Debe presentir que la palabra es una respuesta vana a la soledad y al silencio del hombre; y, acaso, también presienta que tan sólo el silencio y la soledad nos purifican, porque, de norma, vive silente y abstraído, como las geometrías sicodélicas de sus cuadros.
Tengo para mi que Fernando Gijón, esa faz atezada y virginal donde la melancolía ha anidado en forma de líricas ojeras, sabe -como diría aquel cholo Vallejo que conocía el silencio de las palabras- "la nada que le resta", y a ella se entrega con el grito mudo de su propio arte.
Fernando pinta "rayas" que, a la manera de algunas series numéricas, quieren hacerse infinitas para demostrar y contar la naturaleza efímera del Hombre. En los "hitos" cadenciosos y genialmente cromáticos de Fernando habita, sin duda, la más alta catástrofe que nos ha sido dado contemplar: la vida.
Entreveo en las líneas secuenciales de Gijón esas otras líneas inexcrutables que el destino nos ha tatuado en el alma.
La pintura de Fernando Gijón contiene el vértigo de la existencia. Es la representación veraz de la naturaleza quebradiza del hombre. Fernando ha mirado en el envés de nuestra conciencias para pintar todas las astillas en que quedó convertido el palo mayor del barco que nos lleva. Ha sabido retratar el último gesto matemático de aquel buque fantasma en el que todos navegamos.
Ahí las tiene. Contémplenlas ustedes mismos en los grafismos delirantes y talentosos de un verdadero y difícil artista. Él mismo se ha ahogado para que ustedes disfruten de su propio ahogamiento. Fernando Gijón, pintor, mudo filósofo pitagórico con el que tanto quise, ha dibujado, irreverente y casi secretamente, los restos del naufragio del género humano, de usted y de mí mismo. ¡Sálvese quien pueda!...
Pedro Atienza |