Una semana dominicana
Santo Domingo, la capital, toma el nombre del inventor del rosario. Ese repetitivo rezo de los católicos describe tres tipos de misterios: los dolorosos, los gozosos y los gloriosos. Luego, el nombre de la capital se extiende a toda la República como si ésta fuera una posesión de la capital.
Ni ha sido, ni es fácil la historia de esta nación. Aún siendo la primera colonia del Imperio, sufrió diferentes invasiones de franceses, ingleses, piratas y demás, mezclado con las guerras de independencia hasta llegar al momento actual de una isla partida entre Haití, la zona más pobre de influencia francesa; y la República Dominicana de influencia española.
Como isla del Caribe que es, ofrece las delicias de ese mar. Como “país en vías de desarrollo” ofrece una imagen caótica a casi todos los niveles. Grandes inversiones en complejos turísticos sin infraestructura adecuada. Una esquizofrénica búsqueda de identidad junto con la necesidad de huir a un “país desarrollado”, aunque sea pasando por Puerto Rico.
Si bien las cifras oficiales cifran el nivel de analfabetismo en un 20% ,la realidad demuestra tanto la incapacidad de la administración, como la desilusión de los titulados que también quieren irse.
Y comenzamos nuestro rosario volando al aeropuerto de las Américas. Alquilamos un auto y con relativa facilidad llegamos a nuestro destino en la zona colonial de Santo Domingo. La puesta de sol, las palmeras, el mar de postal, el calorcito dulcificado por la brisa.
Primer misterio gozoso: junto con los amigos que viven allí, cena y bailecito.
El grupo de amigos, que tratamos, trabajan en la capital. Casi todos son españoles, aunque también hay un periodista yanqui y un dominicano excepcional, lúcido, trabajador y honrado que asume las contradicciones de su país sin renegar de él; y que nos ayudó con la nobleza de los amigos.
De esa noche, sacamos buenos consejos. Nos enteramos que no se debe conducir de noche, que hay muchas zonas donde no es seguro ir, que lugares debemos visitar y la definición por excelencia de lo dominicano: el baile. Quien no sabe bailar no puede ser dominicano. También constatamos que los precios son europeos mientras que los salarios apenas llegan al 30%. La tasa de desempleo oficial es de un 15%. En consecuencia, la necesidad de sobresueldo genera una conducta que incluye la continua venta de favores, coimas y robos.
Segundo misterio gozoso: Playa de los Guayacanes.
A pocos kilómetros de la capital hacia el este, siguiendo la costa por la nacional 3, se llega a la playa de los Guayacanes. Es domingo y no hay mucho tráfico. Aún así, se tarda más de lo esperado. A los numerosos baches hay que sumar las frecuentes lomas construidas en el asfalto para evitar los excesos de velocidad. Les llaman policías tumbados. También hay algunos profundos valles construidos con el mismo fin. Deben ser policías secretos. Lo mejor es conducir tras otro vehículo que haga de lazarillo. Por lo demás, apenas se respeta ninguna regla de tráfico. A cambio, no suelen dar bronca por saltarse un stop o conducir contra sentido.
Otro consejo que recibimos es no parar, aunque la policía dé el alto, hasta llegar a algún lugar con testigos. Hoy nos llevan y no sufrimos ningún sobresalto.
Los Guayacanes es una playa popular. Palmeras hasta la orilla. Construcciones bajas de chiringuitos y pequeños hoteles. Algunos troncos gigantescos en la orilla recuerdan los últimos huracanes. La música suena por todo. La gente baila incluso en el agua. Luego, dejan a merced de las olas los vasos de plástico y las bolsas de patatilla sin que nadie proteste. Comemos decentemente en un chiringuito y empezamos a disfrutar otro gozo caribeño: los zumos y batidos. Después de probar casi todas las ofertas me quedo con el de naranja y piña y con el de fruta de la pasión, chinola le llaman aquí.
Antes de que se ponga el sol y lleguen los jejenes volvemos a la capital. Cenamos en casa de unos amigos. Es uno de esos bloques de buenas viviendas tras rejas guardadas por tipos de seguridad exhibicionistamente armados. Los seguretas también quieren irse.
Tercer misterio gozoso: La Playa de las Salinas.
Hoy vamos hacia el oeste por la nacional 2 hasta Bani. Por el camino atravesamos pueblos en fiestas, con desfiles y atascos. Es la Fiesta Nacional que conmemora el 27 de febrero de 1844, cuando la República Dominicana se independizó de Haití.
Luego seguimos un camino de arena hacia Punta Salinas hasta que se hace tan estrecho que no caben los coches. Antes hemos cargado chucherías, agua, cerveza, hielo y todas esas cosas tan molestas de llevar ahora, como sombrillas, bolsas llenas de toallas, etc.
Atravesamos a pie enjuto las salinas. El sol cae con muchísimo fundamento. Afortunadamente vamos por una zona seca y todavía no atacan los mosquitos. Nos avisan que antes de las cuatro debemos irnos para que no nos coman. Llegamos a la playa. ¡Guau!. Nadie. El agua turquesa está llamando. Mientras caminamos por la orilla hacia la punta, cuesta elegir la caracola preferida entre tantas. Está lleno. A unos metros de la orilla afloran unas rocas. Es una barrera de coral. Dejamos la impedimenta en un matojo y al agua a mirar. Me acuerdo de mi hija, que vio en Disney a Minnie de “verdad” porque yo veo a Nemo de verdad. A muchos Nemos. Y otros, parecidos a las “doncellas” de mi mar, alargados y de colorines. El fondo como en las pelis: corales púrpura en forma de hoja, tubos amarillos, bulbos rojos. Una pequeña inmersión bajo una roca y salen manadas de peces de colores, de diferentes formas y tamaños, unos parecen despavoridos, otros se van con más orden y calma, Algunos permanecen aún. Distingo caracolas, pero las dejo porque tienen bicho vivo.
Salgo a contarlo y aprovecho para beberme una cerveza fría. Nos hacemos fotos imitando el baño de los nativos: de pie con el agua hasta la barriga, con parasol y tomando el aperitivo. Antes de irnos vuelvo a contemplar “mi” acuario. En el camino de vuelta recojo caracolas secas por la orilla.
Cuando llegamos a Santo Domingo comienza un misterio glorioso : El desfile de las Fuerzas Armadas. Gracias al “parqueo” particular de una amiga, que vive allí, podemos dejar el coche cerca del malecón. Las calles están atestadas, varias filas de gente contemplan el desfile. Soy alérgico a los fervores patrióticos. Pero, afortunadamente, esto es poco serio. Podemos abrirnos paso entre las filas de espectadores. Esperamos que terminen de pasar unos soldados con cierto uniforme, y cruzamos sin problema la calzada antes que lleguen los siguientes, que van de camuflaje y como corriendo aunque despacio, algunos llevan ramajes y todo. Se han puesto tiznones blancos y verdes en sus negras caras que brillan sudorosas. Huyo sin motivo porque muchos otros aguantan haciendo fotos hasta que los tienen encima.
Al otro lado de la calzada, sobre las rocas del malecón hay un bar-restaurante. Conseguimos una mesa en la terraza sobre las olas que balancean por toda la orilla cientos de envases plásticos. Situación privilegiada para cenar mientras vemos algunos barcos grises que también forman parte del desfile. De vez en cuando se mueven. También pasan repetidamente grupos de aviones y helicópteros que forman parte del desfile. Un clamor nos hace asomarnos del lado de la parada. Es que pasan unos policías de tráfico haciendo piruetas en las motos. Rememoro imágenes del NODO (Noticiario Cinematográfico Obligatorio en la dictadura franquista). Y llega el número fuerte. Caen del cielo soldados en parapente. Ninguno cayó al agua. Dejaron de pasar los barcos y los aviones. Terminamos de cenar mal y caro. Eso sí, aprendí un guiso local: el mofongo. Mezcla, con consistencia de puré grosero, de plátano frito con chicharrones de cerdo y aderezo conveniente. Un poco duro, pero sugerente. También nos dan buenos consejos sobre la excursión que emprenderemos mañana a la península de Samaná y hasta conseguimos reservar habitación gracias al esfuerzo de nuestra amiga.
Primer misterio doloroso: el auto destripado.
Antes de llegar a la calle, el casero de la finca ya nos avisa: “Le violaron el auto”. Efectivamente, el pequeño coche rojo parecía una lata de Coca-Cola pisoteada. Habían doblado las puertas hasta poderse colar, habían arrancado todo el frontal, incluido volante y relojitos. Luego habían vuelto a cerrar las puertas con seguro. O quizá nunca lo quitaron. Otros coches aparcados cerca presentaban el mismo aspecto. Al menos no era manía personal.
Llamada al rentacar. Habíamos pagado seguro a todo riesgo y sólo nos preocupaba que nos sustituyeran el vehículo para continuar nuestras cortas vacaciones. Primero debíamos realizar una denuncia en la policía. Enfrente del café donde desayunamos había una oficina de la policía turística. Por ahí comenzamos. Entramos en la oficina, y una chica guapa embutida en un uniforme azul que incluía un pistolón que le pasaba de la rodilla nos indicó dulcemente que debíamos ir a otro lugar. Una imagen de porno Cop vino a mi mente. Nos apuntó la dirección y nos indicó el camino a la fortaleza de Osama. Recorrimos la zona colonial y llegamos a lo que parecía la central de la policía turística (Politur). Una antigua fortaleza sobre la costa, rehabilitada. Allí nos asignaron un policía uniformado de azul para que nos acompañara a la policía de verdad, la de las denuncias. Tuvimos que esperar largo rato porque nuestro guía o vigilante tuvo que realizar diversas diligencias antes de emprender el camino. El agente Nelson lucía además un sombrero como de policía montada. Los ojos verdes le brillaban como si fuera un auténtico “Tigre”. Por el camino hablamos de la familia, de lo duro que es sacar los hijos adelante y, como no, varias insinuaciones de que soltáramos pasta. El sol iba subiendo y yo sudaba. Nunca he sabido llevar esas situaciones. Dímelo claro ¿qué quieres? Pero ya habíamos llegado a la central de policía.
Él explicó lo que nos llevaba al lugar. Y nos dejaron esperando. La comisaría era una sala destartalada con una puerta a la calle y otra enfrente a un oscuro interior que no conocí. A derecha e izquierda de la puerta había unas mesa metálicas grises abolladas y desconchadas. En una, un funcionario atendía a dos mujeres que denunciaban un robo. La otra mesa estaba vacía. A la derecha de la puerta que daba al interior se alineaban varias sillas metálicas grises desvencijadas contra la pared. En una, había un muchacho esposado por una muñeca a la silla. Cada mesa tenía una gran ventana abierta a la calle. En el quicio de la ventana se apoyaban, supongo, policías de paisano con grandes pistolones asomando por bolsillos y cinturones. El sol del mediodía nos sumía en un baño de sudor. El giro del ventilador que colgaba del techo sólo era perceptible por el ruido. Tuvimos que esperar largo rato. De vez en cuando salimos a la calle a fumar.
Mientras, escuchamos la declaración de las señoras de la otra mesa. Pertenecían a algún organismo oficial. Les habían vaciado la oficina: muebles y computadoras; sin forzar ninguna puerta. Eso son chorizos finos, pensé.
Uno de los polis que entraron se dirigió al muchacho esposado y le quitó las gafas de sol de marca, que, probablemente, antes había robado a un turista. El detenido, por supuesto, no protestó.
Nelson vuelve a insinuarme que pague para que me atiendan. En mi interior, llamo: “Cólera”. Monto y declaro que si no me atienden me voy a la Embajada pero que no suelto un peso. Al poco rato aparecen más polis. Uno evidentemente es el jefe. Parece pesar más de cien kilos, el cuello y la cabeza del mismo tamaño son más anchos que mis hombros. Un brazo suyo es más que yo entero. Dos pistolones se incrustan en su enorme barriga desde el cinturón. Lleva camiseta roja y luce un Rolex dorado como símbolo de poder. Analiza la situación y nos asigna a su brazo derecho junto con la mesa libre para que realicemos la denuncia. Su brazo derecho es lo mismo pero en tamaño normal. También tiene muchas cosas que hacer antes que atendernos. Al fin se sienta frente a nosotros con un cuaderno de renglones en peor estado que mis apuntes a final de curso y comenzamos un proceso que no hubiera dudado en calificar de alucinatorio, pero ni siquiera había bebido. Su boli no funciona. Le doy un boli que nunca más recuperé. Comienza por pedir documentos. Le doy el pasaporte. Lo mira con gesto experto y me pregunta nacionalidad. ¿Será una trampa o es que no sabe leer? De una forma caótica me pregunta cuantos hijos tengo, cuando nací... Le digo la matrícula del auto por si le interesa. Apunta y me pregunta profesión. Yo sé que no es fácil explicar mi profesión y suelo responder pensador o cosas parecidas. Pero no quiero darles ninguna oportunidad de encarcelarme y le digo la verdad: “Técnico de Operaciones Vuelo” El jefe ya nos abroncó por dejar el coche en la calle como si eso fuese el delito y no violarlo. Ante la estupefacción del funcionario que no es capaz de escribir nada, intento facilitárselo –Flight dispatcher- digo.
Hay más gente alrededor, alguien sugiere aviones. –Eso-, digo. El funcionario vuelve a escribir:”tecnicopel abiones”. Suda más que yo. Sin duda está haciendo un gran esfuerzo. Así que comienza a pedir pasta. -Deberíamos pagar a un escribiente- me dice. Yo, que no he bajado de “Cólera” le espeto:
Déjeme, yo lo escribo.
El tigre Nelson juzga que no hay nada que sacar y se marcha cansinamente.
Pero no hay donde: ni máquina ni ordenador. Su escrito es ilegible. No sabe separar las palabras, ni que debe escribir. Insiste en la coima. Insisto en la embajada. Da por terminada la denuncia. Yo exijo mi copia con la esperanza de conseguir una fotocopia del manuscrito, pero no es posible. Se va a consultar con el jefe. El jefe está dilucidando la otra denuncia.
-Si no forzaron, tenían la llave- dice astutamente
Uno de los polis jóvenes que pululaban por allí, uniformado como si fuera de academia, se acerca y dice:
-¿Había dos vigilantes?
-Sí-, le responden tanto el funcionario que escribía como las denunciantes.
-¿les tomaron los nombres?- continúa
-Eso no importa- ruge el jefe y pasa a ocuparse de nosotros.
Nos vuelve a pedir pasta para el escribiente. Vuelvo a responder que no y que me voy a la embajada.
-No se apure
Pero me apuro. Salgo a la calle declarando que me voy porque no me atienden. Que ni siquiera quiero que descubran a los ladrones. Sólo quiero una copia de mi denuncia. Ante mi avalancha de palabras, el jefe se dirige a mi mujer, que según él habla español. Me doy cuenta que el problema es la velocidad. Hay que hablar muy despacio, sin subordinadas y trasformar en eles las erres finales, además de terminar cada frase con la coletilla “tu ya sabes”. Salimos a la calle y el gordo cede. Después de asegurarme que nadie me ha pedido dinero manda a su “mano derecha” en un motorino con otro poli de conductor que lleve los borradores de las denuncias para que los impriman en “Palacio”. En una hora estarán.
Volvemos al lugar del crimen. Volvemos a molestar a los amigos, volvemos a llamar a la compañía de alquiler y vuelvo a por mi copia de denuncia. Acabé conociendo la zona colonial de Santo Domingo.
Mientras espero conozco a más denunciantes. A un viejo italiano le robaron la tele y sabe quien, pero su denuncia no parece prosperar. Otra mujer, sin embargo, dice que tiene fuera en un coche a los que intentaron estrangular a su hija. Ha debido pagar porque inmediatamente detienen a sus rehenes.
Al fin, me dan la copia de la denuncia debidamente redactada e impresa.
En el camino a casa, encuentro un lugar para fotocopiar la denuncia y tener yo alguna prueba. Me cobran medio euro.
Cuando llego, ha venido la grúa y también hay varios individuos armados que dicen ser de la policía. Preguntan y preguntan. El de la grúa está de mal humor por la policía. Otra vez, viene nuestra amiga para ayudarnos. También se espanta de los polis y nos dice que no respondamos nada y menos su domicilio o teléfono. Sólo puede dar lugar a extorsiones. El de la grúa piensa que a él ya le han jodido aunque lleve todos los papeles en regla.
Aparece Miguel. Encantador Miguel. Amigo Miguel que nos ayuda a solucionar nuestro problema. Nos lleva hasta la central de rentacar y por fin conseguimos otro coche. Una risa: un Suzuki pequeñito como un fiat 500 con unos tapacubos de radios relucientes como si fuera un Bugatti. Les digo que no quiero tapacubos porque no los cubre el seguro. Compruebo, luces, etc y después de agradecer a Miguel su gestión nos ponemos rumbo a Samaná.
Ya he dicho que se conduce sin respetar las reglas habituales y sin protestar porque los demás tampoco las respeten. Sin embargo, muchos nos pitan y hacen gestos en la autopista. Al parecer, tenemos una rueda mal. Paro y todas tienen aire. Pero sigue la bronca. Vuelvo a parar y, en efecto, la rueda trasera izquierda, cuando gira, parece un ocho. La cambiamos por la de repuesto y seguimos.
Dejamos el mar. Cambia el paisaje. Trozos de selva se alternan con núcleos habitados, zonas de cereal y montañas boscosas. Vamos hacia el norte. Cruzamos varios pueblos, seguimos coches lazarillos por carreteras muy rotas y no tomamos la desviación conveniente.
Llega la noche con la prisa del Trópico. Es lo único rápido. El sol comienza a ponerse y antes de sacar la máquina de la funda ha desaparecido. Además llueve. Me pego a la cola de un vehículo de forma empecinada hasta que la evidencia del cuentaquilómetros nos hace preguntar. Ahora debemos atravesar unas lomas de noche antes de llegar a nuestro destino. Recordamos las advertencias pero estamos en ningún sitio, así que continuamos..
No tuvimos percances, pero sí podemos afirmar que conducir de noche en la República es incómodo, e incluso peligroso. Al firme inesperado hay que unir el tráfico denso de vehículos que llevan, o no, luz. Unos siempre las largas que deslumbran, otros nada, otros sólo un faro, muchos son motorinos. Pero superamos la prueba y llegamos a “Las Terrenas”, nuestro objetivo, casi.
Digo casi porque paramos en el hotel donde creíamos tener las reservas y ya sólo estaba el guardián armado, que no sabía hacer nada. Miento, supo llevarnos hasta un teléfono para llamar a nuestro hotel. Estaba cerca, al otro extremo del pueblo. Llegamos y allí comenzó otro misterio gozoso.
El hotel “Palo Coco” es una multipropiedad de un grupo de vascos absolutamente agradables. Se trata de un complejo de preciosas cabañas perfectamente equipadas entre plantas tropicales. Hay piscina y el mejor restaurante de la zona. Probablemente también el mejor de la República. Tras un aperitivo para abrir la amistad que provoca un rato de amena charla y presentaciones, cenamos un guiso típico de cabrito que estaba delicioso. Ducha, aire acondicionado a tope y a dormir en una cama tan grande como un cancha de tenis.
Cuando amanecemos, el sol ya se cuela por las rendijas de las cortinas. Desayunamos y partimos hacia el centro para contratar un viaje a ver ballenas y descargar la cámara de fotos en un CD para hacer sitio a las ballenas. El tráfico es denso y desordenado, la mayor parte de la gente va en motos de cuatro ruedas. Nuestro coche no abulta mucho más.
El trámite para ver ballenas resulta fácil en una agencia que llevan una argentina y un suizo amigos de los nuevos amigos vascos. Pasar las fotos a un CD resulta imposible. Lo intentamos en el cyber más puesto que vemos, atendido por una alemana. Aquí casi todos los negocios están en manos de extranjeros. Pero se debió contagiar del lugar. No sabe nada de ordenadores. No tiene discos. Voy donde me indica para comprar un CD mientras Victoria me espera poniendo e-mails. No sin dificultad consigo comprar un disco y vuelvo para comprobar que la alemana no tiene grabador en ningún ordenador. En el sitio que compré el CD tienen pero no está el que sabe utilizarlo. Lo dejamos para otro momento y nos vamos a buscar una playa ayudados por un mapa de la zona que nos han proporcionado.
Camino de tierra entre palmeras, que a veces dejan ver la costa a nuestra derecha. Nos cruzamos con muchos como nosotros al principio, luego el camino cada vez más angosto y con el piso más irregular nos deja solos en la aventura. Llegamos a una especie de barranco que el camino parece cruzar. Dudamos si hacerlo nosotros. Al otro lado del barranco un todo terreno que viene en sentido contrario da la vuelta, pero es que no cabe sin rozar las paredes. Lo intentamos, Victoria se baja a investigar y yo me tiro al barranco reteniendo en primera, con mano y pie en los frenos. Consigo llegar abajo sin percance y aprovecho el impulso para superar la pendiente de salida. El pequeño japonés se porta y coronamos con éxito. Victoria se incorpora y seguimos hasta el siguiente obstáculo, esta vez insalvable. Se trata de la desembocadura de un torrente en la playa. Mientras buscamos una alternativa aparece un nativo que nos informa que no hay más posibilidades. Pero podemos dejar el coche allí. Se puede ver desde la playa. -Eso sí no dejen de vigilarlo- , nos dice.
Cogemos las bolsas y cruzamos el torrente haciendo equilibrios sobre un tronco. Aunque vamos a bañarnos, el agua del torrente revuelta y rojiza por los trozos de árbol que arrastra no resulta muy atractiva.
La playa es como las postales, pero de verdad. Mientras Victoria se baña yo recostado en una palmera vigilo las bolsas a mi lado siguiendo los consejos que me dieron y el coche al otro lado del torrente. Aunque no ocurre nada, el mar está muy revuelto para mi gusto y no me baño.
Volvemos al auto y conseguimos deshacer el camino hecho aunque esta vez casi nos quedamos en el fondo del barranco. Al subir hay que atinar exactamente entre dos rocas. Además el piso es de piedras sueltas que saltan en todas direcciones mientras el coche apenas avanza. Al tercer intento lo conseguimos. Rodeamos el pueblo y volvemos al sitio que estuvimos antes para comer en un chiringuito playero que da “langostinos” (crías de langosta). Tardan como si hubieran ido a pescarlos, de manera que mientras trasegamos cervezas vamos moviendo la mesa para seguir bajo la sombra de un cocotero. La espera se ve recompensada y nos chupamos los dedos después de comer.
Tras una siesta volvemos al pueblo para cenar. No hay mucha vida nocturna. No obstante elegimos una pizzería a la orilla del mar y disfrutamos del lugar y las copas hasta que nos traen la comida. Las olas rompen plácidamente bajo el entarimado que nos soporta. La brisa se lleva la humedad y resulta muy agradable estar allí aunque la comida sólo sea soportable.
Las ballenas.
Para avistar las ballenas debemos embarcar en Samaná al mediodía así que partimos hacia allí después de desayunar. Ahora contemplamos el camino que hicimos la noche de llegada. Subimos unas lomas entre vegetación tropical. Atravesamos un pequeño pueblo, pero en realidad hay casas a lo largo de toda la carretera. Construcciones modestas pintadas de colores brillantes. Desde lo alto se contempla la costa que abandonamos. En la cumbre, un tipo ofrece excursiones a caballo a una cascada cercana. Volvemos a bajar y llegamos a Samaná con tiempo para visitar un mercadillo para guiris del que salimos sin comprar ni ser robados y malcomer en un restaurante explotado por unos holandeses.
Nos dan un cuadernillo que explica cosas sobre las ballenas. El tipo que explota el negocio es un biólogo suizo experto en ballenas. No dudo de sus conocimientos pero desaconsejo embarcar con él. Demasiada gente y un timonel enloquecido que cada vez que aparecía una ballena, enfilaba hacia allí a toda máquina espantándolas porque están en celo y van de dos en dos. En realidad no vimos mucho más que algunas colas desde lejos.
Frente a Samaná hay un largo puente metálico que va desde un extremo de la bahía hasta un islote de tupida vegetación. Se trata de uno de los caprichos del dictador Trujillo que mejor sería desmontar.
Mientras cenamos en el hotel nos presentan a unos ingenieros que trabajan en la construcción del nuevo aeropuerto. Vemos los planos con desolación que no expresamos por cortesía a los constructores presentes. Se trata de que puedan llegar grandes aviones. Así que imaginamos un futuro inmediato de construcción de grandes hoteles con sus trozos de costa privada y sus rejas correspondientes. Esta costa aún es agradable. Los hoteles son pequeños y rodeados de vegetación. La playa está a la orilla de muchos de ellos. En breve será como Punta Cana.
Pasamos la mañana en otra playa cercana. Aparcamos en la misma arena. Ponemos a pocos pasos la toalla y al agua, aunque sin perder de vista la toalla. De manera que entre mirada y mirada a los peces de colores, mirada hacia toalla y coche. Afortunadamente hay poca gente, aún es temprano. Van llegando más turistas, vendedores de cualquier cosa y masajistas. Otro baño y nos marchamos. Comemos ligero, nos despedimos de nuestros amigos de Palo-Coco y tomamos carretera hacia el sur.
En la Vega paramos a poner gasolina y tomar un café. La chica que nos atiende nos pregunta por España. Por Cuenca en concreto porque tiene varios familiares y conocidos trabajando allí en bares y ella también quiere ir.
En la carretera hay muchas jovencitas cargadas con mochilas y cartapacios haciendo auto-stop. Paramos y suben tres pese a lo chico del auto. Van a un pueblo cercano y vienen de la Universidad donde están estudiando. También tienen familiares y conocidos en Cuenca aunque no conocen a la chica de la gasolinera. Ellas también quieren ir a España. Imagino los puticlubs de la provincia de Cuenca atendidos por dominicanas. Intento advertirles, pero probablemente ya lo saben.
Se apean en un pueblo lleno de silos y almacenes. Estamos en zona de cereal y es época de cosecha. Al menos hay mucha maquinaria con aspecto de cosechadora funcionando. Huele a polvo como en las eras. Estamos en una zona rica.
Atravesamos otras montañas, nos cruzamos con gente en mulos, caballos y borricos. Niños caminando y poco tráfico. Paro junto a un niño para hacer una foto, pero huye despavorido. Cae la noche y el camino se hace eterno. A la entrada de la capital hay tapón. Hoy se celebra carnaval en Santo Domingo. Hay calles cortadas y la circulación está colapsada. Pese a todo llegamos a casa.
Buscamos un aparcamiento vigilado para evitar que nos vuelvan a reventar el auto. En el primer intento me siento estafado. Es un trozo de calle que han acotado con vallas unos individuos armados con escopetas y pistolones. Me piden 15 $ por dejar el coche. Intentamos regatear sin éxito. Además nos dicen que se van a las 7 de la mañana. Acepto el precio si me garantizan la vigilancia hasta que vaya a recogerlo. Aceptan pero no pueden hacerme un recibo. Así que me voy a buscar otro parqueo. Tengo suerte y topo con un edificio con varios pisos dedicado a parking. En la garita de la puerta un cartel pone el precio. No llega a medio euro. Pago al anciano de la garita y tras recorrer todo el lugar compruebo que todos los lugares libres tienen nombre propio. Dejo el coche en un rincón donde supongo que no estorba y me marcho.
Cenamos en un café que hay en la plaza de la catedral. Es el lugar donde se encuentran todos. Al punto que en la mesa somos cerca de veinte. Unos viven allí, otros estamos de visita. Las conversaciones giran sobre las dificultades de cada uno. A una pareja les robaron la cámara de fotos mientras fotografiaban el desfile de carnaval. Se la arrancaron de las manos mientras intentaba encuadrar una vista. Corrieron tras el ladrón pero fue inútil. Alguien me dice que pida el batido en vaso desechable para protegerme de las amebas. No es que no limpien, es que aparecen en los vasos mientras se secan. Casi todo el mundo prefiere detestables vasos de plástico a las bonitas copas de cristal que exhibe el mostrador. Le hago caso.
Y se acabó. Nos vamos o eso creemos, porque aún nos quedan misterios dolorosos que desgranar.Como el avión sale a la tarde, aprovechamos la mañana dando un paseo por el mercadillo que hay en “El Conde”. Es una calle peatonal que sale de la plaza de la catedral hacia tierra adentro llena de comercios abiertos y con tenderetes en el centro. Curioseamos libros viejos y artesanías. Una vez más comprobamos que casi todos los comerciantes son extranjeros, muchos peruanos, algunos hindúes y también europeos. Le compramos unos anillos a un muchacho catalán. Las dominicanas pasean con los rulos puestos probándose aretes y pareos. Los guiris llevamos los bolsos y máquinas fotográficas bien agarrados y lanzamos continuas miradas a nuestro alrededor temiendo que nos roben. No sufrimos ningún ataque.
Visitamos una exposición de artesanía local en la Casa de España y comprobamos que sí hay artesanos dominicanos. 
Al volver al aeropuerto me equivoco para salir de la autopista y aparecemos frente a un tipo armado de uniforme que nos da el alto. Recuerdo los consejos y acelero temiendo que empiece a disparar. Por el retrovisor veo que vuelve cansino y resignado a la silla que tenía bajo una sombrilla. Debe estar acostumbrado. Tengo que hacer unos cuantos kms para volver al aeropuerto, aún así llegamos a tiempo. Al devolver el coche me reclaman el importe de la radio que se llevaron los ladrones y que no cubre el seguro. Clamo al cielo y al seguro a todo riesgo que en letra pequeña dice que el seguro no incluye accesorios. Pretenden cobrarme 180 € por la radio. Me niego a pagar y ellos se niegan a devolverme la fianza. Como es menos me marcho maldiciendo y jurando reclamaciones que nunca haré.
La cola de facturación es larguísima y no avanza. Algunos individuos nos ofrecen adelantar en la cola si les damos dinero. Aprovecho el desorden que provocan cada vez que cuelan a alguien con la colaboración de los seguretas y llego al mostrador donde consigo lista de espera y el vaticinio de que no habrá problemas. Pero a la hora de embarcar el avión está completo y los transportines concedidos a otros viajeros.
Los compañeros de Iberia se ofrecen para ayudarnos, nos reservan un hotel próximo, nos incluyen en lista de espera para el vuelo del día siguiente y nos dicen que esperemos a la furgoneta que hace sus transportes para ir al hotel. Agradecidos por su gestión esperamos la furgoneta. Mientras hablamos con gente que espera como nosotros, pero peor. Les han perdido las maletas, no han embarcado y no tienen donde ir. El que se ocupa de “eso” no está y no se sabe cuando estará. Quizá mañana.
Cuando aparece la furgoneta abandonamos a las desoladas viajeras que aún esperan alguien que les ayude y en cinco minutos estamos en una jaula de oro próxima al aeropuerto. Es un hotel de lujo donde nos hacen un precio especial carísimo. Tras la rejas del hotel, defendidas por seguretas armados, la autopista y la costa con palmeras hasta el agua, pero no se debe salir. No es seguro. Además en el hotel hay de todo: piscina, gimnasio, sauna, restaurante, bar, internet, masajes... Nos conformamos con cenar mal, lento y caro. Los camarer@s, muchos, unos traen la carta, otros se la llevan, otros preguntan, otros traen un vaso, muy amables entablan conversación con tema recurrente, quieren venirse a España. Nosotros también. Al fin cenamos y me quedo dormido mientras veo en la tele una película china de un maestro ejemplar.
Desayuno, ratito de internet, piscina, comida rápida que tarda hora y media y nuestra furgoneta amiga nos recoge para llevarnos al aeropuerto. En menos de cinco minutos llegamos. El chófer nos hace precio de amigos: 35€. Empiezo a maldecir en mi interior a los compañeros de Iberia. Nos tragamos toda la facturación. Ahora ya odio a los compañeros de Iberia, y al país en general. Además de la coima con los de seguridad para adelantar en la cola, queda la coima con el que factura. No quedan plazas en turista y sólo pueden seguir los que paguen un suplemento. Sin ningún tipo de recibo, por supuesto. Las gestiones de Victoria con el comandante no han dado fruto y ni siquiera pasamos a embarcar. Tenemos que esperar otro día. Pactamos precio con un taxi y volvemos a la capital. Sigue siendo “carnaval”, como muchas calles están cortadas el taxista no puede llegar a la puerta de la casa de nuestra amiga. Debemos caminar un par de manzanas. Las calles rebosan gente. Sudamos cargados con las bolsas. Una mujer me dice al cruzarse: ”tenga cuidado, la noche está brava”. Nuestra amiga no está en casa y la esperamos en una tienda bar que hay enfrente. La sinfonola está a tope. Algun@s bailan. Muchos tomamos cerveza. Las chicas están reventonas dentro de camisetas y shorts más pequeños de su talla. Se me pega un viejo borracho, le invito a una cerveza. Pretenden echarle. El ambiente me ha calentado la sangre y digo que es mi amigo, dispuesto a tener bronca. Afortunadamente, todos ceden. El borracho se va y uno me avisa que no es buena compañía. Antes de responderle que tampoco me gusta la suya, llega nuestra amiga y nos vamos a casa.
Pasamos la siguiente mañana haciendo gestiones para salir por vía Puerto Rico sin éxito. Se necesita visado. “Pero no se preocupen, hay muchas plazas libres en el vuelo a Madrid”, nos dicen amablemente en la central de Iberia. Volvemos a la zona colonial para comer con Miguel y prometernos amistad a través del tiempo y la distancia. Y, repetimos la historia del aeropuerto. Esta vez, tenemos suerte con el comandante. Los dioses le bendigan, si no es por él volvemos a quedar en tierra. Los compañeros de Iberia intentaron por todos los medios que no saliéramos, pero el comandante nos reclamó y volvimos en preferente. Aunque sobraron plazas me consta que quedaron pasajeros de pago en tierra. Apesta el personal de tierra de Iberia en Républica dominicana. Pero tras tanto misterio doloroso, viajar en preferente cierra este retazo de rosario con un misterio auténticamente gozoso.
Febrero 2006
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