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Los despropósitos de Iberia
Intentamos salir rumbo Buenos Aires en el vuelo IB.... que debía partir a las doce menos cinco de la noche. Cuando intentamos confirmar la plaza, nos enteramos que estaba retrasado. Al menos hasta las dos de la mañana. Entonces, intentamos salir de la zona de embarques internacionales y tropezamos con el primer absurdo. No se puede salir de esa zona si no es acompañado por personal de la compañía. El personal de la compañía nos remitía a AENA y éstos a la Guardia Civil, que cerrando el círculo nos volvía a remitir a Iberia. Por fin, un guardia razonable nos dijo: "¿Ven allá donde pone Prohibido? Vayan por allí. Fuimos a "firmas" y nos enteramos que el avión estaba arreglado, era un problema de mal olor en los servicios traseros. La tripulación estaba en camino y pronto embarcaríamos. Volvimos a pasar el control de policía. A las tres de la mañana decidieron que el vuelo no salía y nos llevaron a hoteles. Gran desbarajuste. Éramos más de trescientas personas. Hubo que esperar largo rato a los autobuses, hubo apretujones para abordarlos, hubo cola en la recepción de los hoteles para inscribirse. Pasaba de las cuatro cuando nos metimos en cama. A las seis, nos despertaban para llegar al aeropuerto y despegar a las ocho. Desayuno improvisado, sólo atendían el hotel dos personas a esa hora. Otra vez el control de policía, otra vez cientos de pasajeros ante la puerta de un embarque que nunca comenzaba. Empezaron a establecerse relaciones entre distintos pasajeros. Había un grupo de payasos italianos de alguna ONG que trataron de entretenernos. A las diez y media comienza el embarque. Cuando apenas han pasado cien personas, suspenden el embarque. Vuelven a traer a los que primero habían embarcado. Apenas llegan, vuelve a reanudarse el embarque. Cuando sale la primera jardinera vuelven a parar el embarque. Para traer a esos pasajeros de nuevo a la puerta necesitaron la ayuda de la guardia civil. Para calmar los exaltados ánimos nos dieron barra libre en el bar. Vino el jefe de pasaje. Pidió disculpas, intentó dar razones de tanto despropósito, prometió rápida solución. A las tres y media de la tarde por fin embarcábamos de forma definitiva, después de haber compensado con 200 euros a cada pasajero. El ambiente entre el pasaje recordaba "Autopista del Sur de Cortázar"; estábamos atrapados en la zona de embarques internacional en lugar de en una autopista, pero incluso comenzaron amores mágicos.
El remate fue el trato desabrido de la tripulación durante las doce horas de vuelo. Es raro encontrar algún tripulante en las flotas grandes de Iberia que merezca el calificativo de amable. Pero esta vez superaron casi todas las cotas. Se acabaron los impresos de las quejas. Una mujer pidió la solidaridad del resto del pasaje porque su marido enfermo estaba tirado en el suelo y además le decían que estorbaba. Por supuesto me apunté a la bronca. Respirábamos indignación. A la vuelta nos tocó la misma tripulación y se acordaban los muy perros.
Trasbordo en Buenos Aires
Llegamos a nuestro hotel Esperia en el Once pasadas las once de la noche. Una cena rápida en un local cercano que decidió atendernos, aunque había cerrado. La cerveza de litro en los restaurantes. Otra amabilidad argentina que había olvidado. Sueño de gente agotada. A la mañana, mientras disfruto las medialunas del desayuno, llamo a Enrique. En breve se presenta. Nos achuchamos, nos contamos las nuevas y salimos a gestionar los billetes que nos lleven a la Patagonia. Las anécdotas de Enrique me recuerdan una idea recurrente de otro Enrique: cuentos de taxistas. No sólo acabamos pronto todos los trámites, sino que, incluso antes de comer, da tiempo para que Mini se pase por la peluquería más fashion que encontramos. Aunque quedó claro que sólo estábamos de paso, fue inevitable una visita turística: la casa de Gardel. Además de recorrer el museo, una confidencia de Enrique: "ahora se dice que Gardel era homosexual". El viejo mercado de Abastos es un centro cultural. Se están rehabilitando casas y hay un concurso para las fachadas. No consigo emocionarme, sólo estoy de paso. Comemos en el mejor tenedor libre del Once y nos vamos a Aeroparque. Los taxistas o "remiseros" mientras esperan en este aeropuerto, tiran los anzuelos en las orillas del Plata. Sí, se pesca. Algunos se los comen, pese a que se haya declarado el río contaminado, confían en el instinto de los peces, ellos saben como sobrevivir.
Otra vez achuchones y volamos hacia la Patagonia.
Península Valdés
Volamos a Trelew (le dicen Treleu) en Península Valdés. La niña se ha ido a Córdoba y comienzan las vacaciones. Cuando el avión desciende se ve una llanura infinita de matojos pequeños con algunas inacabables rectas que son carreteras de ripio. Recuerdo "Los hijos del capitán Grant" de Julio Verne.
Alquilamos un coche en el aeropuerto. Nos enteramos que aquí es frecuente volcar y por lo tanto hay que dejar una franquicia de 4000 pesos, más de 1000 euros. El coche, afortunadamente está tocado por todos sitios. Pienso que así habrá menos problemas a la hora de devolverlo.
Anochece, sopla el viento. Conduce Victoria porque yo estoy tuerto. Exageramos la precaución. Nos pasan camiones renqueantes. Una señal indica obligatorio el uso de las luces de cruce y aunque estamos solos en la carretera vamos despacio por no llevar las largas. Un rato después recuerdo que la señal se refiere a que de día también hay que llevar los faros encendidos, ponemos las largas y nos comenzamos a relajar. Vamos a Puerto Madryn, que le dicen Puerto Madrín.
Es una ciudad absolutamente turística, con muchos hoteles y toda la zona comercial a la orilla del golfo Nuevo. Después de varios fracasos que nos hacen pensar que aquello está lleno, conseguimos posada en el Hotel Petit. Salimos a cenar y a comunicar con la niña, que llegó bien a su destino, ya está en casa de Pepe. Nos hartamos de marisco en la Cantina del Náutico. Buscamos un bar para una copa. Entramos en uno que tiene varias mesas de billar, se llama "El Agite" Los pocos clientes que hay son adolescentes jugando al billar. El camarero estética heavy metal y la música también. Pero no sabe servir copas. Ha de ir a buscar whisky. Eso sí, cuando llega con la botella me sirve un vaso de cuarto de litro.
Desayunamos en el hotel. El comedor es una pequeña sala con vitrinas que exponen los objetos más variopintos: envases de antiguos medicamentos, fotografías, postales, navajas, llaves, piedras, conchas. Tienen aspecto de ser recuerdos del propietario. Pienso en Lalo, que arrastra hasta los cromos de su juventud, y confirmo el fetichismo como una característica de muchos argentinos. Un corto paseo por la orilla del mar, que me sirve para constatar un divertido cambio de costumbres. La baranda del paseo marítimo está llena de inscripciones del estilo "Pepe estuvo aquí en octubre del 2000", pero ahora las firmas son direcciones de e-mail. Paramos en una estación de servicio, llenamos el depósito y compramos un set de mate, es decir, un termo, una matera, la bombilla y el mate. Por supuesto, llenamos el termo con agua caliente y nos dirigimos a Puerto Pirámides. La carretera conserva el asfalto durante algunos kms. luego se convierte en pista de ripio y nosotros en los conductores más lentos del país.
Entramos en la reserva de pago
Reserva Natural de Península Valdés
En primer lugar vamos a ver la Isla de los Pájaros que está al norte del principio del istmo de la península. Estamos solos, en armonía con el paisaje desolado y ventoso. Hay algunas construcciones: miradores, ermita, los restos de una vieja avioneta, que voló Saint Exupéry, un catalejo de esos de meter monedas y la Isla de los Pájaros que puede verse pero no pisarse, una alambrada lo impide. Además ahora está la marea alta y no se puede llagar a pie. Efectivamente está llena de pájaros, pero más que nada llama la atención su forma. Es como la silueta de la boa que se tragó al elefante en "El Principito". Mientras cotilleamos uno de los edificios, donde hay varios posters informativos de fauna y flora de la región y lucho con mi conciencia sobre llevarme unos tarros que hay con una víbora y una viuda negra -venció el civismo y no me los llevé- aparece un muchacho y nos cuenta algunas cosas. Está de prácticas de biología y vive en una de aquellas casetas durante unos meses mientras toma apuntes para su trabajo. La estrella del relato es el escritor de "El principito" quien además de trabajar como correo aéreo por estas tierras, escribió esa obra mirando a la Isla de los Pájaros evidentemente. Después de las fotos de rigor continuamos hacia Puerto Pirámides , aunque aún nos paramos en un museo con bichos disecados, fósiles, etc y un mensaje curioso. La puerta de un armario anuncia en su interior la especie más depredadora, cuando se abre un espejo nos devuelve nuestra imagen. Ingenioso ¿no?.
Puerto Pirámides es un pueblo minúsculo, que vive del turismo. La oferta estrella es el avistamiento de ballenas. Alquilamos una cabaña llena de camas y elegimos nuestra excursión de ballenas sin demasiado acierto porque después de hacerla pensamos que en zodiac habría sido más emocionante.
Las ballenas
Antes de embarcarnos nos proporcionan unos ponchos de lona y unos chalecos salvavidas. Una procesión de guiris con aspecto de boyas cutres por la playa. Nos subimos a un barco que arrastrará hasta el mar un tractor mientras nos dan instrucciones obvias como "no se muevan todos bruscamente a la vez que podemos volcar, no griten que molestan a las ballenas, etc" y partimos costeando hacia el este. En la orilla se ven algunas focas y cormoranes, pero todos nos desojamos mirando el mar para decir los primeros: "por allí resopla". Bueno, yo lo pienso.
En realidad, las ballenas están localizadas y censadas. Se han acostumbrado a la reserva y no dudan en acercarse a la embarcación para cotillear. Vienen a mirarnos, sobre todo las crías, las madres se acercan como esperando un comentario sobre su prole y vigilando por si acaso. Nos acercamos a la orilla y nos siguen, casi podemos acariciarlas pero la borda es demasiado alta. Victoria disfruta como si hubiera dado con una tribu de civilización perfecta. Filmo de forma compulsiva y pienso en la oferta de sumergirte con estos bichos, pero aún hace demasiado frío. Después de horas, que se hacen cortas, volvemos a la playa. En el camino vemos, de lejos, una ballena que brinca ofreciendo la vista de su cola, que nos faltaba. El atraque es curioso, el barco siguiendo las indicaciones de unos bidones y unos palos hincados en el fondo se coloca sobre el remolque y un tractor tira hasta dejarnos en la orilla.
Por la tarde, fatigosa excursión a Punta Delgada por una horrenda pista de ripio. Hora y media para 75 km. Vemos elefantes marinos desde muy lejos y vuelta por el mismo camino. Ahora con el sol poniente de frente para hacerlo más difícil. Por el camino vemos ovejas, caballos, algunos guanacos, gallináceas y un armadillo, cuando nos adelantan o se espantan de nuestro paso renqueante.
Cala Valdés
 A la mañana siguiente partimos hacia Cala Valdés. Voy adquiriendo soltura con el ripio. Paramos en una pingüinera. Es un acantilado de tierra sobre una playa, enfrente aflora un banco de arena paralelo a la costa. Todo parece llegar hasta el infinito. El viento es tan fuerte que resulta divertido ver como los pájaros vuelan hacia atrás por más esfuerzos que hagan para avanzar. Los pingüinos, que siempre parecen camareros elegantes, están anidando. Casi todos en parejas, incuban los huevos o fornican en los agujeros que han construido en el talud del acantilado. Los pocos que están solos gritan desconsolados. Comienzo a imitarles y conseguimos algún tipo de equívoca comunicación.
En Cala Valdés coincidimos con algún autocar. Son excursiones escolares . Procuramos evitarlas. Los guardas de la reserva, en plan cómplice nos permiten acercarnos a los elefantes marinos más allá del cercado. Así que llegamos hasta la playa procurando no hacer ruido para no estresar a las bestias. Me recuerdan a Fraga, gordas, torpes, gruñonas, autoritarias, inmovilistas. Pienso en uno de los folletos que leí. Contaba como las orcas atacaban a estos bichos. Deseo fervientemente que aparezca alguna orca, pero no tengo suerte . Pasamos un rato filmando como se tiran piedras por encima de vez en cuando y viendo como el grandón atiza a la más próxima algunas veces. Si fuera un bicho de estos me pasaría todo el tiempo en el agua. En tierra son un desastre.
 Comemos cabrito asado mirando al mar. Discutimos si unos chorros y aletas que se adivinan próximos al horizonte son orcas o ballenas. Pronto uno de los guardas nos explica que son ballenas y nos presta sus prismáticos.
Seguimos hacia Punta Norte por un camino que sigue la costa. Paramos en una orilla cercana a la carretera. El suelo es de cantos rodados negruzcos, las olas se deslizan sin estridencia haciendo sonar las piedras de forma relajante.
En Punta Norte más de lo mismo, o sea elefantes y lobos marinos desde lejos. Damos un corto paseo, les miramos. También vuelan pelícanos sobre la orilla. Cuando volvemos al coche, nos encontramos un par de armadillos que se acercan y se dejan tocar. Les damos galletas y se hacen muy amigos. Son divertidos, parecen caballeros medievales miopes. Corretean de forma compulsiva y entre las escamas de la coraza les salen muchos y recios pelos. Aquí les dicen peludos.
De vuelta a Puerto Pirámides nos desviamos para llegar a una estancia que anuncia la mayor pingüinera del mundo. Llegamos a la estancia. Han habilitado un galpón con unas mesas y las paredes presentan bichos disecados, fotografías, carteles informativos de flora y fauna. En uno de ellos me entero que la coloración de los pingüinos, oscuros por arriba y blancos por debajo, responde a una estrategia; cuando nadan, les confunde con la luz de la superficie o el fondo y así es más difícil que se los coman. Por si acaso, nadan a una velocidad increíble, sobre todo en vertical, tanto, que a veces salen disparados como misiles varios metros sobre la superficie. Curiosamente, aunque sean patosos en tierra, se mueven con la dignidad de un cronopio. Son tiernos y seductores. Una pareja de pingüinos me obsequió todo un paso de ballet. Luego se fueron caminando de la aleta (de la mano) por la orilla. Rememorando ese rato con los pingüinos he desatendido la conversación. Piden 50 dólares por persona para ir a la pingüinera. Pasamos de pingüinos. La cabaña no llega a los 50 pesos. Vemos maras, que son una especie de liebre del tamaño de un borriquillo.
Los argentinos nos miman. No sólo podemos devolver el coche en Puerto Madryn, sin necesidad de volver a Trelew, sino que nos aplican otra tarifa más ventajosa y nos ahorramos unos pesos. Conseguimos el billete de avión a Bariloche a muy buen precio en unas líneas aéreas del ejército. Descubrimos un gran invento turístico. Los ayuntamientos tienen unas oficinas donde se centraliza toda la oferta. Trato tope amable y gratuito. Les dices presupuesto y te dicen donde hay plazas. Contentos nos vamos a un hotel de cierto lujo: el Muelle Viejo. El hostelero había sido "gallego", el verano anterior viajó a Mallorca. Su único recuerdo es un calor inaguantable. Tiene hijos en Barcelona. A la mañana nos demuestra su amistad poniendo a todo volumen "Valencia", cuando entramos a desayunar.
El vuelo en un fokker moderno con una corta escala en Esquel. Sobrevolar la cordillera siempre es un espectáculo.
Esta vez el coche que alquilamos está para estrenar, un WW Gol. No me comí ninguna letra, es el Polo de Europa, quizá le llamen Gol por la afición al fútbol. Esto parece Suiza pero a lo bestia. Grandes montañas nevadas, lagos, carretera amplia y asfaltada.
Paramos a llenar de gasolina el coche y de agua caliente el termo para el mate. Hace sol y fresco. Y tomamos rumbo sur hacia El Bolsón. De vez en cuando paramos y nos acercamos a la orilla del lago Gutiérrez y el Mascardi. Luego las montañas ya no tienen nieve, son más bajas. Campos muy grandes con vacas y la recta infinita de la carretera para nosotros solos. Velocidad de paseo mirando el paisaje mientras mateamos.
El Bolsón
Llegamos a El Bolsón, un pueblo pequeño y extendido a los lados de la carretera. Telefoneamos a Claudio y Rosalin, amigos de un amigo que vive en Mallorca. Nos invitan a su chacra. Está lejos del pueblo, en la ladera de un monte al este de la carretera. Vamos por caminos forestales, varias veces dudamos, pero al fin llegamos. Tienen una finca maravillosa. Han construido varias viviendas: la suya, la de invitados que nos ofrecieron, el taller de alfarería y algunos techados para guardar cosas. Tienen huerta, jardín y bosque. El agua les llega por varios arroyos. A lo lejos grandes montañas con nieve.
Prácticamente se autoabastecen. Además practican con muchos otros el trueque de comidas y servicios. Mientras mateamos y nos vamos conociendo, se presentan diferentes vecinos, con los que acuerdan levantar una vidriera o hacen planos para levantar una casa en una chacra vecina. Es un mundo que parece perfecto. Un paraíso hippy y cosmopolita porque hay argentinos, pero también europeos y americanos del norte. Las casas que ha hecho Claudio tienen el techo "vivo"; en lugar de tejado, sobre el techo de madera y lona impermeable ha puesto tierra y crecen plantas, que dan a las casas el aspecto mágico de los gnomos.
Al acercarnos a la cabaña que nos han asignado, nos envuelve un penetrante olor a vainilla. La causa es un arbusto de pequeñas flores amarillas, azara lanceolata, que llaman "cri cri"
Nuestros anfitriones son artistas, ahora hacen cerámica, pero han tallado madera y forjado hierro anteriormente. De todas formas, yo creo que su mayor obra de arte es su forma de vida como dentro de un cuento. Son vegetarianos sin vicios y sin estridencias. Contagiado por su armonía con la naturaleza muerdo una lustrosa manzana con toda confianza y me zampo medio gusano, la otra mitad queda en la manzana mordida que discretamente tiro a la chimenea. Estos chicos no tienen vicios, así que hacemos un poco el ridículo con la botella de vino que les regalamos. El otro regalo era unas vinajeras de cerámica que llegan rotas. Sus piezas son mucho más bonitas. Pero no importa su afabilidad contagia serenidad. Cuando nos retiramos, hace frío. El invierno es muy duro, muchas veces quedan aislados por la nieve. Ahora disfrutamos un cigarro bajo innumerables y brillantes estrellas.
Reserva natural Los Alerces
Partimos hacia el Parque de los Alerces. Los primeros kilómetros seguimos al sur por la carretera asfaltada. Recogemos a un hombrecillo que hace autostop. No huele muy bien. Lleva varios días de camino desde Comodoro Rivadavia, que para él es el mejor lugar del mundo, tiene pesca, la tierra es buena y esto es una mierda. Me aguanto la impertinencia de preguntarle: ¿entonces por que coño te has ido? Dice que va a Trevelin a trabajar en un taller. Nos metemos en el ripio, la tierra es seca y rojiza. Enormes llanuras onduladas. Una vez dejado el pasajero en su destino paramos en una pequeña tienda para comprar algo de comida. Casi todos son indios. Lo primero que hacen en la tienda es darnos un pasquín reivindicativo. Al parecer, en los montes cercanos hay oro y quiere explotarlo alguna multinacional. Los nativos se oponen. Prefieren ser pobres pero con sus arroyos cristalinos y sus bosques y sus lagos sin contaminar. Cuando nos metemos en el parque comprendemos que aquella gente es mucho más rica sin el oro. Aunque el parque está abierto, como no ha comenzado la temporada, aún no hay nadie para cobrar. Es una maravilla de 263.000 hectáreas de tupidos bosques de alerces, algunos milenarios, y muchos más árboles y matojos. Con lagos, arroyos, cascadas. Estamos solos. Paramos el coche y hacemos un corto recorrido a pie para asomarnos al lago Verde. Nos hacemos unos bocatas y seguimos el paseo. Ante una cascada, coincidimos con otro matrimonio de turistas. Son argentinos. Nos hacemos algún comentario amable y seguimos. A la tarde volvemos a encontrarlos en Puerto Limonao a orillas del Futalauquen. Intentábamos tomar un café pero el hotel está cerrado. Comenzamos la vuelta por otro camino, a veces de ripio, a veces de asfalto pero siempre desierto. Kilómetros de soledad tomando mate, aunque ahora el paisaje es seco, tardamos en ver las montañas nevadas que veíamos desde El Bolsón. Nos para la poli. Mientras revisan la documentación un coche para un poco detrás. Es el matrimonio que encontramos en el parque. Esperan discretamente hasta que la policía nos devuelve la documentación y partimos. Entiendo el favor que nos han hecho. Probablemente gracias a ellos nos hemos ahorrado una "mordida". Espero a que nos pasen y desde el coche les agradecemos el gesto. Tenemos el coche en reserva pero estamos llegando a Epuyen que marca gasolinera. Además es cuesta abajo. Sin embargo, la gasolinera está cerrada. Los siguientes kilómetros ahorrando gasolina a 90 aunque ya estamos en asfalto. Paramos a un autoestopista. Vuelve a su casa después del trabajo en una serrería. Es difícil trabajar, tiene que recorrer cada día más de 30 km para llegar al trabajo, pero le gusta su tierra. No me extraña, volvemos a estar entre montañas. Aunque no están en flor todavía, hay muchos cerezos. Aparece una gasolinera y se acaban las angustias. Coche y viajeros reponemos fluidos y hacemos planes para la noche. Decidimos pasarla en el Lago Puelo.
El lago Puelo
Evidentemente es un lugar turístico, con mucha oferta de hostales y cabañas. Anochece. En el camino recogemos unas niñas que hacen autostop. Pienso en nuestra hija que está en Córdoba es casa de Pepe, donde tienen un vigilante para ir desde la puerta del garaje a su casa contigua y los niños no pueden salir de noche y disfruto esta Argentina feliz sin miedo a secuestros ni asaltos.
Alquilamos una cabaña en "La Granja" una de las muchas ofertas. Es una casita encantadora con tele, baño, agua caliente, calefacción, aire acondicionado, cocina, etc, por 50 pesos. La posadera se enrolla muy bien. Nos aconseja donde cenar pasta buena y barata. Nos dice que tuvo unas huéspedes mallorquinas que venían a ver "el cristal asturiano" que según ella es algo que sale del lago y te lleva a la 5ª dimensión.
El tipo del restaurante, que efectivamente nos preparó unos raviolis exquisitos por muy poco dinero, era más escéptico y, cuando le pregunté, me aseguró que nunca había visto salir nada del lago.
Cuando me desperté, fui al pueblo a buscar desayuno. Por menos de un euro, compré medialunas que son croisants, pasteles y pan. Al llegar a la cabaña, la posadera nos había enviado confitura, pan y nueces.
Nos acercamos a la orilla del lago y hacemos a pie un corto recorrido por lo que llaman " El bosque de las sombras". Es un camino de tarima sobre un suelo pantanoso con árboles exóticos con cartelitos. El grado de abandono le confiere la magia que sugiere su nombre.
Otra vez rumbo a Bariloche, paramos de nuevo en El Bolsón. Hay mercadillo, tomado por los hippys que habitan la zona con la imaginable oferta de artesanías. Nos enrollamos con una vendedora de licores artesanos. También ofrecen una cabaña en alquiler en su chacra a la que llaman "Malasaña" porque vivieron en Madrid en ese barrio. Recordamos lugares del barrio y quedamos en aconsejar a los turistas que lleguen al Bolsón que busquen la chacra Malasaña y alquilen una cabaña. Son buena gente y es un buen lugar.
El parque de los Arrayanes
Llegamos a Bariloche llenos de jóvenes que subimos en autoestop y que además llevan un perro. Me recuerdan a mis hijas y a mí cuando tenía su edad. Van por los mercadillos vendiendo su artesanía. Han estudiado. Pero a eso no le ven salida. Son deliciosamente impertinentes, con móvil, allá celular, y todo. Comemos un asado modesto, contratamos la excursión de los 7 lagos, compramos el famoso chocolate de Bariloche que es un camelo y ponemos rumbo al parque de los "Arrayanes", que se encuentra dentro del parque Nahuel Huapi. Vamos desde Bariloche hacia el norte bordeando el lago Nahuel Huapi. Entramos al parque por Villa la Angostura. Otra vez bosques y lagos. Camino de ripio pero la humedad le confiere una cierta consistencia que lo hace más cómodo, no saltan piedras casi. Siguiendo los sabios consejos de Pepe, escogemos dormir en Villa Traful que es un pequeño núcleo dentro del parque. El problema es que todo parece deshabitado. Hay anuncios de cabañas, pero no hay gente. Me acerco a una que tiene un coche aparcado, golpeo la puerta y me echan de malas pulgas, Les interrumpí el polvo a una pareja. En la hostería de una suiza dan de comer pero no posada. Al fin, a la entrada de un restaurante, nos encontramos un argentino típico de los que comienzan cada frase con "Esto.." personificación de la amabilidad. Nos aconseja ir donde la gorda Nora y nos indica cómo. Efectivamente, la negra Nora nos lleva y enseña la cabaña que alquila. Es una maravillosa casa de madera perfectamente equipada en un bosque a la orilla de un lago ¿se puede pedir más? Mientras preparan la cabaña y aprovechando que aún se ve el sol, nos vamos al mirador del lago Traful. Casi nos volamos. El viento impide ponerse la sudadera. La vista es espectacular. En lo alto del mirador se acerca un perro amistoso. Victoria le da la mitad de nuestras provisiones y nos vamos huyendo de su sarna y del viento.
Al llegar a la cabaña tenemos encendida la chimenea, pero me mosqueo, ahora cuesta 10 pesos más que cuando nos instalamos, total 80 pesos. No merece la pena discutir pero me han jodido el buen rollo. Maldigo a la negra Nora, que no es negra y probablemente no sea Nora. Ya es de noche y el perro sarnoso se comió nuestra posibilidad de bocadillos. Salimos a cenar, todo está apagado. Los pocos habitantes que hubiera han cerrado, incluso la suiza de la hostería. Cuando volvemos resignados a cenar chocolatinas, se encienden las luces de un camino que trepa una colina. Es el restaurante del tipo que nos aconsejó a la negra. Aunque no me gustó el rollo de la cabaña no tenemos otra oportunidad, así que cenamos en un restaurante abierto sólo para nosotros en un lugar privilegiado. Me temo un clavo a traición pero me equivoco. Velas, truchas, buen vino, conversación y sobra con 60 pesos. Nos enteramos que es un sitio para pescadores y/o cazadores pero aún no comenzó la temporada. Es una delicia viajar a contratiempo.
A la mañana, seguimos por el parque hacia Confluencia. En el camino vemos, vacas, caballos, patos y diversos pájaros. Hay señales agujereadas por las balas que prohíben disparar a las señales. Cómo son los cazadores. Jodo el tomavistas por humedad y porquería. Poquito a poco dejamos el parque, remolones y remisos al final del viaje. 
 Antes de llegar a Bariloche, paramos en un lugar que anuncia asado y rafting. Asado no hay y rafting renunciamos a hacer después de ver las fotos. Más de cincuenta en cada bote. Sólo los privilegiados tenían remo. Además no se veía ningún rápido. Un poco antes de llegar a Bariloche paramos en un lugar típico al que acudía la banda de Butch Cassidy. Un figón que entre fotos y maderas de antaño nos sirve un monumental asado.
Tomamos una pensión en Bariloche por el sistema de la agencia municipal, no sin antes pasarme de largo y tener que volver. Tarde de compras y e-mails y otra vez la sensación de Suiza pero en grande y en bien.
Los Siete Lagos Es una excursión que maneja una concesión monopolística y binacional. Consiste en llegar desde Bariloche hasta la costa del Pacífico chileno a través de la cordillera, cruzando 7 lagos y yendo de uno a otro en autobús. Madrugón y comienzo espectacular atravesando el lago Nahuel Huapi. Impresionante paisaje Nestlé de lago entre montañas nevadas. Cascadas en las laderas, algunas todavía heladas. Historias y desayuno. Toda está tierra se la dio el Estado Argentino al que sometió los indios de esta zona. Debía ser un hombre honrado porque la devolvió al estado para que fuera parque nacional. Una travesía larga con oportunidad de enterarse de muchas cosas que no me enteré. Después un autobús y al lago Frías, más chiquito pero más impresionante si cabe por su color verde esmeralda. Al otro lado la frontera chilena. Ahí cambian las cosas. No me aguanto y lo digo. Sé que no tengo datos suficientes y puede que sea mala suerte, pero me afecta la diferencia entre los compadres argentinos y los chilenos, cambia el guía que antes era una chiquilla encantadora con la que podías hablar de cualquier cosa después de sus speechs. El muchacho de ahora, estresado, acartona los chistes. Cómo estamos en una zona de bosque húmedo nos dice que todos los habitantes de allá son meteorólogos. Cada día, cuando abren la ventana dicen hoy llueve, si está lloviendo; o va a llover, si no caen gotas. Nunca se equivocan. Todo el tiempo teme que hagamos algo indebido. Eso sí, hay que fotografiar lo que dice. Tiene razón, son buenas vistas, pero cada vez me cae más gordo.
Después de un estúpido registro por si llevamos comida, incluso envasados al vacío, nos dejan entrar en Chile y nos abandonan en el hotel de ningún sitio, a la orilla de otro lago, Comemos y hacemos una excursión a la " cola de la novia" una cascada con el camino señalado por carteles "prohibido" todo, menos mirar.
 Tras varias horas, al fin, nos llevan al barco que cruzará el último lago antes de Puerto Varas. En ese trayecto nos dormimos hartos de paisaje Nestlé. Despertamos al arribar al puerto de Pérez Rosales. El guía sufre muchísimo, sobre todo por los que no tenemos hotel reservado. Necesita una respuesta ¿vamos a Puerto Varas o seguimos a Puerto Montt? Victoria muy acertadamente elige Puerto Varas. Mientras seguimos recibiendo directrices e información del guía, me doy cuenta que los chilenos están orgullosos de ser el país con más volcanes, más volcanes en erupción y más jodido por los volcanes. Curioso orgullo. En realidad parece que estemos en Alemania. Finca tras finca, nombres alemanes. Al guía tampoco le gustan los alemanes. Nos señala un matojo de bonitas flores amarillas y nos cuenta que lo trajo un alemán para usarlo como seto y ha invadido todo el paisaje jodiendo a las ovejas que no se lo pueden comer y a los bichos más pequeños que se quedan presos en sus púas. Nos para al pie del volcán Osorno. Sigue sufriendo, tiene cara de gastritis. Nosotros nos vamos a ver lo que hay que ver, que es el curso de un río, el Rupanco, que una erupción del volcán alteró al arrojar inmensas piedras incandescentes. Y se ha montado un espectáculo inigualable de cascadas entre piedras negras y vegetación selvática, que hubiera podido ser iniciático si no hubiéramos ido entre una masa borreguil. Cierto es que el Osorno parece el perfecto cono de un helado, por la nieve. También están orgullosos de eso: el volcán de cono más perfecto.
Después de mucho sufrimiento del guía nos dejan en el hotel "Colonos" en Puerto Varas, que es una localidad turística con Casino, hoteles de lujo y mucho etc. El hotel está muy bien. Además nos invitan a un pisco sauer antes de subir a la habitación, bueno nos dan un vale, porque primero nos relajaremos y luego...
Luego nos tomamos los piscos y nos fuimos a cenar. Nos pusimos ciegos de marisco, que además es distinto. Los bichos que, a veces, encontramos pegados en la concha de los mejillones parecidos a lapas de varios pisos aquí crecen al tamaño de un puño, se comen y son riquísimos. Aunque no recuerde el nombre salen en toda la oferta de los restaurantes. Buen vino, otro pisco y los chilenos que siguen perdiendo puntos. En el restaurante le hice una gracia a un niño que incordiaba y su mamá comentó como deseaba un nieto. Cruzo los dedos, pago. Asequible. Y nos vamos haciendo eses con las manos en el hombro del otro, absolutamente borrachos. Terrible el pisco.
Puerto Montt y fin
Desde Puerto Varas, autobús público hasta Puerto Montt. Grande, feo, sucio. Contacto por e-mail y fracaso en reservar habitación en Santiago. Visitamos el mercado y casi me da un ataque, peor que los moros en lo atosigante para vender. Cuando escapamos del núcleo más duro, nos tomamos unas ostras en una pescadería. Entre los chilenos se nota una llamativa fractura entre los "bien" que no tratamos y los "rotos" e indios, casta diferente más delimitada que los parias de la India. La cerveza y el marisco son buenos. Suenan Serrat, Julio Iglesias y Sabina de hace mucho. Los chilenos siguen perdiendo puntos Y se acabó. Se acabó la Patagonia. Recogimos a la niña en Santiago. Nos hospedamos en un estúpido apartahotel. Nos causó pésima impresión la ciudad y la gente y volvimos sobrevolando la Cordillera y el desierto de Atacama. Santiago está tan cerca de la cordillera que el avión primero vuela hacia el Pacífico para coger carrerilla, Cuentas pendientes con Argentina porque me enamora y con Chile porque no puede ser tan malo como lo visto.
Volveremos a Patagonia
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