Miré el reloj y eran cerca de las once. Al día siguiente, como
todos los lunes, tenía que levantarme temprano. Di un profundo suspiro y arqueé
mi cuerpo haciendo que la silla acabara por sustentarse tan solo con las patas
traseras. Estirarse también era un placer solitario, algo que sólo podía
practicar libremente en soledad. Volví a la posición inicial y eché una ojeada
a mi mesa de trabajo. Allí estaban, como siempre, las revistas. Bastaba con
mirar sus portadas satinada para excitarme. Era tal la afición que tenía a la
pornografía, que sólo me masturbaba contemplando material pornográfico. Con el
tiempo, había conseguido un arte insuperable: primero, echaba una ojeada a
todas las chicas que aparecían en el interior de las revistas, siempre en ese
papel brillante que les proporcionaba una piel de satén inevitablemente
seductora; después, tocándome los genitales, seleccionaba aquellas fotografías
en que las chicas mostraban ostentosamente su sexo, a ser posible con la
abertura vaginal bien visible; finalmente, cuando en la cima de la excitación
llegaba el momento de correrme, comenzaba frenéticamente a pasar páginas y más
páginas en un sentido y en otro, ansioso por tener ante mí el sexo más abierto.
Esas chicas lo tenían todo para satisfacerme: no hablaban, no se sabía nada de
ellas, y estaban ahí con su cuerpo abierto para mí. Pero esas chicas de piel
satinada, que tan desmesurada excitación me producían, no podían ser penetradas
por su físico bidimensional.
De allí surgió la reflexión sobre mi soledad aquel anochecer de
domingo. Una reflexión que ni yo mismo podía imaginar que iba a introducirme en
una aventura de la que este escrito, que consume todo mi tiempo en este piso de
la ciudad de Zurich, no es sino su más reciente manifestación. Siempre que me
gustaba una chica, lo que más deseaba era acostarme con ella; pero con el
tiempo había llegado a la conclusión de que, para conseguirlo, tenía que pagar
un precio muy alto. Era inevitable estar dispuesto a soportar conversaciones de
duración incalculable, donde te exponías a ser el blanco de confesiones íntimas
e incluso de manifestaciones de ternura. ¿Qué sentido podía tener para mí
iniciar una conversación, cuando mi único objetivo era acabarla cuanto antes
para irnos a la cama? Estaba convencido de que las mujeres sólo estaban
dispuestas a ofrecerte su cuerpo, si tu estabas dispuesto a escuchar sus
sentimientos. Yo había salido con chicas y unas veces había ido bien y otras
había ido mal, desde el punto de vista de la gente; Aunque para mí, desde mi
punto de vista, siempre había ido mal.
Abrí de par en par la ventana de mi cuarto de estudio y aspiré profundamente el aire
fresco de la noche, detenido en el amplio patio al que daban las habitaciones
de mi casa.
¿No había chicas reales a las que pudiera penetrar sin necesidad
de intercambios sentimentales?, ¿cómo entablar una relación sexual sin que
mediara palabra; Donde se me concediera todo; donde, sin trabas, pudiera mirar
y hacer en todas las posiciones, por delante, por detrás, arriba, abajo, desde
todas las distancias, vista panorámica y también en detalle, incluso en súper
detalle; donde pudiera penetrar por cualquier orificio? Las chicas de las
revistan no tenían piel, por satinada que pareciese en las fotos; ni vagina,
por abierta que se mostrase. Todo eso sólo lo tenían las chicas reales, pero,
¿en qué otra cosa que en chicas de revistas podrían convertirse las chicas
reales para proporcionar a mis sentidos el único placer que conocían? Dije en
voz alta: "Hay chicas que se venden sólo por dinero". El sonido de mi voz me
produjo un escalofrío que recorrió toda mi columna vertebral. Fue entonces,
nunca lo olvidaré, cuando comencé a acariciar la idea que cambiaría mi vida y
me conduciría a mi actual situación aquí en Zurich, donde apuro mis últimas
esperanzas escribiendo estas líneas en estos providenciales cuadernos. Esas
podían ser las chicas que, como las de las revistas, no preguntaban; de las que
nada sabías, ni siquiera su nombre; Que se dejaban hacer lo que quisieras y no
te sometían a ningún juicio porque el juicio quedaba eliminado, suponía, por el
simple hecho de pagar. Sólo pagando era posible taparles la boca. Me aparté de
la ventana con una sola idea en la cabeza: "chica pagada".
Tras una semana laboral perdida en las reflexiones del domingo
anterior, el viernes a las tres y media salí de la oficina contento y pletórico
de fuerzas. Estaba dispuesto a buscar a esa chica de carne y hueso que, a
cambio de dinero, me entregara su cuerpo, especialmente su vulva, sin preguntar
ni opinar sobre asunto alguno que no tuviera relación con mis apetencias
sexuales. ¿Cómo encontrarla?
Yo nunca había ido de putas, pero con frecuencia me había excitado
ante la visión de lo que me imaginaba como un mundo antihigiénico, lleno de
escaleras oscuras, cuartos grises y sábanas ennegrecidas. Hasta la posibilidad
de contraer una enfermedad venérea me resultaba atractiva. Lo antihigiénico
había sido siempre una constante en mí. No pocas veces había recurrido al cubo
de la basura donde descansaba la última revista pornográfica que yo había
utilizado. La revista, con sus chicas pegadas unas a otras con salsa de tomate,
ensalada, estofado o semen, estaban allí, en lo oscuro de aquel cubo, donde se
reunía toda la porquería de la casa. Sólo su visión me provocaba una súbita
erección. Muchas veces recuperaba la revista y la colocaba en el lavabo, lo
llenaba de agua y esperaba unos minutos. En ocasiones había suerte y con sumo
cuidado lograba separar dos hojas, desplegando ante mis ojos dos maravillosas
chicas, con sus vulvas abiertas y sus rostros suaves. En una de estas revistas
rescatada del cubo de la basura, aquel viernes por la tarde encontré el medio
de establecer contacto con mi chica pagada. Se trataba de un anuncio, titulado
"Tome nota...", que se hallaba en una de las últimas páginas, insertado en
medio de un cuento erótico. Desde su primera lectura me sedujo. Decía que el
hombre y la mujer en el paraíso terrenal se dedicaban sólo y exclusivamente al
sexo y yo, ahora, tenía la oportunidad de recuperar ese "maravilloso tiempo perdido".
Justo lo que yo quería. Pero el texto, a cuyo pié aparecía el nombre de "Grupa
Press" y dos teléfonos, también decía cosas que me resultaron inquietantes.
Así, por ejemplo, decía que el Paraíso duró "hasta que pasó lo que tenía que
pasar".
Extraña justificación de la expulsión del Paraíso, pues, si pasó
lo que tenía que pasar, es que todo estaba ya escrito, y si realmente fuera
así, no podría achacarse al hombre y a la mujer en estado paradisíaco ningún
tipo de decisión, ya que ellos sólo sabían dedicarse al sexo. Pero entonces,
¿qué ocurrió para que todo se acabase? Mi reflexión sólo dio con una
posibilidad: una voluntad, ajena a ellos, les impidió seguir dedicándose al
sexo. ¿De dónde surgía esa voluntad?
Esa cuestión me produjo cierto temor. Pero había en ese anuncio
otra frase que hoy todavía me resulta misteriosa:" Si aciertas en el camino-ese
que conduce a la frontera-, el maravilloso tiempo perdido te espera". ¿ Qué
apuesta ocultaba ese "si aciertas en el camino"? Tenía la sensación de estar frente
a un texto lleno de mensajes cifrados, ninguno de los cuales podía comprender.
Esas preguntas sin respuestas en las que desembocó mi reflexión
sobre el anuncio, no hicieron sino aumentar el atractivo que me había producido
su primera lectura y decidí no buscar más. Aquel anuncio sería el medio por el
que conseguiría a mi chica pagada.
Hoy, gracias a él, me encuentro en esta ciudad de Zurich
escribiendo sin descanso en estos cuadernos rumanos, aquí, en esta habitación
donde me atenaza un fuerte resfriado y de la que quizá nunca salga a no ser con
los pies por delante.
Serían las ocho de la tarde, cuando salí de mi cuarto de estudio y
me dirigí al salón. Me senté en uno de los sillones y cogí el teléfono. En ese
momento no sentí temor alguno. Marqué el primer número de los dos que aparecían
en el anuncio y escuché el más completo de los silencios.
Cuando me disponía a colgar para marcar de nuevo, escuché nítida y
potente la señal. Alguien cogió el teléfono y dijo: "Espere un momento, por
favor", y desconectó. Noté que mi corazón se agitaba. Ya no se oía la señal. La
siguiente vez que escuchara la voz tendría que contestar inevitablemente, pero
no tuve tiempo de ponerme nervioso.
- Grupa Press. Buenas tardes, dígame.
- Buenas tardes... llamo en relación con un anuncio aparecido en
la revista "B" del mes de agosto.
- ¿De agosto dice usted?
- Sí, de agosto.
- ¿Me podría decir a qué anuncio se refiere?
Por un instante me vi abocado a explicar cuáles eran mis
intenciones, pero afortunadamente mi silencio fue cortado.
- ¿Me podría decir el título del anuncio?
- El título... se titula "Tome nota...".
- Perfecto. Un momento, por favor. Le paso.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes. Estaba interesado en el anuncio de "Tome
nota...".
- Muy bien, usted me dirá. Estamos aquí para servirle.
- Yo...
- ¿Para qué día quiere el servicio?
- Para mañana.
- Muy bien. Hasta dos horas son 45.000 ptas., más de dos horas
90.000 ptas. El máximo son ocho horas. ¿Desea el servicio a domicilio?
- Sí, en mi casa.
- Su dirección, por favor.
- San Francisco Javier no. 92 60. izda.
- ¿A qué hora quiere que vaya la señorita?
- A las diez de la noche.
- Perfecto. Me da por favor el número de su DNI.
- ¿El número del DNI?
- Sí, señor, cuando el servicio es a domicilio se necesita siempre
el DNI.
- Claro. Tome nota...
- Gracias. En lo que refiere al pago se realiza mediante cheque
conformado que se entregará a la señorita. El cheque lo extenderá a nombre de
Grupa Press.
- Muy bien.
- ¿Desea hacer usted alguna especificación sobre señorita?
- Bueno, yo no sé lo que tienen ustedes...
- Nuestras señoritas no tienen nunca más de 35 años.
- Muy bien, me da igual.
- ¿Por cuánto tiempo desea el servicio?
- Dos horas, a partir de las diez de la noche como le he dicho.
- Perfecto. ¡Ah!, se me olvidaba, ¿me da su nombre, por favor?
- Naturalmente...
- Mañana a las diez de la noche estará la señorita en su casa.
También recibirá periódicamente información sobre nuestros servicios. Buenas
tardes.
- Buenas tardes.
No me fijé en ningún momento en la voz de mi interlocutora, sólo
recuerdo que nada más colgar el teléfono me pregunté:" ¿Con qué criterio
elegirán a la chica?
Hoy, cuando escribo, estas líneas, todavía me pregunto con qué
criterio la eligieron. Quizás, como decía el anuncio:"pasó lo que tenía que
pasar".
Pensé en las cosas que tenía que hacer al día siguiente: ir al
banco a conformar el cheque; ver qué había de beber y de picar; cambiar las
sábanas y las toallas; barrer; limpiar a fondo la cocina, el baño y el
dormitorio; y, antes de todo, abrir las ventanas para que se aireara bien la
casa. Cuando terminara me daría una buena ducha y a las diez llegaría ella. No
habría nada de qué hablar, nada que juzgar. Sería una extraña reunión. Me
parecía increíble que, por dinero, pudiera tener a una mujer en mi casa para
hacer con ella todo lo que se me antojase.
Poco antes de las 10 de la noche del sábado di por concluidos los
trabajos de la casa y mi aseo personal. Me sentía feliz. No obstante, todo
aquello era muy extraño. Yo, vestido impecable, esperando en el salón de mi
casa a una mujer desconocida a la que iba a pagar por utilizar a mi antojo. Me
sentía demasiado compuesto, todo estaba demasiado compuesto: la casa, las
bebidas, la cama. Todos esos preparativos no eran necesarios con las chicas de
las revistas, a ellas las tenía siempre en casa y siempre dispuestas. Pero yo
ahora buscaba a una chica de carne y hueso. En aquellos momentos yo la estaba
esperando y había sido inevitable preparar una recepción. Eso me revolvía las
tripas. Yo no tenía ninguna intención de crear la menor afinidad a excepción de
la sexual. Tendría que serestrictamente correcto pero sin demorarme en preámbulos corteses, con el
fin de pasar rápidamente al dormitorio o a donde fuese a cumplir lo pactado.
Esperaba que ella no Icrease problemas; no obstante, se me ocurrió no darle el
cheque hasta ver como se desarrollaban los acontecimientos.
Miré el reloj: eran las diez menos cuarto. Mientras miraba el
reloj sonó el timbre. Me dirigí a la puerta y pensé que ella escucharía mis
pasos yentonces su cabeza se pondría en marcha. Abrí la puerta y me encontré
con una mujer alta y de brillante sonrisa.
- Hola.
- Hola, buenas noches. Pase.
- ¿Pase?, ¿es que vas a llamarme de usted? Entró en mi casa
pasando delante de mí. Su acento era extranjero y sus ojos enormes y azules.
Cerré la puerta de la calle e instintivamente eché el segundo pestillo.
Entramos en el salón. Apenas traspasado el umbral, se detuvo. Yo,
detrás de ella, olí su hermoso pelo negro. Ella se volvió, me miró y esbozó una
tenue sonrisa. Respiró profundamente y entró en el salón. Junto a los sillones
se quitó la chaqueta, descubriendo un espléndido y ajustado vestido de satén,
acabado en un escote "palabra de honor" que dejaba ver blanquísima la mitad
superior de unos pechos moderados. Su cuerpo, un auténtico cuerpo satinado, era
formidable, destacando sus potentes hombros y sus sólidas caderas. Le sugerí
que se sentara mientras yo iba a la habitación de invitados a dejar su
chaqueta. Volví y le pregunté si quería beber algo.
- Un whisky, por favor -dijo recomponiendo con sus dedos la raya
del pelo.
Se lo serví y me senté en el otro sillón.
- ¿Tú no bebes nada?
- No me apetece ahora.
Observé su concentración al paladear el primer trago y le dije:
- ¿Te gusta sacarle el gusto, eh?
Ella pareció salir de su ensimismamiento, sonrió y respondió de
golpe:
- ¡Oh, sí!, soy una gran bebedora de whisky. Bueno -dijo dejando
escapar una risa alborozada- quiero decir que soy una gran experta.
- ¿Y qué te parece?
- No está mal -y volvió a reír, acompañándola yo esta vez.
- Tienes una casa muy bonita -volvió a beber whisky- ¿Y cómo te
llamas?
- Sí, la verdad es que no nos han presentado. Bueno, en realidad
tú deberías saber mi nombre, yo lo di.
- Es posible que me lo dijeran, pero no soy muy buena para recordar
nombres.
Cruzó las piernas descubriendo por la abertura de su vestido un
brillante muslo que se adivinaba blanquísimo bajo sus medias negras de cristal.
Volvió a tomar whisky y al coger el vaso me fijé en sus manos, en sus largos
dedos, coronados por unas uñas pintadas de rojo y muy cuidadas.
Después la miré a la cara. Ella, descubriéndolo, me dijo:
- ¿Por qué me miras así? - y abrió extraordinariamente los ojos-
¿te gusta mirar?
Bajó la vista y estiró un brazo sobre el respaldo de su sillón,
mostrándome en toda su plenitud una de sus axilas depiladas. Volvió a sonreír,
esta vez dejando ver la punta de la lengua entre sus labios.
- Mucho -le dije, intentando barnizar de picardía un azoro
imposible de ocultar.
- ¿Y te vas a dedicar a mirarme?
Me sentí violento. Mis ojos se fijaron en su vaso de whisky sobre
la mesa. Se notaban las huellas de sus labios.
Rompí aquel tenso silencio.
- ¿A ti no te gusta mirar?
- Yo no he dicho nada.
Intenté sonreír pero ella no se dio cuenta porque mientras tanto,
había vuelto a coger el vaso de whisky y se entretenía dando pequeños sorbos
sin apartar el vaso de sus labios. Puso el vaso sobre la mesa, volvió a dar un
profundo suspiro y dejó caer su cabeza sobre el respaldo, descubriendo un
cuello largo y esbelto en el que la tráquea se marcaba tensa y poderosa. Con un
rápido gesto se incorporó de nuevo y me pidió un cigarrillo; le di también
fuego y ante mi asombro, después de dar una profunda calada, se bebió de un
trago todo el whisky que le quedaba. Después, mirándome con sus enormes ojos
azules me dijo:
- El tiempo pasa rápidamente. ¿Vamos?
- ¿A dónde? -respondí desconcertado.
Ella mantuvo su mirada en mis ojos durante unos instantes, después
se llevó el cigarrillo a la boca, aspiró y lo aplastó con fuerza contra el
cenicero.
- ¿Quieres que te haga algo en especial?
- No, dije con irritación.
- ¿Entonces?
- Quiero ser yo quien lo haga todo.
- ¡Qué generoso!. De acuerdo. ¿Tienes el cheque preparado?
- Por supuesto.
Metí la mano en el bolsillo y le di el cheque. Ella lo miró con
gesto rutinario y me dijo mientras lo ponía sobre la mesa:
- Tu firma es ilegible.
- ¿Por qué dices eso?
- Todavía no sé tu nombre.
- Lo sabes pero no lo recuerdas. Yo, en cambio, no lo recuerdo
porque nunca lo he sabido.
- Mi nombre es Jana y si no quieres decirme el tuyo no te
preocupes, si llega a interesarme lo averiguaré.
Se levantó y se sentó junto a mí, me dirigió una brillante mirada
y me susurró al oído:
- ¿Aquí o en la cama?
- Ni aquí, ni en la cama. Yo aquí; y tú allí, donde estabas -y
señalé su sillón.
Noté en su rostro cierto temor. En realidad lo noté en su boca, en
un rictus de su maravillosa boca perfilada por unos labios perfectamente
pintados. Ella se apartó de mi lado y se sentó en su sillón. Esta vez se sentó
de manera muy recatada, como quien lo hace en una sala de espera. Eso me gustó
y comencé a excitarme. La miré de arriba a bajo. Su pelo negro y corto; sus
grandes ojos azules, ahora sumisos; su cuello largo; sus hombros anchos; su
pecho blanco. Mi mirada se detuvo en su vientre. Su vulva estaba allí, junto a
mí, oculta, pero a mi alcance. Observé que sus piernas se movían en señal de
impaciencia. Mi excitación se convirtió en ansiedad, pensando que aquello podía
no tener fin.
- ¡Quítate el vestido! -chillé de forma ridícula.
Ella, sin mirarme, llevó la mano derecha a su espalda y escuché el
ruido de la cremallera. Sus pechos, antes oprimidos, se expandieron al ceder
ligeramente las copas que los mantenían. Me acer qué y de pie ante ella, le
dije:
- Bájame la bragueta y sácamela.
Mientras, yo me incliné y apreté sus pechos uno contra otro.
- Manténlos así.
- No puedo hacer tantas cosas a la vez.
- Haz lo que yo te digo.
Dejó mi miembro fuera del pantalón y se sostuvo los pechos, tal y
como yo le había indicado. Comencé a pasar mi mano por aquella masa de carne
blanda y tibia cubierta por una finísima piel blanca. El vestido cayó por
debajo de sus pechos. Me aparté y volví a sentarme en mi sillón terriblemente
excitado. Me froté el sexo mientras la contemplaba desnuda de cintura para
arriba.
- Quítate el vestido.
Con ambas manos empujó su vestido hacia abajo y con unos cuantos
golpes de cadera logró quitárselo. La visión casi me enloquece. Toda ella era
un superpóster a todo color. Sus zapatos negros, brillantes y finos; las medias
negras de cristal, sujetas por un liguero cuya parte superior tendía un puente
por encima de su bajo vientre, y unas braguitas negras absolutamente
transparentes, por las que el vello púbico se dejaba admirar de manera
insoportable.
- Ven, cógemela.
Contemplé sus largos dedos con sus uñas rojas acariciando mi
miembro. Pensé en el vaso de whisky y le dirigí una fugaz mirada. Estaba vacío
encima de la mesa.
- Quítate las bragas y muéstrame tu culo
Mi sexo erecto, todo él ya violáceo, contemplaba aquel culo. Yo,
sentado en mi sillón, y ella de pie ante mí, dándome la espalda con su culo
casi rozándome el miembro.
Cogí sus glúteos y los separé, ¡oh Dios mío!, aún guardo aquella
visión como una de las más intensas de mi vida.
Por un momento pensé en lo que ella podía estar pensando; en la
cara que yo no veía.
- Agáchate, apóyate con una mano en la mesa y con la otra cógeme
el miembro y agítalo.
Aquello era el delirio. Le introduje suavemente un dedo en la
vagina deleitándome en recorrer esas pequeñas rugosidades del conducto. Después
le introduje dos y después tres, mientras ella en silencio seguía agitando mi
verga.
Emitió un ligero quejido cuando le metí el cuarto dedo. Su
interior estaba cada vez más empapado. Introduje todos los dedos, hasta el
pulgar. Ella comenzó a chillar pero sin moverse, sin oponer resistencia. Yo ya
no podía más y necesitaba tenerlo todo en ese momento. Con la otra mano busqué
ávidamente sus pechos que colgaban rozando con sus pezones el cristal de la
mesa. Me corrí sobre su trasero mientras ella gritaba cada vez más fuerte.
Saqué la mano de su sexo chorreando y me la llevé a la cara, restregándomela
por la nariz para poder oler todo aquello. Quedé exhausto y ella, como si
estuviera herida, fue torpemente a dejarse caer en su sillón. Hubo un largo
silencio poblado de respiraciones entrecortadas.
- Vas a manchar el sillón -le dije.
- Necesito ir al baño, ¿me puedes decir dónde está?
Se lo indiqué y ella cogió su vestido, sus braguitas, su bolso y
el cheque, y desapareció por el pasillo. Volví a mirar el vaso de whisky vacío
en el que se notaban las huellas de sus labios. En su sillón, una mancha
blancuzca daba testimonio de que me había corrido en su trasero. Yo, con mi
sexo arrugado y goteando, escuché sus pasos alejándose por el pasillo, el ruido
de la puerta del baño, el agua del grifo y la cadena del water. No sé cuánto
tiempo después apareció, arreglada y compuesta, con su bolso y su chaqueta, y,
sin acercarse, se despidió:
- Me voy, adiós.
Yo intenté levantarme pero el agotamiento y el tener los
pantalones a la altura de las rodillas me lo impidieron.
Ya en la puerta del salón se dio la vuelta y me dijo:
- No te molestes. Nos veremos algún día.
Salió al vestíbulo, oí que abría la puerta y la cerraba, sus pasos
en el descansillo y el ruido del ascensor. Después creo que me quedé
completamente dormido.
No sé qué hora sería cuando volví a despertarme. Intenté moverme
pero me dolían todos los huesos. Miré hacia la ventana y parecía que estaba
amaneciendo. Logré levantarme del sillón, me dirigí a la cocina y bebí agua. No
había tomado alcohol pero me sentía presa de una tremenda resaca. A pesar de la
mala posición, debía de haber dormido seis o siete horas. Me encontraba muy
cansado. Volví al salón, su atmósfera estaba cargada, abrí la ventana y descubrí
el vaso de whisky sobre la mesa. Me quedé absorto.
Recordé de pronto a esa mujer. ¿Cómo se llamaba? La noche anterior
yo había estado con una mujer allí mismo. El vaso de whisky, las manchas en los
sillones y ese olor espeso, que el aire fresco de la mañana comenzaba a
disipar, eran pruebas evidentes. Me senté de nuevo en el sillón. ¿Cómo se
llamaba? No lo recordaba. Sí recordaba que cuando sonó el timbre temblé, que me
asustó escuchar mis propios pasos y me asustó más que ella los oyera. Sus pasos,
recordaba sus pasos cuando se dirigió al baño y cuando se marchó de mi casa.
¿Qué más recordaba? Unos enormes ojos azules y el sexo. Su sexo abierto frente
a mi cara y su mano derecha agitando mi sexo con sus dedos largos y sus uñas
rojas. Aquí se acababan todos mis recuerdos. Ni siquiera recordaba su rostro.
Miré el vaso de whisky, me levanté y lo llevé a la cocina. Abrí la puerta de mi
habitación y vi la cama intacta. Volví al salón y me detuve frente a los
sillones.
Recordé que no había llegado a penetrarla. Ella había puesto su
sexo frente a mi cara, su sexo abriéndose frente a mi cara, haciendo un ruido
suave de boca de equínodo, descubriendo la rosada oscuridad de sus entrañas.
Noté que me faltaba el aire y aspiré profundamente. Por la ventana vi que el
sol lucía soberano en un cielo sin nubes.
Necesitaba dormir, estaba realmente cansado. Fui a la cocina y
volvía a beber agua, no comprendía por qué tenía tanta sed. Pensé en mi cama y
decidí estrenar yo solo aquellas resbaladizas sábanas de raso con las que la
había vestido para la ocasión. Quizá no tuviera sueño, pero estaba rendido y
dormir era lo mejor que podía hacer; además, era domingo por la mañana. Me
acosté y debí de quedarme dormido en un instante. sin embargo, no tardé en
abrir los ojos.
Sentí como una explosión y por eso abrí los ojos. Era ella. Tenía
delante de mí su rostro perfectamente definido: su pelo corto y negro, sus ojos
grandes y azules, sus labios rojos y paralelos y su piel blanca, su piel blanca
junto a su pelo negro. Estuve un buen rato sin pestañear, pues pensaba que si
lo hacía ella desaparecería. No sé cuánto tiempo después aquella imagen se
desvaneció y yo continué durmiendo. Enseguida volví a abrir los ojos. Ella
estaba allí, pero esta vez no la veía. Sólo oía su voz, una voz armoniosa y
segura que fluía a través de ese desconocido acento extranjero. ¿Qué decía?
Creo que tuve dificultades para respirar. Unos instantes más tarde creí que me
ahogaba y me incorporé bruscamente. Entonces me desperté. Había visto su rostro
y había escuchado nítidamente su voz. ¿Qué significaba todo aquello? Aspiré
profundamente y me encontré con su olor. ¿De dónde provenía? Eran mis manos.
Aún estaba ahí ese olor ácido y marino, y acercándomelas a mis
narices, volví a aspirar: ahí estaba todo su sexo. Miré mis manos y descubrí un
filo oscuro alrededor de las uñas de mi mano derecha. Eran restos de sangre.
Mis uñas tenían restos de sangre de esa mujer.
Pensé que era extraño que teniendo sangre en mi mano no hubiera
visto ni rastro de sangre en el salón. Me levanté y fui a comprobarlo. Justo a
los pies del sillón donde yo me había sentado, en la alfombra blanca, descubrí
una gota de sangre. La alfombra la había absorbido como un papel secante y la
gota se había fijado en un círculo perfecto. Esa gota tuvo que ir directamente
de su vagina a la alfombra. No había más restos de sangre, a excepción de los
de mis uñas, ni en el sillón, ni en mi ropa, ni en la mesa. Me quedé allí de
pie, junto a la gota, contemplándola. El sonido de mis tripas me sacó de mi concentración.
Miré hacia la ventana. Debería de ser media tarde. Tenía hambre. Bajé a la
calle, tomé un bocadillo y una caña, y volví a casa. Me senté a la mesa de mi
cuarto de estudio y me quedé absorto.
Desde que me había despertado en el sillón por la mañana, había
estado intentando recordar cómo era ella y solamente en sueños lo había
conseguido, como si el hecho de recordar no tuviera nada que ver con los
esfuerzos por recordar. ¿Qué fuerza desconocida había convocado en mis sueños
su rostro y su voz?
Hoy puedo decir que esa mujer, quienquiera que sea, ha guiado mis
pasos hasta esta ciudad de Zurich donde, a pesar de los golpes que ahora mismo
estoy escuchando en la puerta y que muestran la preocupación de mis caseras por
mi persona, ya sólo aspiro a escribir mi historia por si así logro encontrar a
esa mujer que desde que me desperté aquella mañana de domingo, medio desnudo y
dolorido en el salón de mi casa, no me ha concedido ningún minuto de reposo.
Durante la semana siguiente apenas rendí en el trabajo. Ella
ocupaba mis pensamientos de un modo que incluso me producía dolor físico, no
abandonándome ni siquiera dormido.
Soñé varias veces que estaba durmiendo en mi cama y me despertaba
al escuchar unos pasos. Oía como los pasos se iban alejando y cómo se iban
abriendo y cerrando puertas tras ellos. Esos pasos nunca llegaban a perderse y
aunque cada vez más alejados, siempre se oían nítidamente. Eran sus pasos, los
pasos de esa mujer que se había adueñado de mi mente. ¿Qué podía hacer con
ella?
Mis esfuerzos por olvidarla sólo consiguieron aumentar mi
obsesión. Esa mujer era el centro de todos mis pensamientos.¿Qué me estaba
pasando? si no me quedaba más remedio que convivir con su presencia, no podía
hacer nada mejor que conocerla. Tenía que conocer a esa mujer. Y no estando
dispuesto a permanecer ni un minuto más en aquella situación, me propuse ese
viernes como principal objetivo levantar un mapa minucioso de todo lo ocurrido
durante la visita que ella, seguía sin recordar su nombre, me había hecho el sábado
por la noche. Desde que le había abierto la puerta hasta que se marchó de mi
casa, repasé una y mil veces sus gestos y sus palabras; su cuerpo y su sexo;
todo lo que allí había sucedido. Recordé que llegado un momento yo le había
dicho: " Quiero ser yo quien lo haga todo".
Había tenido que escuchar mis propias palabras para decidirme.
Sólo a partir de ese momento había podido controlar la situación. La evocación
de su visita me devolvió de nuevo su nombre: Jana. Su nombre era Jana. Por fin
lo recordé.Pero sobre todo recordé ese momento en que había puesto su mano en
mi miembro y su trasero justo delante de mi cara. El aroma de su sexo y mi
mano, allí dentro, empapada.
Ese viernes por la noche volví a olerme las manos y aún permanecía
en ellas la fragancia de su sexo. Aquello no había sido una simple aventura de
fin de semana. Los ojos se me cerraban. En mi habitación, antes de dormirme,
recordé sus últimas palabras: "Nos veremos algún día".
El sábado por la mañana me desperté con el miembro endurecido y pensé
en masturbarme. Entonces me di cuenta que desde que Jana había estado en casa,
hacía seis días, no me había masturbado, ni siquiera había pensado en hacerlo.
Hasta que me visitó Jana solía masturbarme todos los días. Siempre
lo hacía ante una revista pornográfica; frente a mujeres haciendo gestos de
placer, tensando el cuello, apretándose los pechos, abriéndose de piernas,
abriéndose la vagina, introduciéndose consoladores. Conservo en la memoria con
especial nitidez una foto de la modelo Ginger Miller, hecha por Dennis
Silvermoon y publicada en Penthouse. Ginger aparecía sentada completamente
desnuda, a excepción de un larguísimo collar de perlas. El collar se deslizaba
por su cuerpo y bajaba hasta su sexo que mantenía abierto con los dedos.
Recuerdo sobre todo su mirada, la expresión de unos ojos que miraban sabiéndose
no mirados porque su sexo concentraba todas las miradas. Yo pensaba que las
chicas, al igual que Ginger Miller, sabían que sus rostros no eran sino el
reclamo para que se eligiesen sus coños y no otros entre los miles de millones
de coño s que hay en el mundo. Para mí los coños sólo se distinguían por el
rostro que había más arriba. Ese era el motivo por el cual yo siempre
necesitaba que se viese la cara de la chica cuando me masturbaba. De esta forma
yo podía concentrarme en el coño, pues ya sabía que se trataba del coño de
alguien.
Así pensaba y me masturbaba yo hasta ese día en que Jana vino a mi
casa y, de acuerdo con mis indicaciones, acercó sus nalgas a mi cara. Yo la
detuve en el punto exacto para introducir en su vagina un dedo y luego otro y
otro y otro y finalmente otro. Seis días después de haber estado con ella, me
daba cuenta de que se había convertido en la única mujer de carne y hueso que
existía para mí y que ella era la causa de mi inusitada continencia sexual,
algo que no recordaba desde mi más tierna infancia. Ella, con su visita, había
impuesto un nuevo comportamiento a mi cuerpo y yo ahora lo estaba descubriendo.
Aquel sábado fui consciente de que el único sexo que me gustaba era el sexo de
Jana y que sólo podía conseguirlo consiguiendo a Jana. Recuerdo que deseé con
toda intensidad la llegada de ese día en el que pudiera gozar de su cuerpo sin
tener que utilizar mi cabeza para convocarla. Necesitaba la presencia de Jana,
la presencia real de su cuerpo. Tenía que evitar el peligro que suponía esa
mujer creciendo por momentos en mi mente. Tenía que concertar una nueva cita.
Aunque seguía considerando razonable la necesidad de prepararme adecuadamente,
no estaba dispuesto a demorar por más tiempo el encuentro.
Tenía que volver a llamar para volver a solicitar sus servicios.
Era mi única salida. Esta solución me planteó algunos problemas cuando me puse
a pensarla detenidamente: ¿Se podrían solicitar los servicios de una chica
determinada?, ¿no intentarían evitar que los clientes se relacionasen con la
misma chica por si se encariñaban? Por otra parte, también pensé que no debería
de haber muchos clientes que siempre quisieran hacerlo con la misma, pues sería
absurdo irse de putas siempre con la misma puta. ¿Y comprarla? ¿Sería posible
comprar a Jana? Y en caso de que fuera posible, ¿tendría dinero suficiente ? Yo
era plenamente consciente de que la segunda vez que la viese ya no sería igual,
pero qué importaba eso, ¿no era estar con ella lo que más deseaba?
Me imaginé con Jana de nuevo en el salón de mi casa, de nuevo en
aquellos sillones blancos, ¿qué le diría?, ¿qué le haría? De repente toda esta
reflexión me resultó despreciable, excesivamente morbosa, ¿qué pretendía
reuniendo todos esos temores? Resuelto a terminar de una vez con ese estado de
confusa abatimiento, entré en el salón, cogí el teléfono y marqué el número de
la agencia. Cuando sonó la señal recordé la sensación que había tenido la vez
anterior. No sé si pasó mucho tiempo o no, pero colgué. Nadie había cogido el
teléfono. Sentí una gran inquietud. Volví a llamar y volvió a sonar la señal.
Pensé de nuevo en la primera vez que había llamado, ¿tardaron mucho o poco en
descolgar el teléfono?
Me dio pánico que pudieran cogerlo y colgué. Volví a llamar, preso
de una tremenda ansiedad. ¿Qué me ocurría? Entonces descolgaron y me pusieron
con la extensión.
- ¿Jana dice usted?, ¿Jana?
- Sí... Jana... estuve con ella el sábado de la semana pasada.
- Ah, sí, Jana, espere un momento por favor.
Pensé que Jana se iba a poner al teléfono, pero no tuve tiempo de
inquietarme pues la voz apareció de nuevo.
- Jana no está, lo siento.
- Perdón señorita, ¿cómo ha dicho?
- Le he dicho que Jana no está, pero estamos seguros de que
podemos complacerle igualmente. ¿Alguna característica en especial?
- Pero esa chica, Jana, ¿no sería posible...?
- Señor -contestó, dejando notar que se estaba cargando de
paciencia- ya le he dicho que Jana no está, se ha marchado.
- ¿Se ha marchado?, ¿cuándo?, ¿no sabría donde podría localizarla?
- ¿Se olvidó algo élla en su casa?, si es así no se preocupe,
nosotros nos encargaremos de recogerlo...
Creí que me desmayaba, me sentía acorralado y haciendo el más
completo de los ridículos. Pero no me importaba hacer el ridículo, no me
importaba nada, sólo quería ver a Jana.
- ¿No sabría dónde podría localizarla? -repetí- es importante.
- No tenemos la menor idea. Ella suele hablar mucho de Zurich,
creo que pasa allí largas temporadas.
- ¿Tiene usted su dirección en zurich, por favor? -dije al borde
de la desesperación.
Después de un silencio, me pareció escuchar unas risas al otro
lado de la línea:
- Lo siento, sólo estamos autorizados a dársela a determinados
clientes.
- Voy a ir a Zurich -acerté a decir, como si esa afirmación
gratuita me concediera por sí sola el derecho a conocer su dirección.
- ¿Cuál es su nombre, por favor?
- Eso no tiene importancia -contesté sin saber muy bien lo que
decía.
- Lo siento señor, no puedo seguir manteniendo la línea ocupada.
- ¡Un momento! -grité.
Le di mi nombre sin la menor esperanza. A través del auricular
podía escuchar mi respiración entrecortada. Estuve a punto de colgar. Todo
aquello ya no tenía sentido.
- Su nombre está en la lista. Tome nota... Imfeldsteig 192.
Zurich. Buenas noches, señor.
Cuando me desperté el domingo por la mañana no tenía fuerzas para
levantarme. Cerré los ojos y pensé en Jana. Imfeldsteig 192. Esa era la
dirección de Jana en Zurich. Recordé la visión de su rostro unos días antes
allí mismo, frente a mi cama. Abrí los ojos. También recordé que, cuando ella
estuvo en casa, me preguntó un par de veces mi nombre, pero yo no se lo había
dado. Ella me había dicho que si tenía mucho interés lo averiguaría, y parecía,
en efecto, que lo había averiguado y lo había apuntado en una lista.
Volví a cerrar los ojos e intenté dormirme por si lograba soñar
con ella y así verla de nuevo. Soñé que abría los ojos y Jana no estaba allí.
Desperté, abrí los ojos y Jana no estaba. ¿Por qué se había fijado en mí? La
posibilidad de que ella creyese haber establecido algún afecto conmigo me
desconcertaba.
Logré incorporarme y me senté en el borde de la cama De las
palabras de la señorita de la agencia se deducía que en esa lista no estaban
todos los clientes de Jana, sino una selección de los mismos. ¿Con qué criterio
los habría escogido? Lo lógico sería que en esa lista hubiese apuntado a los
clientes más asiduos o simplemente a los que mejor le cayesen. Pero yo no me
veía incluido en ninguno de estos supuestos. A mí sólo me había visto una vez,
luego no podría considerarme un asiduo; y la posibilidad de que le hubiera
caído simpático tampoco me la explicaba, pues, que yo recordara, no me había
dado muestras de ello. "¿Qué hago yo en esa lista?". me preguntaba una y otra
vez. Respiré profundamente y me puse de pie. No lograba entenderlo. si ella
quería darme su dirección, ¿por qué no me la dio en casa? o ¿por qué no dijo en
la agencia que me llamaran para dármela? Estaba claro que ella no me había
elegido a mí o a todos los que integraban esa lista por el mero hecho de
incluirlos. Estar en la lista era una condición necesaria, pero no suficiente.
Para que fuera suficiente, al parecer, había que llamar preguntando por ella.
Pero si así era ¿por qué cuando llamé me dijeron que se había marchado?, ¿por
qué no me preguntaron directamente por mi nombre para comprobar si estaba en la
lista? Tuve que insistir mucho, desesperado corno estaba, para que la señorita
de la agencia se dignara decirme que mi nombre estaba en la lista y me diera la
dirección de Jana: Imfeldsteig 192. Salí al pasillo. Por un momento pensé que
estaba sacando las cosas de quicio. No podía descartar la posibilidad de que
todo aquello no fuera sino una fantasía de mi mente y que, en realidad, ella no
tuviera ninguna intención ajena a su trabajo. Jana había dejado su dirección en
Zurich por si algún cliente suyo pasaba por allí. En ese caso, nada importaría
el hecho de estar apuntado en esa lista solo o junto a otros, pues limitándose
ella a prestar sus servicios, ¿qué podría importarme lo que pasara por su
cabeza? De todas formas, estos pensamientos no me proporcionaban la
tranquilidad que yo necesitaba, pues no podía dejar de seguir viendo en Jana
algo inquietante. Recuerdo que me alarmó la posibilidad de que la señorita de
la agencia hubiera comunicado a Jana que yo había pedido hasta la súplica su
dirección. En ese caso, pensé, ella me estaría esperando o, al menos, sabría
que era posible que yo fuera a Zurich, a la Imfeldsteig. Pero se acabó, no
estaba dispuesto a seguir acumulando temores. No podía olvidar que era yo quien
mandaba, y que ella había estado en mi casa porque yo lo había querido así, y
que yo había conseguido realizar con ella lo que me había propuesto. No había
por qué pensar que si yo iba a Zurich las cosas iban a ser distintas.
Todo eso pensaba yo aquel domingo, recorriendo el pasillo de mi
casa, ya en penumbra. Fuera, todo estaba en silencio. En mi cabeza, los
pensamientos hacían un ruido como de hervor de agua. ¿Serían ellos lo único
real? Pensé que quizá Jana no existiera, que yo nunca la hubiera visto.
Tan desolador pensamiento me precipitó al salón. Allí estaba la
diminuta mancha de sangre, algo ennegrecida sobre la alfombra blanca. Luego, me
dirigí a la cocina para comprobar, como en efecto comprobé, que allí estaba el
vaso donde ella había apurado su whisky, el vaso que ella había cogido con sus
largos dedos, el vaso donde todavía perduraban las huellas de sus labios. Jana
existía: había estado en mi casa. "Iré a Zurich", me dije, y volví a recordar
sus últimas palabras antes de irse: "Nos veremos algún día". Ahora, aquí en
Zurich, esas palabras, al acabar de escribirlas, me suenan a destino y a
amenaza.
El lunes 6 de octubre, después de un sueño profundo y tranquilo,
me desperté muy temprano decidido a irme a Zurich cuanto antes. Imfeldsteig
192. El martes por la mañana conseguí francos suizos y por la tarde saqué el
billete para el primer vuelo del martes siguiente. En aquellos momentos sólo
pensaba en ir a Zurich, en venir aquí; y como no había contemplado ni la
posibilidad de regresar ni la de quedarme, decidí sacar un billete abierto.
Hoy, desde esta habitación en Zurich, en la que ya ni atiendo a las llamadas de
las caseras y en la que únicamente me dedico a escribir este relato, por si
puedo sacar alguna luz sobre Jana, tengo la sensación de que con un billete de
ida me hubiera bastado.
El miércoles por la mañana comuniqué a mis superiores la intención
de tomarme mis últimos nueve días de vacaciones y pospuse tres reuniones que
tenía convocadas para la siguiente semana. El viernes por la tarde llamé a mi
familia para despedirme. El sábado nada más levantarme me propuse acabar esa
mañana con el asunto del equipaje. ¿Qué necesitaba para ese viaje? ¿Cómo sería
el tiempo en Zurich? Pensé que tendría que aprovisionarme de ropa de abrigo.
Después de pasarme un buen rato mirando la maleta abierta y vacía,
metí, sin criterio alguno un poco de todo, dejando fuera, para llevar a mano,
un chaquetón y un abrigo. La maleta cerró sin dificultad. No obstante, aún tuve
que abrirla dos veces más: una, para meter dos pijamas; y otra, para meter dos
pares de zapatos. La bolsa de aseo la dejé junto a la maleta para no
olvidármela. Entré en la cocina para vaciarla de alimentos y me encontré sobre
la encimera el vaso de whisky. Aquel vaso con la huella todavía visible de sus
labios. El lunes, un día antes de marcharme, se me ocurrió que, para tener una
auténtica libertad de movimientos, sería conveniente conocer bien la ciudad de
Zurich, más aún cuando mis conocimientos de idiomas se reducían a un poco de
inglés y a un francés impresentable.
Fui a la oficina de turismo de Suiza y me hice con folletos' y
planos. Al volver a casa aquella última tarde, no sé por qué, toque el timbre y
su sonido me produjo la sensación de que en aquella casa no vivía nadie. Una
vez dentro, me quedé de pie frente a la maleta. ¿A dónde me iba? A Zurich, ¿a
dónde si no?
Tras un vuelo de dos horas sin incidentes, aterrizamos en el
aeropuerto de Zurich-Kloten. En la sala de llegadas recogí el equipaje y me
senté en una de las áreas de espera. Siempre he detestado los aeropuertos.
Flota en ellos un aire espeso y narcótico que te va despojando de tus fuerzas,
hasta el agotamiento. Tenía que buscarme un hotel. Mi desconocimiento del
idioma -aquí se habla un dialecto del alemán- me hacía sentirme incomunicado.
No conocía a nadie, no sabía nada, estaba a merced de las circunstancias. ¿Qué
hacer? Jana, Imfeldsteig 192. En esos momentos era mi única referencia en
Zurich. Del aeropuerto directamente a Jana. No obstante, no podía presentarme
con mi maleta en su casa y decirle "aquí estoy". Me parecía de pésimo gusto y
alejado de mis aspiraciones, pues ella pensaría que había decidido por mi
cuenta irme a vivir con ella, que estaba locamente enamorado... Todo eso era
repugnante, no quería ni pensarlo. Veía más adecuado presentarme en su casa
diciéndole que estaba en Zurich y que venía a verla, pero ¿dónde dejaba la
maleta? podría dejarla en el aeropuerto, pero sería una complicación tener que
volver por ella. Al final, decidí ir directamente a la dirección de Jana, y ya
vería qué hacía con la maleta. A lo mejor, pensé, encontraba cerca de su casa
un hotel. Antes de tomar un taxi apunté en un papel la dirección, preocupado
como estaba por hacerme entender. Nada más subir al coche le mostré el papel al
taxista y éste asintió con la cabeza. Ahora que lo pienso, es muy posible que
creyera en un principio que yo, más que extranjero, era sordomudo. Abrí el
plano y fui siguiendo en él, el recorrido del taxi desde el aeropuerto. Poco
antes de llegar, encontré la calle en el plano. El taxista dobló dos veces a
laderecha y apareció la Imfeldsteig.
Hice una cruz sobre el mapa y miré lleno de emoción a través de los cristales.
Había comenzado a llover. El taxista, un hombre de cara colorada
que no había abierto la boca en todo el trayecto, accionó el limpiaparabrisas y
detuvo el coche. La lluvia era fina y abundante. A través de los cristales pude
ver un ancho haz de vías de ferrocarril a mi izquierda, un pequeño y frondoso
grupo de árboles a mi derecha y, junto a ellos, unas escaleras que parecían dar
acceso a una calle superior.
Las piernas me temblaban.
El taxista volvió su cara colorada hacia mí y antes de que dijera nada me
anticipé llevándome la mano al bolsillo para sacar el dinero, pero él me dijo
algo que yo no entendí y que no parecía tener que ver con el precio del viaje.
Supongo que el taxista se estaba esforzando, pero yo no entendía nada. Entonces
él dijo:
"This street is Imfeldsteig".Asentí con la cabeza. El taxista, haciendo gala de paciencia,
añadió: "what number?".
Aunque estaba convencido de que le había dado el número, saqué de
nuevo el papel donde había escrito la dirección y comprobé con sorpresa que no
había escrito el número. Busqué mi bolígrafo, pero no lo encontraba: estaba
realmente nervioso. El taxista me ofreció el suyo, y escribí a continuación de
"Imfeldsteig" el número "192". Un estrépito a mi izquierda me hizo girar la
cabeza. Un tren de vagones amarillos pasaba lentamente por una de las vías.
Advertí que el taxista me miraba moviendo la cabeza negativamente.
Yo me sentí desconcertado ante su gesto y creo que me puse tan colorado como
él. Volvió a mover la cabeza negativamente, señalando con su dedo gordo y
blanco el número en el papel. Finalmente habló. Yo no sabía si lo hacía en
francés, inglés o alemán. Cuando creía que le había entendido una palabra y
prestaba toda mi atención, no comprendía las siguientes; y mirando su cara
colorada y colmada de paciencia, podía imaginarme la mía como el rostro de la
perfecta ignorancia. El hombre no dejaba de hablar. Logré entender una frase en
francés: "Ce numero n'existe pas Imfeldsteig est tres petite". Me sentía
totalmente abatido. El número 192 no existía en esa calle.
Tuve la sensación de que era el final, de que allí, en aquel taxi,
rodeado de una persistente lluvia, acababa todo. Pero mi cabeza no se resignaba
y comenzó a recorrer las mil y una posibilidades de que todo aquello fuera tan
sólo un malentendido. Ahora era yo quien miraba el papel y veía cada letra de
I-m-f-e-l-d-s-t-e-i-g y cada número, 1-9-2, como si allí pudiera encontrar la
solución. Cuando levanté la vista, el taxista me estaba mirando y entonces se
encogió de hombros y esbozó una leve sonrisa. Creo que me dijo algo de un
hotel. Un hotel, ¿para qué?, pensé, eso significaba abandonar, significaba que
todo se había acabado, y mañana o esta misma noche, coger un avión para Madrid.
No. Había llegado demasiado lejos. Jana me había dado su dirección equivocada,
o se habían equivocado en la agencia. La cuestión era que ahí, en la
Imfeldsteig se perdía el rastro de Jana y ése tenía que ser, no había otra
solución, mi punto de partida. El taxista carraspeó. Le devolví su bolígrafo y
el papel para que escribiera el importe del viaje, pagué y salí. Llovía
abundantemente Y yo estaba desolado. Ni siquiera me inmuté cuando el taxista se
acercó y dejó junto a mí la maleta. Solamente cuando se alejaba torcí el
cuello.
La lluvia era cada vez más intensa. Cogí la maleta y me resguardé
bajo la marquesina de un portal. Era el número 1 de la Imfeldsteig. Recuerdo
que en aquella casa estaba desplegado sobre uno de los balcones un toldo de
color naranja. Desde mi posición aún podía ver el tren amarillo de mercancías
que se alejaba lentamente. Había decidido quedarme allí y desde allí tenía que
buscar la salida. Eché una ojeada a la calle: estaba claro que no podía tener
tantos números. Pese a la evidencia, cogí de nuevo la maleta y caminé mirando
la numeración de todos los portales por si ocurría como en Roma, de la que
había oído decir que cada portal podía tener el número que quisiera con tal de
que no estuviera repetido en la misma calle. Desgraciadamente, comprobé que los
portales de la Imfeldsteig tenían una numeración correlativa que acababa en el
12. La calle no tenía más de cien metros. Hacía tres horas que había llegado a
Zurich y, de golpe, toda mi ilusión había sido brutal y misteriosamente
aniquilada. La dirección donde se suponía que estaba Jana no existía. Era
posible pensar en una equivocación entre, por ejemplo, el 162 y el 192, pero no
entre un número de una o dos cifras y un número de tres. Un engaño, una estafa,
pensé; pero, aún así, debía tener una explicación. Se me ocurrió mirar los
nombres de los buzones de todos los portales. Desde este extremo de la calle se
veían las vías del tren, más allá un río y todavía más allá el resto de Zurich.
La lluvia se había hecho casi imperceptible. Observé la presencia
de una anciana cerca de las vías, más o menos a la altura del primer número de
la Imfeldsteig, y caí en la cuenta de que hasta ese momento no había visto un
alma en la calle. Mirar los buzones no me sirvió de nada. Se me ocurrió
utilizar los porteros automáticos, pero mis dificultades idiomáticas me lo
impidieron. Además, aunque hubiera dominado el idioma, ¿por quién preguntaría?,
¿por Jana? Sólo conocía su nombre, ¿qué más podía decir de Jana que su nombre?,
¿sería capaz de hacer una descripción física de su persona?, y en caso de que
pudiera, ¿no pensarían que mi comportamiento era realmente sospechoso? Sin
saber ya qué hacer y harto de la maleta, volví al portal del número uno como
quien vuelve al refugio. Allí estábamos de nuevo mi maleta y yo bien mojados.
Tanta historia para hacer la maleta y no había traído ni una sola prenda de
lluvia.
El cielo, cubierto hasta entonces, comenzó a motearse de manchas
azules que dejaban ver un sol en retirada. Habría de acostumbrarme a que
anocheciera a las cinco de la tarde, aunque tal y como estaban las cosas,
¿tenía sentido quedarme allí? A estas alturas estaba al borde de la
desesperación.
Permanecía inmóvil bajo la marquesina del portal con la maleta a
mi izquierda. Frente a mí, las vías." Jana".
Pronunciar su nombre me hizo llorar. Estaba convencido de que la
había perdido para siempre. Me dije: "Jana novendrá". Volví a mirar las vías. Oí el pitido de un tren que se
acercaba. Agarré con fuerza el asa de mi maleta y pensé en Jana por última vez.
Fue en ese momento cuando oí una voz aguda y asustada que provenía
de las vías.Pude comprobar que era la
mujer mayor que había visto antes. Se acercó hacia mí agitando la mano bajo su
paraguas. Era menuda y llevaba un abrigo oscuro y un gorrito. Cuando llegó a mi
lado, me habló entrecortadamente. Como yo no entendía nada, negué con la cabeza
y dije "soy español". La anciana tenía unos enormes ojos azules y me sorprendió
que, aunque con un fuerte acento extranjero, hablara castellano.
-¡El tren, que susto joven, qué susto!.¡Qué susto!
-repitió la vieja, observándome-, ¿sus amigos no están?
- ¿Mis amigos? -dije yo sin saber a qué se refería.
- Sí, hace tiempo que está usted aquí, con esa maleta.
- ¡Oh, sí!... pues no, no están... bueno... la verdad es que todo
ha sido un error.
- ¿Un error? -me respondió con cara de no entender nada.
- Sí, yo tenía una dirección, pero no existe.
- ¿No existe?
Me metí la mano en el bolsillo y le mostré el papel.
- ¡Imfeldsteig 192! -exclamó con una mezcla de asombro y euforia.
- Sí, señora. Esta es la calle pero ese número no existe.
- ¿Y qué piensa usted hacer?
- Pues a estas horas, no sé, supongo que buscaré un hotel, ¿sabe
usted alguno por aquí cerca?
- ¡Fantástico!, nosotras tenemos habitaciones.
- ¿En su casa?
- Bueno no, cerca, en el piso de arriba.
- ¿Y está muy lejos de aquí?
- No, no, en la Münstergasse, en la zona antigua de la ciudad -me
respondió mientras paraba un taxi.
Antes de subirnos me dijo:
- Mi hermana y yo estaremos felices de tenerle con nosotros.
Dijo algo más, pero en esos momentos pasó el tren.-
Durante el trayecto la vieja no dejó de mirarme. Yo comenzaba a
sentirme mal, calado como estaba hasta los huesos. La lluvia volvía a ser
intensa y tras los cristales, borrosamente, vi que entrábamos en una calle
ancha donde comenzaban a encenderse las luces de neón en las tiendas de . la
izquierda. A la derecha, un río reflejaba la última luz del sol. Le dije que
sentía mucho no haberme dado cuenta de sus gritos de auxilio. A ella parecía no
importarle mucho el tema y me comentó a su vez la mala suerte que había tenido
con la dirección equivocada de mis amigos, pero que no me preocupara y que
seguro que en los próximos días lo solucionaría. Yo sentía la ropa empapada
pegada a mi piel.
La vieja me preguntó mi nombre y después, tendiéndome la mano, me
dijo:
- Mi nombre es Breda.
Yo tiritaba de frío. El taxi se detuvo y cuando me quise dar
cuenta, ella había pagado y me invitaba a apearme.
Con mi maleta a cuestas la seguí por una calle estrecha, después
torcimos a la derecha y nos detuvimos frente a una tienda de antigüedades.
Estornudé repetidamente mientras todo mi cuerpo temblaba.
- Ahora mismo se cambia usted de ropa y después de una taza de té
con leche estará muy bien -y mirando hacia arriba añadió:
- Esta es la casa.
Dado mi deterioro sólo pude simular que levantaba la cabeza.
- En el primer piso vivimos mi hermana y yo, y en el segundo
vivirá usted.
El portal se encontraba al doblar la esquina, en un estrecho
callejón. Nada más entrar había una escalera de madera. Las paredes eran de
color verde suave y la temperatura agradable. Todo ello me produjo una
sensación de alivio aunque mi cuerpo ya era presa de un fuerte resfriado.
No había ascensor y subimos lentamente las escaleras. Ella iba
delante y avanzaba apoyándose en la barandilla. De vez en cuando volvía la
cabeza hacia atrás y me dirigía una amable sonrisa. Al llegar al primer piso se
detuvo delante de una puerta, sacó unas llaves y me dijo:
- Esta es mi casa. Voy a avisar a mi hermana.
Abrió la puerta y gritó débilmente en un idioma desconocido para
mí y distinto al que había utilizado con el taxista. Se oyeron unos ruidos que
provenían del fondo de la casa y poco después apareció una mujer, que era una
copia exacta de Breda, aunque caminaba más erguida y su expresión era más
severa. Dijo algo a Breda en tono autoritario y ésta desapareció por la puerta
del fondo del recibidor mientras ella se acercaba a mí y me tendía la mano:
- Mi nombre es Walda, tiene usted muy mal aspecto -dijo en
castellano.
Le respondí con una serie de estornudos. Ella se apartó
ligeramente y me dijo:
- Mi hermana ha ido a por las llaves de la casa, y a por las
toallas. No sé si será buena una ducha caliente, pero tiene que cambiar su
ropa. En media hora -dijo mirando un enorme reloj que colgaba en la pared del
recibidor- le esperamos para tomar un té. Ahí viene mi hermana. Hasta luego.
Las dos hermanas se cruzaron. Breda, al verme, volvió a sonreír.
Sus dulces y brillantes ojos azules eran lo mas reconfortante que había
encontrado en Zurich desde mi llegada. Volvimos a subir escaleras, ella
delante, pausadamente, y yo detrás mirando sus pantorrillas cubiertas con unos
leotardos grises. La puerta de la casa en la que se suponía que yo iba a
habitar, y en la que hoy efectivamente habito, estaba justo encima de la puerta
de ellas. Breda me mostró las dos llaves y cómo se abría. Volví a estornudar y
creí que la cabeza me estallaba. Ella encendió la luz y, comprendiendo mi
estado, me mostró rápidamente las distintas piezas de que constaba la casa: un
amplio recibidor, similar al de las hermanas; una pequeña cocina en la que
nunca he entrado; un cuartode baño y
una habitación de la que apenas he salido y en la que escribo estos cuadernos.
En general la casa estaba limpia y dispuesta. Después de que me hubo enseñado
todo, Breda dio un suspiro y se despidió:
- Bueno, le dejo, usted cambia su ropa y baja a tomar un té con
nosotras.
Me encontraba muy mal. No me apetecía ni ducharme ni cambiarme ni
tomar un té con mis imprevistas caseras. Sólo quería meterme en la cama y no
levantarme nunca más. Aquella casa, esta casa desde la que escribo, no ofrecía
el aspecto de haber estado deshabitada, aunque su ambiente tenía algo de
cerrado y hacía frío. Abrí la maleta sobre la cama, cubierta por una colcha de
color verde oscuro, y me puse lo primero que encontré, más preocupado por
acabar cuanto antes con el protocolo que por causar buena impresión. Me abrió
la puerta Breda tan sonriente como siempre. Quizá debido a mi mal estado no
puedo recordar, por más que lo intento, cómo era la casa, sólo recuerdo un
enorme cuadro con el marco dorado, cuyo asunto, de lo oscuro que estaba, me fue
imposible discernir: el gran reloj del recibidor y la cretona desvaída de los
sillones del salón donde nos sentamos. Sí, en cambio, guardo la sensación de
una casa vetusta y destartalada, como si antes hubiera estado más amueblada y
como si la presencia de lo que faltaba fuera más fuerte que la de lo que
quedaba. Breda me dejó solo por unos momentos en la sala. Yo me notaba los
párpados hinchados y como una bola de plomo dentro de la cabeza. Era indudable
que me estaba subiendo la fiebre. Poco después entró Walda, se sentó a mi lado
y no pronunció ni una sola palabra. Breda apareció trayendo en una bandeja la
tetera, las tacitas y una jarrita de leche. Walda sonrió, sentada muy tiesa en
su sillón. Breda se sentó en otro sillón y volví a asombrarme del tremendo
parecido de ambas. Indudablemente eran gemelas.
Mientras servía el té, dijo Breda:
- Nosotras estamos muy contentas por aceptar usted esta
invitación.
- Usted necesita un té caliente para estar bien -apostilló Walda
seriamente.
- Con este tiempo y esta lluvia que... -así comenzó Breda, pero
Walda la cortó bruscamente.
- Usted acaba de llegar y no conoce a nadie. Nosotras sentimos
mucho el asunto de sus amigos.
Al parecer, Breda había contado a su hermana las circustancias en que
nos habíamos encontrado. Me costaba trabajo entenderlas, como si hablaran con
sordina. Además, la vista se me iba empañando y veía todo como con cierta
lejanía. La fiebre me subía por momentos.
- Les estoy muy agradecido por su invitación. Como le habrá
informado su hermana he sido víctima de un lamentable error -acerté a decir-,
en estos momentos son ustedes las únicas personas que conozco en Zurich.
- Esto no es el problema -me dijo en tono solidario Breda-,
nosotras tampoco conocemos a nadie -miró a su hermana-, la verdad es que Zurich
es una ciudad muy aburrida, por eso no salimos a la calle.
- Menos mal que hoy usted ha salido, pues si no llega a ser por su
percance del tren, yo no estaría aquí -sorbí un poco de té y por unos momentos
creí que estaba recuperándome-, vuelvo a pedirle disculpas por no percatarme de
sus llamadas de auxilio.
- ¿Qué llamadas de auxilio?, ¿qué ha pasado con el tren Breda?
-intervino asustada Walda.
Breda le contestó en ese extraño idioma.
- Mi hermana debe de tener más cuidado con los trenes -me dijo
Walda en tono de disculpa.
La conversación había tomado un rumbo incompresible para mí y de
nuevo me sentí fatal entre aquellos dos seres físicamente idénticos y, al
parecer, de almas tan distintas.
- ¿Qué le ha parecido la casa? -me preguntó Walda dentro de la más
estricta convencionalidad.
- Muy bien, muy bien; es más que suficiente para mí.
- ¿Qué quiere decir usted con que "es más que suficiente"?
Aquella mujer comenzaba a resultarme realmente molesta, y yo tenía
ganas de irme a dormir.
- Por Dios, señora -dije con el tono más cortés que me permitía mi
malestar físico y anímico-. Quiero decir que la casa está muy bien y yo estoy
muy contento, aunque la salud no me acompaña: creo que tengo un fuerte
resfriado.
- No se preocupe -me dijo Breda en tono amable- podía haber algún
defecto. Es la primera vez que tenemos inquilinos.
- Qué dces, hermana, siempre hemos tenido invitados y sabemos como
tratarlos perfectamente, ¿qué mayor honor puede hacerse a un inquilino que
tratarlo como a un invitado? ¿Quiere otra taza de té?
- No, muchas gracias, creo que voy a retirarme, no me encuentro
nada bien.
- Muy bien. Usted necesita dormir y si necesita algo nos llama -me
dijo Walda como quien da órdenes.
- Muchas gracias. Buenas noches y que descansen.
- Buenas noches -dijeron al unísono y me acompañaron hasta la
puerta.
Subí las escaleras como un zombi, mi cabeza parecía un horno lleno
de preguntas que se derretían. ¿Dónde estaba yo?, ¿quiénes eran esas señoras?
Tuve problemas para abrir
la puerta y una vez que lo logré fui directo a la cama. Las
sábanas estaban frías.
Aquella noche tuve un sueño. Soñé que eran casi las nueve de la
mañana y que tenía que estar ya en la oficina. Yo caminaba por los bulevares,
concretamente por AlbertoAguilera. Era
una mañana luminosa, de cielo azul intenso .y sin nubes. La calle estaba vacía,
sin personas y sin coches.
Yo caminaba hacia Colón por la acera de la derecha, cuando al
pasar por una zona donde la calle se ensancha formando una especia de plaza, alguien
gritó mi nombre desde lo alto de un edificio situado en la acera de enfrente.
La voz me llegó desde atrás; me detuve, giré la cabeza y la vi en una ventana
de un sexto o séptimo piso. Me volví y me quedé mirando hacia arriba. Éramos
las únicas personas que había en la amplia avenida. Distinguía su voz y su pelo
negro, pero tuve que imaginarme su cara con su piel blanca, sus ojos azules y
sus labios rojos y paralelos. Yo iba vestido con un pantalón de franela gris,
zapatos negros de cordones y una chaqueta de pata de gallo. La corbata era
también gris y la camisa blanca. Ella, desde la ventana, me pidió un bombón. Yo
no sé si se refirió a un "cortado Uña" o yo lo supuse. Creo que también supuse
que ella no quería uno entero y mordí una esquina, pero no era un "cortado Uña"
sino un delicioso bombón que guardaba en su interior una avellana tostada.
Crucé la calle y al llegar a la otra acera saqué de mi bolsillo, esta vez sí,
un "cortado Uña", dispuesto a tirárselo. Parecía fácil acertar, pero al
efectuar el movimiento con el brazo para lanzarlo, me di cuenta de que era
imposible alcanzar su ventana. Ella estaba muy arriba, pero el hecho de estar
solos me producía la sensación de que estábamos muy cerca. Entonces resolví
subírselo personalmente y me encaminé hacia su portal. Había andado unos
cuantos pasos por la acera cuando ella, con voz feliz, me dijo: "si subes te
besaré". El tono de dulce amenaza que dio a su voz me produjo un indescriptible
placer físico. Mediante una corta escalinata se accedía a su portal, de cristal
y hierro forjado. A la izquierda había un gran contenedor de basuras metálico,
sin ruedas, y al fondo se divisaba un amplio patio, que era el patio de mi casa
de Madrid. Me disponía a subir las escaleras cuando la vi justo allí, al final
de la escalinata. Ambos nos sentíamos muy felices. Nuestra felicidad debía de
ser tan profunda que era incomunicable, ni siquiera nos acercamos el uno al
otro. En esta primera visión de cuerpo entero la recuerdo vestida de gris, pero
sin poder especificar el tipo de prendas que llevaba. Ella entró en el edificio
y yo la seguí. Se quedó al pie de las escaleras, junto al ascensor; entonces
observé que aunque no era más alta que yo, sus piernas eran mucho más largas
que las mías y las llevaba en fundada s en unas medias rojas transparentes.
También observé que llevaba una falda muy corta, sin vuelo, de color gris. Al
principio sus piernas me excitaron y las asocié con el beso prometido; pero
unos instantes después me produjeron una sensación de rechazo, al descubrir que
estaban plagadas de unas pequeñas manchas oscuras apenas perceptibles tras las
medias. Ella montó a caballo en la barandilla de las escaleras y manteniendo
firme su pierna izquierda sobre un escalón, encogió la derecha balanceándola.
Nuevamente me sentí excitado, esta vez ante la visión de su sexo frotándose
contra la barandilla, pero descubrí en ese movimiento algo pudoroso, como si
estuviera ocultando la vergüenza que la dominaba. Volvió a ponerse de pie y
caminó erguida hacia el ascensor. Me dijo que tenía problemas de circulación.
Toda ella, en su extraña juventud, mostraba un aspecto enfermizo. No sé si
llegó a abrir la puerta del ascensor, sólo recuerdo que de repente se desplomó
y yo tuve la certeza de que había muerto. Al despertarme por la mañana
conservaba nítidamente el rostro de Jana. Quise incorporarme, pero al
intentarlo me mareé. Me toqué la frente: me ardía. Estaba enfermo.
Opté por quedarme en la cama hasta que me encontrara bien. No
quería ni comer ni beber ni tomar medicinas; prefería quedarme allí, bien
tapado y detenido en esa imagen
de Jana que, de nuevo, mediante un sueño, se había presentado en
mi cabeza. Recordando el sueño observé que en mi paseo por la Imfeldsteig, a la
que tenía que volver cuando estuviera en condiciones, no se me había ocurrido
elevar la mirada hacia las ventanas. A lo mejor, pensé, hubiera descubierto a
Jana. Incluso llegué a sospechar que esos gritos que yo había oíd o no eran de
la vieja, sino de Jana que me gritaba desde alguna ventana. Durante un buen rato
estuve repasando en mi mente aquellas escenas en que aparecía Jana. Estudié sus
gestos, sus rasgos, sus vestidos, sus movimientos. ¿Por qué se moría? En
realidad era más bien un desvanecimiento, una desaparición: una aparición que
desaparecía. ¿Y sus manchas en las piernas?, ¿y su aspecto enfermizo? Todo eso
no eran, pensaba yo, sino muestras de su carácter fantasmal. Un sueño dentro de
un sueño: Yo caminaba por una calle y, de repente, Jana se me aparecía.
Era como si en el camino del trabajo hubiera tenido una
ensoñación; pero una ensoñación que me había hecho revivir los rasgos, los
movimientos y los gestos exactos de Jana.
Estando en estas reflexiones creí oír golpes en la puerta y poco
después escuché claramente que se repetían. No podía ni levantarme, así es que
no me di por enterado. Cual fue mi asombro cuando poco después oí el ruido de
unas llaves y noté que alguien abría la puerta. carraspeé para hacer notar mi
presencia y escuché una voz recatada que decía desde el recibidor:
- ¿Está usted ahí?
- Sí, pase, pase, no la he oído entrar.
Entró en mi habitación. Era Breda. Llevaba una toquilla malva
sobre un vestido estampado en tonos marrones.
- Usted perdone, yo pensaba que no había nadie y por eso he
abierto la puerta. ¿Cómo está usted de su resfriado?
- La verdad es que me encuentro bastante mal; pero no se preocupe,
lo único que necesito es quedarme aquí en la cama y en poco tiempo estaré bien.
- ¿Quiere tomar algo?
- No, de verdad, no se moleste.
- Está bien. Pero voy a traer un caldo, le sentará bien.
La mujer salió de la habitación y poco después volvió sobre sus
pasos.
- ¡Ah!, se me olvidaba, si necesita algo o no se encuentra bien dé
dos golpecitos en el suelo, a la derecha de la cama, se oye muy bien en nuestra
casa.
- Dos golpecitos, perfecto, gracias.
- Buenos días.
- Buenos días.
Salió de la habitación, oí que abría y cerraba la puerta. No la
escuché bajar las escaleras, pero sí que abría y cerraba la puerta de su casa.
Aquella mañana me había despertado tan embebido en mi sueño con Jana que no
había reparado ni en dónde estaba, ni siquiera había recordado a esas dos
mujeres a las que debía el cobijo en esta ciudad desconocida. Hacía poco más de
veinticuatro horas, yo estaba en Madrid, en mi casa, quizá también en la cama,
dispuesto a tomar el avión para Zurich. ¿Qué es lo que había ocurrido?, ¿por
qué no existía el número 192 de Imfeldsteig?, y esa vieja Breda, ¿qué hacía
viniendo hacia mí desde las vías? Pero no quiero adelantar conclusiones a las
que la escritura de este relato me está llevando. Tenía que buscar una
explicación a esa serie de hechos. Tenía que decidir cuál sería el rumbo a
tomar y, sin embargo, aquella mañana me sentía incapaz de cualquier reflexión.
Necesitaba limpiar mi cabeza. Cualquier relación entre las muchas cosas que la
llenaban podría ser razonable pero, ¿me ayudaría a encontrar a Jana? ¿Dónde
estaba Jana? La cabeza me ardía. Hubo un instante en que creí haber reunido las
fuerzas suficientes para levantarme de la cama y lanzarme con violencia contra
la pared. Pero estaba muy débil. Volvió a mi cabeza la imagen de mí mismo en la
Imfeldsteig, bajo aquella marquesina, aferrado a mi maleta, dispuesto a tirarme
a las vías. ¿Había estado realmente al borde del suicidio? Lo recordaba como un
sueño. En cualquier caso allí estaba echado en esa cama de ese cuarto, de este
cuarto, reuniendo todas mis fuerzas para destruirme.
¿Cuándo había empezado todo esto? Recordé aquella tarde de
septiembre en Madrid, después de que hubiera estado lloviendo sin parar, cuando
me pregunté por primera vez por mi soledad. En mi primera mañana en Zurich sólo
el recordar aquellas reflexiones me provocaba náuseas. Yo no estaba para
reflexiones. Yo había venido a Zurich porque me habían dicho que aquí estaba
Jana; y por eso, aunque no existiera Imfeldsteig 192 y aunque me encontrara en
la cama con un terrible resfriado, seguía y sigo en Zurich.
Debí de quedarme dormido. Me despertó una voz suave que me
susurraba al oído. Abrí los ojos y era Breda con una taza humeante en sus
manos. Me extrañó no haberla oído entrar. - Tómesela, verá que bien le sienta.
Hice un tremendo esfuerzo por incorporarme, ella esperó a que yo
empezara a tomarlo y entonces, con un gesto de satisfacción, me dijo:
- Recuerde que si necesita algo no tiene más que golpear en el suelo,
a la derecha de su cama.
- Muchas gracias, está muy bueno este caldo.
- Tápese bien y descanse.
- ¿Qué hora es, por favor?
- Las doce y media.
Eché una ojeada al cuarto. A la izquierda, la puerta que daba al
recibidor. A los pies de la cama, justo en la pared de enfrente, una mesa y una
silla; y a su izquierda, un armario. A la derecha de la cama estaba la ventana
cubierta con unos coquetos visillos, y entre la cama y la ventana, mi maleta
abierta, sobre la que reposaba la ropa húmeda que me había quitado la noche
anterior. si necesitaba algo, tendría que quitar la maleta de ahí para poder
golpear en la tarima. Por un momento tuve la tentación de hacer la prueba, dar
dos golpecitos y esperar a ver si subían; pero sólo pensar que tenía que
retirar la maleta, me produjo un pequeño desvanecimiento. Dejé el caldo al otro
lado de la cama y volví a echarme. ¿Qué estaba haciendo yo allí?
Reinaba un absoluto silencio. Aspiré profundamente y apenas entró
aire en mis pulmones. Volví a intentarlo y obtuve el mismo resultado. Nada. En
mis pulmones no entraba ni una gota de aire. Presa del agobio me levanté y
desnudo como estaba, abrí de par en par la ventana, saqué la mitad del cuerpo
al exterior y aspiré una vez, y otra vez y otra vez de nuevo, hasta que por fin
mis pulmones se llenaron de aire. Fue un momento de alegría. Estaba de pie
sobre la maleta abierta y ante mí tenía la ciudad de Zurich.
El cielo estaba cubierto. Desde mi habitación no se veían ni el
lago ni el río, pero se notaba su presencia.
Allí estaba esa ciudad: torres, casas, calles, coches, peatones.
Aquello era Zurich y yo estaba en Zurich porque Jana me había dicho que estaba
en Zurich y me había dado su
dirección. Imfeldsteig 192. Asomado a esa ventana, percibiendo los
ruidos, los colores y los olores de zurich, me sentí eufórico a pesar de que la
cabeza me ardía.
Instintivamente me olí las manos, pero Jana no estaba en ellas
sino más allá de la ventana; era Zurich quien olía a Jana. Estornudé. Era una
locura estar desnudo y con fiebre asomado a la ventana. La cerré. Me volví a
acostar pensando que quizá fuera importante conocer Zurich para localizar a
Jana. Pese a mi dolor de cabeza, cogí todos los folletos y planos, que guardaba
en un lateral de la maleta, y empecé a leerlos. Descubrí que Zurich era la
principal ciudad de Suiza y que Suiza era un país neutral. Me resultó atractivo
saber que Jana había elegido un país neutral para pasar largas temporadas. Un
país neutral es una tierra de nadie para todos aquellos que no son de allí.
Aquellos folletos estaban llenos de fotografías de monumentos, plazas, parques,
restaurantes, clubes nocturnos, museos... y en todos ellos yo buscaba a Jana
entre la gente que aparecía.
Tras un buen número de horas leyendo folletos y escudriñando
fotografías, me sentí agotado. Tenía la sensación de estar apurando los últimos
cartuchos de mi lucidez, forzando conexiones, sacando improvisadas
conclusiones, creyendo en ellas desesperadamente. La oscuridad se había hecho
por completo en la habitación y también en mi mente. Postrado en aquella cama,
con fiebre y empapado en sudor, aparté lejos de mí los papeles y me incorporé
temblando. Sentado en la cama, dije en voz alta: "Imfeldsteig 192". Esa maldita
dirección. Tenía que volver a esa calle, mirar si había casas de alquiler o
apartamentos u hoteles o pensiones y tenía también que mirar hacia arriba, a
las ventanas; por si Jana estaba asomada a alguna de ellas. Pero me sentía
enfermo, estoy enfermo, y ni siquiera tenía fuerzas para permanecer incorporado
unos instantes.
Desde aquel día el sueño me fue abandonando, y lo poco que dormía
aumentaba mi cansancio. Un río de sueños, formado por miles de imágenes y de
palabras, me impelía a abrir los ojos no sólo para huir de ese mundo agitado,
sino también para atrapar esa vorágine, único signo de vitalidad que en mí
habitaba. Tanta fue la fuerza de su corriente, que el río, al desbordarse,
invadió el mundo de mi vigilia hasta sumergirme en una ensoñación continuada,
en la que aún me encuentro, y donde me es difícil distinguir si estoy dormido o
despierto.
A partir de aquellos días las visitas de Breda las recuerdo de un
modo vago e impreciso, no pudiendo asegurar si formaban o no parte de mis
sueños. Más de una vez abrí los ojos, angustiado, pensando que Breda estaba
allí y me llamaba para darme la comida. Con el paso de los días mis sueños, o
ensueños, fueron reduciendo su abigarrada mezcla de voces, pasos e imágenes a
una sola imagen: la del sexo de Jana frente a mi cara y mis dedos
introduciéndose en él, uno tras otro, hasta los cinco, todos en aquella gruta
húmeda y oscura. Era como si la imagen de su sexo se hubiera propuesto
destruirme desde dentro. Tal extremo alcanzó esta tensión, que sentí la
imperiosa necesidad de tener ese sexo fuera de mí para poder mirarlo cara a
cara, como lo había tenido en mi casa aquel sábado por la noche cuando Jana se
había agachado sobre la mesa de cristal. El sexo de Jana estaba a punto de
estallar en mi cabeza, yo tenía que sacarlo de ahí, pero ¿cómo? Salté de la
cama y cogiendo la primera ropa que encontré, la que me había quitado empapada
mi primer día en Zurich, me fui a la calle y me compré unas tijeras, chinchetas
y unas cuantas revistas pornográficas. Me había propuesto reconstruir el sexo
de Jana.
Cuando subí las escaleras, volví a sentir un fuerte dolor de
cabeza. La puerta de la casa estaba abierta. En mi cuarto las dos hermanas
hacían la cama y, en el suelo había una bandeja con comida.
- No se puede vivir así -dijo en tono de reproche Walda, a la que
no había visto desde el primer día.
La habitación olía mal y la presencia de aquellas mujeres me
avergonzó.
- Está usted loco, ¿cómo sale a la calle en su estado? -me dijo
Breda.
- ¿Qué es eso? -me preguntó Walda mirando el fajo de revistas que
ocultaba bajo el brazo.
Habían barrido y fregado la habitación, me habían hecho la cama y
cambiado las sábanas, habían deshecho mi maleta y colocado la ropa en el
armario, y tenía la comida esperándome. Comí y me acosté. En aquellos momentos,
mi único objetivo era trabajar con toda aquella documentación recién comprada.
Fui mirando una a una todas las revistas y recortando todos aquellos sexos que
me recordaban, aunque fuera vagamente, al sexo de Jana. Con un trozo de cartón
tapaba el rostro de las chicas a las que recortaba el sexo, pues si lo miraba,
ese sexo le pertenecía y así era más difícil encontrar su parecido con él de
Jana. Los coños seleccionados los fui clavando en la pared hasta reunir más de
cincuenta. Esta actividad me hizo tomar precauciones. Para que las hermanas no
los vieran, recogía la bandeja de la comida en la puerta, sin permitirles
trapasar el umbral.
De la observación de los coños expuestos, constaté que los que
estaban situados en el lado derecho de la pared, me recordaban especialmente al
de Jana. Tenían en común: la piel muy blanca; el vello púbico oscuro o negro,
perfectamente definido en sus bordes; los grandes labios, carnosos y abultados,
y los pequeños muy finos, de esos que se despegan perezosamente. Poco a poco
fui seleccionando más y más, y al final me quedé con uno solo.
La excitación acumulada durante aquellos días estalló y me
abandoné, después de un mes de continencia, a la masturbación. Durante la
semana siguiente, dos o tres veces al día, colocado de rodillas en la cama
frente al sexo de Jana y con la imagen de su rostro en mi mente, me masturbaba.
Lo hacía sin quitarle ojo, sin dejar de observar los repliegues, cambios de
color y demás características.
A veces me parecía que ese sexo impreso palpitaba, se movía.
Pero al cabo de unos días la evocación de su rostro sólo me IIfá
era posible cerrando los ojos, y para mirar el sexo tenía que abr1rlos. En esas
c1rcustanc1as, lo ún1co que conseguía en el momento de la eyaculación era
perderlo todo: el sexo y el rostro. Fue entonces cuando pensé que si sacaba
también al exterior el rostro de Jana desaparecerían mis problemas.
El rostro y el sexo clavados uno junto a otro en la pared.
Encontré en las revistas una veintena de rostros que tenían algo de Jana.
Muchos los seleccionaba por su aspecto global ¡otros, porque poseían algún
rasgo concreto que me la recordaba. Nuevamente empapelé la pared de enfrente de
mi cama con los rostros recopilados, quedándose en el centro el sexo elegido y
formando todos ellos una curiosa composición.
Como había pasado anteriormente con los caños, estos rostros se
constituyeron en paisaje cotidiano durante varios días.
Con gran esfuerzo, seleccioné entre ellos uno completo y otro
formado por fragmentos de varios. El primero, el completo, correspondía a una
niña de once años llamada Ruth Lawrence, y lo había encontrado casualmente en
una página de misceláneas. Esa niña, según el texto que acompañaba a la
fotografía, era una niña prodigio que con diez años había superado los exámenes
de ingreso en la universidad de Oxford y que en su primer año de estudios había
conseguido dos matrículas. Para confeccionar el segundo rostro me serví de
ojos, narices, frentes, barbillas, mejillas, etc., que, separadamente de sus
caras
originales, me recordaban a Jana.
A diferencia de los sexos, donde la posibilidad de fraccionar es
muy complicada debido a su morfología, los rostros son fácilmente divisibles en
sus partes fundamentales, lo que me permitía escoger de cada uno la parte que
más me recordara a Jana. Para ello puse en práctica mis conocimientos
técnico-policiales de aficionado que, tiempo atrás, había adquirido en revistas
del ramo. Se trataba de confeccionar un retrato robot; y comencé por la
descomposición de esos rostros en las partes internacionalmente aceptadas:
1. Frente, parte superior de la cabeza y ambos laterales
incluyendo las orejas.
2. Ojos.
3. Nariz.
4. Boca.
5. Mandíbula, desde las orejas hasta la barbilla.
Fue éste un trabajo de mucha paciencia, pues además de someter los
rostros al quíntuple fraccionamiento, probé un sinnúmero de combinaciones con
las partes. A esta tarea me dediqué sin descanso hasta que un día, habiendo
terminado de componer uno de los rostros, me dí cuenta, con gran asombro, de
que era prácticamente idéntico al rostro de la niña que días atrás había
seleccionado. Este hecho no lo consideré como una coincidencia, sino como un
claro signo, quizá el primero desde que había llegado a Zurich, de que me
encontraba en el camino hacia Jana.
El rostro construido era impresionante. Estaba claramente
seccionado en cinco partes, y sin embargo, de la totalidad, irradiaba una
belleza inencontrable en los rostros que no han sido compuestos de partes
distintas.
También el rostro completo, el integral, era hermoso y coloqué
ambos en la pared, justo encima del sexo. Por fin tenía también el rostro de
Jana. De pronto me di cuenta: con esos rostros podía salir a la calle a
buscarla, podía preguntar a la gente, incluso podía ir a la policía. Observé
atentamente los dos rostros. Lo único que había que hacer era inventarse una
excusa para que la policía la buscase.
Pero hasta este momento, en que vuelvo a escuchar los golpes en la
puerta, no he salido de este cuarto, ni siquiera me he levantado de la silla,
absorbido como estoy por este escrito.
Durante aquellos días, muy cercanos a éste en el que escribo estas
líneas, y en los que me dediqué con ahínco a consolidar la presencia de Jana
mediante esos recortes de revistas, estuve sometido a una situación que no dudo
en calificar de extrema. La visión del sexo y del rostro de Jana allí, en la
pared de enfrente, me producía una sensación violenta, intensa y fugaz.
Violenta, porque el comienzo de la excitación era arrebatador; intensa, porque
la excitación subía de nivel rápidamente; y fugaz, porque con la misma rapidez
con que subía, incluso con más, así bajaba. Todo esto hacía que mis días
estuvieran llenos de momentos de máxima tensión y de máxima laxitud, por lo que
mi relación con el cuerpo de Jana era fragmentaria, mejor dicho, espasmódica.
Solamente en los momentos supremos del espasmo masturbatorio lograba poseer en
toda su plenitud el sexo de Jana; el resto del tiempo, Jana desaparecía o se
convertía en una especie de nostalgia. Ni esa nostalgia ni esa desaparición
eran de mi agrado. Recuerdo que me dije: "otra vez como al principio". Fue
entonces cuando pensé en escribir sobre el rostro y el sexo de Jana.
Ese rostro y ese sexo que estaban clavados en la pared habían
salido de mí, pero eran tan concretos, tan limitados, que mi cabeza volvía a
generar otros rostros y otros sexos, que a su vez necesitaba sacar de mí, lo
que me producía una sensación angustiosa. si yo describiera sobre un papel el
rostro y el sexo de Jana, podría tener todo lo que ellos
eran para mí. La ausencia de esa imagen clara y definida de los
recortes, dejaría en libertad la imagen de Jana que yo tuviera, pudiendo
escribirla, leerla y rescribirla tantas veces como quisiera.
Así las cosas, arranqué de la pared el sexo y el rostro y decidí
ponerme a escribir. Como no tenía donde hacerla, me serví del papel higiénico.
Recuerdo la extraña sensación que experimenté cuando expresiones como "ojos
azules" o "labios abultados", que mi mente estaba acostumbrada a pronunciar en
silencio, se convertían en cosas concretas sobre el
papel, en palabras que podían ser miradas. Conforme pasaba el
tiempo, la concentración en la escritura se fue intensificando. Me propuse dos
cosas: en primer lugar escribir todo lo que se me ocurriera sobre el rostro y
el sexo de Jana¡ y en segundo lugar, dejar de masturbarme, de tal modo que
cuando tuviera ganas de hacerla me pusiera a escribir sobre su rostro y sobre
su sexo. La escritura hizo que estuviera más tiempo levantado, pues me era más
cómodo hacerlo sentado a la mesa que echado en la cama.
Una tarde, agotado, apoyé mi cabeza sobre la mesa. Acababa de
escribir una descripción del sexo de Jana, comparándolo con un erizo de mar. Su
sexo como la boca de un equínodo con sus movimientos de succión y expulsión.
Tenía sueño y respiraba con dificultad. Daba la sensación de que en la
habitación no había aire. La cama estaba desecha, la maleta abierta y el suelo
lleno de revistas abiertas y recortes. Por todas partes se veían rostros y
cuerpos de mujeres mutilados de mil formas distintas. Aquello parecía un campo
de exterminio. Me dieron náuseas y decidí apartar todo aquello de mi vista. En
aquellos momentos no podía imaginar las consecuencias que aquello tendría para
mí.
Pensé hacer un paquete con todo aquello, y se me ocurrió que el
armario podía ser un buen lugar para guardarlo. El armario era grande y de
madera oscura, con una puerta y dos cajones inferiores. Abrí la puerta y me
encontré con la ropa que días atrás habían colgado las hermanas aprovechando mi
ausencia. Cerré la puerta y abrí el primer de los cajones donde encontré mi
ropa interior. No sin esfuerzo logré abrir el segundo cajón. A primera vista me
pareció que estaba vacío; pero cuando estaba a punto de cerrarlo, vi una franja
de color en su ángulo interior derecho. Abrí más el cajón y encontré dos
cuadernos de mediano tamaño, uno encima del otro. Los cogí y pasé lentamente
sus hojas. Parecían idénticos y estaban sin estrenar. Volví a hojearlos. Ni una
palabra escrita en sus páginas. ¿ Qué hacían allí esos cuadernos? Las hojas
estaban cogidas por dos grapas prendidas en el lado más largo y las cubiertas
eran de una especie de papel de estraza de color morado. Las hojas tenían el
haz satinado y el envés áspero y mate. En el centro de la portada aparecía un
recuadro en azulete con tres líneas espaciadas. En el centro de la
contraportada estaba dibujado un círculo que contenía un abeto, unas montañas
al fondo y, en primer plano, un gran rollo de papel sostenido por un oso. Al
pie del círculo se leía "BUSTENI". La ilustración parecía, por su tosquedad,
hecha con un tampón. En la parte inferior de la contraportada había escrita una
línea con el siguiente texto: "STAS 2019 - 1.981 I.H. BUSTENI pret 1,45 lei -
48 file". Mis conocimientos de idiomas son prácticamente nulos; pero, en
cambio, ya desde pequeño tuve mucho interés por la geografía política y toda su
parafernalia de banderas, superficies, provincias, capitales y monedas. Por eso
de la palabra "leí", deduje que esos pequeños textos estaban escritos en
rumano, y aunque desconocía la lengua, saqué las siguientes conclusiones:
1) Los cuadernos eran rumanos, pues rumana era la moneda con la
que se fijaba el precio de los mismos.
2) Los cuadernos estaban fabricados en 1.981, es decir, 5 años
antes del año en que yo los había encontrado.
3) "STAS 2019" debía de ser un número de serie que hacía
referencia a su proceso de fabricación.
4) "I.H. BUSTENI" debía de ser una referencia al fabricante.
5) "1,45 lei" era el precio de cada cuaderno.
6) "48 file" debía ser el número de hojas de cada cuaderno.
Comprobé que un cuaderno tenía 42 hojas y el otro 50, por lo que ninguno de los
dos tenía el número de hojasmencionadas, aunque se le aproximaban bastante. Una más atenta
observación de los hojas me llevó a descubrir que cada una tenía 28 líneas por
cara, y que en muchas de ellas había unas extrañas manchas, como impurezas del
material. Daba la impresión de que estos cuadernos estaban hechos de papeles y
cartones reciclados, siendo, en general, el acabado un tanto descuidado. Una y
otra vez me quedaba mirándolos, asombrado por el hecho de haberlos encontrado
precisamente en aquel momento. Ese hallazgo no podía ser casual.
Estaba muy excitado, y la excitación agudizó mi cansancio. Dejé
los cuadernos sobre la mesa y me tendí en la cama. Debí de quedarme adormilado.
No se cuanto tiempo después me incorporé empapado en sudor. Era de día. El sol
entraba por la ventana y encima de la mesa estaban los dos cuadernos. Tenía que
escribirlo todo, desde el principio hasta el final, todo desde que ella surgió,
desde antes. Esa era la única manera de llegar hasta ella, la única manera de
hacerla presente ante mí en carne y hueso. Para eso estaban ahí esos cuadernos.
Lo vi con claridad. Tenía que escribir en ellos todo lo que me había pasado con
Jana. Me levanté, me senté a la mesa y tiré al suelo los trozos de papel
higiénico sobre los que había escrito hasta entonces. Desde aquel momento
escribiría en aquellos, en estos inesperados cuadernos rumanos. Tomé el
bolígrafo y empecé por donde hay que empezar, es decir, por el principio, por
aquel anochecer de un domingo del mes de septiembre en que decidí buscar una
chica pagada. "Chica pagada", que extrañas me resultaron esas palabras sobre
aquel cuaderno recién estrenado.
Por enésima vez en los últimos días, oigo los golpes de Breda o de
Walda en la puerta. Supongo que deben estar muy preocupadas por mí. Desde que
me puse a escribir en estos cuadernos no les he abierto ni una vez. Pero ellas
siguen y siguen llamando, aunque a diferencia de los primero días ya no
utilizan sus llaves, como si respetaran mi decisión de no abrirles. Hoy,
después de tres días de escribir sin descanso, he llegado por fin al momento en
que me encuentro.
Ahora ya puedo empezar a escribir mis conclusiones.
¿Quién puso en el armario esos cuadernos?
Es evidente que las dos hermanas tienen que saberlo, incluso en el
caso improbable de que no hubieran sido ellas. Yo estoy seguro de que nadie ha
entrado aquí en el último mes, y si alguien ha colocado en el armario esos
cuadernos durante mi estancia, sólo han podido ser las dos hermanas el día que
estuvieron aquí arreglándome el cuarto. También estoy seguro de que no los
introdujeron mientras yo estaba dormido, pues el cajón hace mucho ruido al
abrirlo. Así pues, una de dos: o ellas metieron los cuadernos el día que yo
salí a la calle, o los cuadernos ya estaban en el armario antes de llegar yo.
Esta segunda posibilidad me hace recordar un detalle de suma importancia. El
día en que yo llegué, este piso estaba perfectamente preparado para recibir a
alguien. Durante el té que me ofrecieron en su casa, Breda me dijo que yo era
el primer inquilino que tenían. A lo mejor, se vieron en la necesidad, quizá
por apuros económicos, de alquilar esta casa, pero, ¿desde cuándo las caseras
se echan a la calle a buscar inquilinos?
Por otra parte, no podía olvidar que la adusta Walda había dicho
durante el té, contradiciendo a su hermana, que ellas tenían experiencia con
invitados. De todas formas no parecía que en esta ocasión el piso estuviera
dispuesto para ningún invitado, porque yo llevaba alrededor de un mes en el
piso y que yo supiera, no había venido nadie. ¿Para quién habían preparado el
piso?
Yo había ido a la Imfeldsteig buscando a Jana y allí me había
encontrado con Breda. si yo fui allí fue porque, según la información que me
habían dado en la agencia, en esa calle estaba Jana, concretamente en el número
192. Pero no hace falta repetir que tal número no existe, y que por eso me
encontré con Breda, y que por eso estoy en esta casa escribiendo en estos
cuadernos. Maldita Imfeldsteig. ¿Por qué no existe el 192 de esa calle?, ¿por
qué me dieron una dirección inexistente?
Jana me había dado una dirección falsa, yo había ido allí y me
había encontrado con Breda, y Breda me había traído a este piso donde yo he
encontrado estos cuadernos en los que estoy buscando a Jana. Tiene que haber
una relación entre las dos hermanas y Jana. Desde hace un par de días, no puedo
dejar de pensar en ello; pero hasta ahora, no había llegado el momento de
escribirlo. ¿ Quiénes son Walda y Breda?
No sé nada de ellas, salvo que son gemelas y que viven en Zurich,
aquí en la Münstergasse, y que me han alquilado este piso, aunque respecto al
alquiler, todavía no hemos hablado. También sé que no son suizas, las he
escuchado hablar entre ellas y lo hacen en un idioma extraño, un idioma que
quizá sea el rumano. El extraño acento de Jana hablando castellano. ¿Es posible
que Jana también sea rumana?
Mis conclusiones están llenas de preguntas. Me cuesta respirar. No
deja de acecharme la duda de si realmente he controlado, como pretendía, todos
mis actos; o si, por el contrario, he seguido los pasos que alguien, ajeno a
mí, me marcaba. Tengo la sensación de que no me queda tiempo, de que con la
misma rapidez que vierto en estos cuadernos las conclusiones que se van
precipitando en mi cabeza, va a llegar el final. No quiero detenerme, quiero
escribir, ordenar mis conclusiones.
Jana, de acuerdo con Walda y Breda, me dio la dirección de
Imfeldsteig 192. El número 192 no existe, pero sí la Imfeldsteig. Yo fui allí y
comprobé la falsedad de la dirección y me encontré con Breda. Ella fue la que
vino a mi encuentro, la que me hizo preguntas, la que no dejaba de mirarme y la
que me trajo a esta casa. Está claro que, según el plan que trazaron, yo tenía
que encontrarme con alguna de las hermanas y no con Jana, aunque es evidente
que Jana está detrás de todo el asunto. Es de suponer que Walda y Breda se
turnarían en sus paseos por la Imfeldsteig desde que supieron, quizá mediante
Jana, avisada previamente por la agencia, que yo podía aparecer por allí. Es
evidente que Jana quiere algo de mí; y ha utilizado para ello a Breda y Walda.
Pero si es así,¿por qué no me lo ha dicho?, ¿por qué todo tan complicado?
Jana quiere algo de mí; pero no parece que sea simplemente verme,
sino verme en unas especiales circunstancias, unas circunstancias que, indefectiblemente,
tienen que ver con toda esa historia de la dirección falsa y las dos hermanas.
Podría afirmar que quiere verme en unas circunstancias que ahora se están
creando, y es de suponer, que cuando estén dadas en su totalidad, ella
aparecerá.
Jana juega con ventaja. Sabe lo que yo quiero de ella, "quiero ser
yo quien lo haga todo", pero yo no sé lo que ella quiere de mí.
Me encuentro en una situación insostenible. Todo se relaciona con
todo, como si cualquier hecho formara parte de un plan perfectamente urdido y
yo, en vez de ser el supremo hacedor de esta estratagema, fuera la presa, la
víctima. De ser así las cosas, yo estoy aquí ahora porque ella lo ha querido, y
todo lo que me ha pasado, es porque ella lo ha dispuesto, ayudada por esas dos
hermanas en cuya puerta oigo ahora mismo que golpean. Es la primera vez que
oigo llamar a la puerta de las dos hermanas. Que yo sepa, desde que estoy aquí,
no han recibido ninguna visita y cuando ellas entran, lo hacen siempre con las
llaves.
Estoy cumpliendo los planes de Jana, ahora me estoy transformando
tal y como lo quiere ella. Cuando esté transformado totalmente, Jana vendrá.
A lo mejor, una de las dos se ha olvidado las llaves.
Ahora oigo que la puerta se abre. Oigo voces en el descansillo.
Han cerrado la puerta y ya no oigo nada.
Me encuentro agotado, con dolores de cabeza, con fiebre, con
problemas respiratorios, ¿es así como me quiere Jana?
Mi cabeza está llena de imágenes de Jana. Su cuerpo se ha
convertido en algo más real que un cuerpo de carne y hueso. si ahora se
presentara aquí, quizá no la reconocería.
Todo esto que me está pasando es porque ella lo quiere. Ha sido
ella la que me ha conducido hasta aquí. Recuerdo palabra por palabra el anuncio
por el que la encontré; allí hablaba de un camino queconduce a la frontera, ¿será éste el camino que conduce a la
frontera?, ¿habré acertado?,¿será esto
la frontera?
Acaba de abrirse la puerta de las hermanas y oigo de nuevo voces
en el descansillo. También oigo cómo mi corazón bombea la sangre con potencia.
Todo esto es humillante para mí, no lo puedo soportar. No soporto la idea de
que no puedo verla porque aún no estoy en condiciones. Daría lo que fuera por
saber qué tengo que hacer para que Jana aparezca. Voy a bajar y voy a preguntar
a Breda qué debo hacer para poder ver a Jana. No puedo levantarme de esta
silla, después de tres días sentado en ella, sólo intentarlo me marea. ¿Qué
otra cosa puedo hacer? seguir escribiendo este relato.
¿Estaría también en los planes de Jana que yo escribiera todo
esto?, su ausencia de la Imfeldsteig, la presencia de Breda, este piso, ese
armario; todo me ha conducido, como en un juego de pistas, a los cuadernos
rumanos. ¿Qué quiere que yo haga con estos cuadernos?
Vuelvo a oír cerrar la puerta de abajo. Alguien sube las
escaleras. Mi corazón late con más fuerza.
Quizá Jana supuso que cuando yo me cansara de esperar- la, me
pondría a escribir todo lo ocurrido, toda mi historia. A lo mejor ,pienso ahora
cuando ya no oigo pasos en la escalera, lo que Jana quiere es mi historia, y
por eso me ha puesto a escribirla en este lugar, para venir y llevarse los
cuadernos rumanos con mi historia dentro.
Acaban de golpear en la puerta. Ahora golpean otra vez.
Nunca lo hacen así ni Breda ni Walda. ¡Oh Dios mío!. ¿Dónde
estoy?, ¿de quién es esta casa?, todo se me revela con absoluta claridad. Mis
pulmones son incapaces de llenarse de aire. Ahora parece que hablan, no
entiendo lo que dicen.
La vista se me nubla y apenas distingo lo que escribo. Sigue
hablando, esa voz, ese extraño acento. El corazón me va a reventar el pecho.
Oigo pronunciar mi nombre. |