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Obedeciendo a nuestra curiosidad, decidimos llegar al borde y mirar. Esta vez, buscamos el extremo sur. Así que después de muchas horas de vuelo y aeropuertos aterrizamos en Punta Arenas que es la ciudad chilena de la zona.
Nos hospedamos en un hotel caro y destartalado "El Calafate" que está en el centro al lado de la plaza y comenzamos a elaborar la logística para llegar a tiempo a nuestra cita en Ushuaia la ciudad más al sur del mundo.
Ni aviones, ni autobuses que existen, nos servían por cuestión de fechas. Así que a buscar coche de alquiler. Descartadas las ofertas del aeropuerto, recorremos varias agencias y al final contratamos por dos semanas con Budget que ofrece seguro sin franquicia, kilometraje ilimitado y cruce de fronteras, condiciones indispensables para la especie de rally que íbamos a comenzar.
Cenamos también cerca del hotel en "La Luna" restaurante que se ha convertido en punto de encuentro de turistas intrépidos. Es un local de ambiente simpático y cosmopolita decorado de forma inverosímil con colecciones de lunas, latas de aceite, cartones de cervezas, fotos y muchos mapas llenos de banderitas. Tomamos los mejores piscos y chupes del viaje y además descubrimos "The Clinic" una revista satírica chilena muy interesante. Pinchamos nuestra banderita en el mapa, aún cabe un alfiler en Mallorca.
Partimos muy temprano para subir al ferry que nos llevaría a Tierra de Fuego. Viento fuerte y frío con llovizna. Afortunadamente el estrecho parece un lago, se ven cabritillas pero el ferry enfila lento y firme al "Porvenir" que es el puerto de llegada. Dentro un partido de tenis que interesa a mucha gente, fuera el paisaje único y mucho frío. Acabo mirando el partido.
Dejamos El Porvenir por kilómetros de ripio y paisaje desolado, gris, frío. De vez en cuando ovejas patagónicas que no sé si son las lanudas u otras que recuerdan a los gatos siameses porque tienen la cara y las patas negras, que de las dos vimos. A veces una parada para fotografiar un notro, arbusto de llamativas flores rojas. A lo lejos montañas nevadas. El suelo de piedra gris con algunos matojos rastreros y espinosos. No está claro que la vida sea fácil aquí.
Rodeamos la Bahía Inútil, bautizada así, como reza un cartel, por los ingleses "devido" a que no tenía ningún puerto. Magallanes nombró la "Patagonia" porque vio huellas de patas grandes y Tierra de Fuego porque siempre se veían fuegos en aquella isla. Los marinos son así. Durante mucho tiempo no nos cruzamos con nadie, las rectas interminables en ningún lugar. Sitio ideal para anacoretas.
En San Sebastián, frontera chilena, alcanzamos a un camión y nos cruzamos con unos franceses que hacían el camino al revés. En realidad ¿no estábamos todos boca-abajo? pienso. Etnocentrista piensa Victoria. Entre las numerosas ventanillas donde debemos sellar pasaporte, rellenar formularios y esperar a que los funcionarios realicen su parte, más compleja sin duda por lo que tardan, miramos carteles que reproducen flora y fauna, otros que prohíben y otros que informan del horario de la frontera. Estamos en hora. Además, si está cerrada, la abren cobrando unas tarifas determinadas. Es decir que los funcionarios viven aquí. Me recuerdan a la guarnición del "Desierto de los Tártaros"
Recorremos varios kilómetros de tierra de nadie, sitio ideal para nacer, como parece que les sucedió a algunos corderos patagónicos que corren tras su madre. ¿Les sellarán si cruzan? ¿Serán libres si no cruzan? Repetimos trámites parecidos en la frontera argentina, pero nos sentimos más en casa, además aparece asfalto hasta Río Grande. La radio por fin sintoniza una FM, asoma el sol, nos perdemos en el horizonte como en una "road movie".
Río Grande, el siguiente pueblo, es sobre todo una guarnición militar con letreros que declaran "Las Malvinas son Argentinas" un deseo que quizá no compartan los habitantes de las Fackland. ¿O no tienta un pasaporte inglés? Un gran polígono industrial y un pequeño centro maquillado con fachadas de cartón piedra sobre la chapa acreditan a Río Grande como capital de provincia. Llegamos tarde y sólo podemos comer unos modestos sandwichs con ¼ Kg de bife entre medias de queso, jamón cocido, lechuga, tomate y mayonesa. Quedamos ahítos por muchas horas.
A la salida recogemos un autostopista. Todo un personaje. Tiene logorrea. (no es una enfermedad vergonzosa, es que habla sin contención). Viene haciendo autostop desde "El Porvenir". Claro, ha tardado 2 días y lo ha pasado muy mal. Una noche después de caminar más de veinte kms. tuvo la suerte de poder refugiarse en una choza con unos pastores. Despotrica de la policía chilena que no lo recogió en el camino. Nos da lecciones de geografía y nos cuenta su vida. Pese al ripio, pasamos las horas entretenidos. Comenzamos a subir entre montañas nevadas y bosques con algo de fantasmal por los numerosos árboles muertos que contienen. Otra vez asfalto, cada vez me gusta más. Poco después aparece Ushuaia. Llueve, hace viento.
La oficina municipal de turismo nos recibe como si fuéramos los únicos visitantes pese a que está repleta. Nos informan de alojamientos, de excursiones, llaman para confirmar plaza, sellan nuestros pasaportes para que podamos acreditar nuestra visita a la ciudad más austral, nos dan mapas. Mención especial para el personal que la atiende.
Ushuaia trepa y se extiende desde la costa del canal de Beagle por la ladera del "Monte Martial". El canal recibe el nombre del barco de la expedición de Darwin, que era el nombre de una raza de perros, concretamente la de Snoopy. Esta expedición dejó mucha huella. Sigue existiendo unos kms al norte de Ushuaia la hacienda Harberton que fundó el financiero de la expedición; y el capitán Fitz Roy da nombre a ríos y montañas. Harberton estudió a los indígenas: onas y yamanás. Unos vivían en la costa y se alimentaban de moluscos dando origen a los concheros que son enormes depósitos de conchas de moluscos, los otros vivían en el interior de la pesca y la caza. Los de la costa iban en pelotas, los otros se tapaban con pieles de guanaco. Unos y otros desaparecieron a principios del siglo XX debido a la gripe que llevaron los blancos.
Cuando eran pocos, vivían de la agricultura, la ganadería ovina y las industrias de salazón. Hoy su principal riqueza es el petróleo y el turismo, acogiendo inmigración interior sobre todo del norte. Ushuaia tienen además ventajas fiscales como puerto franco y el tabaco cuesta menos, pero es lo único. Para los turistas es más caro que el resto de Argentina. La temporada es corta sólo de noviembre a marzo. Ahora, a finales de primavera, la temperatura puede aguantarse y los días son muy largos. Amanece antes de las cinco y se pone el sol cerca de las 10 de la noche. En invierno la oscuridad es muy larga y el frío más extremo. Supongo que deben ganar para todo el año.
Nos acomodamos en las Cabañas de la Bahía, a la orilla de bahía Golondrina, como una hernia del canal Beagle. Están bien y a la postre nos harán descuento y todo. Cada cabaña tiene el nombre de una planta, nos toca la chaura que es un arbusto de pequeños frutitos rojos con forma de tomatitos que no se comen. El posadero se llama Eduardo y nos dedica mucho de su tiempo para explicarnos donde ir, que visitar, como si fuera un amigo que quiere enseñarnos donde vive. Reservamos cabaña para Martina y Javier que pensamos llegarán mañana y volvemos al centro para cenar y concretar la cita por e-mail.
Entramos en un gran cyber y pedimos un ordenador. Cuando ven que somos dos y nos basta con una máquina nos mandan al piso de arriba que tiene canapés y cabe la pareja. Encargo una Quilmes (cerveza) de litro. Al entrar en el altillo tropezamos con nuestros amigos que están allí para lo mismo. Me equivoqué y llegaban hoy. Además antes que nosotros y nos habían reservado habitación en el Bed&breakfast que habían alquilado. Nos vamos a cenar una picada, contentos de habernos encontrado y preocupados por las reservas en falso. Quedamos en disculparnos como podamos y decidir al día siguiente, incluso un lugar diferente. Javi finge con su posadera haber recibido noticias nuestras desde Tolhuin, un lugar entre Río Grande y Ushuaia que apenas consiste en poco más que un poste de gasolina y un gomero. Yo me levanto tan pletórico que prefiero no plantear ninguna disculpa más allá de la realidad. Eduardo lo entiende, no se lo toma a mal ni mucho menos. Cuando nos pregunta donde se hospedan nuestros amigos y se lo explico sobre un mapa, resulta que es la casa de una amiga suya. La llama y, sin saberlo, desmonta la disculpa de Javi. Quedamos turistas y posaderos en decidir después de que veamos una y otra cosa.
.jpg) Decidimos las cabañas de la Bahía y ahora me toca el notro, ese arbolillo de flores rojas que habíamos fotografiado. Primer pinchazo, gomero eficaz. Una de las ofertas estrella de Ushuaia es navegar por el Beagle ver una pingüinera y pasear por un bosque. Puede hacerse una navegación larga desde el puerto de Ushuaia o un camino largo por tierra y una navegación corta desde la hacienda Harberton. Elegimos esta opción y recorremos unos cuantos kilómetros de ripio disfrutando del paisaje de montaña: verde y húmedo. Paramos para hacer fotos cada vez más cortas porque arrecia el viento, descendemos otra vez al nivel del mar. La finca debe tener muchas hectáreas, vemos vacas y caballos, pájaros distintos que aún no sabíamos nombrar como las bandurrias y los queuquén y otros que seguimos sin saber. La estancia se concreta en unas edificaciones de piedra que albergan una tetería al estilo inglés con galletas de jengibre un poco correosas y todo. Las paredes están cubiertas de información y muestras de los trabajos realizados por Harberton sobre los indígenas incluyendo fotos y un diccionario. Pero el barco, que es una zodiac, ya va a partir con otro puñado de turistas y debemos. Enterados del precio: 50$US por persona; renunciamos al paseo y nos volvemos despacito, parando cuando algo nos llama la atención, como un buitre que devora el mondongo de una res. Otros pájaros menores guardan una prudente distancia. Cada vez, hacemos las fotos más cerca y espantamos a la pajarería. No hay nadie, sólo un bulldozer solitario y unos cercados de madera que acaban en una rampa. Las entrañas de la res parecen frescas y están bajo un alto puente de madera donde probablemente se cuelgue el animal para descuartizarlo. Cuando nos alejamos de la casquería, aprovechan los pájaros pequeños para picotear las tripas. El buitre no vuelve. Paramos también cuando vemos alguna vaca o potrillo cerca de la carretera pero enseguida huyen. Volviendo a Ushuaia entramos en una estación de esquí. Hay muchos edificios de madera con las luces prendidas, un aero-silla carenado y parado. Nos acercamos al restaurante pero todo está cerrado, sólo aparecen dos cachorros de perro lobo necesitados de caricias que quieren venirse con nosotros. Recuerda vagamente el hotel de "El Resplandor". Cenamos un cordero asado delicioso en una parrilla de Ushuaia llamada La Rueda. Es un tenedor libre con un buffet variado y un mostrador al asador donde cada uno solicita lo que desea. El cocinero sirve lo solicitado y sigue alimentando las parrillas con más piezas de carne. Cuando Javi espera, llega una señora algo inquieta por la ausencia del cocinero. Javi, todo amabilidad, intenta explicarle: "Ahora vuelve, se fue a coger." y, al darse cuenta de lo que significa coger en estas tierras, suspende el complemento directo que habría sido un cabrito, por ejemplo. En realidad, están acostumbrados a que cojamos coches, bocadillos, teléfonos, aviones, perros, gatos, etc.
Al día siguiente subimos al glaciar Le Martial. Primero en aero-silla y luego trepando ladera arriba durante mucho rato porque los compas son como el IPC, no paran de subir.
Pisamos nieve y nos nieva encima. Sobre todo admiramos el paisaje: por un lado el glaciar y allá abajo, entre brumas la ciudad y el canal; entremedias un bosque con numerosos árboles muertos. Diversas teorías intentan explicar el fenómeno: algunos culpan a un hongo xilófago, hay quienes dicen que la capa de tierra es muy poco profunda, las raíces se extienden sin profundizar, el viento y la erosión arrancan fácilmente los árboles, pero son bosques sanos y los restos sirven de sustento a los vivos. Los árboles más numerosos se llaman llantén, son de tronco parecido al almendro y una hoja pequeña, festoneada, verde oscura y brillante.
Antes de volver al aero-silla paramos en el refugio a secar el sudor de la caminata y evitar que se congelara. Mientras, tomamos unos vinos calientes. Encontramos conocidos. De hecho oímos hablar catalán con frecuencia. Cuando bajamos, nos pertrechamos de sandwichs de miga y empanadas, y seguimos al Parque Nacional Tierra de Fuego. Despreciamos otra de las ofertas turísticas, consistente en un paseo en el tren que llevaba los presos a la cárcel. Ushuaia fue un penal famoso, los mismos presos construyeron la cárcel. Supongo que para no morir de frío. Aún sin rejas no tenían donde escapar. Ahora es museo.
El parque es una delicia con cortos paseos señalizados: a una bahía, a castoreras, entre bosques, por el contorno de una isla en un lago. Es un muestrario de flora y fauna que una señora, turista nacional, tuvo a bien explicarnos. Conocimos el "pan de indio" una seta que crece en los troncos de los árboles y fue alimento de los indígenas que también la utilizaban para obtener un licor por fermentación En consecuencia el general Roca prohibió su consumo para someter a los indígenas. Ahora apenas se usa en ensaladas, nos dijo que hay que esperar que madure como si fuera un fruto. Reciente es blanca, blanda y con jugo; luego se vuelve naranja, se endurece y se seca. También nos enseñó el calafate, un arbusto de flores amarillas que en verano da un fruto, parecido al arándano, usado en dulces y licores. Cuando manifesté el deseo de probarlo, nuestra improvisada guía respondió:" ya será en el norte porque aquí a ustedes por extranjeros y a nosotros por argentinos." refiriéndose a los precios del lugar.
Vimos un pescador de truchas que no pescaba, aves varias, conejos en abundancia y nos quedamos con ganas de ver los anunciados castores, especie exótica de comportamiento similar al de Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid. No paran de hacer túneles, presas y otros prodigios de ingeniería que destruyen el bosque al ahogar árboles y desecar zonas húmedas. Quizá libraban por ser domingo. Aunque lo más probable es que los exóticos castores sean una especie en extinción a la que proteger ¿o no?
Los senderos de cada excursión muestran al principio un tiempo estimado y otra información como "Dificultad fácil" de ambiguo significado, acaso quiera decir que será fácil encontrar dificultades. Trato de entenderlo dándole la vuelta "Facilidad difícil". Nos fotografiamos junto a la señal del fin de la carretera y no somos capaces de estimar con certeza la enorme distancia que nos separa de casa. Una vez comprobado, puedo informar que sumando los kms. de carretera que constan en el cartel hasta Buenos Aires y las millas que factura un avión por el trayecto Ezeiza Madrid, estábamos a 16758 kms.
Dejamos Ushuaia y pasamos todo el día en la ruta. Paramos en el mirador de la "Laguna Escondida". Estamos en lo alto de un puerto de montaña desde el que se divisa el valle que contiene a la laguna. Que gozada que existan sitios así. Pegamos la hebra con unos vendedores de artesanía que esperan la parada de los turistas y aguantan heroicamente el fuerte viento que pronto nos devuelve al auto. Pinchamos nuevamente y volvemos a tener suerte, un gomero eficaz lo soluciona en poco tiempo.
Comemos en Río Grande unos monstruosos, por el tamaño, bifes de chorizo que no podemos acabar. Otra vez a Chile por la frontera de San Sebastián pero luego enfilamos a Punta Espora para cruzar el "Magallanes" por su parte más estrecha. Unos cuantos kms de asfalto y otra vez paso de frontera chilena. Esta vez cuatro ventanillas. En la última nos dan un papel que debemos llevar hasta la puerta donde el mismo funcionario que nos lo dio, lo recoge y ya podemos pasar. Para colmo nos pusieron sello con fecha del día siguiente. Menos mal que los argentinos no nos hicieron volver. Quizá nos sirviera de coartada para algún crimen.
Pasadas las once de la noche alcanzamos Río Gallegos. Dormimos en el hotel Covadonga, bastante cutre. El fundador, por supuesto, era asturiano. En recepción nos dan una lección de historia mientras nos registramos, recalcando la honradez del "libertador" San Martín, que pese a sus victorias sobre los realistas murió pobre.
Es muy tarde y cenamos al lado en una pizzería bastante cutre también, ellas que atienden y nosotros estamos deseosos de acabar cuanto antes.
Otro día de viaje pero sin prisas. Por asfalto, con lluvia y viento fuerte que lo hace más emocionante, hasta Calafate parando en La Esperanza para repostar coche y cuerpos. Bar estilo único bar, con plato del día copioso y a buen precio. Decorado con fotos de inmensos carneros que han ganado concursos. Mientras comemos llegan varios autobuses con numerosos viajeros.
Kilómetros de llanura pelada, algunas subidas para contemplar el siguiente inmenso valle con los ríos y valles correspondientes. A lo lejos, otra vez montañas nevadas. Vuelve el sol. Casi llegando a nuestro destino pensamos sufrir una alucinación. Es frecuente ver espejismos de charcos en la carretera en aquellas rectas tan largas. Pero, esta vez, se trata de un barco enorme que se desliza por la carretera delante de nosotros y además no desaparece. Cuando lo alcanzamos, vemos que se trata de un enorme catamarán encima de un camión al que sobrepasa en todos los sentidos. Después, al hacer la excursión en catamarán, nos explicarán que se trata de un nuevo barco construido en El Tigre, cerca de Buenos Aires y que el transporte ha llevado un mes, lo cual me parece un record conociendo su marcha y parte de los caminos.
Comemos en un asador tenedor libre no demasiado afortunado y pasamos la tarde buscando alojamiento. Al final optamos por las primeras cabañas que visitamos, en las afueras del pueblo pero a orillas del lago Argentina en el que desembocan los deshielos de todos los glaciares próximos. Ahora está bajo. Vemos flamencos en sus orillas. Creo que no los consideran aves exóticas aunque yo los suponía tropicales. En el verano el nivel del lago sube y luego se hiela. En invierno patinan sobre él.
Calafate es un pueblo volcado en el turismo. Nuestro posadero viene a contarnos de excursiones y nos enseña a preparar el mate a su estilo. Porque Victoria, al fin, se compró el termo indicado, la matera, la bombilla y la hierba. Desde hace días mateamos con frecuencia pero no lo hacíamos bien. Comienzo a sospechar que esta atención personalizada que nos brindan tantos posaderos sea una consigna de algún organismo turístico. Me parece una buena medida que desempeñan a la perfección: informan, facilitan y no agobian. Pronto distinguen las preferencias de cada uno y ofrecen las distintas alternativas. Elegimos caminar por el "Perito Moreno" y visitar en catamarán todos los glaciares. En un monumento del pueblo, aclaro que "Perito" era la profesión de Francisco Pascasio Moreno quien dio nombre al glaciar estrella de la zona. Contratamos las excursiones muy caras: 210$ por pisar el glaciar y 150$ por mirar desde el barco, pero si no ¿a qué vinimos? Compramos vituallas para el día siguiente y cenamos en un restaurante recomendado lleno de guiris como nosotros. No me aguanto y me compro un libro de título sugerente: "Días de ocio en La Patagonia" de William H. Hudson que viajó por Río Negro en el siglo XIX.
Pisando el perito Moreno.
Madrugón para llegar a tiempo al "Puerto bajo las Sombras" dentro del parque donde abordaremos el barco que nos llevará al glaciar. Aunque El Calafate es la ciudad más próxima al glaciar, dista unos 90 kms y parte son por ripio en obras. Además debemos cambiarnos de cabañas para la noche siguiente. Salimos ganando porque las de al lado son mejores y más baratas, muy recomendables se llaman cabañas Normann Inn y también están a la orilla del lago, pero el interior está mucho mejor.
Desde el embarcadero ya se divisa el glaciar. Sólo vemos un frente pero es suficientemente grande para superar cualquier expectativa. Lo vemos y le oímos, cruje y se desploman trozos sonando como estampidos. Parece estar vivo, quizá la diferencia entre lo que llamamos vivo y lo que llamamos inerte sea sólo una cuestión de períodos de tiempo. Lo inorgánico sigue su ciclo despacio y lo vivo más deprisa. El caso es que el glaciar se mueve y suena. Rememoro, sin saber porqué, ni si bien, el final de "Arturo Gordon Pym".
Nos cuentan de los glaciares. A esa latitud sólo existe océano, minúsculas islas y La Patagonia con su cordillera. Los vientos van de oeste a este, se cargan bien de humedad cruzando el Atlántico, el Índico y el Pacífico y tropiezan con los Andes, suben y cuando llegan a 1500 metros se condensan en forma de nieve durante todo el año. La nieve se acumula y por la presión de su propio peso se compacta en hielo. Este hielo se desliza por la cuesta del valle despacio pero sin pausas arrastrando cuanto encuentra a su paso. Calculan que a los 1200 metros de altitud el glaciar deja de crecer y se desliza como el más inmenso bulldozer valle abajo. Al final acaban en un lago o siguen invadiendo el valle. El perito Moreno está en equilibrio, todos los demás de esta zona están en retroceso. Además al "perito" se puede llegar fácil y aunque no sea el mayor, su superficie supera la de Buenos Aires, siendo su profundidad de cientos de metros en algunos lugares. Aquí, seguro que se acaba antes el whisky que los cubitos.
Después de la lección que incluye normas tan obvias como no dejar ningún residuo, atravesamos un bosque y llegamos al hielo. Nos calzan crampones en las botas, -son unas plantillas exteriores con pinchos para poder caminar sobre el hielo-, nos dan instrucciones de cómo usarlos y comenzamos un peregrinaje sobre el hielo en fila india, parando todos a la vez para fotografiar una grieta, un arroyo, unas burbujas y cosas de esas que de alguna forma nos cuentan la pasión de enloquecidos, que como nuestros guías están enamorados de los glaciares. Creo que no voy a vivir ninguna glaciación, El Clan del Oso Cavernario me parece infantil. Vamos, que me gustó la experiencia pero sé que no voy a enamorarme de un glaciar. Para finalizar el paseo una exhibición del guía subiendo unos 10 mts de chimenea y unos whiskies con cubitos de miles de años. ¿Mola?
A la vuelta, vemos el desplome de un gran trozo de hielo. Sí, parece vivo porque quiere seguir creciendo, acaba de forma dramática, perdiendo trozos en su afán de extenderse. Por dentro corren ríos y hay grietas de cientos de metros. Caer en una de ellas puede ser una hibernación gratuita a miles de años vista. A lo mejor esa es la tentación.
Nos acercamos a las pasarelas para ver el otro frente del glaciar. Están llenas de guiris como nosotros y espero, en vano, filmar algún desplome.
Volvemos y cenamos por primera vez en el asador "Mi Viejo" que no dudamos en recomendar: buen servicio, buena comida y precios decentes en un lugar donde no parece difícil abusar. Repetimos la noche siguiente.
Todos los glaciares
Otra vez madrugón. Esta vez para embarcarnos, en lo que parece una excursión del "Inserso" internacional, con 300 ancianos más. Navegamos por el lago Argentina hasta el glaciar Upsala que es el más grande aunque está en retroceso. Lo hacemos entre témpanos, muchas veces más bellos que la más bella escultura, pero vamos hacinados como borregos. Trato de aislarme con el insólito paisaje pero siento vergüenza ajena cuando escucho gritos con acento madrileño y veo al panzudo que los emite ataviado con una bufanda del Real Madrid. Uno está, más o menos, acostumbrado a sentir vergüenza propia, pero la ajena es una humillación menos frecuente. Más tarde me vengaré y le preguntaré por la depauperada salud del Real Madrid. Luego paramos en una isla, pequeño paseo en masa y comida de bocatas a orillas de la bahía Onelli, desde donde se ven tres glaciares pequeños de nombres: Agassiz, Bolado y Onelli de norte a sur. Más navegación y otra vez entre témpanos nos acercamos al glaciar Spegazzini, el de paredes más altas, algunas tienen más de cien metros.
Cuando acaba la excursión, volvemos a las pasarelas del "perito". Esta vez, disfrutamos. Está solitario y hay muchos desplomes. Sólo nos incomoda una frenética nube de pequeñas moscas.
Hoy viajamos hacia Chatlén, que amenaza autodenominándose: "capital del treking". El camino es mejor de lo esperado por el mapa. Llegamos en tres horas, gracias a que hay buenos trechos asfaltados. Venimos para ver el cerro Fitz Roy considerado por el autor de la guía como la montaña más bella del mundo. El problema es que chatlén en lengua indígena quiere decir volcán; porque, al estar siempre entre nubes, pensaban que lo era. Lo que significa que se deja ver en pocas ocasiones y me temo que hoy no será una de ellas porque llueve a mansalva.
 Chatlén es un pueblo pequeño y reciente, sólo tiene veinte años. Dedicado por entero al turismo de "comepiedras" que es un ambiente más agradable que el turismo masivo de Calafate. Comemos "sorrentinos" rellenos de trucha que son empanadillas de pasta, hervidas y con salsa. Están buenos. Nos hospedamos en la "Posada de las Altas Cumbres" cada vez más caro y hacemos una corta excursión bajo la lluvia al "Chorrillo del Salto", una cascada que hay en el bosque cercano. Compramos whisky y me siento plácidamente frente a la chimenea donde arde un gran tronco. Fuera llueve y sopla el viento. No obstante, salimos a cenar y damos con el primer restaurante que prohibe fumar. Las malas costumbres llegan a todos sitios.
Al día siguiente, hacemos acopio de empanadas y caminamos hacia el Fitz Roy. Más de tres horas caminando cuesta arriba, primero rodeando el cerro Rosa junto al poblado, luego por bosques en las laderas o por explanadas peladas en los valles.
En el camino, encontramos un pájaro carpintero, destrozando un árbol con fruición. Luego, también, hay larvas que joden los árboles. Parece el Pájaro Loco, es de colorines y frenético en su picar.
Cuando te paras, se siente el frío, así que caminamos en sesión continua. Cuando llegamos al campamento Poincenol. Hacemos un alto para comer. Por allí, vemos a turistas que hemos visto en Calafate, como "caracono" un simpático anciano que nos saluda reconociendo colegas. Martina y Javi continúan la ascensión. Victoria y yo nos volvemos después de fotografiar el Fitz oculto entre las enaguas de las nubes. Nos volvemos a reunir para cenar.
Puerto Natales y El Paine es nuestro siguiente objetivo. A la mañana siguiente comenzamos la ruta, pero el atajo de ripio que habíamos decidido hacia la frontera de Castillo está impracticable, más que ripio es lodo. El coche resbala en todos los sentidos menos hacia delante. Volvemos al asfalto y nos resignamos a volver a "La Esperanza" donde nos tomamos los ñoquis con pollo que es el plato del día. En Río Turbio decidimos cruzar la frontera por asfalto y tras muchas vueltas enfilamos a "La Dorotea". Río Turbio es una ciudad minera. Hay minas de carbón.
 Llegamos a Puerto Natales, alquilamos habitaciones cerca de plaza, en un hotel modesto, cenamos en un restaurante de la plaza, con pretensiones y que tampoco permite fumar. Los otros días, iremos a restaurantes más populares y mejores. A la mañana vamos al parque del "Paine". La entrada más próxima está cerrada y debemos entrar por Castillo, que significa hacer 90 kms de ripio, pero no es del peor y los bichos: guanacos, caballos, pájaros, cóndores y el paisaje entretienen el camino.
Dentro del parque tenemos nuestro ratito de relación con los zorros plateados, que acuden a un mirador, cita de turistas, a ver que pillan. Pese a que les ofrecemos comida, son poco sociables, gruñen y tiran mordiscos, así que cuando otro turista me regaña por amenazar a un zorro con patadas, me mosqueo y le deseo un mordisco. Afortunadamente no hay mucho tráfico y una vez que se va el autocar podemos gozar de esta naturaleza salvaje y preciosa. Debajo una laguna, enfrente montañas nevadas, al lado el bosque. No hay eco, quizá sea por el viento, porque las montañas están peladas. Es una soledad perfecta, primordial, que sirve para que nos pongamos en nuestro lugar, aunque pronto nos dirigimos a la hostería para comer y beber. Los precios son prohibitivos, dormir aquí cuesta cientos de dólares. Comemos unos sandwichs y nos vamos a caminar un rato. Tomamos el camino al "Salto Grande". Es un camino corto pero contra el viento. Al poco rato se llega a la parte superior de la catarata que llaman "Salto Grande" y que habíamos retratado desde lejos. Es el desagüe del lago Nordenskjöld en el lago Pehoe donde vierten los glaciares de la zona. Toneladas de agua caen constantemente sin que se vea merma en el nivel del lago. Todo es tan grande que los humanos podemos tomar conciencia de nuestra medida y nuestra desmesurada pretensión. No obstante, seguimos caminando hasta el mirador de los "Cuernos" que son picos de la cordillera, impresionantes, pero no las "Torres" para eso hay que hacer una excursión de varios días caminando. Volvemos por otra salida del parque, pero no aporta nada nuevo.
El último día volvemos al parque pero realizamos una subida a pie, infernal, hasta el cerro del "Cóndor". Aunque llegamos sin aliento, mereció la pena. Vemos varios valles con sus lagunas de diferente color: esmeralda, azul hielo, azul oscuro. Las grandes montañas al oeste con sus nieves y sus glaciares, las cumbres por encima de las nubes. Hacia los otros puntos cardinales valles con bosques, ríos y zonas peladas. El viento pone el ambiente aventurero. Cuando descendemos recorremos, por ripio, un largo camino para llegar a la zona de témpanos del lago Grey. Después de dejar el coche y cruzar un bosque, donde nos entretenemos mirando loros y plantas, llegamos a una playa con témpanos. Al fondo las "Torres", a lo lejos y entre nubes. Un barco deposita en la orilla una manada de turistas que dejamos pasar y comenzamos el camino de regreso.
 Y se acabó. Unos cuantos kms para volver a Punta Arenas, visitando una pingüinera en el camino. Una tarde noche en Punta Arenas, donde después de muchas vueltas nos hospedamos en la "Pink House" una pensión atendida cariñosamente por una mujer serbia en un barrio suburbial. Es poco rato pero me sirve para reconciliarme con los chilenos. Aunque nuestra visita a los miradores de la ciudad sólo sirve para que coincidamos en que no nos busquen aquí cuando nos perdamos. La ciudad, desde arriba, es un conglomerado poco ordenado de construcciones de chapa pintadas de colores, un fondo gris del estrecho de Magallanes, algunas montañas nevadas y un viento francamente desagradable. Primero descubrimos un bar donde ofrecen buenos cócteles y un ambiente bastante especial. Dentro fotos y neones, pero una claraboya sobre la puerta nos deja ver las ramas de los árboles, todavía al sol aunque son las diez de la ¿noche?, agitadas por el inevitable viento. Después, mientras cenamos en "La Luna" descubro "The Clinic" una revista satírica autodenominada pasquín, prueba de que también en Chile hay gente de mi rollo.
Si es que hay que concluir algo, lo concluyo: Estoy contento de haberlo visto. Creo que no volveré. Se trata de la naturaleza a lo bruto y hostil. Algo digno de vivirse, pero sin las trampas de los turistas. Envidio a los comepiedras porque llegarán a sitios que yo no, pero creo que es una frivolidad pasarlo mal por manía particular. Resumiendo, como turistas no conseguirán conocerlo más por ir a más sitios. Pasen aquí un invierno, ya sea Ushuaia o Punta Arenas y luego hablamos. He deseado quedarme en muchos lugares: Sudáfrica, Vietnam, Cuba, Costa Rica, El Bolsón. Pero este extremo sur sería una condena.
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