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El sufrido autor

Cuaderno I

Diario de Birmania

 

Manolo Pino

1 feb Objetivo Birmania.

Bangkok

Largo, pero excelente vuelo hasta Bangkok en la Thai. Calor tropical y tráfico imposible. Tardamos dos horas desde el aeropuerto hasta las cercanías del hotel. Como siempre, nos perdimos y caminamos cargados con las mochilas bajo sol tropical de mediodía, cerca de una hora para comprobar que el hotel New Siam II estaba justo enfrente de la parada del bus.

En el hotel no dejan fumar pero, por si acaso, como en este caso, ponen ceniceros con cartel: no fumes. 22$ la doble con ducha caliente y aire acondicionado, hay ridícula piscina, Internet, bar y mucho turista de nuestro estilo.

Javi anda jodido. Tuvo otro desgarro antes de venir y no lo ve claro. No sé que aconsejarle.

Hicimos el trámite del visado que comenzó por subir en "tuk-tuk", un motocarro con asientos, para ir a la embajada de Myanmar. El conductor sólo debió entender lo de "embassy" y nos llevó a la alemana. Por cierto, llena de tais tramitando sus visados. Quizá , por eso, es la "Embassy". Aunque le señalamos el lugar en un plano, al que dio varias vueltas, el conductor no lo entendió más que nosotros sus carteles escritos en tai. Tras muchísimo camino sufriendo ruido, escapes y traqueteos sin poder ver más que los coches que nos rodeaban y sin aire acondicionado, nos llevó donde queríamos y no modificó el precio. Le dimos de propina lo que habíamos ganado en el regateo al contratarle.

tuk tuk

Javi localizó al funcionario corrupto con el que había comenzado el trato y lo cerramos con nuestros pasaportes y 60 euros. Regresamos al hotel en barco, contratamos nuestra habitación y volvimos todos a la embajada, nuevamente por el río. El funcionario corrupto había cumplido y conseguimos los visados.

Comimos en un sitio muy puesto cerca de la embajada pero no acertamos con los pedidos. Afortunadamente no era caro. Remontamos el río una vez más y sesteamos. Salimos a la noche con sofoco más llevadero. Paseo, alguna compra, cervezas y un maravilloso masaje tai, que me arregló una tendinitis a la que estaba resignado. Cena y a la cama porque tenemos que madrugar mucho.

2 feb 2005 Yangon

Yangon - Rangoon

Madrugón, taxi, aeropuerto, poco más de una hora de vuelo y estamos en Birmania. El aeropuerto es pequeño, los controles llevaderos, aquí todavía no existe la neurosis anti tabaco. Contratamos una furgoneta que nos lleva hasta el hotel Panorama por 5$. El guía que se llamaba algo así como Mr. Mamón ofrece sus servicios para el resto del viaje, guardamos su tarjeta. Durante el camino aprendemos algunas palabras en birmano. Se saluda diciendo mingalabar, fácil de recordar porque suena a minga lavá. Una buena forma de comenzar.

Los birmanos mayoritariamente van con un mantelillo que se llama "longhi" a modo de falda larga. El hotel está bien: 30$ la doble con baño y aire acondicionado. El calor sigue siendo tropical, aunque algo menos húmedo que en Bangkok. Desde el hotel pueden ponerse e-mails y recibirlos, pero sólo con su servidor. Internet está controlado por el gobierno y no existe acceso a ningún servidor civilizado.

Mr Mamón nos dice que desconfiemos de los indios y que no cambiemos en los bancos porque son del gobierno y dan mal cambio, ni en la calle por peligro de robo y/o estafa. O sea, que debe cambiarse en el hotel o en las agencias de viaje. Debemos aspirar a conseguir 900 kiats, la moneda local, por dólar. El cambio oficial es de 300 k/$.

El periódico local es monotemático. Sólo salen los militares. No lo lee nadie, claro. Hay muchos monjes por la calle.

Monjes y Bhuda TV

Vamos al mercado, comemos, hace mucho calor. Sesteamos y tomamos un taxi para visitar Shwedagon Pagoda donde hay 8 pelos de Buda. Ocupa toda una colina. Hay que subir descalzos, por una amplia escalera llena de puestos con artesanías y ofrendas. Está llena de capillas, estupas que son las construcciones cónicas, y gente que reza, come, barre, pasea, medita, hace fotos, fuma, repara su capilla, reza. Cada uno a su bola sin molestar a los demás. Hay una zona alta, prohibida a las mujeres. Aprovecho mi privilegio y veo la puesta de sol desde ese lugar, donde algunos rezan. El poniente hace refulgir la gran estupa dorada. Muchos budas tienen luces de feria. Al caer la noche volvemos a las cercanías del hotel y paseamos por ese barrio, lleno de puestos, bares y tiendas diversas. Junto a la Sule Pagoda hay una mezquita. Todo parece muy tolerante. Sin embargo, tenemos un mosqueo porque intentan abrirnos las mochilas sin conseguir mangarnos nada. Visitamos el famoso hotel Strand, a la orilla del río. Es muy lujoso, pero los precios nos echan: 7$ un café cuando hemos comido muy a gusto por menos de 2$ por cabeza. Cenamos en un chino. El ojo de Javi sigue dándole problemas. No sabe si abandonar

3 feb 2005 Contratamos el viaje

Mercado callejero de Yangon

Javi ha decidido continuar. Así que, mañana de agencias. Al final contratamos con Adventure Myanmar que nos ofrecen 15 días con vuelos, -por supuesto, no en Myanmar airlines porque son del gobierno-, crucero, paseos en barca, hoteles y furgoneta por 450$/persona. En algunos puestos callejeros ofrecen "paan" (betel). Lo pruebo. Por 200 Kiats me preparan trocitos de nuez con cal y muchas especias envueltos en hojas. Durante un buen rato rumio el preparado, pero no experimento ningún efecto apreciable. Hemos vuelto a cambiar y necesitamos una bolsa para guardar 180000 kt en billetes de 1000 y 500. No existen billetes más grandes, ni tampoco monedas. Los billetes menores de 100 kt no sirven para nada, aunque existen hasta de 1 kt. Guardo uno de éstos de recuerdo. Tomamos un té callejero sentados en sillas de juguete. Se ríen de nosotros porque bebemos el té chino que hay en las mesas. Eso es un presente, algo así como un vaso de sifón cuando se toma un café. Al fin nos traen la consumición que es un té de polvos con sabor a natillas. Cenamos en un japonés. Por la calle corren las ratas con tranquilidad.

4 feb 2005 Llegamos a Mandalay

Monjes del monasterio de  Amarapura

Otro madrugón y al aeropuerto en unos taxis que no pasarían la ITV, pero llegamos. Volamos en un ATR. En el aeropuerto de Mandalay nos recoge el Nyi Nyi de turno. Así se llama el chófer. Es un nombre que se repite mucho. De hecho todos los nombres parecen repetirse, y comienza la excursión por pagodalandia.

Primero nos llevan al monasterio de Amarapura. Es como un pequeño pueblo por el que caminamos mientras los monjes se dedican a sus cosas: unos se lavan, otros limpian, algunos estudian. Nos perdemos entre los edificios fotografiando estatuas de buda, monjes o indescifrables inscripciones. Un mendigo me ofrece un collar de flores, le doy algunos kts y me lo cuelgo cual collar hawaiano. Meto la pata porque era una ofrenda para buda, pero no se ofenden. Victoria disfruta porque sirve la comida a los monjes.

Desayuno en Amarapura

Luego nos llevan a Sagaing, una pagoda más. En la furgoneta, además del chófer va otro individuo cuyo cometido es colocar un escalón cada vez que subimos o bajamos y darnos unas toallitas de papel para limpiarnos los pies, que se ponen negros en cada visita a los templos. Comemos en un restaurante modesto con un dueño que grita un inglés casi ininteligible. Pese a sus gritos es un tipo amable y la comida es buena y barata. Tenemos una discusión con el chófer porque pretende que paguemos extra la subida a otra pagoda. El minibús que nos transporta no puede subir por el camino estrecho y empinado, y debemos cambiar a otro vehículo: una camioneta con banquillos en la caja. Hacemos que llame a la agencia y se arregla en entuerto. Ellos pagan la camioneta. Así que vemos otra pagoda.

Puente de teka. Mandalay

Después nos llevan a Ava. Aquí subimos a unos carritos de caballos para llegar hasta la pagoda correspondiente. El camino es de piedras y tierra. El traqueteo nos hace temer la caída de las retinas porque se caen hasta las pestañas. Acabamos viendo la puesta de sol desde el puente de teca más largo del mundo Llega el aroma de guisos en chiringuitos cercanos.

Por fin nos llevan al hotel que está bastante bien. Cenamos enfrente en una barbacoa.

 

5 feb 2005 Paseo en barco por el Irawadi

Vista del rio Irawady. Mandalay

Hoy nos toca un paseo por el río en un pequeño barco sólo para nosotros. Es una delicia contemplar el paisaje mientras navegamos por los meandros entre bancos de arena que llegan a constituir efímeras islas. Cada crecida cambia la disposición del río, por eso hay especialistas para cada tramo. Trenes de barcazas, transportan madera y otros materiales. Otros barcos se cruzan sondeando el fondo. El objetivo es otro monasterio, el de Mingun.. Esta vez se trata de ruinas, porque fue destruido por un terremoto. Trepamos entre las ruinas evitando ofertas de souvenirs. Desde arriba se contemplan más pagodas y la grandeza del Irawadi con Mandalay en la otra orilla. Al volver al barco, las vendedoras de artesanías vuelven a atacarnos. Compramos algunas cosas y regalamos algunas chucherías. Es costumbre intercambiar presentes. Claro que eso se convierte en un agobio de criaturas solicitando "a present". Cuando Martina intenta cumplir el ritual y regalar algunos pintalabios, las mujeres enloquecen y le arrabatan todas las reservas de mala manera. Huimos al barco y nos relajamos con el aperitivo que nos ofrecen: unas tortitas de maíz fritas.

Cuando llegamos a Mandalay, escogemos para comer un lujoso restaurante a la orilla del río. Acertamos: la comida es excelente, el servicio exagerado, mientras comemos agitan grandes abanicos sobre nuestras cabezas para espantar las moscas. El precio no alcanza los 3$ por cabeza y eso que en nuestras comidas casi siempre cuesta más la cerveza que los platos. El sitio, muy recomendable, se llama: Ayeyarwadi Scene Restaurant.

La nomenclatura es confusa, tanto por la traducción fonética al inglés, variable según el autor, como por los cambios de nombre decretados por el gobierno que ha impuesto el birmano en todo el país, aunque hay estados con "minorías" que hablan otras lenguas.

Sunset en Mandalay Hill

Por la tarde buscamos un masajista que nos habían aconsejado. En realidad es una consulta médica. Martina se queda para un masaje y los demás nos damos un paseo por las polvorientas calles.

Disfrutamos la puesta de sol en la pagoda que hay en la colina Mandalay. Los monjes pegan la hebra en cuanto les dejas. Mientras contemplamos la caída del disco rojo en el horizonte y los diferentes brumosos planos que comunican magia al paisaje, aprendemos más birmano: Mayday, chayday, kayday es algo así como cojonudo. Al bajar, coincidimos con una pareja chilena, que hace el mismo recorrido que nosotros.

6 feb 2005 Excursión a Pyin Oo Lwin.

Nos han cambiado la furgoneta y el chófer. El de ahora se llama San. U- San, porque los nombres de esta gente cambian con la edad y condición. El principio U corresponde a la más alta dignidad.

Bhuda pensando en verde

Comenzamos visitando un taller donde hacen panes de oro. En una habitación cerrada para evitar que se vuelen, pues son tan sutiles que flotan en el aire, unas mujeres empaquetan en celofán pequeñas laminillas de pan de oro. Al otro lado del patio están los batidores, con grandes mazos de madera golpean unos envoltorios de cuero. Dentro están las láminas de oro extendiéndose y adelgazando con cada mazazo. Nos informan que llegar al tamaño de venta, lleva dos meses. No indago cuanto es la jornada pero me cuesta imaginar como puede soportarse la vida de batidor..

Luego visitamos una gran pagoda, donde una muchedumbre anda pegando panes de oro en una estatua de Buda.

Telas en mercado de Pyin Oo Lwin

Recorremos una carretera de montaña, o algo que la insinúa, un camino de tierra con algunas manchas de asfalto, entre carretas tiradas por cebúes, camiones renqueantes, bicicletas, o rancheras con multitud de pasajeros arracimados entre bultos inverosímiles. El nuevo chófer, apenas entiende inglés pero contesta a todo con "yes" y una encantadora sonrisa.

En Pyin Oo Lwin, rodeado por cuarteles, nos lleva al mercado. Allí, Javi y yo decidimos ponernos unos parches en nuestros maltrechos ojos y acordamos con un sastre que nos los confeccione. Mientras, San nos lleva a otro templo que está en una cueva. Es un lugar de excursión para los nativos, con mucho chiringuito para comer y un riachuelo donde algunos chapotean. La cueva está llena de figuras de buda, entre estalactitas y bombillas de colores, el suelo resbaladizo, las gafas empañadas impiden que disfrutemos el lugar. Después de la cueva, paramos en una cascada y caminamos un ratito por las orillas del río cruzando precarios puentes de bambú. Hay mucho dominguero local.

Jardinera del National Kandawgyi Gardens

Volvemos a la ciudad y recogemos nuestros parches en la sastrería. Todos los mercaderes nos miran curiosos. No parece que entiendan la causa de nuestro pedido. Quizá se ponga de moda en adelante ofrecer parches para los ojos de los turistas.

Luego San nos lleva a los "National Kandawgyi Gardens, un espléndido parque jardín botánico presidido por una alta torre cilíndrica de teca. Paseamos hasta la puesta de sol. Hay un estanque con un gran chorro que se dispersa en forma de cortina al caer. Cuando los rayos de sol atraviesan la cortina de agua se descomponen formando el Arco Iris. El lugar se llama Rainbow Garden, claro.

A la vuelta, San nos invita a tomar un té.

7 febrero 2005. Crucero por el Irawadi

El oro del Irawady o las ventajas de madrugar

Salimos de madrugada para tomar el barco de Bagan. La cubierta "noble" sólo es para turistas. En la puerta de los servicios un letrero advierte: "Foreing people only". Hace frío. Desayunamos en el bar del barco. Intentamos dormitar en las butacas, pero al poco comienza a insinuarse el amanecer y salimos a la cubierta para contemplar la película. El sol da mucho juego en Birmania, cada ocaso y cada orto siendo lo mismo, son diferentes. Con las pagodas sucede algo parecido. Es un rollo muy bonito. Mientras fotografiamos barcas y pagodas a contraluz, o conseguimos la silueta de un pescador en el reflejo dorado que proporciona ahora el río, los pensamientos se sosiegan y relativizan. Aunque reconozco mi insignificancia en este espectáculo, la naturaleza, me siento parte del mismo y sobre todo lo disfruto sin más, como placer estético. En fin, que viendo cosas así se consuela uno del absurdo de la vida.

Venta a bordo. Irawady

La travesía dura diez horas y media. A veces, el barco hace paradas sorprendentes. Se emproa a una orilla arenosa, hasta que, sin encallar, alcanzan tierra con un largo tablón. Entonces, uno de los marineros, desciende ágil por tan precaria superficie y sujeta en su mano una caña de bambú a modo de barandilla para facilitar la subida a un pasajero. Desde la orilla, mujeres y niños intentan vender y pedir. Alguien les lanza caramelos.

Existen islas flotantes en el río. Están formadas por un cúmulo de plantas y otros sedimentos. Algunas son tan grandes, que están habitadas. Supongo que no recibirán correo.

Llegamos a Bagan y sorpresa: nos espera San. Después de dejarnos en el barco hizo el camino por "carretera" para recogernos. Se encarga de los controles policíacos y nos transporta hasta el hotel Thante que está muy bien: bungalows, piscina, aire acondicionado...

Paseamos por el pueblo todo de tierra con mucho polvo y cenamos mal en una barbacoa que se llama Memo.

8 febrero 2005 Bagan

Mercado de Bagan y pintura para guiris

Visitamos el mercado de Bagan y hacemos algunas compras. El agobio de siempre: oferta insistente, regateos, niñas pidiendo regalos. El rótulo de un puesto pone BoBo. Así que en este pueblo hay al menos un memo y un bobo. Seguro que San no entendería el chiste. Nos escapamos del mercado tan pronto como podemos. Y hale, a visitar pagodas. Bagan, está lleno. Unas funcionan, otras están en ruinas, pero parece que las produjera la tierra como si fueran plantas.

Comemos en un sitio poco recomendable: el Green Elephant. El lugar, a la orilla del río, es bonito pero la comida es mala y muy cara, casi 7$ por persona.

Bagan. Recogida del rebaño

Hacemos una siestecilla y más pagodas. Subimos a la más alta para ver la puesta de sol. Desde allí dominamos toda la llanura sembrada de pagodas. Algunos carros y un rebaño de cabras cruzan bajo nosotros, levantando nubes de polvo que se convierten en brillantes transparencias con los rayos del sol cada vez más gordo y rojo.

Un grupo de monjes posa para los turistas que estamos allí.

Hoy conseguimos cenar bien y barato. Disfruto del picante.

9 de febrero 2005 hacia Kalaw

Bagan a Kalaw. Molino de aceite

Otra vez madrugón y paliza de coche. Parada en medio del campo para ver industria de palma. Nos enseñan el molino para hacer aceite, que es una piedra cónica que gira arrastrada por un cebú, como en las norias. Nos hacen una demostración de trepa a la palma para sangrar los frutos. Luego destilan el jugo fermentado y consiguen un aguardiente, que llaman vino de palma. Nos invitan a té, cacahuetes y aguardiente. También nos enseñan la pasta que hacen frotando los troncos jóvenes para untarse contra el solPopa. Que monada, aunque yo creo que más bien es una forma de decoración. Tras muchas risas y sonrisas nos regalan unas cestitas con productos típicos. Compramos una botella de vino de palma. De camino visitamos la pagoda del monte Popa. Hay que subir tropecientos mil escalones. Hay muchos monos pequeños. Consigo enrollarme con ellos dándoles cacahuetes.

Comida asquerosa en el camino. San no sabe de restaurantes. Horas y horas por caminos polvorientos. Llegamos con tierra hasta en los más recónditos pliegues. Es el día que más agradezco llegar a un hotel y darme una buena ducha.

Cenamos en el 7 sisters, que también se llama chez Lulú. La comida es excelente y variada: india, china, birmana. Aunque no hay precios en la carta no abusan algo menos de 3$ cada uno.

10 febrero 2005 Treking

Comenzamos con la inevitable visita al mercado. Unas cuantas fotos y nos vamos. Mientras esperamos que aparezcan Martina y Oscar, San nos invita a un café. El café casiSufrido treking Mercado de Kalawsiempre son polvos solubles azucarados, todo en uno. Si tienes prisa te echas los polvos en la boca y tomas un café del tiempo y concentrado. Pero no es el caso. Junto con el café, nos ofrecen unas piezas de masa frita que parecen porras. Pruebo una y son porras como las de Madrid aunque aquí estén fritas por piezas. Mejor así siempre toca extremo. Viajamos un par de horas en la furgoneta. Se ven sembrados de trigo. Aunque las carreteras son penosas, frecuentemente hay que parar para pagar peaje. Llegamos a un pueblo, en la orilla de un lago. Contactamos con el guía para el treking. Es un chico joven y afable. También vienen un porteador y un cocinero. Se ha hecho tarde, cerca del mediodía y subimos los primeros repechos en la furgoneta. Cuando el camino se estrecha suficiente comenzamos la marcha a pie. La pendiente es muy fuerte, el sol cae a plomo. Enseguida, Victoria y yo quedamos sin resuello. Una vez más nos proponemos adelgazar y dejar de fumar, aunque yo sé que mejor dejaremos de subir cuestas. Durante un rato coincidimos con un rebaño de cebús, que poco a poco nos supera. Me pasa por la cabeza agarrarme al rabo de alguna de las vacas para que me remolque, pero no parecen dispuestas. Mucho después, en algún momento, cuando parece que ya no queda fuerza para dar un paso más, paramos en una casa para comer. Es una casa con terrazas. Me dejo caer en una hamaca. Estoy empapado, es agradable sentir la brisa en la sombra. Por el camino hemos pasado plantaciones de té. Ahora vemos todo lo que hemos subido. Y, aún queda.

Pindaya

En una esquina de la terraza hay un granulado negro sobre unos sacos secándose al sol. Enciendo un cigarro y me dicen que no fume allí. Podemos hacerlo dentro, sin embargo. Cavilo las razones y supongo que temen que queme el monte. Subimos al comedor, que es una sala amplia con mesa baja y alfombrillas. Nos dan la inevitable sopa y arroz con pollo. Está francamente bueno. Aquí se está de maravilla, pero debemos seguir al monasterio. Ahora hace fresco a la sombra. Mierda! Perdí el polar en la subida. Descarto volver a buscarlo, pero el guía lo hace y al rato aparece con mi polar. Mientras, nos han demostrado que aquel granulado negro era pólvora. Por eso no debíamos fumar en la terraza.

Continuamos subiendo. Ahora es más llevadero, el sol ya no es tan fuerte y las pendientes son menos inclinadas. El guía nos ha improvisado unos bastones de bambú maravillosos. Cruzamos una loma y al otro lado aparece un pueblo en el fondo del valle. Es nuestro próximo destino y cuesta abajo. Creo que sobreviviré. Bajo silbando. En el pueblo nos reciben la chiquillería. Están sucios Niños de la aldeay harapientos, nosotros también, pero se les ve lustrosos y simpáticos. Mingalabar! Repetimos y repartimos piruletas entre los críos. Sonríen aunque no nos entiendan. Aquí hablan otro idioma el saludo es "tata". Parece que imitamos el ruido de una ametralladora. Una corta subida y llegamos al monasterio que consta de varias edificaciones. Niños monjes, transportan troncos de un lado para otro. El guía nos explica el protocolo. Primero, debemos saludar al monje jefe. Así que nos descalzamos y subimos al piso alto de la edificación más grande, un pabellón de dos pisos con porches. Entramos a un gran salón donde hay más gente sentada en alfombrillas frente al monje. Nos invitan a té. Intercambiamos saludos. Rótulos y fotografías recuerdan a los benefactores del monasterio.

Aunque el niño se vista de monje ...

Luego pasamos a instalarnos. Vamos al pabellón contiguo. Entremedias, cálzate y descálzate de nuevo. El piso alto es una gran sala con un altar a Buda. Nos han preparado cinco jergones en el suelo y hay gran profusión de mantas. Somos los únicos invitados.

Me voy para ayudar a los críos monjes. Se ríen mucho, pero después de transportar un tronco no me dejan hacer más. Ellos acarrean agua en bidones. El monasterio sólo tiene al monje jefe que se llama U-Sákara y 5 aprendices. En algún momento aparece un balón y los pequeños monjes se ponen a patearlo con aplicación pero poco acierto. Damos un paseo hasta el pueblo. La gente nos enseña sus casas, están construidas sobre pilotes de teca y son fundamentalmente de bambú. Está anocheciendo. Ahora cae un relente bastante fresco. Cuando regresamos al monasterio U-Sákara está en el patio. Charlamos un rato. Pero el pobre sólo lleva la túnica y tiene frío. Pidiendo disculpas se retira. Nos preparan la cena en otra edificación análoga a las casas del pueblo. El cocinero es un artista. Además de la sabrosa sopa, tenemos un estofado de vaca o cebú maravilloso.

Nos vamos a nuestro dormitorio después de pasar por las letrinas. Infinitas estrellas refulgen en el cielo negro. Todos coincidimos en que nunca vimos tantas juntas. Es como estar dentro de una joya. Estoy muy cansado y enseguida me duermo.

11 febrero 2005. Incendio en el monasterio

Tras una ardiente noche ...

Al poco rato de dormirme me despierta la conversación y los pasos de los colegas. Hay un resplandor rojizo, que no parece amanecer. Se está quemando el monte. Frente a nuestras ventanas crepita un incendio voraz. Javi sale para avisar los habitantes de las casas más próximas al bosque. Yo salgo para buscar a nuestro guía por si hay que huir. Los dos fracasamos. Nadie nos hace caso. Hace frío y el fuego parece que remite, vuelvo a dormirme. Cuando amanece, antes de que llegue el sol, nos levantamos. Nuestro guía nos espera para darnos el desayuno, pero debemos esperar a que termine U-Sakara. El rocío se ha helado. Nos ponen el desayuno en la terraza del edificio principal, donde dan los primeros rayos de sol. Mientras los disfrutamos, debemos esquivar las numerosas goteras que han aparecido al derretirse el hielo de la techumbre

La despedida de O'Sakara

Comentamos del incendio. No le dan importancia. Al parecer, queman los montes para plantar después.

Nos despedimos del amable U-Sákara, hacemos el donativo correspondiente y nos ofrece un libro para que escribamos. Le pongo: "La ciencia es como buscar un gato negro en una habitación a oscuras. La filosofía es como buscar un gato negro, que no está, en una habitación oscura. La religión es buscar el gato negro, que no está, en la habitación oscura y decir: lo atrapé"

Realizamos el descenso por un camino diferente. Con diestros golpes de machete nos proporcionan nuevos bastones de bambú. Muchas horas después llegamos a Pindaya, el pueblo a la orilla del lago. Allí nos espera San con la furgoneta. Está quedado con Victoria y en la inevitable visita al mercado local le regala un gorro.

Nos lleva en la furgoneta hasta Inle, la zona más turística de Birmania. En el hotel nos reciben con toallitas perfumadas y zumo. También es un hotel de bungalows. Por 5$ vienen a darnos una hora de masaje a la habitación. No es como el tailandés, pero siempre se agradece un sobo cuando tienes el cuerpo molido. Cuando salimos, cenamos cerca del hotel en un restaurante de cocina italiana. Un fracaso. Encontramos un cyber con conexión a Malasia y acceso a hotmail. Aprovechamos para comunicarnos con familiares y amigos.

12 de febrero 2005. Inle

Pescadores del lago Inle

Aunque es el año nuevo chino no vemos ninguna celebración. El gobierno ha puesto la fiesta nacional este mismo día, quizá como astuta maniobra. Pero no celebran nada. Preguntamos y nos aclaran que celebran las fiestas locales.

Nos embarcamos en una canoa sentados en fila y nos llevan a recorrer el lago. Hace frío y no lo hemos previsto. Nos cruzamos con muchas embarcaciones. Algunos aborígenes reman de una forma harto original. De pie en la proa, haciendo equilibrio en una sola pierna, impulsan el remo con la otra. No parece muy práctico, ya que nunca sacan el remo del agua, pero ellos sabrán.

Tejedora entradita en años. Inle

En las orillas hay pueblos lacustres que visitamos. Se aparcan las canoas junto a las escaleras y se sube a las casas. Visitamos talleres de artesanía donde hilan y tejen la fibra del loto, joyeros, tabaqueros y una forja, lo más interesante para mí. Victoria me regala un cuchillo. Visitamos sólo una pagoda. Veo que San realiza ofrendas, pegando pan de oro en unos bultos que hay en un altar.

Cuando desembarcamos en Inle alquilamos unas bicis y nos vamos de paseo por la orilla del lago. Llegamos a una pagoda o monasterio ruinoso. Miramos la puesta de sol y nos vamos corriendo porque estamos entre una nube de mosquitos. En una parada la bici se cae y me chafa un dedo del pie. No parece grave.

Cenamos en un chino que habla algo de español. Quedamos en volver la noche siguiente para comer pato, menú especial. Todo parece maravilloso pero cuando volvemos hacia el hotel aparece el chino del restaurante porque revisó la cuenta y nos había cobrado una cerveza de menos. Vale, pero ahora pretende un adelanto por la cena del día siguiente. Le mandamos al carajo.

Nos aprovisionamos de tabaco y chucherías en un súper. También compramos varios paquetes de bastoncillos para los oídos de diferentes colores. Nos servirán de fichas para jugar al póker en la habitación.

13 febrero 2005 El monasterio de los gatos.

El monasterio de los gatos saltarines Mercadp flotante. Inle

Comenzamos con un paseo en canoa por el lago como ayer. Hoy vamos a un mercado flotante. En realidad es algo sólo para guiris. Nos abordan aunque vamos a toda marcha. Procuramos irnos rápido, aunque es difícil huir entre tanta barca. Cuando lo conseguimos nos llevan por unos canales sin tráfico. Pasamos entre búfalos que están bañando y llegamos a un conglomerado de tiendas y restaurantes que significan el camino un lugar lleno de estupas ruinosas. Lo recorremos. Nos ofrecen visitar a las mujeres jirafas. Nos negamos y paseamos entre las stupas tomadas por la selva. Parece una peli de Indiana Jones.

A la vuelta nos paran en un monasterio en medio del lago. Subimos. Hay muchos gatos. Como otras veces, nos invitan a té. Cuando somos un grupo más o menos numeroso, un monje coge a los gatos y les hace saltar por un aro. Curiosa devoción.

Alquilamos bicis, pero parece que tienen las ruedas cuadradas, tenemos que efectuar varios cambios antes de acoplarnos. Termino sobre una bici infantil, pero al menos anda. El pato del chino casi no podía comerse de correoso y flaco que estaba.

Repetimos partida de póker.

14 de febrero 2005 Kakku

San nos lleva a Kakku. Allí nos vuelve a controlar la policía y nos imponen una guía nativa. I I, una jovencita encantadora que habla buen inglés inteligible. Este estado está dominado por una minoría étnica, los pool, que mantiene cierta autonomía. Estuvieron en guerra hasta hace poco pero de eso no hablan. I I. Kalak sería otra cosa sin ellaComo siempre visitamos una pagoda. Esta vez guiados por I I que nos explica el origen de su pueblo. Al parecer un dragón, supongo que hembra, tuvo deseo de unirse con un hombre. Un mago le pudo convertir en mujer por algún tiempo y con el mismo mago engendró un huevo, que puso nuevamente metarmofoseada en dragón. De ese huevo salió el pueblo Pohol. Por eso, llevan una toalla enrollada en la cabeza, como cresta de dragón. Desde luego comparados con otros pueblos elegidos, los pool no parecen muy pretenciosos.

Me entero del ritual de las campanas que hay por todas las pagodas al alcance de cualquiera. Deben golpearse tres veces para hacer partícipes a los otros de nuestra felicidad. Siempre hay alguien que toca las campanas. Aprovecho.

San está celoso con la guía y anda enfuruñado. Cuando decidimos comer donde dice I I, en lugar de irnos fuera de ese pueblo se pone mohino.

Estamos en zona rural. Parece mejor cuidada que otros lugares. Hay grandes ajares. El ajo es de Kakku es famoso..

Visitamos la casa de un lugareño. Por supuesto nos invita a un té. Es, como tantas otras, una construcción muy ligera sobre pilotes de teca, techo de palma y paredes de caña entrelazada. Se levantan de una sentada con ayuda de los vecinos. Le estiman una duración de 10 años.

San en Bagan

Es maravilloso ver reír a I I y Oscar lo consigue con frecuencia. Hablando de supersticiones, nos enteramos que los pool suben una piedra al coche cuando viajan nueve, número de mala suerte. La piedra es el décimo pasajero.

Volvemos a Inle. Ahora, San está más eufórico. Vuelve a invitarnos a un café con ricos pastelillos. Busca y rebusca por el pueblo a un hermano que no encuentra. Sensación de fin de viaje. San está desolado porque tiene que dejarnos. Quiere llevarnos al día siguiente al aeropuerto, pero eso no está incluido y la agencia le manda de vuelta a Mandalay. Nos propone encontrarnos fuera del pueblo pero preferimos no comprometerle y contratar unos taxis. Está tan desolado que por fin accede a cenar con nosotros. Le regalamos un diploma al mejor "driver" de Birmania que confeccionamos en un cyber. Casi llora. Prometemos enviarle las otras fotos.

Esta noche hay fiesta en el hotel. Unos saltimbanquis ejecutan danzas y juegos con fuego y dragones. Al final de la función pasan la gorra. Me dan pena.

15 febrero 2005 El regreso

Monjas por las calles de Yangon

Volamos otra vez a Yangoon. Pero no bajamos hasta el centro. Tomamos una pequeña camioneta con bancos y decidimos acercarnos a un maravilloso lago que aparece en los mapas. Pero los mapas son engañosos y tenemos que caminar bajo sol tropical de mediodía durante mucho tiempo. Para llegar a la orilla hay que atravesar una zona muy amplia de cuarteles y casas de militares, para terminar en un hotel de superlujo. Todo el lago es propiedad privada. Las chicas aprovechan los servicios de lujo y volvemos a la civilización. Comemos bien y con aire acondicionado, tras caminar otra vez bajo el sol.

Luego volvemos a encontrarnos con la misma camioneta y nos vamos al hotel que hay junto al aeropuerto. Indagamos precios por si nos toca hacer noche y esperamos la hora del vuelo a Bangkok, jugando a las cartas en la terraza del hotel.

Al final conseguimos plaza y llegamos de nuevo al New Siam II para pasar la noche.

Paseíto por el barrio y a dormir.

16 febrero 2005 Conclusiones

Los malencarados guardianes del Wat Po

Se acabó el viaje. Mañana de compras. Comida a la orilla del río. Último masaje y horas de avión. Más de mil fotos y varias horas de vídeo para torturar a los amigos cuando volvamos.

Sé que hemos tenido una visión muy parcial pero me llama la atención la delicadeza y ascetismo de los birmanos que hemos conocido en contraste con un pueblo guerrero desde siempre, contra las "minorías" étnicas, contra los ingleses, contra los indios, contra los japoneses, contra los chinos, contra el gobierno militar que, al parecer, ejerce una represión feroz.

Probablemente es el país más pobre que he visitado. Sin embargo, parecen felices. Se juntan sin esfuerzo los oficios artesanales con el mundo moderno. Carretas de bueyes comparten camino con autocares. Antenas parabólicas en chozas de bambú. Grandes estatuas de Buda cubiertas de oro y sueldos mensuales de 50$.

Es un viaje recomendable. Supongo que mejor en la estación seca. Se traga mucho polvo, pero imaginar todo eso convertido en lodo y con mosquitos lo pinta peor.

Manolo Pino
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