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            Cuaderno III

                  A golpes de luz

 

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El día 28 de febrero, dos horas antes de salir hacia el aeropuerto, sufría el segundo desgarro retinal en poco más de 1 mes. Las amplias salas del aeropuerto se vieron sustituidas por las del hospital Son Llatzer y las punzadas nerviosas de las listas de espera fueron suplantadas por aquellas del láser que, eficaz y obstinado, incidía 190 veces sobre mi ojo maltrecho.

No pretendo hacer un parte médico sobre mi precaria vista, lo que quiero es enmarcar una circunstancia que tuvo una gran incidencia en los primeros días del viaje y que, de algún modo, estuvo siempre presente

Nunca he reflexionado seriamente en los elementos que dan entidad a los viajes. No solo hablo de las sensaciones que te invaden mientras vives lo que luego, quizá desdibujado, recuerdas, si no, precisamente, de la intensidad de esos recuerdos, de la profundidad de los surcos del grabado que dejan en la memoria. Como algunas pelis, la lectura de un libro y un largo etcétera cuya huella se acrecienta con la estela que dejan tras de si.

Aparte de ser un incondicional de Asia, de sus gentes (que se joda Malraux), las circunstancias que precedieron la partida a Myanmar, la indecisión en continuar o abandonar, la armonía entre nosotros, la paulatina superación de los temores iniciales y, cómo negarlo, el magnífico trato del que hemos sido objeto, han hecho de éste un viaje especial y, para no pecar de falsa modestia, he de confesar que, creo, queda reflejado en las imágenes que nos han acompañado a la vuelta.

En lugar de "a golpes de luz" quizá debería haberlo llamado "ansia de luz", pero esta entrañable amiga, arquitecta genial de lo que veo, también me puso en mi sitio cuando al presentarse en toda su rotundidad y con sus mejores galas en Bangkok, me hizo darme cuenta del alcance del deterioro del ojo, no estar seguro de que se hubiera dado solución (al menos de momento) al desgarro y dudar si era cuerdo y razonable el continuar con un viaje que se presentaba duro e incomodo por la precariedad del estado de los caminos que pensábamos recorrer. En aquellos momentos y en algunos de los días que se sucedieron, la luz me agredía, se me hacía difícil mantener los ojos abiertos y el conjunto de abalorios del que me doté para paliar la luminosidad (gafas, gorra) hacían que tomar una foto fuera un trabajo dificultoso y artesanal, a pesar de la magnífica ayuda que suponen los medios técnicos para quien no dispone de herramientas personales afiladas. Es la exquisita distinción entre la capacidad para ver y aquella necesaria para mirar.

Los primeros días, nada más despertar, comenzaba con una evaluación del estado de los ojos. Sin gafas, con una visión de luz y de colores difuminados, informes, apreciaba aliviado que no era el negro lo que dominaba (temor confesado) y tras este respiro, iniciaba una sucesión histérica de guiños, para determinar si era mayor el deterioro. A medida que fueron pasando los días me fui sintiendo más seguro pero no estando todavía acostumbrado al estado de las cosas, a mi "recién adquirida" nueva forma de no ver, era mayor el ansia de mirar y de intentar captar lo que contenía la mirada. Todo ello jalonado por la extraordinaria facilidad que sus gentes dan para tomar imágenes que, no solo no rehuyen, si no que les agrada (en la mayor parte de los casos) que les fotografíen. Cuanto me gustaba observar sus amplias sonrisas, su sorpresa, al mostrales las fotos recién tomadas.

Mi intención era ofrecer un cuaderno de viaje en el mismo formato que los de Manolo y Óscar, pero mientras afilo el cincel de la palabra, utilizo lo que tengo, es más seguro y no es poco. Como todos los inconstantes y muchos de los otros, son contadas las ocasiones en que acabo lo que empiezo y los relatos de viaje no son excepción si no rotunda regla. Me siento magníficamente representado en lo escrito por mis compañer@s y me vais a permitir, yo ya lo he hecho, que os cuente parte del viaje con mis fotos, a golpes de luz.

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