tenía que volver a llamar para volver a solicitar sus servicios. Era mi única salida. Esta solución me planteó algunos problemas cuando me puse a pensarla detenidamente: ¿Se podrían solicitar los servicios de una chica determinada?, ¿no intentarían evitar que los clientes se relacionasen con la misma chica por si se encariñaban? Por otra parte, también pensé que no debería de haber muchos clientes que siempre quisieran hacerlo con la misma, pues sería absurdo irse de putas siempre con la misma puta. ¿Y comprarla? ¿Sería posible comprar a Jana? Y en caso de que fuera posible, ¿tendría dinero suficiente ? Yo era plenamente consciente de que la segunda vez que la viese ya no sería igual, pero qué importaba eso, ¿no era estar con ella lo que más deseaba?

Me imaginé con Jana de nuevo en el salón de mi casa, de nuevo en aquellos sillones blancos, ¿qué le diría?, ¿qué le haría? De repente toda esta reflexión me resultó despreciable, excesivamente morbosa, ¿qué pretendía reuniendo todos esos temores? Resuelto a terminar de una vez con ese estado de confusa abatimiento, entré en el salón, cogí el teléfono y marqué el número de la agencia. Cuando sonó la señal recordé la sensación que había tenido la vez anterior. No sé si pasó mucho tiempo o no, pero colgué. Nadie había cogido el teléfono. Sentí una gran inquietud. Volví a llamar y volvió a sonar la señal. Pensé de nuevo en la primera vez que había llamado, ¿tardaron mucho o poco en descolgar el teléfono?

Me dio pánico que pudieran cogerlo y colgué. Volví a llamar, preso de una tremenda ansiedad. ¿Qué me ocurría? Entonces descolgaron y me pusieron con la extensión.

- ¿Jana dice usted?, ¿Jana?

- Sí... Jana... estuve con ella el sábado de la semana pasada.

- Ah, sí, Jana, espere un momento por favor.

Pensé que Jana se iba a poner al teléfono, pero no tuve tiempo de inquietarme pues la voz apareció de nuevo.

- Jana no está, lo siento.

- Perdón señorita, ¿cómo ha dicho?

- Le he dicho que Jana no está, pero estamos seguros de que podemos complacerle igualmente. ¿Alguna característica en especial?

- Pero esa chica, Jana, ¿no sería posible...?

- Señor -contestó, dejando notar que se estaba cargando de paciencia- ya le he dicho que Jana no está, se ha marchado.

- ¿Se ha marchado?, ¿cuándo?, ¿no sabría donde podría localizarla?

- ¿Se olvidó algo élla en su casa?, si es así no se preocupe, nosotros nos encargaremos de recogerlo...

Creí que me desmayaba, me sentía acorralado y haciendo el más completo de los ridículos. Pero no me importaba hacer el ridículo, no me importaba nada, sólo quería ver a Jana.

- ¿No sabría dónde podría localizarla? -repetí- es importante.

- No tenemos la menor idea. Ella suele hablar mucho de Zurich, creo que pasa allí largas temporadas.

- ¿Tiene usted su dirección en zurich, por favor? -dije al borde de la desesperación.

Después de un silencio, me pareció escuchar unas risas al otro lado de la línea:

- Lo siento, sólo estamos autorizados a dársela a determinados clientes.

- Voy a ir a Zurich -acerté a decir, como si esa afirmación gratuita me concediera por sí sola el derecho a conocer su dirección.

- ¿Cuál es su nombre, por favor?

- Eso no tiene importancia -contesté sin saber muy bien lo que decía.

- Lo siento señor, no puedo seguir manteniendo la línea ocupada.

- ¡Un momento! -grité.

Le di mi nombre sin la menor esperanza. A través del auricular podía escuchar mi respiración entrecortada. Estuve a punto de colgar. Todo aquello ya no tenía sentido.

- Su nombre está en la lista. Tome nota... Imfeldsteig 192. Zurich. Buenas noches, señor.

Cuando me desperté el domingo por la mañana no tenía fuerzas para levantarme. Cerré los ojos y pensé en Jana. Imfeldsteig 192. Esa era la dirección de Jana en Zurich. Recordé la visión de su rostro unos días antes allí mismo, frente a mi cama. Abrí los ojos. También recordé que, cuando ella estuvo en casa, me preguntó un par de veces mi nombre, pero yo no se lo había dado. Ella me había dicho que si tenía mucho interés lo averiguaría, y parecía, en efecto, que lo había averiguado y lo había apuntado en una lista.

Volví a cerrar los ojos e intenté dormirme por si lograba soñar con ella y así verla de nuevo. Soñé que abría los ojos y Jana no estaba allí. Desperté, abrí los ojos y Jana no estaba. ¿Por qué se había fijado en mí? La posibilidad de que ella creyese haber establecido algún afecto conmigo me desconcertaba.

Logré incorporarme y me senté en el borde de la cama De las palabras de la señorita de la agencia se deducía que en esa lista no estaban todos los clientes de Jana, sino una selección de los mismos. ¿Con qué criterio los habría escogido? Lo lógico sería que en esa lista hubiese apuntado a los clientes más asiduos o simplemente a los que mejor le cayesen. Pero yo no me veía incluido en ninguno de estos supuestos. A mí sólo me había visto una vez, luego no podría considerarme un asiduo; y la posibilidad de que le hubiera caído simpático tampoco me la explicaba, pues, que yo recordara, no me había dado muestras de ello. "¿Qué hago yo en esa lista?". me preguntaba una y otra vez. Respiré profundamente y me puse de pie. No lograba entenderlo. si ella quería darme su dirección, ¿por qué no me la dio en casa? o ¿por qué no dijo en la agencia que me llamaran para dármela? Estaba claro que ella no me había elegido a mí o a todos los que integraban esa lista por el mero hecho de incluirlos. Estar en la lista era una condición necesaria, pero no suficiente. Para que fuera suficiente, al parecer, había que llamar preguntando por ella. Pero si así era ¿por qué cuando llamé me dijeron que se había marchado?, ¿por qué no me preguntaron directamente por mi nombre para comprobar si estaba en la lista? Tuve que insistir mucho, desesperado corno estaba, para que la señorita de la agencia se dignara decirme que mi nombre estaba en la lista y me diera la dirección de Jana: Imfeldsteig 192. Salí al pasillo. Por un momento pensé que estaba sacando las cosas de quicio. No podía descartar la posibilidad de que todo aquello no fuera sino una fantasía de mi mente y que, en realidad, ella no tuviera ninguna intención ajena a su trabajo. Jana había dejado su dirección en Zurich por si algún cliente suyo pasaba por allí. En ese caso, nada importaría el hecho de estar apuntado en esa lista solo o junto a otros, pues limitándose ella a prestar sus servicios, ¿qué podría importarme lo que pasara por su cabeza? De todas formas, estos pensamientos no me proporcionaban la tranquilidad que yo necesitaba, pues no podía dejar de seguir viendo en Jana algo inquietante. Recuerdo que me alarmó la posibilidad de que la señorita de la agencia hubiera comunicado a Jana que yo había pedido hasta la súplica su dirección. En ese caso, pensé, ella me estaría esperando o, al menos, sabría que era posible que yo fuera a Zurich, a la Imfeldsteig. Pero se acabó, no estaba dispuesto a seguir acumulando temores. No podía olvidar que era yo quien mandaba, y que ella había estado en mi casa porque yo lo había querido así, y que yo había conseguido realizar con ella lo que me había propuesto. No había por qué pensar que si yo iba a Zurich las cosas iban a ser distintas.

Todo eso pensaba yo aquel domingo, recorriendo el pasillo de mi casa, ya en penumbra. Fuera, todo estaba en silencio. En mi cabeza, los pensamientos hacían un ruido como de hervor de agua. ¿Serían ellos lo único real? Pensé que quizá Jana no existiera, que yo nunca la hubiera visto.

Tan desolador pensamiento me precipitó al salón. Allí estaba la diminuta mancha de sangre, algo ennegrecida sobre la alfombra blanca. Luego, me dirigí a la cocina para comprobar, como en efecto comprobé, que allí estaba el vaso donde ella había apurado su whisky, el vaso que ella había cogido con sus largos dedos, el vaso donde todavía perduraban las huellas de sus labios. Jana existía: había estado en mi casa. "Iré a Zurich", me dije, y volví a recordar sus últimas palabras antes de irse: "Nos veremos algún día". Ahora, aquí en Zurich, esas palabras, al acabar de escribirlas, me suenan a destino y a amenaza.

El lunes 6 de octubre, después de un sueño profundo y tranquilo, me desperté muy temprano decidido a irme a Zurich cuanto antes. Imfeldsteig 192. El martes por la mañana conseguí francos suizos y por la tarde saqué el billete para el primer vuelo del martes siguiente. En aquellos momentos sólo pensaba en ir a Zurich, en venir aquí; y como no había contemplado ni la posibilidad de regresar ni la de quedarme, decidí sacar un billete abierto. Hoy, desde esta habitación en Zurich, en la que ya ni atiendo a las llamadas de las caseras y en la que únicamente me dedico a escribir este relato, por si puedo sacar alguna luz sobre Jana, tengo la sensación de que con un billete de ida me hubiera bastado.

El miércoles por la mañana comuniqué a mis superiores la intención de tomarme mis últimos nueve días de vacaciones y pospuse tres reuniones que tenía convocadas para la siguiente semana. El viernes por la tarde llamé a mi familia para despedirme. El sábado nada más levantarme me propuse acabar esa mañana con el asunto del equipaje. ¿Qué necesitaba para ese viaje? ¿Cómo sería el tiempo en Zurich? Pensé que tendría que aprovisionarme de ropa de abrigo.

Después de pasarme un buen rato mirando la maleta abierta y vacía, metí, sin criterio alguno un poco de todo, dejando fuera, para llevar a mano, un chaquetón y un abrigo. La maleta cerró sin dificultad. No obstante, aún tuve que abrirla dos veces más: una, para meter dos pijamas; y otra, para meter dos pares de zapatos. La bolsa de aseo la dejé junto a la maleta para no olvidármela. Entré en la cocina para vaciarla de alimentos y me encontré sobre la encimera el vaso de whisky. Aquel vaso con la huella todavía visible de sus labios. El lunes, un día antes de marcharme, se me ocurrió que, para tener una auténtica libertad de movimientos, sería conveniente conocer bien la ciudad de Zurich, más aún cuando mis conocimientos de idiomas se reducían a un poco de inglés y a un francés impresentable.

Fui a la oficina de turismo de Suiza y me hice con folletos' y planos. Al volver a casa aquella última tarde, no sé por qué, toque el timbre y su sonido me produjo la sensación de que en aquella casa no vivía nadie. Una vez dentro, me quedé de pie frente a la maleta. ¿A dónde me iba? A Zurich, ¿a dónde si no?

Tras un vuelo de dos horas sin incidentes, aterrizamos en el aeropuerto de Zurich-Kloten. En la sala de llegadas recogí el equipaje y me senté en una de las áreas de espera. Siempre he detestado los aeropuertos. Flota en ellos un aire espeso y narcótico que te va despojando de tus fuerzas, hasta el agotamiento. Tenía que buscarme un hotel. Mi desconocimiento del idioma -aquí se habla un dialecto del alemán- me hacía sentirme incomunicado. No conocía a nadie, no sabía nada, estaba a merced de las circunstancias. ¿Qué hacer? Jana, Imfeldsteig 192. En esos momentos era mi única referencia en Zurich. Del aeropuerto directamente a Jana. No obstante, no podía presentarme con mi maleta en su casa y decirle "aquí estoy". Me parecía de pésimo gusto y alejado de mis aspiraciones, pues ella pensaría que había decidido por mi cuenta irme a vivir con ella, que estaba locamente enamorado... Todo eso era repugnante, no quería ni pensarlo. Veía más adecuado presentarme en su casa diciéndole que estaba en Zurich y que venía a verla, pero ¿dónde dejaba la maleta? podría dejarla en el aeropuerto, pero sería una complicación tener que volver por ella. Al final, decidí ir directamente a la dirección de Jana, y ya vería qué hacía con la maleta. A lo mejor, pensé, encontraba cerca de su casa un hotel. Antes de tomar un taxi apunté en un papel la dirección, preocupado como estaba por hacerme entender. Nada más subir al coche le mostré el papel al taxista y éste asintió con la cabeza. Ahora que lo pienso, es muy posible que creyera en un principio que yo, más que extranjero, era sordomudo. Abrí el plano y fui siguiendo en él, el recorrido del taxi desde el aeropuerto. Poco antes de llegar, encontré la calle en el plano. El taxista dobló dos veces a laderecha y apareció la Imfeldsteig. Hice una cruz sobre el mapa y miré lleno de emoción a través de los cristales.

Había comenzado a llover. El taxista, un hombre de cara colorada que no había abierto la boca en todo el trayecto, accionó el limpiaparabrisas y detuvo el coche. La lluvia era fina y abundante. A través de los cristales pude ver un ancho haz de vías de ferrocarril a mi izquierda, un pequeño y frondoso grupo de árboles a mi derecha y, junto a ellos, unas escaleras que parecían dar acceso a una calle superior.

Las piernas me temblaban. El taxista volvió su cara colorada hacia mí y antes de que dijera nada me anticipé llevándome la mano al bolsillo para sacar el dinero, pero él me dijo algo que yo no entendí y que no parecía tener que ver con el precio del viaje. Supongo que el taxista se estaba esforzando, pero yo no entendía nada. Entonces él dijo:

"This street is Imfeldsteig".Asentí con la cabeza. El taxista, haciendo gala de paciencia, añadió: "what number?".

Aunque estaba convencido de que le había dado el número, saqué de nuevo el papel donde había escrito la dirección y comprobé con sorpresa que no había escrito el número. Busqué mi bolígrafo, pero no lo encontraba: estaba realmente nervioso. El taxista me ofreció el suyo, y escribí a continuación de "Imfeldsteig" el número "192". Un estrépito a mi izquierda me hizo girar la cabeza. Un tren de vagones amarillos pasaba lentamente por una de las vías.

Advertí que el taxista me miraba moviendo la cabeza negativamente. Yo me sentí desconcertado ante su gesto y creo que me puse tan colorado como él. Volvió a mover la cabeza negativamente, señalando con su dedo gordo y blanco el número en el papel. Finalmente habló. Yo no sabía si lo hacía en francés, inglés o alemán. Cuando creía que le había entendido una palabra y prestaba toda mi atención, no comprendía las siguientes; y mirando su cara colorada y colmada de paciencia, podía imaginarme la mía como el rostro de la perfecta ignorancia. El hombre no dejaba de hablar. Logré entender una frase en francés: "Ce numero n'existe pas Imfeldsteig est tres petite". Me sentía totalmente abatido. El número 192 no existía en esa calle.

Tuve la sensación de que era el final, de que allí, en aquel taxi, rodeado de una persistente lluvia, acababa todo. Pero mi cabeza no se resignaba y comenzó a recorrer las mil y una posibilidades de que todo aquello fuera tan sólo un malentendido. Ahora era yo quien miraba el papel y veía cada letra de I-m-f-e-l-d-s-t-e-i-g y cada número, 1-9-2, como si allí pudiera encontrar la solución. Cuando levanté la vista, el taxista me estaba mirando y entonces se encogió de hombros y esbozó una leve sonrisa. Creo que me dijo algo de un hotel. Un hotel, ¿para qué?, pensé, eso significaba abandonar, significaba que todo se había acabado, y mañana o esta misma noche, coger un avión para Madrid. No. Había llegado demasiado lejos. Jana me había dado su dirección equivocada, o se habían equivocado en la agencia. La cuestión era que ahí, en la Imfeldsteig se perdía el rastro de Jana y ése tenía que ser, no había otra solución, mi punto de partida. El taxista carraspeó. Le devolví su bolígrafo y el papel para que escribiera el importe del viaje, pagué y salí. Llovía abundantemente Y yo estaba desolado. Ni siquiera me inmuté cuando el taxista se acercó y dejó junto a mí la maleta. Solamente cuando se alejaba torcí el cuello.

La lluvia era cada vez más intensa. Cogí la maleta y me resguardé bajo la marquesina de un portal. Era el número 1 de la Imfeldsteig. Recuerdo que en aquella casa estaba desplegado sobre uno de los balcones un toldo de color naranja. Desde mi posición aún podía ver el tren amarillo de mercancías que se alejaba lentamente. Había decidido quedarme allí y desde allí tenía que buscar la salida. Eché una ojeada a la calle: estaba claro que no podía tener tantos números. Pese a la evidencia, cogí de nuevo la maleta y caminé mirando la numeración de todos los portales por si ocurría como en Roma, de la que había oído decir que cada portal podía tener el número que quisiera con tal de que no estuviera repetido en la misma calle. Desgraciadamente, comprobé que los portales de la Imfeldsteig tenían una numeración correlativa que acababa en el 12. La calle no tenía más de cien metros. Hacía tres horas que había llegado a Zurich y, de golpe, toda mi ilusión había sido brutal y misteriosamente aniquilada. La dirección donde se suponía que estaba Jana no existía. Era posible pensar en una equivocación entre, por ejemplo, el 162 y el 192, pero no entre un número de una o dos cifras y un número de tres. Un engaño, una estafa, pensé; pero, aún así, debía tener una explicación. Se me ocurrió mirar los nombres de los buzones de todos los portales. Desde este extremo de la calle se veían las vías del tren, más allá un río y todavía más allá el resto de Zurich.

La lluvia se había hecho casi imperceptible. Observé la presencia de una anciana cerca de las vías, más o menos a la altura del primer número de la Imfeldsteig, y caí en la cuenta de que hasta ese momento no había visto un alma en la calle. Mirar los buzones no me sirvió de nada. Se me ocurrió utilizar los porteros automáticos, pero mis dificultades idiomáticas me lo impidieron. Además, aunque hubiera dominado el idioma, ¿por quién preguntaría?, ¿por Jana? Sólo conocía su nombre, ¿qué más podía decir de Jana que su nombre?, ¿sería capaz de hacer una descripción física de su persona?, y en caso de que pudiera, ¿no pensarían que mi comportamiento era realmente sospechoso? Sin saber ya qué hacer y harto de la maleta, volví al portal del número uno como quien vuelve al refugio. Allí estábamos de nuevo mi maleta y yo bien mojados. Tanta historia para hacer la maleta y no había traído ni una sola prenda de lluvia.

El cielo, cubierto hasta entonces, comenzó a motearse de manchas azules que dejaban ver un sol en retirada. Habría de acostumbrarme a que anocheciera a las cinco de la tarde, aunque tal y como estaban las cosas, ¿tenía sentido quedarme allí? A estas alturas estaba al borde de la desesperación.

Permanecía inmóvil bajo la marquesina del portal con la maleta a mi izquierda. Frente a mí, las vías." Jana".

Pronunciar su nombre me hizo llorar. Estaba convencido de que la había perdido para siempre. Me dije: "Jana novendrá". Volví a mirar las vías. Oí el pitido de un tren que se acercaba. Agarré con fuerza el asa de mi maleta y pensé en Jana por última vez.

Fue en ese momento cuando oí una voz aguda y asustada que provenía de las vías.Pude comprobar que era la mujer mayor que había visto antes. Se acercó hacia mí agitando la mano bajo su paraguas. Era menuda y llevaba un abrigo oscuro y un gorrito. Cuando llegó a mi lado, me habló entrecortadamente. Como yo no entendía nada, negué con la cabeza y dije "soy español". La anciana tenía unos enormes ojos azules y me sorprendió que, aunque con un fuerte acento extranjero, hablara castellano.

-¡El tren, que susto joven, qué susto!.¡Qué susto!

-repitió la vieja, observándome-, ¿sus amigos no están?

- ¿Mis amigos? -dije yo sin saber a qué se refería.

- Sí, hace tiempo que está usted aquí, con esa maleta.

- ¡Oh, sí!... pues no, no están... bueno... la verdad es que todo ha sido un error.

- ¿Un error? -me respondió con cara de no entender nada.

- Sí, yo tenía una dirección, pero no existe.

- ¿No existe?

Me metí la mano en el bolsillo y le mostré el papel.

- ¡Imfeldsteig 192! -exclamó con una mezcla de asombro y euforia.

- Sí, señora. Esta es la calle pero ese número no existe.

- ¿Y qué piensa usted hacer?

- Pues a estas horas, no sé, supongo que buscaré un hotel, ¿sabe usted alguno por aquí cerca?

- ¡Fantástico!, nosotras tenemos habitaciones.

- ¿En su casa?

- Bueno no, cerca, en el piso de arriba.

- ¿Y está muy lejos de aquí?

- No, no, en la Münstergasse, en la zona antigua de la ciudad -me respondió mientras paraba un taxi.

Antes de subirnos me dijo:

- Mi hermana y yo estaremos felices de tenerle con nosotros.

Dijo algo más, pero en esos momentos pasó el tren.-

Durante el trayecto la vieja no dejó de mirarme. Yo comenzaba a sentirme mal, calado como estaba hasta los huesos. La lluvia volvía a ser intensa y tras los cristales, borrosamente, vi que entrábamos en una calle ancha donde comenzaban a encenderse las luces de neón en las tiendas de . la izquierda. A la derecha, un río reflejaba la última luz del sol. Le dije que sentía mucho no haberme dado cuenta de sus gritos de auxilio. A ella parecía no importarle mucho el tema y me comentó a su vez la mala suerte que había tenido con la dirección equivocada de mis amigos, pero que no me preocupara y que seguro que en los próximos días lo solucionaría. Yo sentía la ropa empapada pegada a mi piel.

La vieja me preguntó mi nombre y después, tendiéndome la mano, me dijo:

- Mi nombre es Breda.

Yo tiritaba de frío. El taxi se detuvo y cuando me quise dar cuenta, ella había pagado y me invitaba a apearme.

Con mi maleta a cuestas la seguí por una calle estrecha, después torcimos a la derecha y nos detuvimos frente a una tienda de antigüedades. Estornudé repetidamente mientras todo mi cuerpo temblaba.

- Ahora mismo se cambia usted de ropa y después de una taza de té con leche estará muy bien -y mirando hacia arriba añadió:

- Esta es la casa.

Dado mi deterioro sólo pude simular que levantaba la cabeza.

- En el primer piso vivimos mi hermana y yo, y en el segundo vivirá usted.

El portal se encontraba al doblar la esquina, en un estrecho callejón. Nada más entrar había una escalera de madera. Las paredes eran de color verde suave y la temperatura agradable. Todo ello me produjo una sensación de alivio aunque mi cuerpo ya era presa de un fuerte resfriado.

No había ascensor y subimos lentamente las escaleras. Ella iba delante y avanzaba apoyándose en la barandilla. De vez en cuando volvía la cabeza hacia atrás y me dirigía una amable sonrisa. Al llegar al primer piso se detuvo delante de una puerta, sacó unas llaves y me dijo:

- Esta es mi casa. Voy a avisar a mi hermana.

Abrió la puerta y gritó débilmente en un idioma desconocido para mí y distinto al que había utilizado con el taxista. Se oyeron unos ruidos que provenían del fondo de la casa y poco después apareció una mujer, que era una copia exacta de Breda, aunque caminaba más erguida y su expresión era más severa. Dijo algo a Breda en tono autoritario y ésta desapareció por la puerta del fondo del recibidor mientras ella se acercaba a mí y me tendía la mano:

- Mi nombre es Walda, tiene usted muy mal aspecto -dijo en castellano.

Le respondí con una serie de estornudos. Ella se apartó ligeramente y me dijo:

- Mi hermana ha ido a por las llaves de la casa, y a por las toallas. No sé si será buena una ducha caliente, pero tiene que cambiar su ropa. En media hora -dijo mirando un enorme reloj que colgaba en la pared del recibidor- le esperamos para tomar un té. Ahí viene mi hermana. Hasta luego.

Las dos hermanas se cruzaron. Breda, al verme, volvió a sonreír. Sus dulces y brillantes ojos azules eran lo mas reconfortante que había encontrado en Zurich desde mi llegada. Volvimos a subir escaleras, ella delante, pausadamente, y yo detrás mirando sus pantorrillas cubiertas con unos leotardos grises. La puerta de la casa en la que se suponía que yo iba a habitar, y en la que hoy efectivamente habito, estaba justo encima de la puerta de ellas. Breda me mostró las dos llaves y cómo se abría. Volví a estornudar y creí que la cabeza me estallaba. Ella encendió la luz y, comprendiendo mi estado, me mostró rápidamente las distintas piezas de que constaba la casa: un amplio recibidor, similar al de las hermanas; una pequeña cocina en la que nunca he entrado; un cuartode baño y una habitación de la que apenas he salido y en la que escribo estos cuadernos. En general la casa estaba limpia y dispuesta. Después de que me hubo enseñado todo, Breda dio un suspiro y se despidió:

- Bueno, le dejo, usted cambia su ropa y baja a tomar un té con nosotras.

Me encontraba muy mal. No me apetecía ni ducharme ni cambiarme ni tomar un té con mis imprevistas caseras. Sólo quería meterme en la cama y no levantarme nunca más. Aquella casa, esta casa desde la que escribo, no ofrecía el aspecto de haber estado deshabitada, aunque su ambiente tenía algo de cerrado y hacía frío. Abrí la maleta sobre la cama, cubierta por una colcha de color verde oscuro, y me puse lo primero que encontré, más preocupado por acabar cuanto antes con el protocolo que por causar buena impresión. Me abrió la puerta Breda tan sonriente como siempre. Quizá debido a mi mal estado no puedo recordar, por más que lo intento, cómo era la casa, sólo recuerdo un enorme cuadro con el marco dorado, cuyo asunto, de lo oscuro que estaba, me fue imposible discernir: el gran reloj del recibidor y la cretona desvaída de los sillones del salón donde nos sentamos. Sí, en cambio, guardo la sensación de una casa vetusta y destartalada, como si antes hubiera estado más amueblada y como si la presencia de lo que faltaba fuera más fuerte que la de lo que quedaba. Breda me dejó solo por unos momentos en la sala. Yo me notaba los párpados hinchados y como una bola de plomo dentro de la cabeza. Era indudable que me estaba subiendo la fiebre. Poco después entró Walda, se sentó a mi lado y no pronunció ni una sola palabra. Breda apareció trayendo en una bandeja la tetera, las tacitas y una jarrita de leche. Walda sonrió, sentada muy tiesa en su sillón. Breda se sentó en otro sillón y volví a asombrarme del tremendo parecido de ambas. Indudablemente eran gemelas.

Mientras servía el té, dijo Breda:

- Nosotras estamos muy contentas por aceptar usted esta invitación.

- Usted necesita un té caliente para estar bien -apostilló Walda seriamente.

- Con este tiempo y esta lluvia que... -así comenzó Breda, pero Walda la cortó bruscamente.

- Usted acaba de llegar y no conoce a nadie. Nosotras sentimos mucho el asunto de sus amigos.

Al parecer, Breda había contado a su hermana las circustancias en que nos habíamos encontrado. Me costaba trabajo entenderlas, como si hablaran con sordina. Además, la vista se me iba empañando y veía todo como con cierta lejanía. La fiebre me subía por momentos.

- Les estoy muy agradecido por su invitación. Como le habrá informado su hermana he sido víctima de un lamentable error -acerté a decir-, en estos momentos son ustedes las únicas personas que conozco en Zurich.

- Esto no es el problema -me dijo en tono solidario Breda-, nosotras tampoco conocemos a nadie -miró a su hermana-, la verdad es que Zurich es una ciudad muy aburrida, por eso no salimos a la calle.

- Menos mal que hoy usted ha salido, pues si no llega a ser por su percance del tren, yo no estaría aquí -sorbí un poco de té y por unos momentos creí que estaba recuperándome-, vuelvo a pedirle disculpas por no percatarme de sus llamadas de auxilio.

- ¿Qué llamadas de auxilio?, ¿qué ha pasado con el tren Breda? -intervino asustada Walda.

Breda le contestó en ese extraño idioma.

- Mi hermana debe de tener más cuidado con los trenes -me dijo Walda en tono de disculpa.

La conversación había tomado un rumbo incompresible para mí y de nuevo me sentí fatal entre aquellos dos seres físicamente idénticos y, al parecer, de almas tan distintas.

- ¿Qué le ha parecido la casa? -me preguntó Walda dentro de la más estricta convencionalidad.

- Muy bien, muy bien; es más que suficiente para mí.

- ¿Qué quiere decir usted con que "es más que suficiente"?

Aquella mujer comenzaba a resultarme realmente molesta, y yo tenía ganas de irme a dormir.

- Por Dios, señora -dije con el tono más cortés que me permitía mi malestar físico y anímico-. Quiero decir que la casa está muy bien y yo estoy muy contento, aunque la salud no me acompaña: creo que tengo un fuerte resfriado.

- No se preocupe -me dijo Breda en tono amable- podía haber algún defecto. Es la primera vez que tenemos inquilinos.

- Qué dces, hermana, siempre hemos tenido invitados y sabemos como tratarlos perfectamente, ¿qué mayor honor puede hacerse a un inquilino que tratarlo como a un invitado? ¿Quiere otra taza de té?

- No, muchas gracias, creo que voy a retirarme, no me encuentro nada bien.

- Muy bien. Usted necesita dormir y si necesita algo nos llama -me dijo Walda como quien da órdenes.

- Muchas gracias. Buenas noches y que descansen.

- Buenas noches -dijeron al unísono y me acompañaron hasta la puerta.

Subí las escaleras como un zombi, mi cabeza parecía un horno lleno de preguntas que se derretían. ¿Dónde estaba yo?, ¿quiénes eran esas señoras? Tuve problemas para abrir

la puerta y una vez que lo logré fui directo a la cama. Las sábanas estaban frías.

Aquella noche tuve un sueño. Soñé que eran casi las nueve de la mañana y que tenía que estar ya en la oficina. Yo caminaba por los bulevares, concretamente por AlbertoAguilera. Era una mañana luminosa, de cielo azul intenso .y sin nubes. La calle estaba vacía, sin personas y sin coches.

Yo caminaba hacia Colón por la acera de la derecha, cuando al pasar por una zona donde la calle se ensancha formando una especia de plaza, alguien gritó mi nombre desde lo alto de un edificio situado en la acera de enfrente. La voz me llegó desde atrás; me detuve, giré la cabeza y la vi en una ventana de un sexto o séptimo piso. Me volví y me quedé mirando hacia arriba. Éramos las únicas personas que había en la amplia avenida. Distinguía su voz y su pelo negro, pero tuve que imaginarme su cara con su piel blanca, sus ojos azules y sus labios rojos y paralelos. Yo iba vestido con un pantalón de franela gris, zapatos negros de cordones y una chaqueta de pata de gallo. La corbata era también gris y la camisa blanca. Ella, desde la ventana, me pidió un bombón. Yo no sé si se refirió a un "cortado Uña" o yo lo supuse. Creo que también supuse que ella no quería uno entero y mordí una esquina, pero no era un "cortado Uña" sino un delicioso bombón que guardaba en su interior una avellana tostada. Crucé la calle y al llegar a la otra acera saqué de mi bolsillo, esta vez sí, un "cortado Uña", dispuesto a tirárselo. Parecía fácil acertar, pero al efectuar el movimiento con el brazo para lanzarlo, me di cuenta de que era imposible alcanzar su ventana. Ella estaba muy arriba, pero el hecho de estar solos me producía la sensación de que estábamos muy cerca. Entonces resolví subírselo personalmente y me encaminé hacia su portal. Había andado unos cuantos pasos por la acera cuando ella, con voz feliz, me dijo: "si subes te besaré". El tono de dulce amenaza que dio a su voz me produjo un indescriptible placer físico. Mediante una corta escalinata se accedía a su portal, de cristal y hierro forjado. A la izquierda había un gran contenedor de basuras metálico, sin ruedas, y al fondo se divisaba un amplio patio, que era el patio de mi casa de Madrid. Me disponía a subir las escaleras cuando la vi justo allí, al final de la escalinata. Ambos nos sentíamos muy felices. Nuestra felicidad debía de ser tan profunda que era incomunicable, ni siquiera nos acercamos el uno al otro. En esta primera visión de cuerpo entero la recuerdo vestida de gris, pero sin poder especificar el tipo de prendas que llevaba. Ella entró en el edificio y yo la seguí. Se quedó al pie de las escaleras, junto al ascensor; entonces observé que aunque no era más alta que yo, sus piernas eran mucho más largas que las mías y las llevaba en fundada s en unas medias rojas transparentes. También observé que llevaba una falda muy corta, sin vuelo, de color gris. Al principio sus piernas me excitaron y las asocié con el beso prometido; pero unos instantes después me produjeron una sensación de rechazo, al descubrir que estaban plagadas de unas pequeñas manchas oscuras apenas perceptibles tras las medias. Ella montó a caballo en la barandilla de las escaleras y manteniendo firme su pierna izquierda sobre un escalón, encogió la derecha balanceándola. Nuevamente me sentí excitado, esta vez ante la visión de su sexo frotándose contra la barandilla, pero descubrí en ese movimiento algo pudoroso, como si estuviera ocultando la vergüenza que la dominaba. Volvió a ponerse de pie y caminó erguida hacia el ascensor. Me dijo que tenía problemas de circulación. Toda ella, en su extraña juventud, mostraba un aspecto enfermizo. No sé si llegó a abrir la puerta del ascensor, sólo recuerdo que de repente se desplomó y yo tuve la certeza de que había muerto. Al despertarme por la mañana conservaba nítidamente el rostro de Jana. Quise incorporarme, pero al intentarlo me mareé. Me toqué la frente: me ardía. Estaba enfermo.

Opté por quedarme en la cama hasta que me encontrara bien. No quería ni comer ni beber ni tomar medicinas; prefería quedarme allí, bien tapado y detenido en esa imagen

de Jana que, de nuevo, mediante un sueño, se había presentado en mi cabeza. Recordando el sueño observé que en mi paseo por la Imfeldsteig, a la que tenía que volver cuando estuviera en condiciones, no se me había ocurrido elevar la mirada hacia las ventanas. A lo mejor, pensé, hubiera descubierto a Jana. Incluso llegué a sospechar que esos gritos que yo había oíd o no eran de la vieja, sino de Jana que me gritaba desde alguna ventana. Durante un buen rato estuve repasando en mi mente aquellas escenas en que aparecía Jana. Estudié sus gestos, sus rasgos, sus vestidos, sus movimientos. ¿Por qué se moría? En realidad era más bien un desvanecimiento, una desaparición: una aparición que desaparecía. ¿Y sus manchas en las piernas?, ¿y su aspecto enfermizo? Todo eso no eran, pensaba yo, sino muestras de su carácter fantasmal. Un sueño dentro de un sueño: Yo caminaba por una calle y, de repente, Jana se me aparecía.

Era como si en el camino del trabajo hubiera tenido una ensoñación; pero una ensoñación que me había hecho revivir los rasgos, los movimientos y los gestos exactos de Jana.

Estando en estas reflexiones creí oír golpes en la puerta y poco después escuché claramente que se repetían. No podía ni levantarme, así es que no me di por enterado. Cual fue mi asombro cuando poco después oí el ruido de unas llaves y noté que alguien abría la puerta. carraspeé para hacer notar mi presencia y escuché una voz recatada que decía desde el recibidor:

- ¿Está usted ahí?

- Sí, pase, pase, no la he oído entrar.

Entró en mi habitación. Era Breda. Llevaba una toquilla malva sobre un vestido estampado en tonos marrones.

- Usted perdone, yo pensaba que no había nadie y por eso he abierto la puerta. ¿Cómo está usted de su resfriado?

- La verdad es que me encuentro bastante mal; pero no se preocupe, lo único que necesito es quedarme aquí en la cama y en poco tiempo estaré bien.

- ¿Quiere tomar algo?

- No, de verdad, no se moleste.

- Está bien. Pero voy a traer un caldo, le sentará bien.

La mujer salió de la habitación y poco después volvió sobre sus pasos.

- ¡Ah!, se me olvidaba, si necesita algo o no se encuentra bien dé dos golpecitos en el suelo, a la derecha de la cama, se oye muy bien en nuestra casa.

- Dos golpecitos, perfecto, gracias.

- Buenos días.

- Buenos días.

Salió de la habitación, oí que abría y cerraba la puerta. No la escuché bajar las escaleras, pero sí que abría y cerraba la puerta de su casa. Aquella mañana me había despertado tan embebido en mi sueño con Jana que no había reparado ni en dónde estaba, ni siquiera había recordado a esas dos mujeres a las que debía el cobijo en esta ciudad desconocida. Hacía poco más de veinticuatro horas, yo estaba en Madrid, en mi casa, quizá también en la cama, dispuesto a tomar el avión para Zurich. ¿Qué es lo que había ocurrido?, ¿por qué no existía el número 192 de Imfeldsteig?, y esa vieja Breda, ¿qué hacía viniendo hacia mí desde las vías? Pero no quiero adelantar conclusiones a las que la escritura de este relato me está llevando. Tenía que buscar una explicación a esa serie de hechos. Tenía que decidir cuál sería el rumbo a tomar y, sin embargo, aquella mañana me sentía incapaz de cualquier reflexión. Necesitaba limpiar mi cabeza. Cualquier relación entre las muchas cosas que la llenaban podría ser razonable pero, ¿me ayudaría a encontrar a Jana? ¿Dónde estaba Jana? La cabeza me ardía. Hubo un instante en que creí haber reunido las fuerzas suficientes para levantarme de la cama y lanzarme con violencia contra la pared. Pero estaba muy débil. Volvió a mi cabeza la imagen de mí mismo en la Imfeldsteig, bajo aquella marquesina, aferrado a mi maleta, dispuesto a tirarme a las vías. ¿Había estado realmente al borde del suicidio? Lo recordaba como un sueño. En cualquier caso allí estaba echado en esa cama de ese cuarto, de este cuarto, reuniendo todas mis fuerzas para destruirme.

¿Cuándo había empezado todo esto? Recordé aquella tarde de septiembre en Madrid, después de que hubiera estado lloviendo sin parar, cuando me pregunté por primera vez por mi soledad. En mi primera mañana en Zurich sólo el recordar aquellas reflexiones me provocaba náuseas. Yo no estaba para reflexiones. Yo había venido a Zurich porque me habían dicho que aquí estaba Jana; y por eso, aunque no existiera Imfeldsteig 192 y aunque me encontrara en la cama con un terrible resfriado, seguía y sigo en Zurich.

Debí de quedarme dormido. Me despertó una voz suave que me susurraba al oído. Abrí los ojos y era Breda con una taza humeante en sus manos. Me extrañó no haberla oído entrar. - Tómesela, verá que bien le sienta.

Hice un tremendo esfuerzo por incorporarme, ella esperó a que yo empezara a tomarlo y entonces, con un gesto de satisfacción, me dijo:

- Recuerde que si necesita algo no tiene más que golpear en el suelo, a la derecha de su cama.

- Muchas gracias, está muy bueno este caldo.

- Tápese bien y descanse.

- ¿Qué hora es, por favor?

- Las doce y media.

Eché una ojeada al cuarto. A la izquierda, la puerta que daba al recibidor. A los pies de la cama, justo en la pared de enfrente, una mesa y una silla; y a su izquierda, un armario. A la derecha de la cama estaba la ventana cubierta con unos coquetos visillos, y entre la cama y la ventana, mi maleta abierta, sobre la que reposaba la ropa húmeda que me había quitado la noche anterior. si necesitaba algo, tendría que quitar la maleta de ahí para poder golpear en la tarima. Por un momento tuve la tentación de hacer la prueba, dar dos golpecitos y esperar a ver si subían; pero sólo pensar que tenía que retirar la maleta, me produjo un pequeño desvanecimiento. Dejé el caldo al otro lado de la cama y volví a echarme. ¿Qué estaba haciendo yo allí?

Reinaba un absoluto silencio. Aspiré profundamente y apenas entró aire en mis pulmones. Volví a intentarlo y obtuve el mismo resultado. Nada. En mis pulmones no entraba ni una gota de aire. Presa del agobio me levanté y desnudo como estaba, abrí de par en par la ventana, saqué la mitad del cuerpo al exterior y aspiré una vez, y otra vez y otra vez de nuevo, hasta que por fin mis pulmones se llenaron de aire. Fue un momento de alegría. Estaba de pie sobre la maleta abierta y ante mí tenía la ciudad de Zurich.

El cielo estaba cubierto. Desde mi habitación no se veían ni el lago ni el río, pero se notaba su presencia.

Allí estaba esa ciudad: torres, casas, calles, coches, peatones. Aquello era Zurich y yo estaba en Zurich porque Jana me había dicho que estaba en Zurich y me había dado su

dirección. Imfeldsteig 192. Asomado a esa ventana, percibiendo los ruidos, los colores y los olores de zurich, me sentí eufórico a pesar de que la cabeza me ardía.

Instintivamente me olí las manos, pero Jana no estaba en ellas sino más allá de la ventana; era Zurich quien olía a Jana. Estornudé. Era una locura estar desnudo y con fiebre asomado a la ventana. La cerré. Me volví a acostar pensando que quizá fuera importante conocer Zurich para localizar a Jana. Pese a mi dolor de cabeza, cogí todos los folletos y planos, que guardaba en un lateral de la maleta, y empecé a leerlos. Descubrí que Zurich era la principal ciudad de Suiza y que Suiza era un país neutral. Me resultó atractivo saber que Jana había elegido un país neutral para pasar largas temporadas. Un país neutral es una tierra de nadie para todos aquellos que no son de allí. Aquellos folletos estaban llenos de fotografías de monumentos, plazas, parques, restaurantes, clubes nocturnos, museos... y en todos ellos yo buscaba a Jana entre la gente que aparecía.

Tras un buen número de horas leyendo folletos y escudriñando fotografías, me sentí agotado. Tenía la sensación de estar apurando los últimos cartuchos de mi lucidez, forzando conexiones, sacando improvisadas conclusiones, creyendo en ellas desesperadamente. La oscuridad se había hecho por completo en la habitación y también en mi mente. Postrado en aquella cama, con fiebre y empapado en sudor, aparté lejos de mí los papeles y me incorporé temblando. Sentado en la cama, dije en voz alta: "Imfeldsteig 192". Esa maldita dirección. Tenía que volver a esa calle, mirar si había casas de alquiler o apartamentos u hoteles o pensiones y tenía también que mirar hacia arriba, a las ventanas; por si Jana estaba asomada a alguna de ellas. Pero me sentía enfermo, estoy enfermo, y ni siquiera tenía fuerzas para permanecer incorporado unos instantes.

Desde aquel día el sueño me fue abandonando, y lo poco que dormía aumentaba mi cansancio. Un río de sueños, formado por miles de imágenes y de palabras, me impelía a abrir los ojos no sólo para huir de ese mundo agitado, sino también para atrapar esa vorágine, único signo de vitalidad que en mí habitaba. Tanta fue la fuerza de su corriente, que el río, al desbordarse, invadió el mundo de mi vigilia hasta sumergirme en una ensoñación continuada, en la que aún me encuentro, y donde me es difícil distinguir si estoy dormido o despierto.

A partir de aquellos días las visitas de Breda las recuerdo de un modo vago e impreciso, no pudiendo asegurar si formaban o no parte de mis sueños. Más de una vez abrí los ojos, angustiado, pensando que Breda estaba allí y me llamaba para darme la comida. Con el paso de los días mis sueños, o ensueños, fueron reduciendo su abigarrada mezcla de voces, pasos e imágenes a una sola imagen: la del sexo de Jana frente a mi cara y mis dedos introduciéndose en él, uno tras otro, hasta los cinco, todos en aquella gruta húmeda y oscura. Era como si la imagen de su sexo se hubiera propuesto destruirme desde dentro. Tal extremo alcanzó esta tensión, que sentí la imperiosa necesidad de tener ese sexo fuera de mí para poder mirarlo cara a cara, como lo había tenido en mi casa aquel sábado por la noche cuando Jana se había agachado sobre la mesa de cristal. El sexo de Jana estaba a punto de estallar en mi cabeza, yo tenía que sacarlo de ahí, pero ¿cómo? Salté de la cama y cogiendo la primera ropa que encontré, la que me había quitado empapada mi primer día en Zurich, me fui a la calle y me compré unas tijeras, chinchetas y unas cuantas revistas pornográficas. Me había propuesto reconstruir el sexo de Jana.

Cuando subí las escaleras, volví a sentir un fuerte dolor de cabeza. La puerta de la casa estaba abierta. En mi cuarto las dos hermanas hacían la cama y, en el suelo había una bandeja con comida.

- No se puede vivir así -dijo en tono de reproche Walda, a la que no había visto desde el primer día.

La habitación olía mal y la presencia de aquellas mujeres me avergonzó.

- Está usted loco, ¿cómo sale a la calle en su estado? -me dijo Breda.

- ¿Qué es eso? -me preguntó Walda mirando el fajo de revistas que ocultaba bajo el brazo.

Habían barrido y fregado la habitación, me habían hecho la cama y cambiado las sábanas, habían deshecho mi maleta y colocado la ropa en el armario, y tenía la comida esperándome. Comí y me acosté. En aquellos momentos, mi único objetivo era trabajar con toda aquella documentación recién comprada. Fui mirando una a una todas las revistas y recortando todos aquellos sexos que me recordaban, aunque fuera vagamente, al sexo de Jana. Con un trozo de cartón tapaba el rostro de las chicas a las que recortaba el sexo, pues si lo miraba, ese sexo le pertenecía y así era más difícil encontrar su parecido con él de Jana. Los coños seleccionados los fui clavando en la pared hasta reunir más de cincuenta. Esta actividad me hizo tomar precauciones. Para que las hermanas no los vieran, recogía la bandeja de la comida en la puerta, sin permitirles trapasar el umbral.

De la observación de los coños expuestos, constaté que los que estaban situados en el lado derecho de la pared, me recordaban especialmente al de Jana. Tenían en común: la piel muy blanca; el vello púbico oscuro o negro, perfectamente definido en sus bordes; los grandes labios, carnosos y abultados, y los pequeños muy finos, de esos que se despegan perezosamente. Poco a poco fui seleccionando más y más, y al final me quedé con uno solo.

La excitación acumulada durante aquellos días estalló y me abandoné, después de un mes de continencia, a la masturbación. Durante la semana siguiente, dos o tres veces al día, colocado de rodillas en la cama frente al sexo de Jana y con la imagen de su rostro en mi mente, me masturbaba. Lo hacía sin quitarle ojo, sin dejar de observar los repliegues, cambios de color y demás características.

A veces me parecía que ese sexo impreso palpitaba, se movía.

Pero al cabo de unos días la evocación de su rostro sólo me IIfá era posible cerrando los ojos, y para mirar el sexo tenía que abr1rlos. En esas c1rcustanc1as, lo ún1co que conseguía en el momento de la eyaculación era perderlo todo: el sexo y el rostro. Fue entonces cuando pensé que si sacaba también al exterior el rostro de Jana desaparecerían mis problemas.

El rostro y el sexo clavados uno junto a otro en la pared. Encontré en las revistas una veintena de rostros que tenían algo de Jana. Muchos los seleccionaba por su aspecto global ¡otros, porque poseían algún rasgo concreto que me la recordaba. Nuevamente empapelé la pared de enfrente de mi cama con los rostros recopilados, quedándose en el centro el sexo elegido y formando todos ellos una curiosa composición.

Como había pasado anteriormente con los caños, estos rostros se constituyeron en paisaje cotidiano durante varios días.

Con gran esfuerzo, seleccioné entre ellos uno completo y otro formado por fragmentos de varios. El primero, el completo, correspondía a una niña de once años llamada Ruth Lawrence, y lo había encontrado casualmente en una página de misceláneas. Esa niña, según el texto que acompañaba a la fotografía, era una niña prodigio que con diez años había superado los exámenes de ingreso en la universidad de Oxford y que en su primer año de estudios había conseguido dos matrículas. Para confeccionar el segundo rostro me serví de ojos, narices, frentes, barbillas, mejillas, etc., que, separadamente de sus caras

originales, me recordaban a Jana.

A diferencia de los sexos, donde la posibilidad de fraccionar es muy complicada debido a su morfología, los rostros son fácilmente divisibles en sus partes fundamentales, lo que me permitía escoger de cada uno la parte que más me recordara a Jana. Para ello puse en práctica mis conocimientos técnico-policiales de aficionado que, tiempo atrás, había adquirido en revistas del ramo. Se trataba de confeccionar un retrato robot; y comencé por la descomposición de esos rostros en las partes internacionalmente aceptadas:

1. Frente, parte superior de la cabeza y ambos laterales

incluyendo las orejas.

2. Ojos.

3. Nariz.

4. Boca.

5. Mandíbula, desde las orejas hasta la barbilla.

Fue éste un trabajo de mucha paciencia, pues además de someter los rostros al quíntuple fraccionamiento, probé un sinnúmero de combinaciones con las partes. A esta tarea me dediqué sin descanso hasta que un día, habiendo terminado de componer uno de los rostros, me dí cuenta, con gran asombro, de que era prácticamente idéntico al rostro de la niña que días atrás había seleccionado. Este hecho no lo consideré como una coincidencia, sino como un claro signo, quizá el primero desde que había llegado a Zurich, de que me encontraba en el camino hacia Jana.

El rostro construido era impresionante. Estaba claramente seccionado en cinco partes, y sin embargo, de la totalidad, irradiaba una belleza inencontrable en los rostros que no han sido compuestos de partes distintas.

También el rostro completo, el integral, era hermoso y coloqué ambos en la pared, justo encima del sexo. Por fin tenía también el rostro de Jana. De pronto me di cuenta: con esos rostros podía salir a la calle a buscarla, podía preguntar a la gente, incluso podía ir a la policía. Observé atentamente los dos rostros. Lo único que había que hacer era inventarse una excusa para que la policía la buscase.

Pero hasta este momento, en que vuelvo a escuchar los golpes en la puerta, no he salido de este cuarto, ni siquiera me he levantado de la silla, absorbido como estoy por este escrito.

Durante aquellos días, muy cercanos a éste en el que escribo estas líneas, y en los que me dediqué con ahínco a consolidar la presencia de Jana mediante esos recortes de revistas, estuve sometido a una situación que no dudo en calificar de extrema. La visión del sexo y del rostro de Jana allí, en la pared de enfrente, me producía una sensación violenta, intensa y fugaz. Violenta, porque el comienzo de la excitación era arrebatador; intensa, porque la excitación subía de nivel rápidamente; y fugaz, porque con la misma rapidez con que subía, incluso con más, así bajaba. Todo esto hacía que mis días estuvieran llenos de momentos de máxima tensión y de máxima laxitud, por lo que mi relación con el cuerpo de Jana era fragmentaria, mejor dicho, espasmódica. Solamente en los momentos supremos del espasmo masturbatorio lograba poseer en toda su plenitud el sexo de Jana; el resto del tiempo, Jana desaparecía o se convertía en una especie de nostalgia. Ni esa nostalgia ni esa desaparición eran de mi agrado. Recuerdo que me dije: "otra vez como al principio". Fue entonces cuando pensé en escribir sobre el rostro y el sexo de Jana.

Ese rostro y ese sexo que estaban clavados en la pared habían salido de mí, pero eran tan concretos, tan limitados, que mi cabeza volvía a generar otros rostros y otros sexos, que a su vez necesitaba sacar de mí, lo que me producía una sensación angustiosa. si yo describiera sobre un papel el rostro y el sexo de Jana, podría tener todo lo que ellos

eran para mí. La ausencia de esa imagen clara y definida de los recortes, dejaría en libertad la imagen de Jana que yo tuviera, pudiendo escribirla, leerla y rescribirla tantas veces como quisiera.

Así las cosas, arranqué de la pared el sexo y el rostro y decidí ponerme a escribir. Como no tenía donde hacerla, me serví del papel higiénico. Recuerdo la extraña sensación que experimenté cuando expresiones como "ojos azules" o "labios abultados", que mi mente estaba acostumbrada a pronunciar en silencio, se convertían en cosas concretas sobre el

papel, en palabras que podían ser miradas. Conforme pasaba el tiempo, la concentración en la escritura se fue intensificando. Me propuse dos cosas: en primer lugar escribir todo lo que se me ocurriera sobre el rostro y el sexo de Jana¡ y en segundo lugar, dejar de masturbarme, de tal modo que cuando tuviera ganas de hacerla me pusiera a escribir sobre su rostro y sobre su sexo. La escritura hizo que estuviera más tiempo levantado, pues me era más cómodo hacerlo sentado a la mesa que echado en la cama.

Una tarde, agotado, apoyé mi cabeza sobre la mesa. Acababa de escribir una descripción del sexo de Jana, comparándolo con un erizo de mar. Su sexo como la boca de un equínodo con sus movimientos de succión y expulsión. Tenía sueño y respiraba con dificultad. Daba la sensación de que en la habitación no había aire. La cama estaba desecha, la maleta abierta y el suelo lleno de revistas abiertas y recortes. Por todas partes se veían rostros y cuerpos de mujeres mutilados de mil formas distintas. Aquello parecía un campo de exterminio. Me dieron náuseas y decidí apartar todo aquello de mi vista. En aquellos momentos no podía imaginar las consecuencias que aquello tendría para mí.

Pensé hacer un paquete con todo aquello, y se me ocurrió que el armario podía ser un buen lugar para guardarlo. El armario era grande y de madera oscura, con una puerta y dos cajones inferiores. Abrí la puerta y me encontré con la ropa que días atrás habían colgado las hermanas aprovechando mi ausencia. Cerré la puerta y abrí el primer de los cajones donde encontré mi ropa interior. No sin esfuerzo logré abrir el segundo cajón. A primera vista me pareció que estaba vacío; pero cuando estaba a punto de cerrarlo, vi una franja de color en su ángulo interior derecho. Abrí más el cajón y encontré dos cuadernos de mediano tamaño, uno encima del otro. Los cogí y pasé lentamente sus hojas. Parecían idénticos y estaban sin estrenar. Volví a hojearlos. Ni una palabra escrita en sus páginas. ¿ Qué hacían allí esos cuadernos? Las hojas estaban cogidas por dos grapas prendidas en el lado más largo y las cubiertas eran de una especie de papel de estraza de color morado. Las hojas tenían el haz satinado y el envés áspero y mate. En el centro de la portada aparecía un recuadro en azulete con tres líneas espaciadas. En el centro de la contraportada estaba dibujado un círculo que contenía un abeto, unas montañas al fondo y, en primer plano, un gran rollo de papel sostenido por un oso. Al pie del círculo se leía "BUSTENI". La ilustración parecía, por su tosquedad, hecha con un tampón. En la parte inferior de la contraportada había escrita una línea con el siguiente texto: "STAS 2019 - 1.981 I.H. BUSTENI pret 1,45 lei - 48 file". Mis conocimientos de idiomas son prácticamente nulos; pero, en cambio, ya desde pequeño tuve mucho interés por la geografía política y toda su parafernalia de banderas, superficies, provincias, capitales y monedas. Por eso de la palabra "leí", deduje que esos pequeños textos estaban escritos en rumano, y aunque desconocía la lengua, saqué las siguientes conclusiones:

1) Los cuadernos eran rumanos, pues rumana era la moneda con la que se fijaba el precio de los mismos.

2) Los cuadernos estaban fabricados en 1.981, es decir, 5 años antes del año en que yo los había encontrado.

3) "STAS 2019" debía de ser un número de serie que hacía referencia a su proceso de fabricación.

4) "I.H. BUSTENI" debía de ser una referencia al fabricante.

5) "1,45 lei" era el precio de cada cuaderno.

6) "48 file" debía ser el número de hojas de cada cuaderno. Comprobé que un cuaderno tenía 42 hojas y el otro 50, por lo que ninguno de los dos tenía el número de hojasmencionadas, aunque se le aproximaban bastante. Una más atenta observación de los hojas me llevó a descubrir que cada una tenía 28 líneas por cara, y que en muchas de ellas había unas extrañas manchas, como impurezas del material. Daba la impresión de que estos cuadernos estaban hechos de papeles y cartones reciclados, siendo, en general, el acabado un tanto descuidado. Una y otra vez me quedaba mirándolos, asombrado por el hecho de haberlos encontrado precisamente en aquel momento. Ese hallazgo no podía ser casual.

Estaba muy excitado, y la excitación agudizó mi cansancio. Dejé los cuadernos sobre la mesa y me tendí en la cama. Debí de quedarme adormilado. No se cuanto tiempo después me incorporé empapado en sudor. Era de día. El sol entraba por la ventana y encima de la mesa estaban los dos cuadernos. Tenía que escribirlo todo, desde el principio hasta el final, todo desde que ella surgió, desde antes. Esa era la única manera de llegar hasta ella, la única manera de hacerla presente ante mí en carne y hueso. Para eso estaban ahí esos cuadernos. Lo vi con claridad. Tenía que escribir en ellos todo lo que me había pasado con Jana. Me levanté, me senté a la mesa y tiré al suelo los trozos de papel higiénico sobre los que había escrito hasta entonces. Desde aquel momento escribiría en aquellos, en estos inesperados cuadernos rumanos. Tomé el bolígrafo y empecé por donde hay que empezar, es decir, por el principio, por aquel anochecer de un domingo del mes de septiembre en que decidí buscar una chica pagada. "Chica pagada", que extrañas me resultaron esas palabras sobre aquel cuaderno recién estrenado.

Por enésima vez en los últimos días, oigo los golpes de Breda o de Walda en la puerta. Supongo que deben estar muy preocupadas por mí. Desde que me puse a escribir en estos cuadernos no les he abierto ni una vez. Pero ellas siguen y siguen llamando, aunque a diferencia de los primero días ya no utilizan sus llaves, como si respetaran mi decisión de no abrirles. Hoy, después de tres días de escribir sin descanso, he llegado por fin al momento en que me encuentro.

Ahora ya puedo empezar a escribir mis conclusiones.

¿Quién puso en el armario esos cuadernos?

Es evidente que las dos hermanas tienen que saberlo, incluso en el caso improbable de que no hubieran sido ellas. Yo estoy seguro de que nadie ha entrado aquí en el último mes, y si alguien ha colocado en el armario esos cuadernos durante mi estancia, sólo han podido ser las dos hermanas el día que estuvieron aquí arreglándome el cuarto. También estoy seguro de que no los introdujeron mientras yo estaba dormido, pues el cajón hace mucho ruido al abrirlo. Así pues, una de dos: o ellas metieron los cuadernos el día que yo salí a la calle, o los cuadernos ya estaban en el armario antes de llegar yo. Esta segunda posibilidad me hace recordar un detalle de suma importancia. El día en que yo llegué, este piso estaba perfectamente preparado para recibir a alguien. Durante el té que me ofrecieron en su casa, Breda me dijo que yo era el primer inquilino que tenían. A lo mejor, se vieron en la necesidad, quizá por apuros económicos, de alquilar esta casa, pero, ¿desde cuándo las caseras se echan a la calle a buscar inquilinos?

Por otra parte, no podía olvidar que la adusta Walda había dicho durante el té, contradiciendo a su hermana, que ellas tenían experiencia con invitados. De todas formas no parecía que en esta ocasión el piso estuviera dispuesto para ningún invitado, porque yo llevaba alrededor de un mes en el piso y que yo supiera, no había venido nadie. ¿Para quién habían preparado el piso?

Yo había ido a la Imfeldsteig buscando a Jana y allí me había encontrado con Breda. si yo fui allí fue porque, según la información que me habían dado en la agencia, en esa calle estaba Jana, concretamente en el número 192. Pero no hace falta repetir que tal número no existe, y que por eso me encontré con Breda, y que por eso estoy en esta casa escribiendo en estos cuadernos. Maldita Imfeldsteig. ¿Por qué no existe el 192 de esa calle?, ¿por qué me dieron una dirección inexistente?

Jana me había dado una dirección falsa, yo había ido allí y me había encontrado con Breda, y Breda me había traído a este piso donde yo he encontrado estos cuadernos en los que estoy buscando a Jana. Tiene que haber una relación entre las dos hermanas y Jana. Desde hace un par de días, no puedo dejar de pensar en ello; pero hasta ahora, no había llegado el momento de escribirlo. ¿ Quiénes son Walda y Breda?

No sé nada de ellas, salvo que son gemelas y que viven en Zurich, aquí en la Münstergasse, y que me han alquilado este piso, aunque respecto al alquiler, todavía no hemos hablado. También sé que no son suizas, las he escuchado hablar entre ellas y lo hacen en un idioma extraño, un idioma que quizá sea el rumano. El extraño acento de Jana hablando castellano. ¿Es posible que Jana también sea rumana?

Mis conclusiones están llenas de preguntas. Me cuesta respirar. No deja de acecharme la duda de si realmente he controlado, como pretendía, todos mis actos; o si, por el contrario, he seguido los pasos que alguien, ajeno a mí, me marcaba. Tengo la sensación de que no me queda tiempo, de que con la misma rapidez que vierto en estos cuadernos las conclusiones que se van precipitando en mi cabeza, va a llegar el final. No quiero detenerme, quiero escribir, ordenar mis conclusiones.

Jana, de acuerdo con Walda y Breda, me dio la dirección de Imfeldsteig 192. El número 192 no existe, pero sí la Imfeldsteig. Yo fui allí y comprobé la falsedad de la dirección y me encontré con Breda. Ella fue la que vino a mi encuentro, la que me hizo preguntas, la que no dejaba de mirarme y la que me trajo a esta casa. Está claro que, según el plan que trazaron, yo tenía que encontrarme con alguna de las hermanas y no con Jana, aunque es evidente que Jana está detrás de todo el asunto. Es de suponer que Walda y Breda se turnarían en sus paseos por la Imfeldsteig desde que supieron, quizá mediante Jana, avisada previamente por la agencia, que yo podía aparecer por allí. Es evidente que Jana quiere algo de mí; y ha utilizado para ello a Breda y Walda. Pero si es así,¿por qué no me lo ha dicho?, ¿por qué todo tan complicado?

Jana quiere algo de mí; pero no parece que sea simplemente verme, sino verme en unas especiales circunstancias, unas circunstancias que, indefectiblemente, tienen que ver con toda esa historia de la dirección falsa y las dos hermanas. Podría afirmar que quiere verme en unas circunstancias que ahora se están creando, y es de suponer, que cuando estén dadas en su totalidad, ella aparecerá.

Jana juega con ventaja. Sabe lo que yo quiero de ella, "quiero ser yo quien lo haga todo", pero yo no sé lo que ella quiere de mí.

Me encuentro en una situación insostenible. Todo se relaciona con todo, como si cualquier hecho formara parte de un plan perfectamente urdido y yo, en vez de ser el supremo hacedor de esta estratagema, fuera la presa, la víctima. De ser así las cosas, yo estoy aquí ahora porque ella lo ha querido, y todo lo que me ha pasado, es porque ella lo ha dispuesto, ayudada por esas dos hermanas en cuya puerta oigo ahora mismo que golpean. Es la primera vez que oigo llamar a la puerta de las dos hermanas. Que yo sepa, desde que estoy aquí, no han recibido ninguna visita y cuando ellas entran, lo hacen siempre con las llaves.

Estoy cumpliendo los planes de Jana, ahora me estoy transformando tal y como lo quiere ella. Cuando esté transformado totalmente, Jana vendrá.

A lo mejor, una de las dos se ha olvidado las llaves.

Ahora oigo que la puerta se abre. Oigo voces en el descansillo. Han cerrado la puerta y ya no oigo nada.

Me encuentro agotado, con dolores de cabeza, con fiebre, con problemas respiratorios, ¿es así como me quiere Jana?

Mi cabeza está llena de imágenes de Jana. Su cuerpo se ha convertido en algo más real que un cuerpo de carne y hueso. si ahora se presentara aquí, quizá no la reconocería.

Todo esto que me está pasando es porque ella lo quiere. Ha sido ella la que me ha conducido hasta aquí. Recuerdo palabra por palabra el anuncio por el que la encontré; allí hablaba de un camino queconduce a la frontera, ¿será éste el camino que conduce a la frontera?, ¿habré acertado?,¿será esto la frontera?

Acaba de abrirse la puerta de las hermanas y oigo de nuevo voces en el descansillo. También oigo cómo mi corazón bombea la sangre con potencia. Todo esto es humillante para mí, no lo puedo soportar. No soporto la idea de que no puedo verla porque aún no estoy en condiciones. Daría lo que fuera por saber qué tengo que hacer para que Jana aparezca. Voy a bajar y voy a preguntar a Breda qué debo hacer para poder ver a Jana. No puedo levantarme de esta silla, después de tres días sentado en ella, sólo intentarlo me marea. ¿Qué otra cosa puedo hacer? seguir escribiendo este relato.

¿Estaría también en los planes de Jana que yo escribiera todo esto?, su ausencia de la Imfeldsteig, la presencia de Breda, este piso, ese armario; todo me ha conducido, como en un juego de pistas, a los cuadernos rumanos. ¿Qué quiere que yo haga con estos cuadernos?

Vuelvo a oír cerrar la puerta de abajo. Alguien sube las escaleras. Mi corazón late con más fuerza.

Quizá Jana supuso que cuando yo me cansara de esperar- la, me pondría a escribir todo lo ocurrido, toda mi historia. A lo mejor ,pienso ahora cuando ya no oigo pasos en la escalera, lo que Jana quiere es mi historia, y por eso me ha puesto a escribirla en este lugar, para venir y llevarse los cuadernos rumanos con mi historia dentro.

Acaban de golpear en la puerta. Ahora golpean otra vez.

Nunca lo hacen así ni Breda ni Walda. ¡Oh Dios mío!. ¿Dónde estoy?, ¿de quién es esta casa?, todo se me revela con absoluta claridad. Mis pulmones son incapaces de llenarse de aire. Ahora parece que hablan, no entiendo lo que dicen.

La vista se me nubla y apenas distingo lo que escribo. Sigue hablando, esa voz, ese extraño acento. El corazón me va a reventar el pecho. Oigo pronunciar mi nombre.

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